Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 24 de 106

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Hellhole

Capítulo 22

22

 

 

La abrasadora estrella gigante y azul SVC-1185 destacaba en los cielos de los veinte planetas de las Joyas de la Corona, si bien los astros que formaban su propio sistema no eran más que enormes rocas sin vida. No obstante, el inhabitado sistema era el lugar ideal para erigir una subestación a mitad de camino de la ruta intergaláctica a Risco en la Zona Profunda.

Turlo Urvancik y Sunitha, su esposa, llevaban años recorriendo aquella ruta, ocupándose de la revisión del estado de las balizas cuánticas de la red radial que se desplegaba desde Sonjeera hacia el resto de los planetas de la Constelación. Sus viajes de mantenimiento los habían llevado en multitud de ocasiones a otros sistemas secundarios de paso como aquél.

En cuanto su nave de mantenimiento, la HDS Kerris, alcanzó el resplandor del color eléctrico del zafiro, Sunitha desacopló el vehículo espacial de la ruta de balizas cuánticas de iperión y fue anotando las coordenadas de su posición con satisfacción a medida que las varillas de los sensores telescópicos externos recopilaban los datos.

—Justo en posición.

—Eres el ama, cariño. La maldita ama.

—Prefiero ser la ama que la amante —dijo, tomándole el pelo—. Pero ni se te ocurra tener una amante.

—¿Dónde iba a encontrar una amante en mitad del espacio? Somos los únicos seres humanos en un par de parsecs a la redonda.

—Más motivo aún para que no la tengas. ¿Qué otra mujer te aguantaría? Me ha llevado décadas aprender a soportar tus excentricidades.

—Ambos hemos tenido que aprender. —Turlo se inclinó hacia ella y le dio un beso en la mejilla. Adoraba su espesa melena azabache, su piel oscura, sus ojos almendrados… Nunca se cansaba de mirarla—. Quizá con otros treinta años juntos saquemos algo en claro. —Se puso en pie y se estiró—. Tú has pilotado, así que a mí me toca el traje espacial.

—Esta vez asegúrate de colocarte correctamente la pieza de armadura de los huevos. Preferiría no tener que ponerte crema como la última vez.

Turlo resopló; a él más bien le había gustado el tratamiento.

—Como si todavía fuera a hacer algo con mi esperma. —Inmediatamente se arrepintió del comentario; ambos sabían que no volverían a tener hijos. Aun así, la imagen de su hijo fallecido, Kerris, ocupaba un lugar prominente en las diminutas estancias privadas de la nave. El joven había muerto hacía diez años, cuando la rebelión, pero su recuerdo todavía les asaltaba sin previo aviso, como la explosión de una mina antipersona.

Sumidos en un silencio incómodo, Turlo sacó el traje necesario del armario común. Mientras se lo ponía, las múltiples capas de tejido protector de las que constaba y los sistemas de respiración fueron convirtiendo su cuerpo en una figura indefinida e informe. A Sunitha siempre le decía que el traje le resaltaba las curvas (a pesar de que en el último año parecía que le quedaba un poco más ajustado).

La monotonía de la vida de un técnico de mantenimiento de las rutas intergalácticas podía provocar hastío y deterioro físico. Las labores de mantenimiento de una subestación se convertían en un trabajo rutinario y anodino, aunque ni Turlo ni Sunitha se permitían realizar su tarea de un modo banal.

Sunitha le ayudó a cerrar herméticamente el traje y a unir sus distintos dispositivos. Revisó que todo estuviera correcto y lo comprobó de nuevo.

—Listo —dijo Sunitha al cabo, dándole una palmada en la espalda.

Turlo, oyendo las resonancias de su respiración dentro de su propio casco, se introdujo en la cámara estanca de la Kerris y salió al vacío. La subestación era la única señal de la presencia humana en todo el sistema. Los paneles reflectantes absorbían la emisión constante de radiación solar y la convertían en la energía que hacía funcionar la estación y que mantenía las balizas de iperión alineadas e inalterables.

En un compartimiento de almacenaje exterior de la Kerris, el matrimonio guardaba una serie de piezas de repuesto que Turlo rara vez tenía que utilizar. Con precavidas descargas de aire comprimido de la unidad de maniobra que llevaba a la espalda, Turlo se acercó al amasijo de mecanismos que componían la subestación y se valió de una barra magnética para engancharse a ella; se asió con una cinta mosquetón y se puso manos a la obra. Aunque antes puso en modo silencioso el circuito de salida de su sistema codificado de comunicación, ya que su costumbre de silbar mientras trabajaba sacaba de quicio a su esposa.

Tras finalizar la inspección rutinaria, se planteó la posibilidad de sustituir uno de los proyectores de colimación. Apenas si estaba por debajo del cincuenta por ciento de su rendimiento, así que, en realidad, el cambio no era necesario, pero aun así lo reemplazó. Siempre podía entregar la unidad sustituida al gobernador territorial Goler cuando llegaran a Risco.

Tras desengancharse de la subestación, se deslizó a golpes de aire comprimido alrededor de ella para realizar una inspección visual en busca de daños causados por el impacto de algún meteorito, pero únicamente encontró algunos rasguños sin importancia. Satisfecho, regresó a la Kerris y se sometió a una limpieza de radiación de diez minutos antes de deslizarse al interior presurizado.

Sunitha, durante la ausencia de su marido, había estado viendo grabaciones de vídeo y fotografías de los altísimos bosques de árboles dorados de Risco, a pesar de que no tenían previsto llegar al planeta de la Zona Profunda hasta dentro de dos días.

—Me estoy volviendo loca. Ya es hora de estirar las piernas y de respirar un aire que no haya pasado mil veces por nuestros pulmones.

Turlo hizo caso omiso al mordaz comentario. Cuando se acercaba el final de un viaje largo, ambos tendían a estar un poco quisquillosos. Después de tantos años casados, dependían completamente el uno del otro; no podían estar separados, y sabían sin lugar a dudas que ninguno de los dos podría estar con otra persona. A veces, no obstante, tanto tiempo encerrados en aquella diminuta nave provocaba roces entre ellos.

Las inspecciones de las rutas intergalácticas entre Sonjeera y el resto de los planetas de las Joyas de la Corona les habían permitido visitar todos los planetas habitados de la galaxia. Habían estado en Nicles, en Oshu, en Setsai, en Boj… Desde Tehila hasta Hallholme, desde Risco hasta Candela, siempre pasando por la estación central de Sonjeera. Tras la muerte de su hijo, tanto Turlo como Sunitha habían necesitado alejarse de la gente, disponer de un tiempo en soledad para vivir su duelo, para reparar su relación y para simplemente disfrutar de un poco silencio, tanto interior como exterior.

Turlo se dio una ducha rápida de agua reutilizada y se puso su cómodo mono de piloto antes de regresar a la cabina de mando. Entretanto, Sunitha había alejado la nave de la subestación de la SVC-1185 para reincorporarla a la ruta intergaláctica y había incrementado la velocidad.

—Vamos muy por delante de lo programado… Tiempo estimado para la llegada: cuarenta y tres horas. En la primera parada en Risco alguien va a cocinar para mí.

—Siempre cocino para ti.

—Eso no es cierto. Yo diría más bien que siempre recalientas para mí. No olvidemos el significado real de la palabra «cocinar».

Turlo se acercó a ella para acariciarle el cuello.

—Mientras podríamos aprovechar que estamos solos. ¿Te apetece que juguemos un poco?

—Mmm… No te andas con rodeos. —Sunitha se levantó del asiento del piloto y se volvió hacia su marido.

Una alarma que avisaba de la proximidad de una nave empezó a sonar por los altavoces de la cabina de mando y Sunitha se abalanzó sobre los controles. Una serie de líneas rojas radiadas atravesaban la pantalla.

—Alerta de vibración en la ruta intergaláctica. ¿Qué demonios…?

Turlo ocupó su puesto.

—No está previsto el paso de ninguna enlazadora de carga por esta ruta en los próximos seis días.

—Es muy pequeña para ser una nave enlazadora de carga, pero viaja a toda velocidad en nuestra dirección.

Sunitha toqueteó los mandos y la nave se desvió de la ruta cuántica dando un bandazo. La Kerris quedó flotando a la deriva en el espacio, girando, mientras Sunitha accionaba los estabilizadores. Turlo se agarró a un asidero de apoyo y se impulsó hasta el asiento del copiloto, desde donde realizó las pertinentes comprobaciones. Una vez fuera de la ruta, si se alejaban demasiado de la delgada senda de balizas, podían no volver a encontrarla jamás. Las rutas intergalácticas no eran más que una serie de moléculas de iperión, unas migas de pan cuánticas separadas entre sí una gran distancia, sobre todo donde se encontraban ahora, a mitad de camino de dos sistemas.

La señal de alarma se convirtió en una retahíla monótona de pitidos cuyo ritmo fue acelerándose como un castañeteo de dientes entrecortado y luego se ralentizó por el efecto Doppler hasta desaparecer.

—Es una cápsula de correo… ¡un estúpido envío postal no programado! — Sunitha ya había desplegado las varillas de los sensores y buscó y buscó hasta que por fin dio con la ruta de iperión—. ¿En qué demonios estarían pensando?

—Debe de ser un comunicado diplomático del gobernador territorial. ¿Por qué no podrá esperar hasta la siguiente nave enlazadora? —dijo Turlo tras finalizar sus indagaciones.

—Seguramente olvidó rellenar algún formulario o algo por el estilo y la Diadema no podía esperar. —Sunitha soltó un gruñido sarcástico, revisó el programa de la misión y refunfuñó entre dientes—. Hemos acabado tres horas antes del horario previsto… por eso nadie nos avisó. En principio no teníamos por qué estar en la ruta intergaláctica. Según esto, todavía deberíamos encontrarnos en la subestación. La cápsula de correo debió de pensar que el camino estaba despejado. —Se volvió a Turlo—. No escatimarías el trabajo, ¿verdad? ¿Por qué acabaste tan pronto?

—¿Estás echándome la culpa a mí? Creía que estabas ansiosa por llegar a Risco.

—A partir de ahora tenemos que ceñirnos al programa… a rajatabla. Y esta vez no me discutas.

—Tienes razón, cariño. Me he equivocado. —Éste solía ser el conjuro que aplacaba el demonio de su mal genio, pero Turlo notaba que su esposa seguía buscando pelea, y él tendría que transigir.

Sunitha continuaba enumerando los defectos de su marido mientras reincorporaba la Kerris a la ruta intergaláctica y aceleraba. Turlo tendría que aguantar el chaparrón y rezar por que después le concediera un poco de sexo de reconciliación. De lo contrario, la estancia en Risco se haría realmente eterna.