Hellhole
Capítulo 15
15
El capitán Escobar Hallholme consideraba la casa solariega de los Adolphus como un recuerdo ingrato de la antigua familia soberana de Qiorfu. El joven oficial habría preferido derribar la vieja mansión que se levantaba sobre la superficie inclinada de la falda de la colina y construirse una nueva residencia, pero su padre le insistía en que el edificio original debía conservarse por razones que nunca acababa de explicarle.
El anciano comodoro siempre ponía de relieve que, a pesar de haber sido remodelada, ampliada y rediseñada en numerosas ocasiones, la mansión solariega era la casa histórica de una respetada familia, y que databa de mucho antes de que la Carta Magna de la Constelación fuera redactada y firmada por los primeros nobles. Varios tramos de sus muros de piedra roja se remontaban a más de dos milenios, y los olivares cargaban con el peso de sus propios años. La construcción poseía la sobriedad de la historia, y en tiempos más recientes, de la traición.
Escobar, sin embargo, la odiaba. No necesitaba vivir rodeado de testimonios de esa historia ni del papel que su familia había desempeñado en ella.
Recién duchado y afeitado, ahora se hallaba en la segunda planta de la mansión, envuelto en una tenue túnica azul. Sobre una mesa próxima a él había una bandeja de plata, pero apenas había tocado su taza de negruzco y dulzón kiafa. Su esposa ya había dejado a sus dos niños con los tutores, y él no los vería hasta la hora de la cena. De todos modos tenía mucho trabajo por hacer. Ésa era una de las primeras lecciones que sus hijos habían aprendido: su padre tenía importantes responsabilidades que atender en Qiorfu.
Por suerte, los niños invertían buena parte de su tiempo en importunar a su abuelo para que les contara batallitas de la guerra que ellos escuchaban hipnotizados. A Escobar no podían importarle menos los interminables relatos de su progenitor.
Abrió violentamente una ventana de doble hoja y fijó la mirada en una muralla lateral de la que sobresalía un puesto de vigilancia. Se fijó en el tono ocre que habían adquirido las piedras bañadas por la luz matinal y, en un destello de objetividad, fue capaz de apreciar la belleza de la casa desde el punto de vista de su valor histórico.
Escobar, el ambicioso hijo del mítico comodoro Percival Hallholme, disponía de una unidad militar propia bajo su mando, si bien es cierto que menos gloriosa y legendaria que la de su padre… de momento. Era capitán de unidad, y tenía a su cargo la factoría de la llanura Lubis y la compañía de las tropas de Riomini destinada allí. Incluso se había casado con una de las sobrinas nietas de lord Riomini, una muchacha con el encanto imprescindible y con buenos contactos. Tenían poco en común, pero había que reconocer que era una buena madre para sus hijos.
La familia de Escobar compartía la vasta mansión con el anciano comodoro. Gracias a Dios, la residencia disponía de un número incontable de estancias para que cada uno destinara las que quisiera a sus propios intereses. La cámara en la que ahora se encontraba Escobar había sido en otro tiempo la suite principal de los patriarcas Adolphus. Él la había convertido en un salón donde alguna vez departía con los dignatarios que le rendían visita. Era una estancia aislada de las ajetreadas zonas familiares donde los chicos gozaban de permiso para jugar.
Percival Hallholme había recibido la hacienda como recompensa por su magnífica victoria sobre Adolphus. La mansión, situada sobre un promontorio desde el que se dominaba la llanura, asemejaba la proa de una enorme embarcación de las de antaño. Escobar no tenía más remedio que reconocer que si entornaba los ojos, la llanura tapizada de hierba azulada que se perdía en la lejanía evocaba el mar, y la multitud de naves MRL estacionadas que jalonaban la planicie parecían barcos fondeados sobre la superficie plácida del agua. Algunas naves viejas se desguazaban para aprovechar las piezas; sin embargo, la Diadema insistía en que el grueso de la anticuada flota se mantuviera en condiciones de operatividad para ser empleada en los ejercicios de entrenamiento y como reserva estratégica. Por si acaso… aunque él desconocía contra quién podrían enviarse.
Cada vez que Selik Riomini acudía a Qiorfu por la ruta intergaláctica para realizar una inspección y dar a su sobrina nieta el pertinente beso en la mejilla, Escobar le rogaba que le asignara unas responsabilidades que representaran un desafío mayor. Escobar había destacado en la academia militar en la toma de decisiones tácticas durante las maniobras en el campo de batalla. Había sido adiestrado para la acción.
Sin embargo, ya sobrepasaba los treinta años, y el reloj de su carrera militar seguía haciendo tic tac. Su pelo castaño claro y sus ojos de un pálido color azul, sus facciones clásicas y unas maneras que destilaban gallardía y aptitud a partes iguales, convertían a Escobar en una atractiva figura militar. Sólo pedía la oportunidad de ganarse sus propias medallas en vez de seguir montado en el carro de la gloria de su padre. Lord Riomini, quizá haciendo un esfuerzo por tener feliz a su sobrina nieta, había accedido y le había prometido un destino mucho más emocionante. A pesar de que no había ninguna guerra en curso, ni siquiera revueltas locales, el Lord Negro le había respondido de un modo enigmático: «Ten paciencia. Podría estar a punto de ocurrir algo en Vielinger».
Escobar oyó los inconfundibles andares renqueantes de su padre, que avanzaba por el pasillo que se extendía al otro lado de la estancia en la que se encontraba él. Ni siquiera los médicos más expertos podían hacer nada para solucionar la cojera del anciano militar; el tejido de Percival rechazaba los injertos de sustitución, y él se negaba a ponerse una compleja prótesis. Su padre contaba un montón de historias sobre sus años en la guerra y sobre las supuestas heridas que había recibido, tantas historias y tantas versiones de todas ellas que resultaba difícil discernir qué era realidad y qué ficción. Sin embargo, Escobar tenía un vasto conocimiento de la verdad. Cuando la gente veía al retirado comodoro paseándose cojeando, enfundado en su uniforme militar, casi todo el mundo daba por supuesto que su lesión era consecuencia de una herida sufrida durante la rebelión, cuando lo cierto era que se debía a una enfermedad. Escobar, con el paso del tiempo, podría llegar a mostrar síntomas de la misma enfermedad degenerativa, si bien los médicos ya lo estaban sometiendo a tratamientos preventivos.
Percival tanteó el picaporte. El muy iluso creía que estaba siendo sigiloso. Escobar había adquirido la costumbre de cerrar con llave las puertas de aquella ala de la mansión.
Sabía que su padre no se iría, así que tiró bruscamente del picaporte para abrir la puerta y se topó con él plantado allí, con sus plateadas patillas aún más encrespadas de lo que era habitual. En otro tiempo había sido un hombre musculoso, pero su condición física había mermado. Percival miró a su hijo enfundado en su túnica de gasa.
—¿Dónde está su uniforme, soldado? —Como siempre, el comodoro retirado llevaba puesto su uniforme favorito, negro y dorado, con algunas partes raídas y con la guerrera arrugada por el peso de las medallas.
—Todavía no he abandonado mis dependencias, señor. Estaba a punto de vestirme y bajar a la factoría. —El tono de su voz delataba un atisbo de obligada justificación—. Aunque no se traten de misiones de combate, mi labor como militar es importante. Soy responsable de tener a punto esas naves.
El anciano oficial entornó sus grandes ojos grises.
—Tal vez algún día tengas la suerte de experimentar en tus propias carnes la gloria del combate.
—La esperanza es lo último que se pierde, señor.
Escobar sabía qué vendría a continuación, así que enfiló rápidamente hacia el dormitorio adyacente y cogió el uniforme negro que los criados le habían dejado preparado. Era negro y dorado como el de su padre, aunque de un corte moderno y con los galones confeccionados de acuerdo con el nuevo diseño. De momento sólo tenía una medalla que colgarse de la solapa, un reconocimiento a su excelente labor en la administración de la factoría de la llanura Lubis.
Percival se arrimó a su hijo y se arrancó con una de sus interminables historias.
—¿Te he contado alguna vez de qué es esta cicatriz de la frente? —Se tocó el extremo frontal de su cada vez más escasa cabellera. Podría haberse borrado la cicatriz, pero había preferido conservarla visible, como una más de las medallas que se había ganado en la guerra.
La verdad era que Escobar había oído la historia un montón de veces. Su madre, que ya llevaba muerta siete años, había sufrido aún más las reiteraciones de su padre, pero el amor la había llevado a hacerle creer que cada vez que se la contaba era la primera. Escobar supuso que el amor dotaba de paciencia a las personas. Él quería y admiraba a su padre, pero todo tenía un límite.
—Yo era oficial de carrera —continuó Percival con su perorata—, y había servido en varios escenarios de guerra antes de que se fundaran las Fuerzas Armadas de la Constelación; antes de que me enfrentara al general Adolphus.
El veterano soldado depositó su cuerpo sobre un diván antiguo cuya madera crujió a modo de protesta.
Escobar se puso los pantalones, las botas, la camisa y los tirantes, y luego se colocó las insignias de las mangas. Con las prisas se le cayó una, que fue rebotando por el suelo hasta desaparecer debajo de la cama. Escobar se puso a cuatro patas sobre la alfombra para buscar el ornamento.
—Estuve en la campaña del 99 en Barassa —prosiguió Percival, sin inmutarse—, ya lo sabes, y en el asalto de Tanine en el año 02.
Escobar localizó la insignia y se levantó. Según recordaba él, su padre había estado en la campaña de Machi en el 99, no en la de Barassa, y durante aquellos enfrentamientos, Percival Hallholme había dado una serie de órdenes de lo más desacertadas que le habían granjeado un aluvión de críticas desde el alto mando de Sonjeera. Escobar prefirió ahorrarse esa puntualización por temor a que el anciano lo atrapara en una de sus eternas discusiones.
—Todas sus medallas son merecidas, señor —dijo por el contrario.
—La acción de verdad llegó, sin embargo, cuando me enfrenté al general Adolphus y sus rebeldes en los cielos del mismo Sonjeera. La batalla culminante de la guerra contra la rebelión… un duelo que decidiría el futuro de la Constelación. — Dejó escapar un suspiro nostálgico—. Fue hace once años. Yo estaba en el puente de mando de mi estación espacial de combate, al cargo de la defensa de la capital. ¡No tenía ninguna duda de que íbamos a perder! —Levantó el dedo hacia su hijo, que apenas le prestaba atención—. Toda mi flota se había movilizado. Nos superaban ampliamente en número. No había posibilidad de repeler el ataque, así que elaboré una estrategia defensiva clave… Llené las naves de batalla con diecisiete mil civiles que habíamos capturado en los planetas de las Joyas de la Corona, todo ellos miembros de las principales familias rebeldes, incluidos unos cuantos de aquí mismo, de Qiorfu. Los golpeamos un poco para darle un aspecto de desesperación y luego transmitimos imágenes de ellos y retamos a Adolphus a abrir fuego contra nosotros con sus más numerosas fuerzas.
El veterano oficial retirado hizo una pausa, como si hubiera perdido el hilo de sus pensamientos, y entonces se llevó de nuevo la mano a la cicatriz de la frente.
—¡Ah, sí! Fue justo después de lanzarles el ultimátum. El traidor infiltrado en mis filas abandonó apresuradamente su puesto, me apuntó con el arma que llevaba colgada en el costado ¡y disparó! En una fracción de segundo, yo lancé la cabeza hacia atrás, disparé mi automática reglamentaria y el traidor se desplomó muerto. La maléfica bala, sin embargo, me arrancó un trozo de carne de la frente y cuatro pelos… ¡como si me sobraran! Si no hubiera reaccionado tan rápido, habría muerto allí mismo. La sangre se me metía en los ojos, pero en ningún momento perdí el conocimiento, nunca abandoné el mando de mi estación. Con el cadáver del traidor tirado en el puente, ahuyenté a todo aquel que intentó atender mi herida… Y repetí mi demanda al general Adolphus.
En esta ocasión, la voz de Percival carecía de su habitual timbre triunfal y sonaba en cierto modo apenado.
—La Diadema me había ordenado ganar a toda costa, y gané. Me enfrentaba a un enemigo con una flota que me doblaba en efectivos, pero gracias a mi estrategia, el general Adolphus sabía que si abría fuego, mataría a miles de civiles inocentes. Yo había medido bien al general. Nunca lo olvides: «Conoce a tu rival». El general rebelde pestañeó, y fue en ese momento crucial cuando renunció a disparar. Yo, no obstante, abrí fuego.
Percival aspiró hondo por la nariz.
—Hicimos añicos las naves rebeldes. Sus propios hombres le suplicaban que respondiera al ataque… había dejado abiertas las líneas de su sistema codificado de comunicación… pero los escudos humanos salvaguardaban nuestras vidas. Adolphus nunca traspasaría esa línea, y nosotros perseveramos en el ataque. El general no tuvo más opción que rendirse y entregar lo que quedaba de sus fuerzas.
Escobar se enfundó la guerrera, se plantó delante de un espejo de cuerpo entero y se prendió de la corbata el alfiler de oro con el escudo de la familia Riomini.
—La decisión de su rival fue moralmente plausible, pero tácticamente desastrosa. Le costó una guerra.
Las celebraciones del triunfo elevaron al comodoro Hallholme a la categoría de genio militar. Había conseguido para la Constelación la victoria en la batalla definitiva con un coste mínimo de bajas en su bando. Eso enderezó su carrera militar, hasta entonces plagada de altibajos, y sepultó en el olvido todos sus anteriores errores. Su victoria lo pintaba como un audaz maestro de la táctica con los nervios de acero y, incluso, por irónico que pueda parecer, como un hombre de un admirable espíritu humanitario.
«Tuvo suerte», pensó Escobar. El comodoro se retiró del ejército justo después de la rebelión y se recluyó como un verdadero ermitaño en Qiorfu.
Ya enfundado en el uniforme completo, Escobar enfiló apresuradamente hacia la puerta de la cámara. No invitó a su padre a acompañarlo en la inspección de la factoría. El comodoro se quedó sentado en un diván mientras su hijo abandonaba la casa solariega y se alejaba presto.