Hellhole
Capítulo 70
70
A pesar de la admiración que le despertaban la tenacidad y la determinación de Laderna, Ishop necesitaba involucrarse personalmente en la resolución del siguiente problema una vez que ya estaba de vuelta de esa sucia pústula que era Hellhole. Quedaban cinco nombres en la lista y… ¿cómo iba a lidiar con el hecho de que Duchenet estaba entre ellos? Las opciones más evidentes y rápidas eran la princesa Keana y la mismísima Diadema.
En cualquiera de los casos, matar a una Duchenet iba a ser una tarea difícil, pero no dudaba de que con la ayuda de Laderna acabarían encontrando una solución, aunque requiriera un tacto extremo. Era un desafío digno de un auténtico noble. La lista era la lista, y sólo un alfeñique cambiaría las condiciones únicamente porque uno de los requisitos se revelara más problemático que los demás.
Sin embargo, tenía una idea. A pesar de los meses que habían transcurrido desde la muerte de Louis de Carre, la princesa Keana seguía obsesionada, para desgracia de su madre, con encontrar a su hijo, Cristoph. Ésa podría ser la llave. Keana creía que estaba siendo discreta con sus torpes tentativas, pero carecía de la habilidad para guardar secretos o cobrarse favores. Seguía dando el coñazo con sus preguntas perspicaces e ineficaces, pero nadie tenía motivo alguno para ayudarla.
En otro momento Ishop lo habría encontrado divertido. La inocente hija de la Diadema nunca había sido instruida para manejarse en la frágil estructura política de la Constelación. No estaba cualificada y era totalmente ajena a esa realidad. Pobrecita. No era estúpida, sólo un pez fuera del agua: un accidente inexorable a punto de ocurrir. Sabía desde hacía tiempo que Keana era quien debería morir… en cuanto él determinara el mejor modo de cumplir su objetivo.
Una idea empezó a tomar forma en su cabeza, y pidió a Laderna que recopilara toda la información que pudiera encontrar sobre Cristoph de Carre. El hecho de que Keana no fuera capaz de dar con su paradero no significaba que alguien con las aptitudes correctas no pudiera dar con él fácilmente.
Además de la satisfacción que le proporcionaría eliminar otro nombre de su lista, Ishop tenía el presentimiento de que el gobierno saldría beneficiado de la muerte de Keana. «Por el bien de la Constelación». Le encantaba el aroma a eficiencia que despedía matar dos pájaros de un tiro. Se sonrió mientras el plan iba clarificándose en su cabeza.
Laderna empleó sus habilidades innatas para escarbar con su habitual determinación obstinada en busca de información. Tras su desalojo de la hacienda familiar de Vielinger, el deshonrado lordcito se había desvanecido sin dejar rastro. Circulaban rumores que afirmaban que los caciques Riomini lo habían asesinado sigilosamente, pero Ishop sabía que eso no era cierto; no sólo porque Michella lo habría considerado una pérdida de tiempo y de esfuerzo (pues la familia ya había sido destruida), sino porque le habría encargado el trabajo a él.
No fue excesivamente difícil para Laderna dar con la respuesta. Keana misma podría haberlo hecho si alguien hubiera estado dispuesto a hacer la vista gorda y mover un dedo por ella. Laderna acudió a la nueva casa de Ishop en la ciudad con una sonrisa radiante y exigiendo su recompensa.
En cuanto cerró con llave la puerta y corrió las cortinas de las ventanas, Laderna empezó a desnudarlo.
—He encontrado a Cristoph de Carre.
—Cuéntame.
—Todavía no.
A veces Laderna podía ser irritante. A pesar de que él estaba ansioso por oír la información, ella se tomó su tiempo. ¡Le sacaba de quicio lo rápido que estaba aprendiendo a manipularlo! Pronto tendría que pararle los pies; por ahora, sin embargo, era más sencillo darle lo que quería.
—Se marchó a Hellhole —le susurró finalmente en el oído, y soltó una risita tonta.
Ishop se incorporó en la cama. No era una sorpresa que los Riomini hubieran expulsado al joven de Carre de Vielinger, y la Zona Profunda parecía el refugio obvio para él.
—Acabo de estar en ese horrible planeta. No vi ni rastro de él.
—¿Y exploraste todo el planeta?
La pregunta de Laderna le hizo darse cuenta de lo absurdo de su comentario.
Ishop le dio una respuesta negativa con la cabeza.
—De todos los lugares adonde Cristoph podía haber ido, ¿por qué escogería ése precisamente?
Ishop cogió ceñudo el documento que le ofrecía Laderna y leyó por encima las notas cuidadosamente organizadas. En efecto, su hombre había ido a Hellhole. No había lugar a dudas.
Laderna se acurrucó a su lado.
—Piénsalo, jefe. De Carre debe de odiar a la Diadema… ¿y quién es el enemigo número uno de la Diadema en todo el universo?
Ishop no había considerado esa circunstancia.
—¿Crees que ese deshonrado lordcito está intentando aliarse con el general Adolphus?
Laderna no pudo disimular su sonrisa.
—Si tú estuvieras en su situación, eso mismo sería lo que te aconsejaría que hicieras.
Laderna le masajeó los hombros, pero eso le distraía. Necesitaba pensar.
A lo mejor, después de todo, el joven De Carre no se había desentendido por completo de sus problemas. A pesar de los numerosos partes sobre accidentes en las minas de iperión de Vielinger, Cristoph había sido un administrador competente que nada tenía que ver con el inepto hedonista de su padre. Quizá el lordcito tenía sus propios planes.
Ishop sabía perfectamente cómo frustrárselos y al mismo tiempo borrar otro nombre de su lista. El juego estaba poniéndose aún más interesante.
* * * * *
Al día siguiente por la tarde, Ishop Heer pasó a visitar a Keana en sus aposentos reales. Puso mucho cuidado en llegar a una hora en la que Bolton Crais estaba atareado en su despacho del departamento de logística del ejército.
—Princesa, traigo buenas noticias. He venido a veros en cuanto me he enterado.
Keana se lo quedó mirando en la puerta con desconfianza.
—Señor Heer, si viene para interceder por mi madre, no tengo ningún interés.
—He venido para interceder por vos, princesa. Vuestra madre no sabe nada de mi visita. Tal vez este pequeño encuentro debería quedar entre nosotros dos. —En voz baja añadió—: Se trata de Cristoph de Carre.
El nombre tuvo el efecto de un conjuro mágico, y Keana lo invitó a entrar inmediatamente.
Desde el salón se veía el aeropuerto espacial y el trajín de transbordadores de pasajeros que aterrizaban y despegaban. Quizá Keana fantaseaba con la idea de salir corriendo y abandonar el planeta, aunque seguramente la Diadema la tenía vigilada. El aroma de perfumes y aceites asaltó la nariz de Ishop, quien, sin embargo, no vio ni rastro del servicio de la casa.
—Princesa, soy consciente de que habéis sufrido mucho por los terribles sucesos que acaecieron hace unos meses. La muerte de Louis de Carre fue una verdadera tragedia.
Keana se dejó caer en un sillón y centró todos sus esfuerzos en controlar sus emociones.
—Todo el mundo sabe que anheláis saber lo que ha ocurrido con su hijo — continuó Ishop—. Lamento mucho vuestra situación, así que he hecho mía vuestra preocupación. Los importantes recursos con los que cuento me han permitido averiguar la respuesta que buscáis.
Keana contuvo la respiración y se incorporó en el sillón.
—¿Ha encontrado a Cristoph? ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien?
La sonrisa franca de Ishop acabó de convencerla.
—Vuestra madre sabe desde hace tiempo que cuando hay que hacer algo, yo soy el hombre indicado. —Ishop se percató de que Keana no estaba de humor para alargar el suspense, de modo que rápidamente añadió—: Mi información es sólida, princesa. Cristoph de Carre se encuentra en el planeta Hallholme. En estos momentos está en las manos del monstruoso general Adolphus. Desconozco el tiempo que pueda sobrevivir.
Keana parecía debatirse entre la alegría y la consternación.
—Tenía miedo de que lo hubieran matado, o de que se hubiera suicidado como Louis. Pero… ¿Hallholme? ¡Es horrible! —Keana parecía haber recuperado las fuerzas, y sus oscuros ojos azules brillaban con un fuego de determinación parecido al que Ishop estaba habituado a ver en la diadema Michella—. ¡Tenemos que sacarlo de allí!
—Yo tengo las manos atadas, princesa. Tengo miedo de lo que vuestra madre sería capaz si se enterara de mi participación. Sois la única persona a la que he contado lo que he descubierto… la única. Por favor, mantengamos este asunto entre nosotros. Yo iría personalmente, pero ya sabéis lo vengativa que puede llegar a ser la Diadema.
—En ese caso debo ocuparme yo. —Empezó a deambular por el salón con una energía arrebatada. Ni siquiera hizo falta que Ishop pronunciara en voz alta su sugerencia—. ¡Iré yo y lo encontraré! ¿Puede ayudarme a preparar el viaje, señor Heer?
—Haré lo que pueda —respondió, tratando de mostrarse reacio y limpiándose las manos en sus pantalones impolutos—. Tendríais que viajar sola y no hablar del tema con nadie, menos aún con la Diadema.
—No tengo ninguna intención de dar a mi madre la oportunidad de detenerme.
Ishop comprobó que Keana tenía las ideas claras.
—Sí, viajaré a Hallholme. Cristoph tiene que saber que no está solo.
—Excelente, princesa. Nadie más debe saberlo.
Keana lo sorprendió al ponerle los brazos alrededor de su cuello para abrazarlo. Él le dio unas palmaditas incómodas en la espalda y sonrió para sus adentros. El problema estaba solucionándose prácticamente solo.
Inocente, sin preparación, sin aptitudes, indefensa… Keana no duraría mucho en aquel planeta de pesadilla. Muy pronto podría tachar el nombre Duchenet de su lista.