Hellhole
Capítulo 96
96
La preocupación de Vincent crecía a medida que pasaba el tiempo y seguían encerrados en el módulo de pasajeros, sumidos en un aislamiento silencioso. Se levantó por enésima vez y se asomó a la ventana, pero no vio nada.
—Esto se está alargando demasiado.
Nadie más parecía preocupado.
—Les hemos dado mucha información que tendrán que considerar, y eso lleva tiempo.
Obviamente, Zairic estaba seguro de que su discurso sobre el reclutamiento de xayanos había sido convincente, que había respondido todas las preguntas y disipado todos los miedos y las reservas de la Diadema.
—La Diadema ya ha enviado a su inspector, y probablemente a otros espías, a Fuenteviscosa —dijo Vincent—. Ya tiene conocimiento de los xayanos sombra. Buena parte de lo que le dijiste no era ninguna novedad para ella.
Zairic cerró los ojos suavemente y exhaló un suspiró quedo.
—Pero oírlo directamente de nosotros, Vincent, es muy diferente de enterarse por un mero informe. Y ahora que ha visto a Cippiq con sus propios ojos, todas sus dudas se habrán despejado. Sabe que nuestras afirmaciones son ciertas y que no tienen nada de delirio.
—¡Pues por eso mismo! Y esa prueba no nos ayudará. Cippiq ya es inquietante de por sí. ¿Y si se asusta? ¿Y si se siente al borde de un precipicio? Lo que ha hecho el general Adolphus ya la ha hecho tambalearse. Debe de estar pensando en tomar medidas firmes y definitivas.
—Un líder sabio no toma decisiones de un modo precipitado. Después de escucharnos, debe de estar meditando cómo formular su respuesta positiva. — Fernando-Zairic esbozó una sonrisa.
Cippiq seguía la conversación en silencio, pero Vincent supuso que mantenía un contacto telepático con los xayanos sombra.
Vincent sintió una punzada de pánico. Sus compañeros eran excesivamente pasivos y displicentes, y estaban demasiado confiados en sus posibilidades.
—Esto no va bien… Y no estoy preocupándome demasiado. El problema es real.
Paseó la mirada por los xayanos sombra intentando imaginar qué debía ver la diadema Michella cuando los miraba. Realmente parecían una secta que se sentaba en círculo y entonaba cánticos hasta sumirse en la inconsciencia. Se le ocurrió una idea.
—Tenemos que convencer a la Diadema de otro modo —dijo atropelladamente, inclinándose hacia ellos—. Tenemos que despertar su fascinación, tentarla, enseñarle lo que ofrece la raza xayana. Tiene que olvidarse de que los xayanos son una amenaza y ver su increíble potencial.
—Eso ya lo hemos hecho, Vincent. —La imperturbabilidad de Zairic era exasperante—. No somos una amenaza.
—¡No lo entiendes! Escúchame, por favor. Deja que Fernando sea quien hable con ella un rato. Yo le he visto en acción… Da mil vueltas a cualquiera cuando se trata de hablar. Puede ser condenadamente convincente.
—Tanto Fernando como yo somos conscientes de su historial y de su reputación entre los humanos. En efecto, puede ser muy persuasivo, pero mi voz, como portavoz de la raza xayana, es más apropiada para hablar con la diadema de la Constelación.
Vincent la emprendió con Zairic azuzado por el pánico y la frustración.
—Entonces déjame hablar con Fernando… directamente. Quiero oír a mi amigo. Quiero verlo. ¡Siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado!
Vincent empezaba a preguntarse si la personalidad de Fernando habría quedado eclipsada por la presencia dominante del xayano. También sabía que su amigo entendería los motivos para su suspicacia y su urgencia. Él presentía que la Diadema estaba ocultando algo, y Fernando era un juez todavía mejor de la veracidad y de la sinceridad de las personas.
Se oyeron unos ruidos de maquinaria procedentes del exterior del módulo de pasajeros. Vincent salió corriendo hacia la ventana y vio un motor montado sobre una estructura que fue avanzando lentamente hasta que chocó con la nave en cuarentena y se detuvo. Sobre la plataforma plana montada encima de unas bandas de rodamiento flexibles había una pieza cilíndrica roja. Se trataba de un vehículo versátil de exploración robotizado. Vincent lo tenía visto del taller de reparaciones de Orsini.
Una pesada placa se succión se apretó contra el casco del módulo con un ruido seco, y la máquina levantó un brazo articulado puesto del revés en cuyo extremo giraba con un zumbido una cuchilla circular de carburo.
—Es una sierra de lamprea, ¿qué está haciendo?
—Ya nos lo explicará la Diadema —respondió Zairic.
El robot pulverizó una sustancia en la pieza exterior del casco de la nave, le restregó un abrasivo y, finalmente, después de ajustar cuidadosamente la zona del corte, atacó con la hoja de sierra circular.
—Están perforando el casco para entrar. —Vincent corrió hasta la puerta y toqueteó los mandos, pero no respondían—. Estamos encerrados. ¿Por qué no abren simplemente la puerta si lo que quieren es ponerse en contacto con nosotros?
—A lo mejor la Diadema está extremando las precauciones.
Una funda de plástico con aspecto de saco embrionario se desplegó desde el brazo articulado y fue doblándose alrededor de la hoja de sierra para ir sellando el corte. Vincent oía las vibraciones rechinantes que producía la cuchilla royendo el casco blindado del módulo.
Vincent salió disparado hacia la pantalla del sistema codificado de comunicación.
—Diadema, por favor, explicadnos qué está ocurriendo.
El rostro de Michella volvió a aparecer en la pantalla, todavía exhibiendo su sonrisa sincera.
—Relájense, caballeros. Únicamente estamos tomando muestras del aire del interior del módulo. Vamos a analizarlo para verificar que no está contaminado. Todas las prevenciones son pocas cuando de lo que se trata es de evitar que organismos extraterrestres perniciosos sean liberados en Sonjeera. Estoy segura de que todo irá bien. Nosotros nos ocuparemos de todo… se lo prometo. —Transmitía tanta cercanía y cordialidad…
A Vincent se le puso el vello de punta. Si la explicación era tan inocente, ¿por qué no les habían avisado antes?
Puesto que los viajes comerciales regulares con Hellhole habían continuado durante tantos meses desde el descubrimiento de las charcas de aguaviscosa, de existir cualquier tipo de contaminación ya se habría manifestado a esas alturas.
El terror estaba apoderándose de él.
—Zairic, escucha a Fernando en tu interior. Pregúntale si él no sospecha nada.
Vincent ladeó la cabeza cuando vio que la cuchilla atravesaba la pared interior con un gemido estridente de metal consternado; la rueda de dientes irregulares giraba y abría un tajo profundo en el interior del módulo.
El pánico que irradiaba Vincent alarmó a Cippiq más que al resto. El Primigenio se deslizó con su cuerpo largo y blando y soltó una ráfaga de ruidos incomprensible. Zairic asintió.
—Muy bien, Vincent Jenet. A Fernando también le gustaría hablar contigo. —Su voz cambió, se volvió más animada. Era Fernando Neron de nuevo—. ¿Una muestra de aire para analizarla? Mmm… Suena lógico, ¡pero es una soberana gilipollez! Tal vez sí tengamos motivos para preocuparnos, amigo mío.
Vincent tragó saliva.
—Nuestros compañeros están muy confiados, Fernando… demasiado.
La sierra de lamprea retrocedió y fue sustituida por un tubo oscuro de gran diámetro que se ajustó al borde del orificio interior.
Fernando dio un codazo a Vincent y activó el sistema de comunicación. Esbozó una sonrisa fugaz de oreja a oreja y rápidamente la borró y compuso un gesto grave.
—Diadema Michella, hay algunas cosas que he omitido contaros. —Hizo una pausa, pero no obtuvo respuesta—. Excelencia, ¿estáis ahí? Querréis oír lo que tengo que deciros.
En vez de obtener muestras del aire del módulo, el tubo empezó a «ofrecerlas», y tras despedir un chorro de aire, arrojó una ráfaga de bolitas blancas hinchadas que flotaban como una tormenta de partículas de polen. Para asombro de los xayanos sombra, las bolitas se deslizaban por el interior del módulo y se diseminaban por el aire. Algunas de las esferas blancas se posaron como pelusa en la piel blanda y húmeda de Cippiq.
—¡Esto no tiene nada de análisis de aire! —exclamó Vincent—. ¡Tienes que hacer que la Diadema te escuche, Fernando! ¡Háblale!
Fernando volvió a dirigirse al sistema de comunicación, con una expresión preocupada y calculadora en el rostro.
—Diadema, hay algo importante que deberíais saber sobre vuestra hija. Podemos contarle los planes del general. Disponemos de información valiosísima.
El rostro de Michella apareció entonces con un gesto de apremio en la pantalla.
—¿De qué se trata? Díganme, rápido.
—Sólo cara a cara, excelencia. Tendréis que dejarnos salir, o de lo contrario nunca sabréis la respuesta.
Con una urgencia evidente, la Diadema bramó instrucciones. Los glóbulos blancos hinchados llenaban ya el aire en el interior del módulo. Vincent se los sacudió de la cara y automáticamente se cubrió la nariz y la boca con la camisa.
Las bolitas empezaron a estallar y soltar chispazos, y se convirtieron en diminutos destellos de luz.
—¡Páralo, Ishop! ¡Páralo! —gritó la Diadema a alguien que quedaba fuera del alcance de la cámara del sistema de comunicación. Se volvió de nuevo a la pantalla, arrebatada—. ¡Zairic, dígamelo ahora! ¿Qué sabe de mi hija? ¿Qué se propone el general?
Fernando sacudió un dedo apuntando a la imagen de Michella.
—No, no… ya os he dicho cuáles son las reglas, excelencia. Sacadnos de aquí y os contaré los detalles más sabrosos.
La Diadema estaba lívida.
Mientras las bolitas continuaban centelleando y vaporizándose, una tenue nube de humo empezó a expandirse por el aire. Los xayanos sombra se pusieron a toser y a hacer arcadas. En la pantalla, la Diadema volvía a gritar a alguien fuera de campo.
Cippiq se tambaleó hacia delante, y una oleada de convulsiones le recorrió el cuerpo traslúcido. A pesar de que la personalidad de Fernando era quien dominaba su cuerpo, los otros xayanos sombra unieron las manos, conscientes por fin de que se encontraban en una situación desesperada. El veneno se arremolinaba en el aire cuando la energía telemántica empezó a vibrar. Cippiq sumó su propia fuerza mental, y las paredes selladas del módulo de pasajeros se arquearon hacia fuera como si la nave fuera a explotar.
Michella gritaba a la pantalla del sistema de comunicación, pidiendo respuestas, pero Fernando la apagó.
—¿Qué ibas a decirle? —preguntó Vincent.
Su amigo encogió levemente los hombros.
—Nada que importe ahora. Iba a inventarme algo.
Vincent notaba la presión del aire en la cabeza y sentía las ráfagas de energía telemántica. Los xayanos sombra por fin se habían decidido a contraatacar… pero era demasiado tarde.
El grueso vidrio de la ventana más cercana se agrietó y estalló hacia fuera. El ligero vapor blanco empezó a escapar por el hueco de la ventana. El mamparo se dobló, se retorció, y la puerta se combó y se resquebrajó.
Las alarmas sonaban estridentemente en el hangar. La gente huía. Los vehículos se alejaban, y Vincent supo que la Diadema debía de estar huyendo.
Él no podía respirar. Cippiq se había desplomado y sacudía sus diminutas patas de oruga; su cuerpo se contorsionaba. La intensidad de la telemancia fluctuó, y dos xayanos sombra se derrumbaron. El módulo de pasajeros tenía grietas por todas partes, pero la ventilación no era suficiente, y los movimientos de Cippiq eran cada vez más lentos. No podían escapar. Ya tenían la toxina dentro.
Vincent cayó al suelo, sintiendo cómo le devoraba el veneno. Lanzó una mirada llena de desesperación a Fernando, que también se tambaleaba.
—Reaccionamos tarde, ¿verdad?
—No. Zairic tendría que haberte escuchado antes. Lo siento.
Fernando parecía resignado, tal vez consolado por la presencia alienígena que albergaba.
Vincent cerró los ojos mientras maldecía su propia estupidez. Cuando volvió a respirar, se sintió como si estuviera inhalando vapores cáusticos. Había esperado que el gas que flotaba en el módulo únicamente los hubiera dejado inconscientes, pero eso era ser tan inocente y optimista como lo había sido Zairic juzgando erróneamente la naturaleza de la Diadema.
—La Diadema tiene miedo de lo que somos —dijo Fernando con la voz bronca—. No puede ayudarnos, ya lo sabes. Si pudiera, no se habría asustado tanto. Supongo que puedo consolarme haciendo un último chiste sobre ella, por lo que nos ha hecho. —Levantó la mirada hacia Vincent; su rostro era la viva imagen de la tristeza y la compasión. Apenas si podía seguir hablando—. Aun así, ojalá te hubieras unido a mí en el aguaviscosa. De ese modo habrías entendido de lo que hablaba.
—¿Cómo me puedes decir eso? —respondió Vincent con las últimas fuerzas que le quedaban—. ¿Acaso no soy un amigo lo suficientemente bueno para ti tal cual soy? El aguaviscosa tiene la culpa de esto… ¡de todo esto! Es lo que ha aterrorizado a la Constelación… y lo que nos va a terminar matando.
—Oh, no. Buena parte de lo que está pasándome es culpa sólo mía —dijo Fernando con una sonrisa de santo—. Pero me alegro de haberte conocido, Vincent Jenet. Fuiste un buen amigo. —Fernando sonaba como la combinación perfecta de él y del alienígena Zairic; totalmente en paz con lo que se había convertido… y con su destino—. Ha sido toda una aventura.
Vincent estaba desesperado y aterrado, pero Fernando le cogió la mano. Vincent sintió frío dentro y fuera de su cuerpo. Intentó hablar, pero sólo brotó un sonido extraño de su garganta. Sus músculos se agarrotaron.
Los demás xayanos sombra yacían tirados en la cubierta y habían dejado de toser. Cippiq se retorcía y se sacudía, y su piel traslúcida parecía evaporarse de su estructura cartilaginosa. Las grietas en el casco del módulo sólo permitían la entrada de diminutas volutas de aire fresco.
Fernando todavía aguantó unos instantes más, y habló a través de los recuerdos de Zairic:
—Esto me recuerda el momento inmediatamente anterior al impacto del asteroide. Es una pena que esta vez no tengamos el aguaviscosa a mano… —se desplomó en la cubierta.
Vincent yacía despatarrado a su lado. Inmóvil. Logró respirar entrecortadamente un par de veces más. En su cabeza todo era blanco, y luego gris, hasta que ya no hubo más que negrura.