Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 59 de 106

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Hellhole

Capítulo 57

57

 

Ni siquiera los planes minuciosos ni la vigilancia estrecha mitigaban la ansiedad del general. El largo periodo de espera siempre era lo más duro.

Durante la rebelión, Adolphus había aprendido que la moral menguaba en el transcurso de los prolongados viajes que los llevaban de un sistema a otro, de una batalla a otra. A pesar de que la tripulación de su nave sabía de la proximidad del encuentro con las tropas leales a la Constelación, el permanente estado de tensión por la expectativa de la batalla acababa minando su entusiasmo.

Recordó, con una sonrisa nostálgica en los labios, que el exasperante tiempo que mediaba entre dos enfrentamientos era especialmente pernicioso para Franck Tello, su segundo de a bordo. El pobre de Franck combatía el estrés comiendo… insistía en que tenía que mantenerse fuerte para la siguiente batalla, como si fuera una especie de bárbaro que tuviera que afrontar un combate cuerpo a cuerpo con su enemigo. Franck comía tanto y con tanta voracidad que siempre acababa con un dolor de barriga terrible y vomitando, con lo que sólo conseguía tener un aspecto aún más miserable. Ay… el pobre de Franck.

Ahora Adolphus se encontraba inmerso en otra prolongada espera.

El general llevaba años preparando la operación, a pesar de que no se trataba de una campaña militar; organizaba, controlaba y coordinaba todos los aspectos de su proyecto con el mismo detenimiento que había dedicado a cualquier plan de batalla. Adolphus sabía la brutalidad de las medidas que tomaría la Diadema cuando averiguara lo que se proponía, de modo que no podía dejar cabos sueltos.

Los trabajos de construcción de todas las rutas intergalácticas de su red independiente debían concluir a la vez para dar una imagen de triunfo repentino e inesperado, de hecho consumado. La nueva estación espacial central de Hallholme y los anillos terminales que se entregarían a los cincuenta y tres planetas restantes de la Zona Profunda —de los más lejanos a los más cercanos— debían ponerse en funcionamiento simultáneamente antes de que la Diadema descubriera lo que estaba ocurriendo.

El día Señalado.

El general llevaba algún tiempo enviando al espacio las remodeladas naves trazadoras adquiridas ilegalmente, cargadas del iperión extraído de las minas secretas de Candela. El valioso yacimiento que Tanja Hu había encontrado en su planeta podría haberla hecho tremendamente rica, pero la administradora de Candela había preferido unirse a él. Esa decisión seguramente cambiaría el curso de la historia de la humanidad.

Adolphus coordinaba los movimientos de las naves trazadoras en el conjunto de su plan como si se tratara de la coreografía de una compleja danza, marcando los tiempos de los largos y pesados viajes. Los pilotos volaban a velocidades normales para las naves MRL; habían aceptado asumir la ardua y solitaria tarea, así como los peligros que entrañaba la exposición al iperión procesado, porque tenían fe en que el general podría llevar a cabo su plan. Algunos de los pilotos ya llevaban tres años volando con destino a los planetas más remotos de la Zona Profunda.

El general debía tener controlado hasta el último detalle. Los informes sobre los progresos de cada nave trazadora llegaban semanalmente por medio de veloces cápsulas de correo que surcaban el espacio hasta la estación central de Hallholme, siguiendo la senda cuántica que iba dejando señalizada cada nave a su paso. Las trazadoras proporcionaban datos sobre su ubicación exacta, la distancia recorrida y la fecha prevista de llegada al planeta de destino. Adolphus supervisaba de manera personalizada a cada uno de sus pilotos con el fin de indicarles cuándo acelerar o cuándo ralentizar la nave.

Cuando las naves trazadoras pusieran en órbita los anillos terminales, el secreto se desvelaría en cuestión de días… y los sorprendidos administradores planetarios de la Zona Profunda tendrían que tomar partido. Para asegurarse de que éstos acertaban con su decisión, Adolphus había enviado en secreto grupúsculos subversivos a los planetas que parecían un hueso más duro de roer. Los agentes estaban preparando el terreno para que la transición se produjera de un modo rápido y poco conflictivo, con el fin de que la inabarcable Zona Profunda se mantuviera unida contra las inevitables represalias de la Constelación. En el caso de que fuera necesario, tendría que recurrir a la fuerza militar en algunos planetas para lograr la lealtad de sus administradores.

La docena de administradores planetarios que participaban activamente en la conspiración estaban adquiriendo naves de guerra viejas y excedentes de producción bajo los más variados pretextos. Una vez trasladadas a los planetas de la Zona Profunda, eran reformadas y puestas a punto. Por otra parte, todas las rutas intergalácticas que partían de Sonjeera presentaban puntos vulnerables donde podrían interceptarse las pesadas, lentas y excesivamente confiadas unidades de las Fuerzas Armadas de la Constelación en el caso de que la Diadema se decidiera por emprender una intervención militar. Adolphus incluso había conseguido la deserción de algunas naves de mantenimiento fundamentales de la vieja red de la Constelación.

El general se encontraba ahora en su residencia de Elba, recluido en su estudio privado con las puertas convenientemente cerradas con llave, y se disponía a abrir el último mensaje del capitán Ernst Packard, quien había partido recientemente con dirección a Risco. El general conocía bien a Packard, un hombre ilustrado, incluso amanerado, que había desarrollado un gusto por los aspectos más refinados de la vida y que se enorgullecía de su ropa, su aspecto físico, su melomanía y su paladar de gourmet. Adolphus se había llevado una sorpresa cuando Packard se había trasladado a Hallholme, pues éste no parecía un planeta que pudiera satisfacer sus gustos personales; pero aún más se había sorprendido cuando Packard se había ofrecido voluntario para pilotar una de las naves trazadoras en los largos viajes entre los planetas de la Zona Profunda. Ni la soledad absoluta en la que transcurría el viaje ni la peligrosa carga de iperión parecían el tipo de cosas que habría elegido libremente.

Sin embargo, Packard había insistido, y Adolphus confiaba en él. Ya hacía cuatro meses que había partido a los mandos de una trazadora cargado con provisiones, su discoteca, una buena cantidad de archivos de entretenimiento y la aspiración de «sacar alguna idea en claro».

Adolphus reprodujo el último mensaje, pero en cuanto apareció la imagen de Ernst Packard, supo que algo iba mal. Las naves trazadoras contaban con unos gruesos mamparos y revestimientos de protección entre la zona de carga y la zona habitable para proteger a la tripulación de los efectos nocivos que tenía una exposición prolongada al iperión. A causa de la larga duración de los viajes, se solicitaba a los pilotos que vistieran trajes de protección, pero Packard siempre se ponía sus mejores galas para grabar el mensaje; se quitaba el traje de protección y se vestía con su mejor americana y corbata, se alisaba el pelo y se acicalaba para comparecer ante la cámara.

En esta ocasión aparecía demacrado y con la tez cenicienta. Sin duda había enfermado.

—Una vez más tengo la ocasión de ofrecerle un informe actualizado de la misión, General. ¿Le había comentado que he decido escribir un libro? De momento calculo que comprenderá dos volúmenes. ¡El hecho de no tener nada que decir no es un factor restrictivo cuando se dispone de tanto tiempo libre! A pesar de los meses que se me presentan por delante, mi tiempo parece haber llegado a su fin. No obstante, duraré lo suficiente para cumplir mi tarea… puede contar conmigo, señor. El pueblo de Risco me recibirá con un clamor de vítores… o a lo mejor con una marcha fúnebre. Todo es cuestión de tiempo.

»Verá… Cada vez más a menudo he incumplido el mandato de vestir la ropa de protección. El traje es tan incómodo… Y es una pena pasar incomodidades cuando a uno le queda tan poco tiempo. Según me dijeron mis antiguos médicos de Ogg antes de viajar a Hellhole, una exposición al iperión en principio podía tener efectos positivos en mi afección. —Packard hizo una pausa, frunció el ceño y se rascó la barbilla—. ¿Le había comentado lo de mi enfermedad? Ha pasado tanto tiempo y he mantenido tantas conversaciones imaginarias que no soy capaz de discernir cuáles son reales y cuáles no. Le diré que es terminal, así que no tengo nada que perder.

»Durante los dos primeros meses, este viaje operó unos efectos maravillosos en mí. El iperión me hizo sentir sano de nuevo, aunque no pude sacar demasiado partido de mi nueva alegría de vivir encerrado solo en una nave espacial. Ahora, sin embargo, he alcanzado el punto de rendimiento decreciente, y los efectos adversos del iperión están imponiéndose a los beneficios del tratamiento.

Packard esbozó una sonrisa franca.

—Pero no se preocupe, General. A bordo todo está automatizado. La nave llegará a su destino y completará la ruta hasta Risco tanto si yo vivo para verlo como si no.

Packard pareció perder momentáneamente el hilo de sus palabras.

—Podría volver a ponerme el traje de seguridad, ¿pero de qué serviría? El daño ya está hecho, y no me arrepiento. Espero que no piense de mí que soy un vanidoso, General, pero para mí sería un honor que algún día, si todo sale bien, considerara la posibilidad de bautizar esta ruta con el nombre de Ruta Intergaláctica Ernst Packard. —La sugerencia nacida de su orgullo desmedido le arrancó una risita—. Mmm… Sonaba mucho menos ególatra cuando se me ocurrió la idea. —Entrelazó las manos en el pecho y se inclinó hacia la cámara—. No tema, general. Estoy orgulloso de lo que he hecho. Le ha hablado Ernst Packard, su fiel servidor. Fin de la comunicación.

Adolphus se quedó mirando atónito la pantalla en negro, con el corazón en un puño. Toda empresa ardua se cobraba su cuota de víctimas y de sacrificios. Pensó entonces en los nombres de todos los certificados de defunción que había firmado. Luego en Frank Tello, que había caído en la batalla final contra el comodoro Percival Hallholme y las fuerzas de la Constelación en las proximidades de Sonjeera. Franck se había ceñido a las órdenes hasta el último momento, y nunca había dudado de su general. Y durante esos segundos previos a que su nave quedara envuelta por las llamas, Frank, consciente de que él y toda su tripulación estaban condenados, le había dedicado un saludo militar… un último saludo…

Adolphus tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en sus obligaciones y en no perder de vista sus responsabilidades. Abrió el mapa de las rutas intergalácticas y marcó la posición de Packard en la ruta a Risco. Mantenía la fe en que la nave llegaría a su destino en la fecha prevista; podía contar con Packard para ello.

Algún día la historia determinaría si los sacrificios habían estado justificados.