Hellhole
Capítulo 8
8
Sonjeera era el planeta más hermoso de la Constelación, un lugar beneficioso para la armonía del espíritu humano. La residencia predilecta de la princesa Keana, conocida popularmente como la Casita, se levantaba en las mismas tierras que el palacio de la Diadema, aunque quedaba bien alejada de la vivienda de su madre. Hacía más de ocho siglos, Philippe el Susurrante, uno de los diademas más famosos de los albores de la Constelación, había mandado construir el lujoso retiro a orillas del Estanque de las Aves para su hermosa esposa, Aria Ongenet, quien se reunía allí con sus numerosos amantes, haciendo gala de una extrema discreción para evitar la humillación pública del por entonces soberano.
Las obligaciones oficiales de Keana como hija de la Diadema no le ocupaban precisamente demasiado tiempo: inaugurar orfanatos y algún edificio gubernamental, acudir a actos benéficos, cortar la cinta en la apertura de un nuevo museo, hacer acto de presencia en los hospitales infantiles o bautizar naves de las rutas intergalácticas. Todo ello sólo sumaba un par de horas o de días de vez en cuando, de modo que disponía de mucho tiempo para reflexionar sobre los vínculos y los enredos de las familias nobles y sobre el árbol genealógico de la familia Duchenet. No se le exigía mucho más.
Keana llevaba años exasperada por las limitaciones y las expectativas que rodeaban su vida. ¡Una vida desperdiciada! Se había compadecido de sí misma y se había sentido muy sola hasta hacía dos años, cuando había conocido a Louis de Carre. A partir de entonces, su vida se había visto colmada de amor y de pasión, de matices, de oportunidades… ¡Estaba tan harta de ceñirse a las reglas!
En el torbellino de su pasión, Keana y su amante desbordante de vida y de entusiasmo apenas habían puesto interés en mantener su relación en secreto. Si a su propio marido no le importaba, y puesto que ella no ambicionaba ningún tipo de carrera política, ¿por qué iba a malgastar fuerzas en esconderlo?
Keana era una mujer en la flor de la vida, alta, esbelta, bastante hermosa y con una tez joven, oscuros ojos azules y una melena de color caoba que le caía sobre los hombros. Sus doncellas y sus asesores aseguraban que era tan bella que no necesitaba maquillarse, si bien su quisquillosa madre —quien pasaba más de una hora «preparándose» para cada aparición pública— opinaba lo contrario. La diadema Michella tenía un comentario crítico para todo.
Como hija única de la soberana, Keana había sido educada en la residencia real con el único fin de convertirla en una figura de vitrina, sin la preparación necesaria para ocupar ningún cargo político significativo. Cuando la diadema Michella abdicara o falleciera, Keana recibiría un estipendio y una heredad, y pasaría el resto de su vida sumida en un silencioso hastío. Por ley, ningún miembro de la dinastía Duchenet podía subir al Trono Estelar hasta pasada una generación.
De niña, Keana había ido con frecuencia a la Casita en un viejo carruaje tirado por un grupo de gaxes, una especie de animal de tiro que sólo se encontraba en Sonjeera. En la orilla serena del estanque, Keana había escuchado a los cocheros intercambiar historias sobre intrigas y muertes. Se decía que uno de los amantes de Aria Ongenet, un noble a quien ella doblaba la edad, se había arrojado a la rueda de un molino cercano que giraba con agitación desesperado por la negativa de su amada de divorciarse de su marido y casarse con él. Keana pensaba que una pasión tan honda debería haber superado el obstáculo de un matrimonio sin amor. Ahora ella, con su dulce Louis, comprendía qué era el amor verdadero.
Hacía más de una década, las maquinaciones políticas de su madre la habían forzado a casarse con lord Bolton Crais, un noble inseguro y mediocre perteneciente a una familia influyente. Keana consideraba a su marido extremadamente aburrido, aunque a su manera no dejaba de ser un hombre dulce. Bolton poseía algunas dotes militares y administrativas, pues había servido como oficial de logística en la guerra contra el general Adolphus. Tampoco él había mostrado especial interés en casarse con ella —ni con nadie—, y se había limitado a acatar la voluntad de su familia. Bolton nunca se comportaba de un modo cruel con ella, nunca le hablaba mal, y seguramente ni siquiera le era infiel; de hecho, no destacaba en nada. Y Keana no lo amaba.
Louis era todo lo contrario. A pesar de ser casi veinte años mayor que ella, el noble viudo de Vielinger lucía una espesa cabellera azabache y no aparentaba la edad que tenía. Era un hombre ocurrente y de una extensa formación, y siempre se las ingeniaba para sorprender a Keana con su amabilidad, su buen humor y su ternura.
Con Louis por fin se sentía importante. Durante sus frecuentes visitas a Sonjeera, supuestamente por negocios, Keana concertaba una cita con él en la Casita. Su relación aportaba a Keana la emoción que ansiaba, una dosis de pasión genuina ajena a las ineludibles alianzas entre familias. Por primera vez se sentía viva; además, Louis hablaba con ella de igual a igual, y le revelaba todo un universo que se extendía más allá de Sonjeera…
Una serie de diminutos estanques de diversas formas geométricas formaban un collar ornamental alrededor del jardín interior de la Casita y del estanque central. Estos pequeños estanques estaban conectados entre sí por unos cortísimos conductos que permitían a los bañistas zambullirse en uno y emerger en otro. Un túnel más largo desembocaba directamente en el Estanque de las Aves. Según contaba la leyenda, se habían producido dos muertes por ahogamiento durante el tiempo que Aria Ongenet alentaba a los nobles más jóvenes a bucear distancias cada vez más largas con la promesa de obtener sus favores como recompensa. Tras la muerte de Aria se habían sellado las entradas del largo túnel que conducía al estanque, y así se habían mantenido durante siglos.
—No tienes nada que demostrar… Ya te has ganado mi amor —afirmó Keana cuando Louis sugirió recorrer buceando todos los estanques de una sentada. Su impulsividad temeraria lo convertía precisamente en el polo opuesto del serio y convencional Bolton Crais.
—No es a ti a quien debo demostrárselo —replicó Louis—, sino a mí.
Contempló los estanques enfundado en su bañador rojo y dorado, evaluando la ruta que había decidido seguir: recorrer todos los estanques sin salir ni una sola vez a la superficie para tomar aire, incluido el pasadizo que había bautizado como el «Túnel de la Muerte». Keana no hallaba menos gracioso el ocurrente sobrenombre. El gallardo galán conservaba un cuerpo musculoso, pero ya no era tan joven como creía.
Keana, ataviada con un largo vestido veraniego de color azul con el emblema de la casa Duchenet en el cuello, se puso de puntillas para besarlo.
—Pensaré en un nuevo poema de amor mientras buceo —dijo Louis, guiñándole un ojo.
El noble se zambulló en el estanque central y se deslizó por debajo del agua más rápido de lo que ella había visto hacer jamás a alguien.
Keana recorrió con paso nervioso el sendero que bordeaba los depósitos de agua, siguiendo el progreso de Louis por los estanques, sin perderse una sola de sus brazadas y disgustada por su impetuosidad.
La relación que mantenían no era ningún secreto. El pobre Bolton hacía ver que no se enteraba de que estaban poniéndole los cuernos y hacía oídos sordos a los cotilleos que proliferaban sotto voce, pero no era tonto. Él y Keana tenían un «acuerdo» por el que había aceptado pasar por alto las indiscreciones de su esposa.
La madre de Keana, sin embargo, estaba al tanto de que ella y su marido dormían en dormitorios distintos, incluso en residencias distintas la mayor parte del tiempo. La ausencia de niños que perpetuaran la estirpe Duchenet (y la Crais) era un motivo constante de desavenencias entre ambas, aunque la propia diadema Michella no había dado a luz a su hija hasta bastante avanzada su edad fértil.
En una ocasión, durante una discusión acalorada, Michella había espetado a su hija: «Si no vas a permitir que Bolton te dé un heredero como es debido, más te vale no dejarte preñar por alguno de tus romeos». Keana, sulfurada por la acusación velada de promiscuidad de su madre, había abandonado el palacio de la Diadema hecha una furia y había establecido su residencia permanente en la Casita. Para ella nunca había existido nadie que no fuera Louis; ni siquiera había mantenido las pertinentes relaciones sexuales con su marido durante dos años. Lord de Carre ya tenía un hijo y, por tanto, un heredero, el competente y responsable Cristoph, quien recientemente se había hecho cargo de la administración de las minas de iperión de Vielinger, de modo que Louis podía centrar todas sus atenciones en Keana.
Keana aguardaba encima de la entrada del largo túnel principal con la vista clavada en el agua, observando con una mezcla de ansiedad y entusiasmo mientras su enamorado cruzaba buceando el último de los estanque menores y enfilaba por el penumbroso pasadizo subacuático. Cuando lo perdió de vista, Keana recorrió a la carrera el túnel por la superficie hasta su desembocadura en el gran estanque. A pesar de que ella se encontraba al aire libre, le costaba respirar, y el corazón le aporreaba el pecho.
¿Por qué no salía Louis a la superficie? ¡Estaba tardando demasiado! Pero entonces advirtió un movimiento en la superficie del agua turbia, y la cabeza y las manos de Louis emergieron del estanque con gran estrépito. El noble jadeaba, respirando penosamente. Keana se lanzó al estanque sin reparos por su vestido y sostuvo a Louis entre sus brazos, con el agua cubriéndola hasta la cintura. Sentía el corazón de su amado latiendo contra el suyo mientras le acariciaba el pelo negro y húmedo.
—¿Ahora dejarás de hacer estas tonterías? No tienes nada que demostrar; ni a mí ni a ti.
Louis se limpió el agua del rostro y miró a Keana con una expresión de desconcierto.
—Tienes el vestido y el pelo calados, amor mío.
Keana soltó una carcajada compungida y lo besó, se quitó de encima a su enamorado y cruzó a nado el estanque.
—Déjame ayudarte —dijo Louis cuando la alcanzó.
Sumergidos ambos en el agua tibia, Louis le tiró de la tela húmeda del vestido. Ella lo besó en el cuello mientras él cargaba con ella hasta la hierba de la orilla y el vestido abandonado flotaba a la deriva en el estanque.
Después, mientras ambos yacían desnudos y exhaustos tras hacer el amor, Louis levantó la mirada hacia los sauces y se lamentó de tener que atender asuntos de negocios en Sonjeera.
—Me resulta tan sencillo perder la noción del tiempo cuando estoy contigo, mi vida… No sólo no me entero del paso de las horas, tampoco de los días. Acabo de acordarme de que esta tarde debía asistir a la votación de una importante decisión que atañe a Vielinger… ¿o quizá fuera esta mañana?
Keana lanzó un suspiro y recorrió con la yema de un dedo el torso de Louis.
—Política… ¿De verdad tienes que ir?
—Seguramente ya habrá concluido. Además, prefiero mil veces estar aquí contigo, donde puedo olvidarme de todas esas tonterías.
—¿No notarán tu ausencia? —inquirió Keana, desbordante de júbilo.
—¡Vaya si la notarán! Harán otro intento para debilitar a la familia de Carre. Esos aristócratas maquinadores llevan siglos ansiándolo. Pero no te preocupes, siempre fracasan.
—Tu hijo administra las minas de iperión. Todo está en buenas manos.
—En las mejores. —Louis le regaló una sonrisa—. Los nobles discutirán, votarán y volverán a discutir. Siempre es lo mismo. Los Riomini continúan urdiendo una intriga tras otra con el objetivo de arrebatarme mi planeta. Hoy ocurrirá lo mismo tanto si estoy presente como si no, y prefiero pasar la tarde en tu placentera compañía.
Keana se echó a reír, sabedora de que el Consejo de los Lores se sentiría profundamente ofendido por la informalidad de Louis. ¡Que refunfuñaran y gruñeran todo lo que quisieran!
Sin embargo, el rostro de Louis adquirió un repentino gesto de preocupación.
—No obstante, últimamente han traspasado ciertos límites. Están saboteando mis minas de iperión, y Cristoph está quedando como un incompetente a pesar de que en el fondo no se le puede culpar de nada. ¡Incluso hay súbditos furiosos conmigo! ¿Cómo es posible? Siempre me he preocupado por el bienestar de mi pueblo. Uno de estos días realizaré un comunicado en una sesión abierta del Consejo para poner las cosas en su sitio.
Keana se ofreció a ayudarle.
—¿Quieres que hable del tema con mi madre?
Louis la miró con una afligida expresión de agradecimiento.
—No te ofendas, cariño, pero tu función es dar lustre a los actos sociales de Sonjeera con tu presencia y tu cara bonita, no influir en los asuntos políticos.
La afirmación la hirió, pero Keana no podía discutirle la veracidad de sus palabras.