Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 52 de 106

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Hellhole

Capítulo 50

50

 

Cuando Cristoph de Carre había accedido a realizar cualquier tipo de trabajo que el general Adolphus le asignara, lo había hecho con la expectativa de pasar un año, o quizá más tiempo, efectuando trabajos humillantes como penitencia por la lealtad que su familia había profesado al gobierno de la Constelación durante la rebelión. Y lo había aceptado. No existía un castigo mayor que haber sido obligado a abandonar la histórica hacienda familiar y todo aquello que había conocido en su vida, por supuesto, pero se había preparado a conciencia para no derrumbarse cuando recibiera el golpe del general, por muy duro que fuera.

Así pues, Cristoph no podría haberse sorprendido más cuando en menos de un mes lo trasladaron de su puesto como limpiador de los colectores de arena.

El general lo había llamado y lo había mirado de arriba abajo como evaluándolo. «No soy un hombre que desaproveche sus recursos, señor De Carre, y usted es la persona indicada para este trabajo en concreto. Demuestre su valía… demuéstreme que no he cometido un error dándole esta oportunidad».

Cuando le explicaron el proyecto, Cristoph encontró ridícula la idea de una cámara del tesoro alienígena enterrada en las entrañas de una montaña, y se preguntó si no sería una argucia más para humillarlo. No obstante, los fondos y el equipo que el general estaba dedicando a la empresa restaban probabilidades a esa posibilidad. Además, Cristoph se dio cuenta con desolación de que ya había tocado fondo. Había elegido ir a Hellhole y había esperado durante horas para presentar su caso a Adolphus. Ahora que le ofrecían la oportunidad de dedicarse a algo de mayor envergadura que la limpieza de los colectores de arena, resolvió fiarse de la propuesta y dejarse la piel en la tarea.

Acompañó a Vincent Jenet y a Fernando Neron (o «Zairic») hasta una cadena montañosa todavía intacta. Fernando los guiaba de acuerdo con la información que le transmitía su conciencia alienígena.

—No es fácil —dijo su extraño compañero de expedición—. La colisión del asteroide ha modificado notablemente la topografía del paisaje.

El vehículo terrestre ascendió y descendió colinas, atravesó cañones y remontó escarpados desniveles sin rumbo fijo durante dos días. La impaciencia de Cristoph crecía por momentos. Hasta que por fin Fernando pidió que se detuvieran.

Salieron del vehículo y se acercaron a una cresta erosionada y cubierta de maleza. Fernando deambulaba con la cabeza ladeada, como si fuera un viejo zahorí con una varita adivinatoria. Se alejó medio kilómetro del vehículo y se detuvo con la mirada clavada en el suelo, en un punto del que se escabulló rápidamente una serpiente gris con multitud de patas.

—La cámara del museo está aquí abajo —anunció la conciencia de Zairic en un tono peculiar, distante, como si fuera una voz incorpórea que hablara desde millones de años atrás—. Cavad y la encontraréis.

Después de señalizar la posición, regresaron a Michella Town e informaron al general. Cristoph se llevó una nueva sorpresa que despertó su suspicacia cuando Adolphus aceptó sin vacilar la información del extraño ser simbiótico. «Haga todo lo que le diga Zairic, señor De Carre. Tendrá a su disposición todo el equipo que necesite».

* * * * *

Una semana después, una tarde nublada y ventosa, Cristoph se hallaba en la cima forrada de maleza de la colina en cuya ladera las máquinas pesadas de minería habían perforado una profunda galería. En los documentos oficiales, la excavación se definía como un pozo de exploración en busca de depósitos de platino y bauxita… nada que atrajera la atención de los inspectores de la Constelación.

Los trabajos de perforación avanzaban rápido. Según Fernando-Zairic, la cámara del museo había sido excavada a varios centenares de metros de profundidad, pero los levantamientos que había provocado la actividad sísmica posterior al impacto del asteroide podrían haber alterado el perfil de la montaña. Los detectores colocados a lo largo de la cresta tomaban mediciones de las pulsaciones de las ondas de la mina y creaban un mapa de resonancias del subsuelo. Aunque debía haberlo esperado, Cristoph todavía no se lo acababa de creer cuando la firma de vibración reveló un espacio hueco de importantes dimensiones en el corazón de la montaña, justo donde se había pronosticado.

—En efecto, es ahí —confirmó Fernando-Zairic, seguro de sí mismo y satisfecho.

Cristoph empleó para el último tramo una perforadora con un nivel de precisión mayor. Si ahí abajo había una cámara con varios siglos de historia, no tenía ninguna intención de destruir su preciado contenido intentando acceder a ella.

Cristoph permanecía sobre una plataforma junto a sus capataces, que manejaban la perforadora por control remoto. De acuerdo con las proyecciones que habían realizado, llegarían a la cámara en cuestión de horas. El estado de ánimo de Fernando-Zairic alternaba entre la ansiedad y la calma. Vincent Jenet, por su parte, parecía un poco aturdido, como si se sintiera fuera de lugar. Las rachas de viento arrastraban el polvo que despedían las excavaciones que se realizaban por los alrededores, y el estruendo de la maquinaria en el exterior de la galería hacía vibrar el aire.

La tuneladora dentada —por otro lado, perfectamente dirigida— tenía balancines y una broca telescópica con una cámara instalada, de modo que los operarios podían ver en todo momento los estratos. Cristoph tecleó una clave en la pantalla y le apareció un historial de la última hora de perforación.

La supervisora de los trabajos en la plataforma desde donde se controlaba la perforadora respondía al nombre de Nari (que en principio significaba «tío duro» en su lengua nativa). Su pelo cano sobresalía de los bordes de su sombrero manchado de grasa; era bajita y fornida, y poseía un sentido del humor mordaz. Era el miembro más experimentado de la cuadrilla, pues había trabajado en las minas de otros dos planetas, y Cristoph sentía que tenían mucho en común.

Nari vio una serie de señales luminosas que no le gustaron y detuvo la máquina perforadora.

—Casi hemos llegado a la cámara, señor —dijo, volviéndose a Cristoph—, pero hay unos bloques ígneos en los siguientes metros. Tienen una superficie definida, geométrica. Ni siquiera el impacto brutal del asteroide podría haber creado algo así. No es natural.

—Exacto —dijo Fernando-Zairic, acercándose a ellos—. Y parecen intactos, tal como esperábamos.

Nari devolvió la vista a Cristoph.

—Entonces, ¿quiere que sigamos perforando? No hay manera de saber lo que hay dentro.

—Por eso estamos aquí. Atraviéselos.

—Hágalo con sumo cuidado —advirtió Fernando-Zairic.

La máquina taladradora reanudó su lento avance a más de un kilómetro de profundidad, moliendo la muralla que protegía la supuesta cámara del museo. Cristoph contempló cómo la imagen de la roca gris quedaba congelada y luego se fundía en negro cuando la perforadora se apagó.

—¡Maldita sea! —Naru reinició la cámara sin éxito—. La roca se ha movido. No puedo saber si la máquina está dañada —añadió, enfurruñada.

—Pero hemos llegado. Mire los datos —dijo Cristoph.

—Se ha abierto la cámara. —Fernando-Zairic parecía más animado de lo que Cristoph le había visto nunca—. Tenemos que bajar.

—Extraiga la broca. Vayamos a ver qué encontramos.

Tras varias horas más de limpieza de escombros con las máquinas excavadoras, las mototraíllas y las retroexcavadoras, Nari y su cuadrilla ensancharon el túnel y apuntalaron las rocas sueltas antes de declararlo de paso seguro.

El pequeño grupo se apelotonó en un lento carretón con orugas que enfiló por la galería recién abierta hasta la brecha en la pared de la cámara. Fernando-Zairic renunció a las precauciones y se adelantó a todos mientras el resto se ponía los cascos dotados de focos y atravesaba a gatas el orificio en la pared de roca que daba acceso a la cámara alienígena.

Cristoph contempló la cámara de las maravillas, revelando detalles con su foco. El recinto estaba iluminado por una tenue luz amarilla cuya procedencia era un misterio. Las paredes se habían levantado con bloques entrelazados y estaban adornadas con bajorrelieves, frisos y una escritura ininteligible. Unas débiles figuras temblaban y crepitaban en el aire polvoriento: culebras fantasmagóricas de luz que revoloteaban y desaparecían. Nichos y contenedores cerrados herméticamente guardaban tesoros antiquísimos.

—¡Ah, Fernando! Nunca debí haber dudado de ti —dijo Vincent en un hilo de voz.

—Ha sido Zairic, no yo —respondió el hombre con una voz nítida, poseída por el entusiasmo—. Es idéntico a como me lo describió mentalmente. —Fernando escudriñó los jeroglíficos de las paredes, asintiendo distraídamente—. Puedo traducir estos textos… pero antes hay algo importante que debemos ver.

Cristoph alumbró el techo con la luz de su casco y advirtió con preocupación que algunos bloques estaban desalineados, a causa probablemente de la colisión del asteroide y de los siglos sacudidas sísmicas. Se apreciaban grietas y bordes afilados en las piedras, y en el centro de la cámara se había formado una montaña de escombros con los fragmentos que caían desde el alto techo.

—Debemos de haber causado algunos daños con la tuneladora que se habrán sumado al deterioro natural.

Nari estaba inquieta. Se giró el sombrero en la cabeza.

—Este lugar es inestable. Salgamos hasta que envíe a mis hombres para apuntalar el techo.

—Antes tengo algo importante que hacer —dijo FernandoZairic, que enfiló con determinación hasta la pared opuesta y se detuvo ante cinco contenedores en forma de L con más bajorrelieves. La luz tenue y las figuras espectrales parpadeaban alrededor de cuatro de los contenedores mientras que el que ocupaba el centro de la cámara permanecía en la penumbra.

Cristoph siguió a Fernando-Zairic, escudriñó a través de la tapa traslúcida del contenedor más cercano y dio un respingo cuando descubrió lo que eran aquellos recipientes: sarcófagos de los alienígenas originales.

—¡Son féretros!

—Espero que no —repuso Fernando-Zairic—. Estaban diseñados como cámaras de conservación.

Cristoph vio a través de la tapa semitransparente que en el contenedor había un fabuloso cuerpo sumergido en una sustancia líquida amarilla. ¿Un xayano? La criatura tenía un torso, una cabeza y brazos vagamente humanoides, pero de cintura para abajo parecía más una oruga o una babosa. Bañado por la sustancia líquida, el cuerpo del xayano parecía gelatinoso, y su piel tenía un aspecto lechoso y era traslúcida. Su cara tersa, sin apenas facciones, tenía dos grandes ojos redondos, pero carecía de boca.

Los ojos en blanco de la criatura empezaron a girar de repente bajo la atenta mirada de Cristoph. Vincent y Nari, que estaban junto a los otros sarcófagos, lanzaron un grito ahogado. Y entonces, con una sincronización sobrecogedora, los xayanos fijaron sus miradas en sus visitantes.

—¡Han sobrevivido cuatro de cinco! —exclamó complacido Fernando-Zairic.