Hellhole
Capítulo 53
53
A pesar de que había enterrado el informe del espía sobre las actividades de Ian Walfor al margen de la red de rutas oficial, el gobernador territorial Goler no esperaba que la información permaneciera ignorada por tiempo mucho. La Constelación contaba con muchos ojos y oídos, incluso en la Zona Profunda.
La severa citación de la Diadema llegada a Risco se proponía provocar que Goler escondiera el rabo entre las piernas y agachara la cabeza abochornado: «Gobernador, preséntese en Sonjeera con la máxima presteza para explicar personalmente los rumores sobre una red de transporte ilegal consagrada al mercado negro. Sospecho que el general Adolphus está detrás de ella».
En cierta manera, Goler se sintió aliviado de que lo hubiera averiguado tan pronto, y pensó que Michella estaba siendo obtusa si creía de verdad que cosas como ésa no iban a ocurrir con tanta distancia de por medio con el gobierno central.
Él ya había enviado discretas insinuaciones a Buktu en cápsulas de correo por la ruta irregular e intermitente que llegaba hasta el planeta aislado, con la esperanza de que al menos una de ellas alcanzara su destino. En los mensajes exigía, en un tono indignado, explicaciones en nombre de la Diadema, pero las había formulado de un modo precavidamente ambiguo, sin cerrarse puertas, con la esperanza de que Walfor supiera leer entre líneas.
De hecho, el administrador de Buktu había captado todas las indirectas, y había respondido al gobernador territorial ofreciéndole con toda la sutilidad y la prudencia del mundo un soborno irrechazable para que hiciera la vista gorda con sus actividades comerciales.
Dado que Goler todavía no le había contestado, ni tenía la intención de hacerlo, no estaría mintiendo a la Diadema cuando afirmara delante de ella que no tenía ningún acuerdo con Walfor.
Faltaban dos días para la llegada de la siguiente nave por la ruta intergaláctica. Goler pidió a Tasmine que le ayudara a preparar el equipaje para su viaje a la metrópoli.
—Necesitaré mis mejores galas para un encuentro personal con la Diadema.
Tasmine torció el gesto.
—Háganos un favor a todos y escúpala en la cara.
* * * * *
Sonjeera era imponente, fastuoso, un derroche de lujos. Goler había adorado en otro tiempo el núcleo del gobierno, pero ya no albergaba un sentimiento de pertenencia a aquel lugar. Rara vez acudía a su oficina en la capital.
Después de tantos años en Risco, prefería la vastedad íntima de los bosques de árboles dorados y los espacios al aire libre. La oferta cultural de Sonjeera (los espectáculos, los restaurantes y los museos) estaba saturada; había más propuestas de las que nadie necesitaba. ¿Cómo había podido vivir allí? No se arrepintió de mantener su residencia en Risco en vez de mudarse a los apartamentos de la capital que se ponían a disposición de los gobernadores territoriales.
Su módulo de pasajeros aterrizó por la noche, cuando las luces de la capital lo deslumbraban. La oscuridad del cielo nunca pasaba de un gris neblinoso, y Goler únicamente divisó un puñado de estrellas en el firmamento. Por tanto, no era una sorpresa que los habitantes de las Joyas de la Corona no fueran capaces de pensar más allá de sus insignificantes necesidades: sus cielos nocturnos eran como cataratas en sus ojos, que les impedían ver —literalmente— el resto del universo.
En Risco, cuando la noche cerraba, había tantas estrellas en el cielo que a veces sentía que podía zambullirse en un vacío de una negrura impenetrable…
La escolta de Michella estaba esperándolo en el aeropuerto espacial.
—Su excelencia la Diadema ha programado el encuentro en el Jardín Luminoso. Allí dispondrán de la privacidad que necesitan.
A Goler no se le había pasado por la cabeza que pudieran necesitar privacidad.
—Me siento honrado con que la Diadema haya alterado su agenda para reunirse en seguida conmigo.
Michella ni siquiera estaba dejándole tiempo para reposar un poco después del viaje ni para que se pasara por su despacho en la Agencia para los Asuntos de la Zona Profunda.
Los escoltas lo trasladaron rápidamente al palacio en forma de torre que ocupaba, con sus jardines y sus arboretos, más hectáreas que todos los asentamientos de Risco juntos. Las fuentes rociaban el aire con gotitas de agua que proporcionaban una sensación de frescura y de humedad cuando se respiraba.
Los escoltas lo condujeron a toda prisa por unos senderos embaldosados y serpenteantes —no había ni un tramo rectilíneo— rodeados de plantas con espinas y flores cuyos pétalos tableteaban con si fueran bocas riendo. Cobijados en un bosquecillo de enormes vojas había dos bancos de alabastro adyacentes; los árboles tenían aspecto de marchitos, y miles de insectos fosforescentes que brillaban como diminutas bombillas parpadeantes atiborraban sus ramas.
La Diadema estaba sentada en uno de los bancos, e indicó a Goler que tomara asiento en el otro.
—Siéntese, gobernador. Estoy disgustada con sus últimas actuaciones.
Michella echó a los escoltas con un gesto desdeñoso con la mano.
Goler dirigió una reverencia respetuosa a la Diadema y se sentó. Michella no se anduvo con rodeos.
—Cuando le hice responsable de once planetas de la Zona Profunda, esperaba que mirara por los intereses de la Constelación… mis intereses.
—Y lo he hecho lo mejor que he sabido, excelencia —respondió Goler, manteniendo un tono calmado, de voluntad de cooperar.
—No esperaba menos. —Cuando Michella apretó los labios, su rostro adquirió el aspecto de una pieza de fruta exprimida hasta arrancarle la última gota de jugo—. Invertimos buena parte del erario de la Constelación en la gestión de la estación central de Sonjeera. Inspeccionamos y mantenemos operativas rutas directas a todos los planetas de la Zona Profunda… a un precio nada barato. Ni siquiera sumando el importe de los tributos que nos pagan periódicamente los planetas fronterizos se podría pagar la extensa red de rutas intergalácticas. ¿Cree usted que puedo permitir que emprendedores arribistas utilicen sus propias naves al margen del sistema? Las naves legítimas de la Constelación se bastan para transportar todos los cargamentos que sean necesarios.
—Excelencia, he investigado el asunto tal como me pedisteis. Esas naves al margen de la ruta oficial, que sólo son unas pocas, son vehículos antiguos y de una fiabilidad escasa que los habitantes de Buktu han reparado y reabastecido de combustible. Como bien recordaréis, una vez que la Constelación dejó fuera de servicio la ruta intergaláctica, el planeta perdió su vía de conexión segura con Sonjeera. Esas naves son su única opción de supervivencia.
—¡Su única opción era aceptar un traslado! Antes de que se cancelara la ruta intergaláctica con Buktu, todos y cada uno de esos colonos tuvieron la oportunidad de mudarse a cualquier otro lugar, pero la rechazaron. —Michella esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Excelencia, a los habitantes de la Zona Profunda les gusta ser un poco independientes.
La Diadema torció el gesto indignada.
—¡Les ofrecí una solución! Deberían haberse acogido a ella. ¿Está sugiriendo acaso que pase por alto sus actividades criminales?
Encima de sus cabezas, un puñado de los insectos luminiscentes abandonaron revoloteando las ramas como una ráfaga de estrellas fugaces.
El gobernador territorial respiró hondo antes de hablar.
—Sólo tienen acceso a un par de antiguallas lentísimas —dijo sin perder la calma —. El volumen de negocio que están robándole a la Constelación debe de ser insignificante.
—No es una cuestión de cantidad sino de principios. El administrador Walfor ha sentado un precedente. ¿Y si cunde el ejemplo y empiezan a proliferar las naves independientes? ¿Qué más serían capaces de hacer otros líderes planetarios a mis espaldas? Mi red de rutas intergalácticas es perfectamente válida, eficaz, un medio económico para el comercio. ¿Por qué no querrían utilizarla?
Goler se ahorró aludir a que precisamente el hecho de burlar a la Diadema —en sus propias narices— hacía tan atractiva esa idea para hombres como Ian Walfor. Michella no entendía la mentalidad de los pobladores de la Zona Profunda.
—Le he pedido que venga personalmente para asegurarme de que entiende la trascendencia de este asunto —continuó la Diadema, inclinándose hacia él en su banco de alabastro—. Acabe inmediatamente con ese mercado negro. Espero de usted que haga su trabajo, gobernador Goler. Mátelos, métalos en la cárcel… me da igual cómo quiera solucionarlo, pero soluciónelo. Se pasa usted la vida allí rodeado de esa gente. No permita que lo dejen en ridículo.
Goler notaba la dureza y la frialdad del banco debajo de sus posaderas. Los vojas se mecieron lánguidamente sacudidos por una ráfaga aislada de viento. El movimiento agitó a los insectos que permanecían en el ramaje y el resplandor de su bioluminiscencia se intensificó.
El gobernador territorial devolvió su mirada al rostro expectante de Michella.
—Entiendo vuestra preocupación, excelencia, pero ¿cómo voy a satisfacer vuestra demanda con los recursos de los que dispongo?
—Pues vigilando el comercio ilegal, ¿cómo si no? —espetó como una madre que ha perdido la paciencia con su hijo idiota.
Goler contó hasta tres antes de responder con las manos abiertas en un fingido gesto de desamparo.
—A diferencia de otros gobernadores territoriales, excelencia, yo vivo en la Zona Profunda y mantengo una vigilancia tan estrecha como me es posible de sus habitantes. Pero ¿cómo voy a vigilar un volumen tan extenso de galaxia en busca de unas naves que no viajan por las rutas establecidas? No dispongo de naves, ni de un cuerpo de policía.
Michella no parecía entender la vastedad inabarcable de la Zona Profunda comparada con el apiñamiento de los planetas de las Joyas de la Corona.
—¿Cómo voy a patrullar siquiera Risco, por no hablar ya de la totalidad de los once planetas de mi jurisdicción? —inquirió Goler.
El gobernador hizo una pausa. Había llegado el momento de ofrecer a la Diadema la solución antes de que se enfureciera más con él.
—Tal vez, excelencia, si me proporcionarais naves con armamento, aunque fueran unas obsoletas MRL, podría patrullar el espacio e interceptar las naves ilegales que operan fuera de los límites de la red de rutas intergalácticas… combatir a los contrabandistas con sus mismas armas.
La Diadema retrocedió.
—¿Quiere disponer de su propia flota?
—No veo la manera de vigilar un territorio tan vasto sin contar con recursos militares de peso. Tengo entendido que las Fuerzas Armadas de la Constelación disponen de un excedente de naves MRL de los años de la guerra oxidándose en las factorías de la llanura Lubis. Podríais cederme esas naves y yo reclutaría las tripulaciones en los planetas de la Zona Profunda. La Constelación no incurriría en gastos adicionales ni tendría que preocuparse del personal. También lord Riomini vería con muy buenos ojos el plan, pues se le aliviaría de la carga económica que suponen esas naves en sus factorías. —Goler la miró a los ojos—. Y yo podría encontrar a los estraperlistas y desbaratar sus operaciones.
Michella meditó la sugerencia.
—Ahora que menciona la rebelión, tenemos todas esas naves que capturamos a las fuerzas del general Adolphus. Fueron retiradas de servicio, pero ni siquiera el mantenimiento de unas naves varadas sale gratis. Son un despilfarro de espacio y de recursos. El Lord Negro siempre se queja de ello.
Goler esperó, confiado en la conclusión que extraería la Diadema. Los labios de Michella dibujaron una sonrisa frágil, vengativa.
—Además, hay una grata ironía implícita en volver a poner en servicio las propias naves del general para patrullar la Zona Profunda e impedirle que cometa sus diabluras. Sí, gobernador, ordenaré que las pongan a punto, les llenen los depósitos de combustible y se las envíen en una enlazadora ampliada hasta Risco. Los gastos correrán por su cuenta.
Goler asintió respetuosamente.
—Me siento honrado con vuestra generosidad, excelencia. Cuanto antes me las enviéis, antes podré emprender mis patrullas contra el mercado negro.
—No puedo obrar milagros, gobernador, pero enviaré un mensaje a Qiorfu para que Escobar Hallholme prepare las naves para su envío inmediato. —Sacudió un dedo huesudo en dirección a él—. Desde este momento, usted asume toda la responsabilidad. La deposito directamente sobre sus hombros. No me decepcione.
—Siempre es un honor serviros, excelencia —repuso Goler, haciendo una nueva reverencia.