Hellhole
Capítulo 16
16
De nuevo Cristoph tenía que apechugar con una tarea ingrata de la que debería haberse encargado su padre. En el pasado, Louis de Carre había sido un experto a la hora de mostrar compasión; sabía tratar con su pueblo cuando éste se ponía pesado. Admitía que le resultaba imposible entender su sufrimiento, pero que de todas formas lo compartía. En algunos aspectos, el noble había sido todo un ejemplo para su hijo. En otros…
Cristoph tenía un nudo en el estómago; respiró hondo, haciendo acopio de fuerzas, y entró en la sala de cuidados intensivos. Los doctores repasaban las asignaciones y los técnicos revisaban y ajustaban el material médico. Por la sala pululaban las serenas y compasivas enfermeras de las Misericordiosas, una organización humanitaria laica que había proliferado en muchos planetas de la Constelación. Algunas veces recordaban regalar una sonrisa alentadora a los decaídos pacientes; otras, no. Cada cama estaba envuelta por un campo de filtración, aunque los pacientes podían ver y oír. Si bien los agentes contaminantes habían sido controlados y eliminados, ya era demasiado tarde para salvar la vida de los moribundos que yacían allí.
A pesar del abundante equipo médico a la vista, Cristoph sabía que no era más que una sala de cuidados paliativos. Aquella docena de mineros no tenía ninguna posibilidad. Sólo quedaba por ver el tiempo que sus cuerpos soportarían los cada vez más severos efectos debilitantes causados por una exposición masiva al iperión en estado natural. Otro accidente…
Cristoph no podía hacer nada por aquella gente… su gente.
Lanny Oberon, el supervisor de las minas, se encontraba en el interior de la silenciosa sala, con los ojos rojos y el rostro demacrado.
—Mi señor, gracias por venir.
Cristoph inclinó la cabeza respetuosamente. Algunos de los hombres y mujeres postrados en las camas todavía conservaban el grado de consciencia necesario para reconocerlo, y un par de ellos incluso hicieron el esfuerzo de incorporarse, aunque las sonrientes y sosegadas Misericordiosas los obligaron a permanecer acostados. Otros tres pacientes yacían inconscientes, o quizá querían aparentar que dormían para no tener que reaccionar a su llegada.
—Lo siento mucho —dijo Cristoph. Era el inicio obligado—. No entiendo cómo ha podido pasar, pero realizaremos una investigación a fondo.
—Eso no nos ayudará —replicó un minero.
—Por lo menos hay una cláusula de bonificación en el contrato para el caso de que perdamos la vida en un accidente laboral —dijo una minera con el rostro demacrado—. Mi marido y mis hijos no sufrirán.
—Ya les estamos causando sufrimiento —gruñó el primer minero.
La tirantez del ambiente en la sala era palpable. Cristoph no perdió la compostura; la fortaleza que exhibía encubría la ira que lo corroía por dentro. ¡Todo esto era tan innecesario!
—Juro a todos los presentes que haré todo lo que esté en mi mano para que reciban el mejor tratamiento posible, para que a sus familias no les falte de nada y para que este tipo de accidentes no vuelvan a darse.
—Ya lo creo que habrá más accidentes —dijo un hombre con la cara cenicienta que yacía en el lado opuesto de la sala. Cuando hablaba, parecía que se iba a ahogar—. Al parecer se han convertido en algo habitual en los tiempos que corren. Todo se desmorona. Nadie está culpándoos, mi señor —añadió rápidamente—, pero las cosas eran tan diferentes antes en Vielinger…
Cristoph sabía que en el fondo todos lo culpaban a él. Era culpa suya y de nadie más. Ya se debieran a los descarados actos de sabotaje o a una mala gestión, no había sido capaz de evitar los desastres. Había pedido un sobreesfuerzo para extraer las últimas vetas de iperión de las profundidades de las minas, cuando en otro tiempo los mineros habrían abandonado aquellos depósitos mucho antes.
—Señor Oberon, presénteme de uno en uno a estos trabajadores. Quiero conocer sus nombres y a qué familias pertenecen.
El supervisor de las minas lo guio en un recorrido por las camas, ofreciéndole un par de datos sobre cada paciente. A pesar de que para Cristoph era tremendamente duro contemplar a aquellos mineros cuyas vidas se escapaban por culpa de un equipo de trabajo en mal estado (¿saboteado?), los miraba a los ojos y les sostenía las manos a través del campo de descontaminación. Lo único que podía hacer ya por ellos era demostrarles que le importaban, y luego cumplir la promesa de poner todo su empeño en la resolución del problema.
—¿Algún resultado en la investigación preliminar que está llevando a cabo, Lanny? —preguntó Cristoph en un susurro a su supervisor, consciente de que algunos pacientes podían oírle—. ¿Cómo ha ocurrido?
El supervisor de las minas negó con la cabeza.
—Esta docena de mineros se encontraba en la avanzada del pozo más profundo. Hace un par de décadas no habríamos perdido el tiempo con esa veta, demasiado trabajo para la recompensa que se obtiene, pero hay que ser previsor para cuando lleguen tiempos difíciles, exprimir un poco más lo que vamos encontrando. Para llegar al iperión, esta cuadrilla tuvo que realizar lo que llamamos una excavación manual: pulverizar la roca para filtrarla en busca de fragmentos minúsculos del mineral.
—Eso genera más polvo en el ambiente del habitual, pero disponemos de máscaras que cubren toda la cara, sistemas de respiración, guantes… —repuso uno de los mineros—. Y nos dijeron que las medidas de seguridad eran suficientes.
Un resentido murmullo de aprobación recorrió la sala. Cristoph habría jurado que incluso oyó un gruñido procedente de dos de los mineros que supuestamente estaban inconscientes.
—Deberían haber sido suficientes —espetó en un tono enfurecido—. Deberíais trabajar con esa certeza… sabiendo que nosotros nos preocupamos de vuestra seguridad. —Se volvió a Oberon en busca de una explicación—. ¿Qué falló?
—Todas las mascarillas estaban defectuosas, mi señor. Los filtros estaban abiertos, agujereados.
—¡Eso significa que inhalamos el maldito iperión! —rugió un minero antes de caer vencido por un fuerte ataque de tos—. Pasamos días allí abajo, respirando esa porquería tóxica, convencidos de que no corríamos ningún peligro. ¡Se ha depositado en nuestro interior, y ahora se nos están pudriendo los pulmones desde dentro! — Alzó una mano de la cama y rozó la delgada película del sistema de descontaminación que lo envolvía.
A Cristoph no le entraba en la cabeza que las mascarillas estuvieran defectuosas.
—Pero si tomé medidas para que se realizaran inspecciones de seguridad de manera periódica. Yo mismo les di el visto bueno tras la última oleada de accidentes.
—¡Ah! Ya lo creo que se examinó el equipo, mi señor —dijo Oberon en un hilo de voz—. Todas las mascarillas pasaron las pruebas… y todas fallaron cuando se bajaron a la mina.
Cristoph apretó los dientes. O bien un inspector había sido sobornado, o alguien había saboteado el equipo para que los De Carre aparecieran como unos incompetentes y volver a los trabajadores en su contra.
—Suspenda las tareas de extracción de iperión, Lanny. Clausure todas y cada una de las minas del planeta. Quiero que las mascarillas, que hasta el último elemento de los equipos sea revisado por dos equipos independientes. Pagaré la compra de equipo nuevo y los sueldos de mi propio bolsillo. Sacaremos el dinero de donde sea.
Durante los dos años que su padre llevaba en Sonjeera entregado a sus juegos amorosos con Keana Duchenet, las familias rivales habían visto en Vielinger un objetivo sencillo y a Cristoph como al cabeza de turco al que no costaría eliminar. Las catástrofes provocadas intencionadamente ponían en entredicho su capacidad para gestionar de una manera eficaz las actividades que su padre había delegado en él y que parecían quedarle grandes.
Cristoph amaba su planeta y sus gentes; le preocupaba el honor de su familia y el lugar que ocupaba en la historia de la Constelación. Pero todos aquellos accidentes, sumados a la ausencia permanente de su padre cuando los intereses de los De Carre necesitaban más que nunca una voz que los defendiera enérgicamente en Sonjeera, hacían que Cristoph se sintiera solo en su infructuosa batalla contra los escurridizos fantasmas de la traición y la propaganda. Sin embargo, no se rendiría.
Los De Carre habían sido unos súbditos benévolos durante siglos, y Vielinger, un lugar pacífico y próspero que carecía de unos productos de exportación característicos. Pero entonces, sólo un par de siglos atrás, un científico llamado Elwar Cori descubrió un método para hacer viables los viajes intergalácticos ultrarrápidos, hasta entonces sólo posibles en teoría. El investigador encontró un rasgo peculiar en un extraño mineral hallado en Vielinger que le permitía ser utilizado como baliza de señalización para trazar vías de comunicación a través del espacio; dichas vías impedían que las naves espaciales, imprudentemente veloces, se desviaran de sus rutas. Nadie había hecho demasiado caso al raro mineral hasta entonces.
Cuando se inauguró la primera ruta intergaláctica que cruzaba las Joyas de la Corona, los De Carre amasaron una fortuna con la venta de iperión. A pesar de que se realizaron minuciosas prospecciones en todos los planetas integrantes de las Joyas de la Corona y otros astros dispersos por el espacio en busca de yacimientos de iperión alternativos, sólo se descubrieron exiguas vetas que no podían competir con las de Vielinger. El lucrativo negocio transformó el planeta, y su industria empezó a girar únicamente alrededor del procesamiento del iperión… después de todo, los habitantes de Vielinger tenían dinero suficiente para comprar todo lo que necesitaran en otros planetas.
Los antepasados de Cristoph se habían acostumbrado a nadar en la abundancia, y sus dispendios pecuniarios eran legendarios; aun así, el pueblo de Vielinger no se quejaba, ya que también ellos tenían los bolsillos llenos. Ahora, sin embargo, toda esa riqueza corría el riesgo de esfumarse en un par de décadas, y el padre de Cristoph continuaba dilapidando frívolamente su fortuna, encandilado por la princesa Keana, y sin dedicar un solo segundo a pensar en su pueblo, o en el futuro. Cristoph, sin embargo, era lo opuesto a él.
Antes de Keana todo había ido bien. Vielinger disfrutaba de una estabilidad y los De Carre administraban el planeta con mano firme, sin dejar resquicios que pudieran aprovechar los Riomini. Sin embargo, Louis estaba tan obnubilado por el amor que había dejado sus negocios expuestos a los ataques de las familias rivales. Se había comportado como un hombre que abandonara todas sus preocupaciones la víspera del día del Juicio Final. Los chacales habían estado merodeando alrededor de su presa mientras él retozaba con aquella mujer y ahora, por fin, se habían abalanzado sobre ella. Cuando Cristoph más necesitaba a su padre, no recibía de él ningún apoyo.
Una joven entró en la sala. Llevaba el pelo, una larga cabellera castaña, suelto, a excepción de una trenza que le caía sobre la espalda. Era delgada y de movimientos frenéticos, y se acercó a la carrera a una cama, deteniéndose a escasos centímetros del campo protector. El hombre que yacía envuelto por la esfera aislante se revolvió, levantó la mirada y sonrió a la mujer. Cuando el campo de descontaminación le impidió abrazar al paciente, lanzó una mirada fulminante a Cristoph.
—¡Confiamos en usted! —rugió la joven—. ¿Acaso no era lo suficientemente duro su trabajo ya? ¿Qué pasa? ¿Es que no saca los beneficios suficientes para proporcionarles un equipo de trabajo mínimamente seguro? ¿Qué gana matando a mi marido?
La mano del minero traspasó el campo y trató de agarrar de la muñeca a su mujer para tranquilizarla, pero ella se la quitó de encima.
Cristoph sabía que cualquier cosa que dijera sonaría a una mera excusa. Siempre que hablaba de sabotajes y de planes extraplanetarios para debilitar a la familia De Carre, la gente pensaba que estaba escudándose en una estrambótica teoría conspirativa para esconder sus propias carencias y errores.
Mientras contemplaba a aquella mujer angustiada y a su marido moribundo — cuya vida se desvanecía porque Cristoph, y nadie más, no había sabido protegerlo—, comprendió que a la joven le importaban poco las excusas y las justificaciones. Esas personas merecían lo mejor.
—Las disculpas no arreglan nada —dijo al cabo Cristoph—. Les he fallado, pero saldaré mi deuda con el pueblo de Vielinger y me ocuparé de que no vuelvan a producirse este tipo de accidentes.
—Palabras… —replicó la mujer con sequedad—. Preferiría recuperar a mi marido.
El dispositivo del sistema codificado de comunicación pitó en la cadera de Lanny Oberon, cuyo rostro se ensombreció repentinamente en cuanto leyó el mensaje.
—Mi señor… ¡un incendio devastador está arrasando el centro Rapana para el procesamiento de iperión! Se ha producido una explosión.
Cristoph no dedicó un segundo a especular sobre la causa de la explosión o sobre la abrumadora inoportunidad del momento.
—¡Que evacuen toda la planta! ¡Saquen a todo el mundo de allí! ¡Recaben información sobre las condiciones meteorológicas y rescaten a todas las personas que puedan verse afectadas por la humareda!
El humo del incendio podía ser letal si no se disponía del equipo de protección adecuado.
Cristoph salió como un vendaval de la sala acompañado por Oberon, bajo la mirada atenta y silenciosa de los presentes, cuyos ojos acusadores sentía clavados como flechas en su espalda.
El accidente no podía ser una coincidencia. Se trataba de un incendio provocado, de un sabotaje, incluso de un asesinato a sangre fría… Las familias rivales estaban utilizando a su pueblo como peones para ganar la partida, de modo que, aunque fuera otro el culpable del desastre, la responsabilidad recaería sobre los hombros de Cristoph. Todos los refuerzos que había implantado para aumentar la seguridad (vigilantes, inspectores, sistemas de control) habían fracasado. Por lo tanto, Cristoph había fracasado.
Oberon recibía continuamente información actualizada en su dispositivo de comunicación mientras cruzaban la ciudad a toda velocidad en dirección a la planta de procesamiento Rapana. Las columnas de humo negro y ceniciento se elevaban en el cielo como tornados. Había camiones por todas partes, y las cuadrillas de los equipos de emergencias se enfundaban los trajes de seguridad de cuerpo entero y corrían hacia el indómito incendio.
Cristoph y Oberon tuvieron que detenerse a dos calles de la planta, obligados por los alarmantes niveles de toxicidad que habían alcanzado los remolinos de gases.
—¡Ordene que primero rescaten a la gente atrapada dentro! —bramó Cristoph—. ¿Cuántas personas formaban el turno?
—Al menos sesenta entre procesadores, prensadores y supervisores. Pero… mi señor, ya deben de haber muerto todos. Es demasiado peligroso, aun con los trajes de protección.
—Por lo que tengo entendido, ésta es una operación de rescate. Hay que sacar a la gente. Después ya nos preocuparemos de salvar del fuego lo que podamos.
Las llamas emergían de las brechas abiertas en los muros metálicos y se agitaban con furia, y las ventanas destrozadas vertían lenguas de fuego.
—El iperión que se encuentra en el interior estará contaminado, señor —dijo Oberon—. Habrá que desecharlo.
Cristoph continuaba contemplando el desastre con un escozor abrasador en los ojos. Ya daba igual lo que dijera o hiciera, su pueblo nunca lo perdonaría; tampoco él podría perdonarse. Tenía la sensación de que todo su mundo se le escabullía entre los dedos.
Tal vez esta desgracia era lo suficientemente trágica como para obligar a su padre a regresar, y ambos aunarían talentos y fuerzas. De algún modo se las arreglarían para levantarse tras el desastre, para recuperar el respeto de sus súbditos.
O quizá simplemente significaba el final de la familia De Carre.