Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 22 de 106

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Hellhole

Capítulo 20

20

 

Tanja Hu ascendió la empinada ladera de la colina que se elevaba por encima del puerto de Saporo sin la ayuda de cuerdas ni de cualquier otro tipo de equipo, unas veces siguiendo el recorrido del funicular abandonado y otras, desviándose para avanzar por las sólidas rocas. Llevaba una pequeña mochila y un gorro flexible para protegerse el rostro del inclemente sol vespertino. Su secretaria, Bebe Nax, la acompañaba a veces en sus excursiones, pero Tanja prefería hacer aquella ruta en concreto en solitario.

Caminar era una de sus maneras favoritas de hacer ejercicio, y los partes más recientes indicaban que tal vez era su última oportunidad de realizar una ascensión antes de la llegada de la estación de las lluvias. El esfuerzo que le exigía la caminata no era excesivo, ya que Tanja era una persona activa y se mantenía en forma. Sus primos le tomaban el pelo y se reían de ella por su lucha contra los michelines femeninos. Incluso el tío Quinn coincidía con el resto de la familia en que estaba demasiado delgada. Sin embargo, a Tanja le repugnaba la idea de que alguna parte de su cuerpo se pusiera fláccida.

Hoy estaba acometiendo algo más que una mera caminata.

Levantó la mirada y contempló el cielo a través del ramaje de los árboles. Por lo menos no tendría que realizar a pie el camino de regreso… si Ian Walfor cumplía su palabra.

Tanja flanqueó el par de cabinas del funicular invadidas por la maleza, abandonadas una al lado de la otra sobre sus trayectorias paralelas definidas. Activó el reloj de su radio auricular y escuchó la información de la hora: era cerca del mediodía. De camino a la cima, sudando y con un persistente dolor muscular, divisó una franja blanca en el cielo, oyó un lejano estruendo ultrasónico y vio aparecer uno de los transbordadores de Walfor, seguramente con los motores alimentados por testosterona. Tal vez se creía que así la impresionaba. Aunque Tanja no hacía nada para alentar la insistencia del contrabandista, en el fondo deseaba que él no cejara en su empeño.

Las estelas de condensación que se habían formado en la atmósfera serpenteaban en el cielo mientras la nave descendía para aterrizar en la cima de la ladera, donde Tanja ya esperaba a Walfor. Se oyó un rugido de motores que indicaba que Walfor había cambiado a un sistema de propulsión alternativo del vehículo aéreo. El estraperlista sentía fascinación por todo lo relacionado con la tecnología obsoleta, y tenía un talento innato para combinar lo moderno con lo antiguo; además, procesaba sus propios combustibles para los numerosos motores que encontraba en el gélido Buktu. Los dispositivos de poscombustión llamearon con intensidad en el cielo, y el estruendo de los motores se hizo tan insoportable que Tanja tuvo que taparse los oídos.

A pesar de que la superficie de la cima de la colina parecía demasiado estrecha para el aterrizaje del transbordador, la maestría de Walfor consiguió posar la nave cilíndrica sobre un saliente llano. Tanja había reaccionado con escepticismo cuando Walfor le sugirió el lugar de encuentro, pero el contrabandista le había asegurado que podía aterrizar sobre la cabeza de un alfiler y volver a despegar sin causar el mínimo daño al alfiler. Su destreza estaba casi a la altura de su fanfarronería. De debajo de la tambaleante nave salieron despedidos fragmentos de rocas que cayeron rodando por las empinadas laderas de la colina. Walfor mantuvo los estruendosos motores encendidos mientras ella subía a bordo.

Tanja corrió apresuradamente hacia la nave mientras una cabina elevadora descendía desde un costado del casco. Se deslizó al interior de la cabina y el módulo la subió hasta la escotilla abierta. Mientras recorría la zona de carga abierta, se fijó en los contenedores apilados y bien sujetos desde el suelo hasta el techo y desde un mamparo a otro. Aquella nave era una de las que Walfor empleaba para transportar la mercancía entre sus naves de carga de mayores dimensiones con las que hacía sus rondas furtivas por los planetas cuidadosamente seleccionados que quedaban dentro del alcance de sus motores.

Un par de operarios oriundos de Buktu, ataviados con monos de trabajo grises y dotados de tabletas electrónicas, introducían datos en el inventario. Un tipo regordete y con el pelo encrespado que estaba ajustando una correa entre los contenedores le hizo una señal para que enfilara por un estrecho pasillo.

—El capitán Walfor está esperándola.

Los compinches de Walfor disponían de una flota ecléctica de antiguallas MRL trucadas y de pequeños transbordadores que ya no constaban en ningún registro oficial y que el capitán sacaba de donde podía.

En el plan inicial se preveía que las naves trazadoras de la Constelación fijaran rutas con balizas de iperión desde Sonjeera hasta los cincuenta y cuatro planetas de la Zona Profunda, y que una vez establecidas esas rutas, las naves capaces de viajar por ellas las recorrieran a velocidades inimaginables. Sin embargo, cuando el tenebroso planeta Buktu se reveló como un destino del que no podía extraerse nada de provecho, la Diadema firmó un edicto para el cese de las operaciones de mantenimiento de esa ruta en particular, de modo que Walfor y sus compatriotas quedaron aislados. En un alarde de generosidad, Michella se ofreció a evacuar y reubicar a la exigua población de Buktu, pero para sorpresa de muchos, las gentes de Buktu declinaron la oferta por unanimidad y prefirieron permanecer en su planeta y buscarse la vida en su gélido y aislado asteroide rocoso tal como llevaban haciendo algún tiempo.

La Diadema no sabía que en la cabeza de Ian Walfor rondaba una idea en la que su aislamiento tenía un gran valor.

Mucho tiempo atrás, cuando los pioneros se aventuraron en la Zona Profunda, sus naves apenas si llevan el combustible suficiente para realizar el viaje de ida. Cuando llegaban a su destino, esas naves eran abandonadas, desguazadas y, en principio, inutilizadas. No obstante, Walfor había recogido un gran número de esas viejas naves y las había devuelto a la vida como lentos medios de transporte. En el fronterizo Buktu, sus curtidos habitantes desarrollaron en secreto sus propias factorías, donde producían combustible para las viejas MRL a partir del hielo y de los gases del planeta, y mejoraron los antiguos sistemas de propulsión para incrementar la velocidad de las naves. Con esas herramientas habían prosperado durante años, pasando totalmente desapercibidos para la Constelación.

—La sutileza no es tu fuerte, ¿eh? —dijo Tanja cuando llegó a la cabina de mando. Se ajustó las correas de sujeción de su asiento envolvente junto a Walfor—. ¿Qué ha pasado con lo de mantener la discreción?

—¡Pero si sólo estoy repartiendo comida, material de construcción y maquinaria entre los necesitados habitantes de tu planeta! —repuso Walfor, con una ingenuidad impostada.

—Será mejor que partas de inmediato si quieres llegar a tiempo a Hellhole. El General debe de estar esperando tu llegada.

Walfor inició la secuencia de despegue y a continuación aceleró con suavidad por encima del paisaje.

—¿Tantas ganas tienes de librarte de mí?

Tanja dejó caer la espalda contra el respaldo y se agarró fuerte.

—Tenemos una cita programada, y tú tardas en llegar más que los demás. Además, tienes que sacar de Candela tu nave de carga no autorizada antes de que la próxima enlazadora llegue de Sonjeera.

Walfor no parecía inquieto.

—¡Bah! Dudo que el piloto de la Constelación se levante siquiera de su siesta cuando llegue… De todos modos, para entonces ya hará tiempo que nos habremos ido. No llenes de preocupaciones tu cabeza bonita. Aún podemos pasar un poco más de tiempo juntos.

Tanja enarcó las cejas.

—Sabes que no tienes ninguna posibilidad conmigo, ¿verdad? Aunque no voy a prohibirte que sigas intentándolo si quieres.

—¡Perfecto! Entonces seguiré intentándolo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

A pesar de su actitud, Tanja sabía que Walfor siempre cumplía lo que prometía. Le gustaba como amigo y como socio comercial, pues hacía su trabajo a la perfección, un trabajo que tanto ella como el general Adolphus sabían que era vital. Walfor ya había disfrutado de su semana de reposo en Candela, y ahora había llegado el momento de cargar en su nave el iperión procesado y partir…

Tras aterrizar en un campo pavimentado doscientos kilómetros al norte de donde había despegado, Walfor volvió a cambiar el sistema de propulsión a uno más antiguo, y la nave se deslizó en dirección a un gigantesco almacén de madera que exhibía las marcas que había dejado la acción de los elementos: el almacén central de Walfor para la distribución de su mercancía en las zonas más pobladas del planeta. Cuando Walfor y Tanja emergieron de la cabina de mandos, la tripulación ya andaba atareada descargando cajones del transbordador y cargándolos en camiones para transportarlos a Puhau y a otras poblaciones aisladas en las montañas.

—Esto ya es todo lo que queda de lo que he traído de Boj —dijo Walfor—. Con un descuento especial para mi administradora planetaria favorita. Si te apetece ofrecerme a cambio una bonificación personal…

—Ya os he ofrecido a ti y a tu tripulación toda la hospitalidad del mundo durante la última semana. Es hora de trabajar. El tío Quinn ya tiene preparado el cargamento de iperión.

Ya en el interior del almacén encontraron una mesa libre en la cafetería de la segunda planta, y Walfor pidió para cada uno un botellín de la cerveza local. Tanja se bebió el suyo de un trago y continuó bebiendo de un recipiente con agua fría.

—Mis contables dicen que tus márgenes de beneficios son tan estrechos que les cuesta creer que saques algo de tus viajes a Candela —dijo Tanja, pensando en voz alta mientras observaba las tareas de carga y descarga que se llevaban a cabo en el exterior.

—¿Eh? ¿Quieres que suba los precios?

—Para nada. Sólo lo digo porque los profesionales de tu ramo no destacan precisamente por su honradez.

—Quizá te doy un trato de favor porque me gustas. —Le dirigió una sonrisa que ella no se tragó en ningún momento—. Está bien. Mis ambiciones son mayores; miro al futuro. El plan del General es prometedor. Si funciona, toda la gente de la Zona Profunda saldrá beneficiada. —Sonaba inusitadamente sincero; no había ni rastro de su habitual fanfarronería—. Para mí es como una inversión.

—Todos estamos haciendo una fuerte inversión —repuso Tanja—. «Y corriendo un riesgo mortal», pensó.

Tanja había adquirido en secreto, con dinero de su bolsillo y de un modo ilegal, un puñado de naves trazadoras que habían sido retiradas del servicio una vez completada la red de rutas intergalácticas de la Constelación. Ya no eran de ninguna utilidad para la Diadema, de modo que Tanja las había comprado a precio de saldo, supuestamente para darles un uso local dentro de su planeta. Los hombres de Ian Walfor las habían reacondicionado y las habían puesto a punto en Buktu, y luego las habían entregado al general Adolphus. Sumadas al suministro regular del iperión extraído en Candela, los conspiradores tenían todo lo que necesitaban.

Tanja apuró el contenido de su vaso de agua y se puso en pie.

—A pesar del placer que me procura tu compañía, Ian, tengo que poner punto y final a nuestra cita para ultimar los preparativos de mi viaje a Hellhole. Tal vez tus naves sean más lentas, pero yo tengo que dar más rodeos. El General se enfadará si alguno de los dos llega tarde.

—Bueno, se le pasará pronto el enfado cuando me vea aparecer con el cargamento de iperión.

—Eso es lo único que pido.