Hellhole
Capítulo 54
54
Dado que los cuatro xayanos primigenios no comían alimentos cocinados sino que pastaban arrastrando sus cuerpos de oruga por la vegetación autóctona, la «cena de gala» privada que Sophie Vence había organizado se transformó en una recepción cordial en honor a los alienígenas reanimados… que transcurrió bajo unas estrictas medidas de seguridad.
Adolphus había invitado únicamente a una docena de sus más allegados colaboradores —veteranos de la rebelión que lo acompañaban en el destierro desde el primer día y que no debían tributo a las Joyas de la Corona— y había optado por celebrar el acto a una hora en la que los observadores más curiosos ya durmieran profundamente. No quería que la Diadema se enterara aún de la existencia de los xayanos, así que hizo jurar a sus invitados una confidencialidad absoluta; eran las personas en las que en otro tiempo había confiado su vida. Sophie sabía que antes o después se filtraría la noticia, pero no ocurriría esa noche… al menos eso esperaba.
Se habían dispuesto mesas de extrañas formas geométricas en el invernadero, alrededor del jardín de invierno, dejando espacios paralelos entre ellas, como si fueran las piezas de un rompecabezas infantil. Sophie, sonriente, se sentó a un extremo de una mesa hexagonal junto al general Adolphus. Devon y Antonia se sentaron juntos; los muchachos se habían vuelto inseparables desde su terrible experiencia en el campamento devastado de los Hijos de Amadin.
Fernando-Zairic ejercía de intermediario, e indicó a los cuatro xayanos que entraran en el invernadero principal de Sophie en Michella Town mientras respondía en voz baja las extrañas pero pragmáticas preguntas de la anfitriona. Fernando había escoltado a los alienígenas en un vehículo encubierto pasada la medianoche, y los transeúntes de Helltown no se habían percatado de su llegada.
Encix, Cippiq, Lodo y Tryn entraron, provocando un murmullo de gritos ahogados entre la docena de humanos presentes.
—Ustedes nos parecen tan exóticos como nosotros debemos de parecérselo a ustedes —dijo el invitado xayano de menor tamaño, Tryn, a través de la membrana vibrante que tenía por boca—. Los humanos nos fascinan: su modo de hablar y de comer, su manera de interactuar.
Los cuatro Primigenios y Fernando-Zairic se pasearon entre los asistentes. Sophie y el general, como buenos anfitriones, los siguieron, prestando atención a las preguntas y respuestas que se intercambiaban humanos y alienígenas.
—A lo largo de nuestra historia, los xayanos nos planteamos la posibilidad de la existencia de otras civilizaciones en la galaxia; incluso nuestros investigadores encontraron pruebas de ella en astros remotos. Sin embargo, en vez de viajar lejos de nuestro planeta, como ha hecho vuestra raza, nos volcamos en el desarrollo de nuestra civilización, centrándonos en nuestras mentes y en nuestras almas en vez de en la exploración de sistemas solares desconocidos.
—Hemos tenido suerte de que los humanos se hayan aventurado a investigar nuevos mundos —exclamó campante Fernando-Zairic—. De lo contrario, tal vez nunca habríamos regresado del aguaviscosa.
—Podríamos haber viajado a otros planetas si hubiéramos querido —espetó Encix, como sintiéndose obligado a justificarse—, pero no necesitábamos explorar el mundo exterior. El único límite para nuestros logros era el poder de la imaginación… y la imaginación de un xayano no tiene límites. Podíamos conseguir todo lo que concebíamos. Los telemánticos xayanos podían deslizarse a velocidades altísimas por la superficie de nuestro planeta y elevarse cientos de metros en el aire impulsados únicamente por el poder colectivo de nuestras mentes.
El general escuchaba con gran interés.
—A todos nos gustaría aprender más sobre la telemancia. Parece una habilidad tremendamente útil.
—Nos encantaría compartir nuestro conocimiento y nuestras habilidades con ustedes —dijo Fernando-Zairic, que parecía sentirse en la gloria al lado de sus cuatro camaradas—. Después de todo, nos han ayudado a resucitar nuestra raza aletargada. —Esbozó una sonrisa—. La demostración en la cripta del museo fue pura necesidad, sin mérito artístico alguno. Esta noche nos gustaría hacerles una demostración de nuestro arte.
—Nuestros invitados han preparado un pequeño espectáculo para mostrarnos sus habilidades —anunció el general, alzando la voz para dirigirse a los humanos—. Les garantizo que no entraña peligro alguno.
Se oyeron algunos aplausos mientras los asistentes conversaban emocionados. Devon y Antonia se miraron intrigados. Los cuatro xayanos, a quienes se había sumado Fernando-Zairic, permanecieron en pie, inmóviles y en un silencio absoluto mientras se concentraban. Entonces las mesas y las sillas repartidas por el jardín de invierno se elevaron suavemente en el aire, cargados con los espectadores, la comida y la bebida, y fueron alzándose hasta casi rozar el techo abovedado. Cuando uno de los comensales, sobresaltado, soltó la copa con el Cabernet de Sophie, ésta se sostuvo estable en el aire, sin verter una gota de vino.
El deleite y la sorpresa se apoderaron de los humanos. El general, sentado a la mesa principal junto a Sophie, asentía con satisfacción, con el gesto impasible pese a encontrarse flotando a veinte metros del suelo. Devon reía a mandíbula batiente.
Los xayanos seguían en el suelo, concentrados y en silencio.
Mientras el mobiliario descendía, las mesas de formas diversas rotaban, y las sillas iban reasignando los invitados en las distintas mesas. La escena evocó en Sophie el recuerdo del planetario que había visto una vez: una reproducción mecánica de los planetas, las lunas y las estrellas, que se movían como un mecanismo de relojería cósmico.
Tras dar una vuelta completa, las mesas, las sillas y la gente recuperaron su disposición inicial y volvieron a posarse sin apenas provocar una leve vibración en el suelo. La audiencia, aliviada y entusiasmada, dedicó a las xayanos otra salva de aplausos.
—Sólo ha sido un truco sin importancia para divertirles —dijo monótonamente Encix—. Podemos hacer mucho más con la telemancia.
—Creo que ya hemos visto suficiente de momento, Encix —repuso Adolphus con cierta aprensión.
Los Primigenios, sin embargo, hicieron caso omiso del general y alzaron sus ojos enormes hacia el techo abovedado del invernadero. Un gesto de desazón ensombreció por un momento el semblante habitualmente plácido de FernandoZairic, quien, no obstante, se sumó a ellos.
De repente, los paneles de vidrio del techo se hicieron trizas y se precipitaron sobre los asistentes como destellantes cuchillas de diamantes. El general empujó a Sophie y ambos se cobijaron debajo de su mesa. La gente gritaba, y hubo quien trató de huir.
Los fragmentos de cristal, sin embargo, quedaron suspendidos en el aire a mitad de camino, y empezaron a revolotear y a fusionarse para componer unas asombrosas esculturas cristalinas de bordes afilados, como una ventisca de copos de nieve descomunales cortando el aire sobre cada una de las mesas. El viento penetraba por los huecos que habían dejado los paneles de vidrio en la bóveda del techo y recorría silbando el interior del invernadero. Un gesto sutil de Encix bastó para que las esculturas de copos de nieve se desintegraran en fragmentos diminutos y remontaran el vuelo, formando unos paneles de cristal que se reacoplaron a la estructura del techo como si nada hubiera pasado. No se atisbaba ni una grieta.
—La telemancia tiene múltiples aplicaciones —explicó el alienígena.
El general Adolphus ayudó a levantarse a Sophie, que no dejaba de dar vueltas en la cabeza a lo que acababa de presenciar. En un principio había creído que detrás de la demostración de los xayanos sólo había una interesante y peculiar facultad para la telequinesia, pero ahora veía el auténtico potencial de las capacidades de los alienígenas.
—Apuesto a que te habría gustado disponer de unos cuantos telemánticos durante tu rebelión, Tiberio.
—La verdad es que ofrece interesantes posibilidades en materia defensiva — respondió Adolphus en voz baja.
Fernando-Zairic se alejó ligeramente del grupo formado por los Primigenios mientras los asistentes se recuperaban del susto.
—Simples trucos de salón. Esperamos que estén divirtiéndose.
Sin embargo, los extraños alienígenas todavía no habían concluido su exhibición.
—Los cuatro fuimos elegidos para ocupar la cámara de conservación debido a nuestras capacidades excepcionales —dijo Encix—. La mayoría de las vidas almacenadas en el aguaviscosa también son poderosos telemánticos. Si hubiera más humanos que se decidieran a recuperar las conciencias xayanas, el poder de nuestra habilidad se incrementaría exponencialmente.
—Les haremos la siguiente demostración de la noche —anunció el alienígena que respondía al nombre de Cippiq—. Esto no ha hecho más que empezar.
Algunos invitados no pudieron reprimir una risita nerviosa. La desintegración del techo del invernadero había sido una experiencia emocionante, pero eso no quería decir que estuvieran preparados para un nuevo número de telemancia.
Los Primigenios unieron las yemas blandas de sus dedos con las de los dedos de sus compañeros, como si quisieran fusionarlos. También en esta ocasión, Fernando-Zairic permaneció con ellos, con los ojos cerrados.
Sophie no era capaz de interpretar la expresión en el rostro de los alienígenas.
—Sé que quieren demostrarnos de lo que son capaces, Tiberio —susurró hacia el general—, pero más les vale no cargarse los cultivos de mi invernadero.
—Yo tampoco estoy seguro de si me gusta esta exhibición improvisada. —Se volvió hacia el grupo de alienígenas y alzó la voz para dirigirse a ellos—: Creo que por esta noche ya nos han hecho suficientes demostraciones.
Sin embargo, los xayanos, una vez más, no le hicieron caso.
El suelo empezó a moverse, como zarandeado por las olas de un mar subterráneo. Las mesas y las sillas se deslizaron por el suelo, y las botellas del vino de Sophie se tambalearon y se estrellaron contra la tierra. Algunas personas salieron escupidas de sus asientos.
Con una sacudida desgarradora que a punto estuvo de derribar a Sophie y al general, el gigantesco invernadero y un trozo del suelo adyacente se alzaron arrancados de raíz como un árbol vencido un vendaval iracundo. Sin separarse de Sophie, Adolphus afirmó los pies al suelo, como si estuviera en el puente de mando de su nave insignia en una batalla cualquiera de su rebelión.
Los xayanos permanecían inmóviles; ni se inmutaban. Los telemánticos fueron estabilizando el movimiento de ascensión del invernadero hasta que el temblor del suelo cesó. La estructura abovedada quedó flotando en el aire, como una isla extirpada del mar.
Los invitados se pusieron en pie, perplejos, y algunos salieron disparados hacia las ventanas, cuchicheando con nerviosismo. El general paseó la mirada por las luces dispersas de Michella Town y oteó el cráter que había dejado el invernadero.
Los asistentes se volvieron hacia él en busca de amparo.
El general se enderezó y se dirigió a los xayanos.
—De acuerdo. Ya nos han dejado claro de lo que son capaces. Estamos impresionados. Ahora, por favor, llévennos de regreso al suelo.
—Le aseguro, general… les aseguro a todos, que no teníamos intención de intimidarles —dijo Fernando-Zairic, abriendo los ojos. Su semblante sereno adquirió el gesto risueño del viejo Fernando para añadir—: ¡Tienen que admitir que esto es la bomba! No se preocupen, podemos devolver el invernadero al suelo igual que recompusimos los paneles de vidrio hechos trizas.
La mitad alienígena de su personalidad no parecía comprender el motivo de la consternación de los humanos. Fernando, sin embargo, se encargó de explicárselo, y todos los xayanos lo entendieron.
—Muy bien. Ya es suficiente —dijo Encix, inclinando su cuello flexible—. El invernadero rotó en el cielo para ofrecer a todos los presentes una vista panorámica perfecta de las luces de la ciudad.
Sophie apretó fuerte la mano del general.
—Va a ser complicado mantener en secreto algo así —le susurró, haciendo una mueca irónica de decepción.
—Yo no estoy tan seguro. Hemos identificado a buena parte, si no a la totalidad, de los espías de la Diadema… puedo mantenerlos controlados; incluso repartir algunos sobornos si fuera necesario. ¿Quién se creería un informe de esto?
—Me preocupan más los xayanos. ¿Te fías de ellos?
—Esperemos a ver qué hacen —dijo Adolphus tras reflexionar unos instantes su respuesta.
Los alienígenas cumplieron su promesa; el invernadero se posó en el suelo y rotó hasta encajar perfectamente en el cráter. Los invitados suspiraron aliviados.
—Gracias —dijo Adolphus, dirigiéndose a los xayanos con una sonrisa de circunstancias en los labios.
Los Primigenios separaron las yemas de los dedos y se soltaron. Fernando-Zairic se alejó de ellos y sonrió a los asistentes.
—¡Ya han visto por qué estoy tan emocionado con las posibilidades que se nos ofrecen! No sólo he adquirido los recuerdos asombrosos de una civilización antiquísima, sino que también poseo nuevas habilidades… ¡Y eso que Zairic sólo acaba de empezar a enseñarme a expandir mis capacidades mentales!
Fernando-Zairic dedicó una reverencia ceremoniosa a los asistentes, secundado por los cuatro xayanos, que inclinaron su cuerpo fofo haciendo gala de una flexibilidad pasmosa.
—Queríamos mostrarles los poderes que poseemos y las ventajas que conlleva convertirse en uno de los nuestros. —Elevando el volumen de su voz, continuó—: Como muchos de ustedes, yo antes era un simple humano, un vulgar colono sin demasiado éxito en la vida. Cuando me sumergí accidentalmente en el aguaviscosa, me convertí en algo mucho más notable, en algo muy superior a un simple miembro de la raza humana.
Paseó la mirada entre los asistentes congregados en el invernadero y constató que tenía toda su atención.
—Las charcas sensitivas les aguardan. Hay un número incontable de vidas xayanas almacenadas en ellas, a la espera de que alguien las acoja. Todos ustedes podrían adquirir los poderes que acabamos de mostrarles. Imagínense incorporando a sus conciencias una vida alienígena llena de emociones y misterios. Humanos y xayanos en perfecta sinergia, una alianza de un potencial tremendo. Es una situación en la que todos salimos ganando.
—¿Quiere que nos zambullamos en esas charcas… y nos convirtamos en alienígenas? —preguntó Devon—. ¿Y quién querría hacer algo así?
—Piénsalo un momento, jovencito. La mayoría de la gente ha venido a este planeta porque no tenía otro lugar adonde ir. Ésta es nuestra oportunidad de participar en algo maravilloso. ¡Todo son ventajas! No perderán su apariencia de humanos. Mírenme a mí —continuó Fernando, ahora en un tono reverente—. Sigo igual… y encima tengo una segunda vida. Otro conjunto de recuerdos de otro tiempo y de otro lugar. —Se volvió sonriente a Sophie—. Sophie Vence, usted podría montar un campamento allí, levantar un lugar donde pudieran alojarse las personas con un espíritu curioso y ofrecer una experiencia agradable. Le prometo que la gente acudirá.
Sophie dejó escapar una risita con aire vacilante.
—¿El balneario de Fuenteviscosa?
La intención del comentario era hacer un chiste que pusiera de relieve lo absurdo de la idea, pero Fernando-Zairic asintió con rotundidad.
—Me parece una definición de lo más acertada… Los efectos reconstituyentes de la inmersión y la simbiosis serán extraordinarios para el cuerpo humano. Los voluntarios y los curiosos irán y se prepararán para bañarse en el aguaviscosa. Estará usted ofreciendo un servicio imprescindible.
Después de asistir a la demostración de los alienígenas, Sophie comprendió que la telemancia xayana podía proporcionar al general una ventaja inesperada en su lucha contra las fuerzas de la Constelación. Cuando la Diadema intentara tomar medidas enérgicas para desbaratar sus planes, algo que por supuesto ocurriría, estaría indefensa contra los poderes alienígenas. Sin duda, la vieja zorra se llevaría una sorpresa descomunal.
—Este asunto merece una reflexión profunda —dijo Adolphus al fin—. Todos podríamos salir beneficiados de los conocimientos de los xayanos.
Sophie advirtió la ambigüedad que desprendían sus palabras y comprendió lo que se proponía. Tras la demostración de unos poderes tan extraordinarios, debía de estar ponderando las ventajas de una alianza con los alienígenas.
Sophie entrelazó las manos sobre la mesa mientras consideraba los aspectos prácticos.
—¿De verdad piensa que la gente va a estar dispuesta a recoger a un alienígena como si fuera un… autoestopista? ¿Quién se apuntaría a algo así? —Sophie no dudaba que más de uno de los leales veteranos del general se ofrecerían voluntarios si se lo pidieran.
Antonia Anqui, sin embargo, ofreció una respuesta muchísimo más franca:
—Cualquiera que no esté satisfecho con la vida deprimente que lleva… en otras palabras, la mayoría de los habitantes de Hellhole.
—Y para adquirir esos poderes de telemancia… —musitó uno de los humanos presentes.
—A mí esto me suena a chanchullo —apuntó una mujer de negocios de edad avanzada.
Una risa nerviosa se propagó por el invernadero.
—Les aseguro que estoy bastante familiarizado con los chanchullos… y esto no lo es —replicó Fernando, ahora con su propia voz—. Cuando otras personas absorban conciencias xayanas, tal vez puedan explicar mejor esta maravilla.
Cippiq se adelantó, deslizándose por el suelo con una fluidez sobrenatural.
—Todas las personas que se sumerjan en el aguaviscosa adquirirán la conciencia y los recuerdos de destacados filósofos, líderes y soñadores xayanos. ¿Acaso eso no es motivo suficiente? Y algunos de ustedes se convertirían en telemánticos con todas las de la ley.
—Éste es nuestro planeta, general Tiberio Adolphus —añadió Encix en un tono amenazante—. Lo único que estamos pidiendo es que nos concedan esta oportunidad.
Sophie se volvió a Adolphus buscando su consejo. El general parecía preocupado, sumido en sus pensamientos.
—Sé que hay otras charcas en el planeta —dijo al cabo el general—, así que no puedo impedir que alguien encuentre uno de esos depósitos líquidos de conciencias. Preferiría hacer bien las cosas. Lo mejor será que actuemos con prudencia, vigilando y controlando el proceso, tal como sugieren los xayanos. Levantaremos un complejo en las charcas de aguaviscosa… pequeño, para empezar. —Se volvió a Sophie—. Todos sabemos que tú eres la persona idónea para el trabajo, Sophie.
Sophie meditó unos instantes sobre la idea.
—Puedo montar el campamento. Ya veremos quién va… —Se volvió hacia Fernando-Zairic y los cuatro Primigenios y añadió—: No dudo que se acercarán curiosos, pero no puedo prometerles que alguno de ellos se decida a dar el paso.
—¡Ah! Ya verá como no nos faltarán voluntarios —dijo Zairic con su voz alienígena distante—. Lo mismo acaba llevándose una sorpresa.