Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 23 de 106

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Hellhole

Capítulo 21

21

 

Cuando Fernando y Vincent partieron rumbo a la vastedad inexplorada de Hellhole en busca de maravillas y enigmas, este último por fin creyó comprender el motivo para el entusiasmo que se había apoderado de su compañero. Después de todo, tal vez hicieran un descubrimiento interesante.

Ambos habían recibido en Michella Town ropa, víveres, herramientas y un vehículo terrestre lo suficientemente resistente como para sortear los peligros que con toda seguridad les reservaba el planeta. La charla sobre seguridad a la que asistieron resultó ser un taller de dos días de duración donde les bombardearon con todo tipo de detalles sobre la actividad sísmica, las erupciones volcánicas, las nubes de polvo, las emanaciones de gas tóxico procedentes de las reservas subterráneas, la vegetación y los insectos autóctonos venenosos, los perniciosos parásitos y las infecciones fúngicas que podían afectar al ser humano. Las tormentas a las que podían enfrentarse entraban dentro de las siguientes categorías: de truenos, de viento, de relámpagos, de granizo, de nieve (poco frecuentes) y de tornados. Además, había que tener en cuenta las exóticas tormentas de humo y las electrostáticas, comúnmente conocidas como zumbadoras, y cuyos efectos ya habían experimentado en sus carnes a su llegada a Hellhole. En definitiva, ésos eran los únicos peligros conocidos. Parte de su trabajo como técnicos de prospección topográfica consistía en descubrir qué más tenía para ofrecer el planeta, tanto bueno como malo.

Vincent había estudiado a conciencia toda la información que le habían proporcionado y la había repasado durante horas. Fernando, por el contrario, no parecía prestarle demasiada atención; apenas si podía parar quieto mientras realizaban los preparativos de su viaje a bordo de su bien aprovisionado vehículo terrestre.

Vincent se ofreció a hacer el primer turno al volante mientras su amigo se ocupaba de la pantalla del navegador y buscaba datos de las numerosas cuadrículas en blanco de los mapas. Como cabía esperar, las cuadrículas que correspondían a los alrededores de Michella Town, junto con las de los alejados complejos industriales y explotaciones mineras, ya habían sido adecuadamente exploradas. Sin embargo, buena parte del territorio que se extendía más allá seguía siendo un enigma únicamente estudiado por los satélites de gran alcance que lo sobrevolaban.

Fernando recorría la pantalla del navegador intentando decidir por dónde empezar la exploración.

—Las opciones son infinitas. No estoy acostumbrado a poder elegir entre tantas posibilidades.

—Todavía no hemos encontrado nada.

—Pero lo haremos. ¿Cómo no vamos a encontrar algo en toda esta tierra? — Fernando ampliaba las imágenes y estudiaba cañones secos, las manchas espumosas de mares interiores de agua salada, el cauce de ríos sepultados bajo la extraña vegetación alienígena—. ¿Y si encontráramos monstruos?

—Aquí no hay monstruos; al menos de los grandes. —Vincent estaba seguro de que Fernando había oído esa parte de la charla—. El impacto del asteroide exterminó toda forma de vida de gran tamaño. No sobrevivió nada mayor que las aves más pequeñas o los roedores.

—Eso es lo que dicen los científicos —replicó, haciendo un mohín—. No seas aguafiestas y déjame vivir con la ilusión del misterio. Estamos en un planeta extraño, así que no hay ninguna certeza de lo que podemos encontrar. Los expertos de la zona reelaboran sus teorías cada día.

Vincent habría preferido realizar su trabajo de un modo metódico, explorando las cuadrículas en estricto orden, pero Fernando no dejaba de escoger los lugares al azar, intrigado por el accidentado y desolado terreno. Para Vincent todos los lugares eran igual de buenos en la pantalla, de modo que seguían las coordenadas elegidas por Fernando.

El resistente vehículo terrestre cruzaba colinas cubiertas por mantos de hierba fibrosa, alejándose cada vez más de lo que podía entenderse por civilización. Vincent conducía con precaución, haciendo oídos sordos a las frecuentes peticiones de su compañero para que acelerara o se desviara del rumbo decidido. Él seguía al pie de la letra el protocolo de actuación que le habían entregado en la oficina de exploración. Se detuvieron en varias ocasiones, y un Vincent diligente tomaba fotografías y muestras botánicas de matas nudosas cubiertas de hojas casi lineales parecidas a las de la lavanda. El pesado vehículo vadeó un arroyo flanqueado de piedras y cubierto de unas algas correosas.

La cuadrícula de mapa de turno que intrigaba a Fernando pertenecía a una zona desértica y accidentada donde la ceniza y el barro se habían acumulado formando montículos de estratos multicolor durante la etapa inmediatamente posterior al impacto. Siglos de vientos y de lluvias habían erosionado esas formaciones hasta convertirlas en figuras fabulosas. Desde la cabina elevada del vehículo, Fernando tomaba con las cámaras incorporadas montones de imágenes panorámicas que intercalaba con otras de Vincent en plena faena.

A primera hora de la tarde detuvieron el vehículo terrestre junto a una pared de roca desnuda. Vincent lo encontró interesante.

—El General quiere muestras recogidas a mano. Echemos un vistazo fuera.

—¡Claro! Necesito estirar las piernas.

Fernando abrió la escotilla, salió y empezó a deambular alrededor del vehículo mientras Vincent preparaba la tienda de campaña de montaje instantáneo para pasar la noche. Cuando estuvieron listos para emprender la excursión, se pertrecharon con mapas cuadriculados, cámaras fotográficas y herramientas, activaron el transpondedor del localizador del vehículo y enfilaron hacia los arroyos de cauces cada vez más anchos, serpenteando por las inusuales figuras rocosas de formas fabulosas.

Fernando se volvió y una sonrisa asomó a sus labios.

—Mira.

Vincent no veía qué había atrapado el interés de su amigo, que estaba señalando el suelo.

—Son nuestras huellas —añadió Fernando—. Este sector está inexplorado. Podríamos ser los primeros seres humanos que caminan por aquí. Eso no es algo que se pueda decir de ningún rincón de las Joyas de la Corona.

Exploraron cañones secundarios cuyas paredes verticales se habían erosionado hasta dejar al descubierto estratos salpicados de huesos, de exoesqueletos huecos, de insectos autóctonos del tamaño de un puño perfectamente conservados y de restos de animales grandes y pequeños.

—¡Apuesto a que el General pagaría por estos fósiles! —exclamó Fernando.

Vincent desenterró los especímenes con las herramientas de su equipo con la intención de entregarlos a los astrobiólogos de Michella Town.

—Estas criaturas debieron de quedar sepultadas por las erupciones volcánicas y las avalanchas de barro.

Tras anotar cuidadosamente la colocación exacta de los fósiles en la pared rocosa, Vincent extrajo un fragmento óseo de un animal que bien podía haber sido una delicada ave. Luego se deslizó hacia abajo por la pared, barrió con la mano un segmento de barro seco y dejó al descubierto un enorme hueso de más de un metro de longitud, aunque no encontró ningún vestigio más del animal.

—A lo mejor se trata de restos de basura. Podría ser que los alienígenas comieran estas criaturas gigantescas.

—O que las criaturas gigantescas se los comieran a ellos.

Cuando acabaron de recoger las muestras, Vincent levantó la mirada y reparó en el extraño aspecto de unos nubarrones helicoidales suspendidos en el cielo como si fueran cintas de lluvia retorcidas que caían en espiral desde las alturas.

—¿Recuerdas que en la charla nos hablaran de algo así?

Fernando fotografió las nubes, pero Vincent, inquieto, activó el localizador que los debía guiar de regreso al vehículo.

—Quizá deberíamos darnos prisa. Preferiría estar en un lugar seguro si esas nubes acaban convirtiéndose en una tormenta.

Antes de que llegaran al vehículo, empezó a caer una granizada de granos de hielo de formas geométricas. Los afilados cristales de agua los acribillaban, rebotaban en el suelo o se clavaban en el barro. Vincent y Fernando echaron a correr, chillando con alegría cuando divisaron delante de ellos el campamento. La granizada arreciaba y los trozos de hielo eran cada vez más grandes. Fernando soltó un alarido cuando un enorme grano de granizo le alcanzó en el cogote. Corrieron hasta alcanzar la tienda y se arrojaron bajo el alero elástico; se limpiaron la cara y el pelo y se sentaron cobijados en la tienda a contemplar la furiosa y centelleante tormenta.

La lluvia de cristales seguía aporreando la tela de la tienda mientras Vincent revisaba de nuevo los cierres. Esperaba que aguantara.

Fernando se tumbó, se sacudió los pies y aspiró hondo y rebosante de satisfacción.

—¿No te parece un trabajo genial… a nuestro aire y viendo cosas increíbles? Esto está mucho mejor que arrancar malas hierbas o limpiar el polvo de los viñedos. Siempre había soñado con hacer algo así.

—No fue eso lo que me dijiste a bordo del módulo de pasajeros.

—Un hombre puede tener más de un sueño, ¿no? Yo doy prueba de ello una y otra vez.

—En ese caso, ¿cuál fue el motivo inicial que te trajo a Hellhole? Y esta vez dime la verdad.

Fernando se encogió de hombros con desdén.

—Me parecía el lugar ideal.

—Hellhole es todo menos «el lugar ideal». Cuéntame tu verdadera historia.

—¡Bah, venga ya! No hay mal que por bien no venga, aunque a veces cueste creerlo. Toda mi vida he estado dando tumbos, saltando de un interés a otro, de un sueño a otro. Si quieres atrapar un rayo, tienes que colocar un montón de pararrayos.

—¿Y has venido precisamente aquí buscando tu oportunidad? Apuesto a que Hellhole no fue tu primera opción.

—Bueno, empecé en Vielinger, luego me trasladé a Marubi, y después a Sonjeera. Mi idea inicial era abrir un restaurante… todo el mundo necesita comer, ¿no? ¿Cómo iba a fracasar? —Fernando explicó a su amigo cómo había convencido a un grupo de inversores para que le ayudaran a abrir el restaurante, pero él no sabía demasiado sobre cómo llevar un negocio y el restaurante quebró en menos de un año—. Me entregué en cuerpo y alma, pero son cosas que pasan. Mis inversores perdieron todo su dinero, cierto, pero yo perdí todo el trabajo duro que le había dedicado. Para mí fue tan doloroso como para ellos, así que no entiendo por qué los inversores se enfadaron tanto conmigo. Pero así son las cosas.

Fernando había decidido entonces abrir una tienda de ropa en otro planeta.

—Todo el mundo necesita ropa, ¿no? ¿Cómo iba a fracasar? —Había conseguido reunir un nuevo grupo de inversores, pero había errado en la elección de la ubicación de la tienda y había elegido mal el género que ofrecía para la zona en la que se había instalado; y aunque celebraba con gran aplomo y entusiasmo las elecciones de prendas de sus clientes, los beneficios eran escasos. La tienda cerró sus puertas al cabo de siete meses, y Fernando tuvo que abandonar el planeta precipitadamente para escapar de sus enfurecidos inversores.

Relajado en el interior de la tienda mientras la granizada descargaba su ira fuera, Fernando dejó escapar un resoplido de indignación.

—No entiendo qué se esperaba que hiciera. ¿Acaso no éramos todos socios? Era un trabajo en equipo, y el equipo falló. La culpa no fue sólo mía. Pero ellos no lo veían así. Me culpaban a mí, ¡a mí! —Negó con la cabeza—. La culpa sólo es una llaga purulenta para la gente que no sabe salir adelante.

De ese modo Fernando había salido adelante —varias veces—, hasta que llegó un momento en el que se vio obligado a poner tierra de por medio con las Joyas de la Corona, y rápido.

—Sin embargo, contemplo esta nueva etapa de mi vida como un pozo sin fondo de posibilidades. Los planetas de la Zona Profunda son territorios salvajes, vírgenes y aún por explorar. Se necesita una persona ambiciosa como yo. Me irá bien aquí.

—Pero ¿por qué Hellhole? —preguntó Vincent—. Hay planetas menos duros en la Zona Profunda donde elegir.

Fernando se sacudió la escarcha centelleante de su ondulada cabellera castaña.

—¿Por qué iba a ir donde ya hay cazadores de sueños? Lo único que necesito es un planeta lleno de oportunidades. Y éste es el lugar.

—Si tú lo dices.

La tormenta cesó una hora después. Los dos amigos salieron de la tienda y contemplaron el paisaje aporreado y pasado por agua que se extendía a su alrededor. Vincent aspiró hondo una bocanada de aire fresco impregnado de ozono. El compacto suelo sedimentario parecía sembrado de diamantes, y la evaporación del granizo empezaba a formar una neblina.

Los cristales de hielo crujían bajos los pies de Fernando, que se alejaba caminando con dificultad, ansioso por vaciar la vejiga.

—¿Por qué no utilizas el retrete de reciclaje? —le preguntó Vincent, señalando el vehículo terrestre con el dedo pulgar por encima del hombro.

Su compañero le lanzó una mirada ceñuda.

—No sabes nada sobre la sensación de libertad que proporciona estar al aire libre.

Fernando flanqueó un saliente rocoso y descendió hasta un arroyo. Entretanto, Vincent regresó al vehículo, revisó las imágenes que habían tomado ese día y utilizó la conexión del satélite para enviarlas a la oficina de exploración de Michella Town. A pesar de que Vincent no compartía el entusiasmo de su amigo, estaba contento. Había llegado allí en medio de un cúmulo de circunstancias adversas, pero, después de todo, aquello no estaba tan mal. Había empezado una nueva vida, en palabras de Fernando…

En ese preciso momento, su amigo regresó corriendo al campamento, gritando y agitando los brazos. Todavía llevaba la bragueta abierta.

—¡No lo vas a creer! ¡He visto una criatura alienígena! ¡Era enorme… como un buey, pero se movía como una pantera!

Vincent frunció el ceño.

—Como broma es bastante mala. Aquí no hay nada que no sean fósiles. —Cortó el aire de un lado a otro con la mano, señalando el paisaje desolado—. Mira este lugar. Ninguna criatura del tamaño que dices podría sobrevivir aquí.

—¡No bromeo! Lo he visto con mis propios ojos. Era un animal enorme, y estaba justo en lo alto de ese risco de allí. Podría ser un depredador. ¿Con qué armas contamos?

—No llevamos armas. ¿A qué íbamos a disparar? No hay depredadores autóctonos. Recuerda, lo más grande que hay son los roedores.

—Cuéntale eso al monstruo que acabo de ver. ¡Esto es increíble! Aquí estamos, en mitad de un territorio salvaje, y el General no nos da nada para defendernos. ¿En qué estaría pensando?

—No hay nada de lo que debamos defendernos. Vamos, Fernando, ya lo sabes. Seguramente habrás visto sombras en la neblina que se ha formado con la evaporación del granizo.

—Lo he visto claro como el agua… ¡y era enorme! —Fernando abrió completamente los brazos para que Vincent se hiciera una idea de lo grande que era.

—Está bien. Entonces enséñamelo. A lo mejor ha dejado huellas. —Vincent trató de apaciguar el malestar que se había generado en su interior de un modo automático. Sabía que si la criatura existía de verdad, la información tendría un valor incalculable para los científicos. Sin embargo, no tenía ninguna duda de que Fernando estaba tomándole el pelo.

—¡Yo no vuelvo allí a menos que me des un arma! Podría haber más. Metámonos en el vehículo.

Conocedor de la tendencia a la exageración de su amigo, Vincent no quedó del todo convencido a pesar de que los temblores de Fernando parecían auténticos.