Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 13 de 106

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Hellhole

Capítulo 11

11

 

Al día siguiente, los dos amigos acudieron a su cita en la hacienda Elba. Fernando estaba más hablador aún de lo que era habitual en él.

—Nunca imaginé que tendríamos la oportunidad de conocer al general Adolphus en persona. ¡Éste podría ser nuestro golpe de suerte! Me niego a creer que sea el monstruo aterrador que retrata la historia oficial.

Se decía que Tiberio Maximiliano Adolphus era un traidor despiadado con las manos manchadas de la sangre de millones de personas; un hombre que había intentado cruelmente destruir los siglos de estabilidad y de tradiciones de la Constelación. A lo largo y ancho de los planetas que formaban las Joyas de la Corona se atemorizaba a los niños con la amenaza de que el general surgiría del interior de sus armarios y los devoraría si se portaban mal.

Vincent había oído ese tipo de historias durante el tiempo que había estado trabajando en el taller de maquinaria en Orsini. No obstante, en Michella Town todo indicaba que los colonos profesaban una lealtad inquebrantable a Adolphus precisamente por su pasado revolucionario. Vincent sospechaba que estaba a punto de conocer otra versión de la historia. Aun así estaba un poco inquieto.

Sophie Vence se había encargado de proporcionarles un medio de transporte para llegar a la residencia del general. Fernando quedó impresionado por la casa del líder colono.

—¿Te lo puedes creer? Es una mansión… ¡Una mansión! Aquí mismo, en Hellhole. Debe de tener metida en un puño a toda esta gente. —Se agachó para oler una flor espinosa encerrada en una gran urna de arcilla en el porche y torció el gesto al aspirar la avinagrada fragancia.

Un sirviente del general les invitó a entrar en la mansión.

—Caballeros, el General les espera. La señora Vence habla maravillas de ustedes.

Enfilaron por unos suelos embaldosados cubiertos de alfombras, dejando atrás un salón para banquetes con las paredes revestidas con paneles y un puñado de despachos. El sirviente les indicó que entraran en un vasto estudio con las paredes forradas de librerías y con varias vitrinas. Por puro hábito, Vincent se atusó el pelo y se alisó la camisa. Tragó saliva.

El hombre que los esperaba sentado en el escritorio, enfrascado en su trabajo, era inmediatamente reconocible por sus continuas apariciones en los informativos y en las imágenes de propaganda. El general Tiberio Adolphus estaba revisando los registros de sus factorías e instalaciones mineras dispersas por todo el continente. Utilizaba una pantalla de escritorio para repartir las tareas a los equipos de trabajo y transmitir nuevas instrucciones a las oficinas de Michella Town así como a las excavaciones a cielo abierto y los complejos industriales que se extendían a varios kilómetros a la redonda.

Adolphus levantó la mirada de su mesa de trabajo y dirigió una sonrisa cortés a los recién llegados.

Fernando se apresuró a dar un fuerte apretón de manos al general.

—Gracias por recibirnos, señor. No se arrepentirá de habernos concedido su tiempo.

—Le agradecemos la oportunidad que nos ha concedido, señor —añadió Vincent, inclinando la cabeza respetuosamente.

Le vinieron a la memoria los reportajes sobre el descontento general, las luchas libradas en numerosos planetas de las Joyas de la Corona, la victoriosa batalla final del comodoro Hallholme contra las fuerzas rebeldes y la figura agraviada y vilipendiada de Adolphus enfrentándose al consejo de guerra. Eso era todo lo que Vincent recordaba del hombre que ahora tenía delante.

Sin embargo, sentado en su estudio, Adolphus no parecía una persona derrotada ni caída en desgracia; más bien se le veía feliz, vigoroso, rebosante de una energía natural.

—Puede dar la impresión de que este planeta tiene poco que ofrecer, caballeros, pero lo exprimimos al máximo. He financiado la construcción de carreteras, refugios, fábricas, plantas energéticas, minas y colegios… aunque todavía no contamos con una población infantil extensa. —Se inclinó hacia delante y apartó los documentos que tenía sobre el escritorio—. Cuando la diadema Michella se deshizo de mí enviándome aquí, lo hizo con la intención de que Hallholme se convirtiera en mi celda; pero yo me niego a verlo en esos términos. Ya hemos conseguido transformar este planeta en una tierra próspera, aunque lo sea únicamente para nosotros, y tengo la intención de convertirlo en un lugar todavía mejor.

—¡Bien dicho! —exclamó Fernando—. Y nosotros estaríamos encantados de ayudarle a conseguirlo, señor. Ya verá que Vincent y yo somos unas personas que se entregan en cuerpo y alma al trabajo.

Vincent se aclaró la garganta con nerviosismo antes de hablar.

—Es cierto, señor.

—Nadie viene a este planeta de vacaciones, y tengo por norma ofrecer un empleo a los recién llegados. Tenemos que consolidar y hacer viable el asentamiento. Los colonos de Hallholme no dan abasto para el trabajo que hay, por eso solicitamos un año de servicios a la comunidad durante el cual se les proporcionará alojamiento y comida. Al término de ese año pueden establecerse por su cuenta, o si les ha gustado el trabajo asignado, pueden continuar en sus puestos ya como empleados a mi cargo. Mis ayudantes les orientarán en la elección de una tarea adecuada a su formación y sus habilidades.

—Hemos venido para empezar una nueva vida —repuso sonriente Fernando.

El general se los quedó mirando con las cejas enarcadas.

—He estudiado sus archivos, caballeros, y sé exactamente por qué se han unido a nosotros.

Vincent sintió vergüenza de su pasado a pesar de que Adolphus no había empleado un tono hiriente en su aseveración.

—Hallholme atrae a numerosos inadaptados sociales —continuó el general—. Supone un reto moldear a todas esas personas independientes y, hablemos claro, excéntricas, para integrarlas en un equipo que trabaje en beneficio del colectivo. Las duras condiciones del entorno obligan a la cooperación. Para dominar este planeta salvaje necesitamos educación, transporte, comercio, agricultura expansiva, instalaciones y servicios médicos modernos, industria, una sociedad capaz de caminar sola. En definitiva, tenemos que dar un motivo a la gente para venir y crear a la vez las infraestructuras necesarias para atenderla a su llegada. Por ahora, dada la posibilidad de escoger entre todos los planetas, sólo quien no tiene otro remedio viene a Hallholme.

—El lugar al que hay que ir cuando ya no se tiene adónde ir —apuntó Fernando en un tono de broma—. Mi amigo y yo esperábamos que quizá tuviera usted algo especial para nosotros. Tal vez algún trabajo de los que no aparecen en el catálogo…

—Escucharíamos agradecidos sus sugerencias, señor —le interrumpió Vincent.

Adolphus los miró impertérrito, y Vincent se sintió como si el general estuviera sometiéndolo a una especie de radiografía. El célebre rebelde exiliado parecía más interesado en Vincent que en Fernando.

—Rara vez Sophie me recomienda a alguien, así que estoy dispuesto a escucharles. Dígame en qué está interesado, señor Jenet.

Vincent se aclaró la garganta.

—Recibiré de buen grado cualquiera que sea su recomendación, señor, pero mi amigo tiene un espíritu mucho más aventurero.

—Me gustaría que me destinaran a las zonas fronterizas, general —repuso Fernando sin perder la sonrisa—. Tengo entendido que de vez en cuando envía exploradores para reconocer el terreno.

—Se realizan prospecciones topográficas. —Adolphus movió de sitio varias hojas de papel y les mostró una imagen en la pantalla plana—. Nuestra red de satélites elabora mapas a gran escala del terreno, pero no hay nada comparable a un par de ojos de verdad para examinar el territorio. La mayor parte del planeta permanece inexplorado, y lo más probable es que vaya donde vaya esté pisando territorio virgen. ¿Les atrae la idea? Si llevan un equipo para realizar tareas topográficas y se aplican en la recopilación de datos, les proporcionaré víveres, pertrechos, un vehículo terrestre… todo lo que necesiten. Sólo tienen que echar un vistazo ahí fuera y contarme lo que encuentren.

—¿Y nos pagaría por ello? —saltó Fernando—. ¿Cuánto?

—Les suministraré todo lo que precisen. Si dan con algo que valga la pena, ya hablaremos sobre los honorarios del descubridor. Prefiero que sea mi pueblo el que encuentre nuevos recursos para la explotación a que lo haga un inspector oficial de la Constelación.

Aquello era música para los oídos de Fernando.

Vincent había oído hablar de los inspectores, que trataban de determinar cómo exprimir aún más los recursos de Hellhole en beneficio de la Constelación, pero el general apenas si cooperaba con los forasteros; prefería rodearse de su propia gente.

—Por supuesto, necesitaremos un período de formación —dijo Vincent—. Sería imprudente salir sin la preparación adecuada. La tormenta electrostática de ayer nos dejó claro que la charla informativa que recibimos sobre los peligros que nos aguardaban aquí fue… incompleta.

—Se les enseñará todo lo que tienen que saber y se les proporcionará un equipo de comunicación y lo necesario para su supervivencia. Lo mismo que se ha dado al resto de los técnicos que realizan prospecciones topográficas. Lo demás ya depende de ustedes.

—Gracias, General. Estamos impacientes por empezar.

Adolphus les mostró su colección de objetos enigmáticos exhibidos en las vitrinas: espirales y piezas alargadas de metal plateado que parecía que no habían sido fundidas, sino que la naturaleza las había creado así.

—Por favor, mantengan los ojos bien abiertos cuando estén ahí fuera. Los primeros colonos descubrieron diversos artefactos de la civilización primigenia del planeta. Me gustaría saber algo más de los habitantes originales. Apenas si conocemos nada de ellos.

En el conjunto de los setenta y cuatro planetas que formaban la Constelación había una gran variedad de formas de vida extraterrestre (extraños animales, plantas y todo tipo de organismos intermedios), pero ni una sola civilización que hubiera desarrollado algún tipo de tecnología. La raza más evolucionada era un grupo gregario de antropoides que vivía en Tehila. Se trataba de unas criaturas vegetarianas dóciles que construían cabañas y vivían en comunidades, pero que daban completamente la espalda a sus vecinos humanos. La civilización original extinguida de Hallholme, sin embargo, había alcanzado un alto grado de desarrollo, a juzgar por los escasos objetos primitivos que los colonos habían encontrado.

—A pesar del impacto del asteroide y del subsiguiente holocausto —dijo Adolphus, deslizando un dedo por una urna—, todavía deben de quedar numerosas piezas esperando a ser rescatadas. —Levantó la mirada. Un brillo se había instalado en sus ojos—. Pagaré generosamente por cualquier objeto que encuentren.

Fernando también estaba encantado con esa idea.

El descubrimiento de artefactos alienígenas en Hallholme no había causado ningún furor en las Joyas de la Corona. De hecho, Vincent apenas si había oído hablar antes del tema.

—En el material que nos entregaron durante la charla orientativa se decía que el impacto del asteroide fue lo suficientemente devastador como para aniquilar las formas de vida más importantes y todo tipo de construcciones y artefactos de origen no natural. ¿Cómo es posible que quede algo?

—Nunca subestimen el milagro de lo circunstancial. —Adolphus dio unos golpecitos en la urna—. Este puñado de restos recuperados alimenta mi esperanza. — Apartó la mirada de la vitrina y se volvió a sus invitados—. Ahora sólo es una afición, pero espero que me ayuden a convertirlo en algo más. Mi intención es juntar algún día todas las piezas del rompecabezas.

—Si ahí fuera hay algo, lo encontraremos, señor —prometió Fernando—. Ha hablado de una generosa recompensa, ¿verdad? ¡Partiremos en cuanto se nos proporcione el equipo!

—Y formación —le recordó Vincent sin dejar lugar a malentendidos.