Hellhole
Capítulo 102
102
En Aeroc, la extensa y desocupada pradera se había convertido en un improvisado campamento militar erigido precipitadamente. Bajo el nuevo pero severo mando del comodoro rojo Escobar Hallholme, los oficiales creaban nuevas divisiones y se preparaban para lanzar un ataque coordinado contra Hallholme y el resto de los planetas díscolos de la Zona Profunda. Las ciento ochenta y dos familias nobles, ya fueran más o menos ilustres, participaban en la nueva acción bélica.
Desde la terraza de la mansión palaciega del comandante supremo Riomini, Michella no veía dónde acababan las fuerzas congregadas que se extendían por la pradera. Municiones, soldados y suministros serían cargados en contenedores de subida militares, y los transportes para las tropas serían trasladados hasta la estación terminal de Aeroc. Desde allí, las naves militares más grandes viajarían hasta la estación central de Sonjeera, y después se dirigirían a la Zona Profunda.
Lord Riomini, Bolton Crais y Escobar Hallholme la acompañaban junto a la balaustrada de la amplia terraza de piedra, donde se habían reunido cincuenta oficiales más, la mayoría de ellos hombres. Llevaban desde el amanecer discutiendo decisiones tácticas en el salón de baile del Lord Negro, que se había convertido en una sala de mando. Ahora, a última hora de una tarde fría, compartirían un brindis de despedida.
Las naves atacarían primero Hallholme y destruirían la estación espacial central ilegal. Eso privaría al general de la ayuda que estuviera esperando de sus compinches traidores de la Zona Profunda. A continuación procederían a desmantelar las operaciones ilegales, ejecutar al general, quemar los campamentos de los xayanos sombra y pavimentar las charcas de aguaviscosa.
A continuación, sus fuerzas se dirigirían al resto de los planetas de la Zona Profunda y los atacarían de uno en uno. Esos idiotas no tenían ninguna opción. Michella se permitió una sonrisa mientras imaginaba el resultado final de la campaña.
Un par de criados se deslizaron por la terraza entre los oficiales repartiendo copas de un vino espumoso de Qiorfu. Parecía apropiado brindar con un caldo de las viñas que en otro tiempo había cultivado la familia Adolphus. Michella cogió la copa que le ofrecieron, pero no bebió aún; esperó a que todo el mundo tuviera su copa.
—Ésta es la fuerza más numerosa que se ha reunido jamás en la historia de la Constelación —dijo lord Riomini—. Más que suficiente para eliminar a esos cabrones rebeldes.
—A mí me parece excesiva —masculló Bolton Crais, quien había estado proporcionando consejos sobre logística a sus oficiales superiores.
Escobar se volvió a él.
—No lo llaméis «excesiva», Crais, llamadla mejor «tranquilizadora». Tenemos que dejar clara nuestra posición. Ya era hora de que los militares volviéramos a tener un propósito de verdad.
Bolton se puso rojo.
—¿Por qué nadie considera la posibilidad de rescatar a mi esposa?
—La rescataríamos si pudiéramos —dijo Michella—, pero olvidáis, muchachito, que desertó para pasarse al bando contrario. Ahora es una combatiente enemiga.
Su yerno se marchó hecho una furia.
La Diadema saludó con la cabeza a Escobar Hallholme. A pesar de que se había limitado a seguir sus instrucciones, el comro seguía rabioso porque lo habían engañado en el asunto de las naves MRL que había entregado en Risco… otro ardid del general. Adolphus había chantajeado o coaccionado de algún modo al gobernador territorial Goler para que se aliara con él.
Michella había aprobado personalmente la sugerencia de lord Riomini de ascender a Hallholme y darle el mando de la fuerza de asalto contra Adolphus. Esperaba mucho de él. Tampoco era un ascenso injustificado, pues Escobar había cumplido con éxito todos los cometidos que se le habían asignado; además, procedía de una ilustre familia de tradición militar. Michella sabía lo ansioso que estaba por demostrar su valía en el campo de batalla.
—¡Muerte a los cabrones rebeldes! —exclamó Escobar, alzando su copa para brindar.
—Nada de prisioneros —añadió lord Riomini en un tono casi de desinterés.
Michella correspondió inclinando la cabeza, pero de repente sintió un malestar. A pesar del comentario que acababa de hacer a Bolton, seguía alterada por no poder rescatar a Keana y salvar la cara al mismo tiempo. Como diadema, no podía andarse con favoritismos. Todo aquel que se hubiera aliado con Adolphus esta vez moriría, ya fuera de sangre noble o no. Era una purga necesaria que abarcaría toda la Zona Profunda.
Todos los oficiales reunidos en la terraza levantaron su copa, y la Diadema comprendió que había llegado la hora de hacer el primer brindis formal. A su indicación, hombres y mujeres formaron el tradicional círculo, de frente unos a otros, y alzaron la copa en el aire, como si hicieran despegar sus naves de combate con sus brindis.
—Mis bravos oficiales, ya conocen su misión. Luchan por la Constelación y por el honor eterno de sus familias.
—¡Por las estrellas! —respondieron al unísono los oficiales como era tradición.
Michella se bebió su vino y todos imitaron su ejemplo, y luego estrellaron las copas contra las piedras que había debajo de la terraza.
Lord Riomini se asomó por la balaustrada para observar los cristales rotos.
—De ese mismo modo se hará añicos el apoyo que recibe Adolphus.
—No lo dudo —repuso Michella—. Con esta guerra convertiremos su planeta en un auténtico infierno.