Frontera Sur
Agradecimientos
Horacio Vazquez-Rial
Frontera Sur
ePub r1.0
Titivillus 17-09-2020
Horacio Vazquez-Rial, 1994
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Agradecimientos
Quiero agradecer a quienes han contribuido activamente a la realización de este libro. Mi mujer, Juana, fue conociendo el texto a medida que yo escribía, e hizo sugerencias útiles a lo largo de todo el proceso. Mis hijas, Aitana y Livia, a su corta edad, tuvieron la paciencia necesaria para guardar silencio en la casa durante meses. Pablo Armando Fernández, José Agustín Goytisolo, José Luis Elorriaga, Jorge Binaghi y Claudio Lozano leyeron sucesivas versiones de la obra y aportaron comentarios sagaces. La generosidad de Edgardo Entín me permitió comenzar la redacción. Juana Bignozzi y Hugo Mariani pusieron a mi disposición su biblioteca argentina y su exquisita memoria. Jaime Naifleisch y Vicente Gallego me regalaron fragmentos significativos de sus historias familiares. Fabio Rodríguez Amaya esperó y alentó a lo largo de años esta novela. Mi madre, Pita Rial, atendió y respondió a mis interrogantes. Mis editores, Juan Cruz, Rodolfo González y Amaya Elezcano, soportaron mi ansiedad y mis manías. Frontera Sur da sus primeros pasos por el mundo de la mano de Lola Díaz.
Para Pita, porque los años han pasado
sin que nos diéramos cuenta.
Tanta dureza, tanta fe, tan impasible o
inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
JORGE LUÍS BORGES, El puñal
No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto.
JORGE LUÍS BORGES, Buenos Aires
[-Muchos dirán que no. Que no tienes derecho a contar esa historia.
—Es la historia de mi familia. Es mi historia.
—Es la historia de una ciudad que abandonaste. La abandonaste como a una mujer enferma. Como a una mujer triste.
—La única mujer triste en todo esto es mi madre.
—Ella tampoco querrá que lo cuentes, Vero.
—No la menosprecies, Clara. Es una mujer lúcida. No renuncia al pasado. Lo recuerda. Con pena. A veces, con ira. Pero sin asco, sin abdicación. Cuerpo a cuerpo. Siempre hemos tenido nuestras diferencias, pero los dos nos estamos haciendo viejos, y yo se que ahora le interesa, sobre todo, la verdad.
—Su disposición no te justifica. Podrías emplear otros nombres.
—Si lo cuento, lo cuento. Con nombres, pelos y señales. Al fin y al cabo, no hay nada más cierto que los nombres. Alrededor de los nombres no hay brumas. Yo los escribo y sus dueños, cualesquiera hayan sido sus pecados o su estupidez, rozan la inmortalidad. Las historias, en cambio, son irremediablemente dudosas. En todo caso, una vez las cuente, serán solo literatura. Además, yo nací para eso.
—¿Para andar desnudo?
—Para contar. Para explicar historias.
—No tienes quien te escuche, Vero. Y no se si quedará alguien con la presencia de ánimo suficiente para escucharte cuando te metas con los otros.
—¿Qué otros?
Los que no te necesitan ni para conservar el nombre. Los que son inmortales sin tu intervención. Los mitos. Nadie quiere jugar con esas cartas.
—Los mitos son lo que son para cada uno, Clara: dioses, sombras… según los tiempos. Tienen culpas, pero no son responsables. Pertenecen a la imaginación, de manera que su presencia en una novela realista es inevitable
¿Estás decidido, pues?
—Completamente.
—Si es así, te sigo. Te escucho. Te leo.
—¿Me corriges?
—Tal vez. Te pregunto. ¿Por dónde empiezas?
—Por los Díaz, Roque y Ramón.
—Bisabuelo y abuelo.
—Llegaron a Buenos Aires en el ochenta, pasando por Montevideo.
—¿Por qué? Por qué dejaron España, quiero decir.
—Eso vendrá después. El propio Ramón tardó veinte años en saberlo, y era su vida… ¿Para qué adelantarse?]