Hellhole
Capítulo 2
2
Antonia Anqui buscó una ventana libre en el interior del módulo de pasajeros y contempló el planeta que se extendía a sus pies mientras la enlazadora espacial realizaba las maniobras de aproximación al anillo terminal que orbitaba alrededor de Hallholme. El módulo era de un modelo estándar de gran capacidad para pasajeros, aunque no iba lleno ni de lejos; eran pocos los viajeros que elegían aquel destino en particular. Para alegría de Antonia, pues no buscaba compañía, conversación ni que le dispensaran ningún tipo de atención; además, no se producían aglomeraciones en las ventanas.
La joven escudriñó el penumbroso planeta recortado sobre la negrura salpicada de estrellas. Aquel astro había sido antaño un lugar de vegetación exuberante y propicio para la vida. Ahora, la escabrosidad de la superficie de Hallholme se apreciaba incluso desde el espacio. No sorprendía que la gente lo llamara Hellhole, «agujero infernal».
Aun así era mejor que Aeroc, el planeta que había abandonado en su huida desesperada. Había viajado por la red de rutas hasta la estación central de Sonjeera, donde había embarcado en una nave intergaláctica que la llevara lo más lejos posible de los planetas de las Joyas de la Corona. Sólo esperaba que fuera lo suficientemente lejos como para desaparecer del mapa y empezar una nueva vida.
Cuando la enlazadora se acopló al anillo terminal, un ruido atronador sacudió el casco del módulo de pasajeros. La enlazadora era poco más que un armazón escuálido al que podían ensamblarse contenedores de carga y módulos de pasajeros, que quedaban colgando de él como las uvas de un racimo. Antonia aguardó, atenazada por los nervios y la aprensión. Ya casi había llegado. Estaba a un paso de la libertad. Uno detrás de otro, los contenedores de bajada fueron soltándose del armazón y cayendo hasta la zona de órbita inferior, donde maniobraban automáticamente para dirigirse hasta la vasta explanada del aeropuerto espacial de Michella Town. Cada vez que un contenedor de descenso se desenganchaba y caía, Antonia se estremecía a causa de las vibraciones y del estruendo.
Hallholme rotaba lentamente a sus pies, mostrando sus océanos, sus continentes desiertos y, finalmente, la franja habitada, no muy lejos de las onduladas fallas concéntricas producidas por el impacto del meteorito. Antonia contuvo la respiración al divisar la gigantesca sima que había quedado en el lugar en que había hecho blanco el asteroide. El devastado cráter estaba colmado de un magma de aspecto vidrioso y rodeado de fallas concéntricas. Siguiendo un irregular diseño radiado iban sucediéndose unas depresiones que parecían cañones, y la lava continuaba filtrándose a la superficie por las grietas que estriaban el suelo. Cinco siglos no eran nada en la escala de tiempo geológico, y el planeta seguía inmerso en su proceso de recuperación.
Sin duda Hellhole era el último lugar donde a nadie se le ocurriría buscarla.
Cumplidos los diecinueve, Antonia sabía cuidar de sí misma mejor que la mayoría de los adultos. Durante los dos años que llevaba huyendo, había aprendido numerosos métodos para evitar ser descubierta. Sabía cómo cambiar de identidad y de apariencia, cómo conseguir un trabajo que le proporcionara el dinero necesario para vivir sin generar demasiadas preguntas, sabía cuándo asustarse y cómo defenderse sola.
Dos años atrás —ahora parecía toda una vida— había sido una muchacha guapa y atractiva, una criatura con un futuro prometedor en la sociedad, poseedora de un guardarropa con el atuendo apropiado para cada ocasión y para cualquier tipo de clima. También entonces tenía otro nombre: Tona Quirrie. Pero todo eso estaba mejor arrinconado en el olvido. Ya no volvería a servirle de nada. Jamás. Como debutante en Aeroc, había hecho alarde de sus peinados y de sus modelos, convencida por su madre de que potenciaban su belleza. Ahora Antonia hacía todo lo posible para disimular su hermosura; el pelo castaño le caía lacio hasta los hombros, y sólo vestía prendas anodinas y funcionales.
Era hija del gerente de una gigantesca planta energética de Aeroc, uno de los viejos planetas civilizados gobernado desde tiempos inmemoriales por la familia noble de los Riomini. Poseían una hermosa casa con una cocina amplia, una piscina en el terrario y un piano afinado. Su madre amaba la música, y en ocasiones especiales solía tocar, si bien encontraba sus momentos de mayor gozo al piano cuando se sentaba sola e interpretaba piezas clásicas o intrincadas melodías que perfectamente podría haber compuesto ella. Entonces Antonia se sentaba en el salón para escucharla. La muchacha incluso había recibido clases con la esperanza de llegar a ser algún día una virtuosa del instrumento como su madre. Ahora la música había desaparecido de su vida.
Cuando Antonia tenía diecisiete años, un apuesto joven llamado Jako Rullins entró a trabajar en las oficinas de la planta energética de su padre. A sus veintiún años, Jako era un muchacho guapo, arrebatado, inteligente y que iba camino de una carrera próspera. En seguida se hizo indispensable en el trabajo del padre de Antonia, y a menudo acudía a la casa familiar para participar en unas reuniones de trabajo, que acabaron convirtiéndose en actos sociales.
Cuando Jako empezó a colmar de atenciones a la joven Antonia, ésta se dejó embelesar. Sus padres no se opusieron porque apreciaban al muchacho. Cuando ambos estaban juntos, para Jako sólo existía Antonia.
Al cabo de cuatro meses, Jako pidió a Antonia que se casara con él. Los sorprendidos progenitores de la muchacha solicitaron al joven que esperara un poco, con el argumento de que la muchacha todavía era demasiado joven, si bien lo animaron a seguir cortejándola. A pesar de la decepción que le supuso el aplazamiento de sus planes, Jako juró que demostraría la devoción que sentía por ella. Antonia recordó la sonrisa que arrancó a su padre la promesa. «No espero menos de usted, señor Rullins. Tenga un poco de paciencia».
Jako, sin embargo, parecía sentir una urgencia que Antonia encontraba desconcertante. Cuando estaban solos, él intentaba convencerla de que debían fugarse a cualquier lugar, casarse y vivir sus propias vidas. Jako le hablaba con tanta seriedad y con tanta seguridad que Antonia estuvo a punto de acceder, pero su vehemencia la inquietaba; a pesar de que amaba a Jako, no veía ningún motivo para precipitarse. «Dentro de un año podremos casarnos, y entonces celebraremos la boda por todo lo alto que siempre soñamos».
Pero Jako no quería esperar. Cada vez se mostraba más tenso y posesivo, aunque en ningún momento llegaba a perder sus modales de caballero. Un mes después, cuando la pareja regresó a casa tras una de sus frecuentes citas, el mundo de Antonia se desmoronó, teñido de sangre y abatido por las mentiras…
Durante los siguientes dos años, Antonia aprendió a desconfiar de la gente que la rodeaba. Jako la había enseñado a hacerlo durante su huida juntos. Después, también escapó de él. Amparada en un aspecto y una identidad nuevos, huyó hasta el principal aeropuerto espacial de Aeroc, rellenó un formulario en la oficina de colonización y subió a bordo de la siguiente nave de la ruta intergaláctica que partía en dirección a alguno de los planetas de la Zona Profunda, sin importarle cuál.
La nave tenía como destino Hellhole.
* * * * *
—¿Algo interesante que ver?
Antonia se volvió con cara de pocos amigos. Junto a ella había un hombre sonriente y con el semblante afable que ya le había llamado la atención al partir de la estación central de Sonjeera. La muchacha temió que la hubiera reconocido o que estuviera siguiéndola, pero el hombre se comportaba igual de risueño con todo el mundo y parloteaba despreocupadamente, al parecer complacido con su elección de viajar a Hallholme.
—Se ve lo mismo desde todas las ventanas. —Esperaba que el hombre captara la indirecta y se marchara. Pero no ocurrió así.
—Me llamo Fernando… Fernando Neron. ¡Estamos a punto de empezar una gran aventura! ¿Cómo se llama usted?
Aunque se mantenía alerta, Antonia sabía que un exceso de celo sólo despertaría sospechas. Además, tenía que acostumbrarse a desenvolverse con su nueva identidad, así que le pareció una buena ocasión para empezar.
—Antonia Anqui —respondió—. Esperemos que sea una aventura y no una experiencia terrible.
—¿Has oído, Vincent? —Fernando se volvió a un hombre que había permanecido callado durante todo el viaje—. ¡Dice que espera que sea una aventura y no una experiencia terrible!
—Lo he oído —dijo el hombre, acompañando su respuesta con un gesto de asentimiento con la cabeza, más por cortesía que por franca cordialidad. Su semblante de preocupación no había variado en todo el viaje.
Antonia se había mantenido aislada durante los cuatro días que había durado la travesía. Los camarotes privados eran tan diminutos y claustrofóbicos que la mayoría de los pasajeros habían pasado buena parte del tiempo en las salas comunes del módulo, de modo que no habían tenido más remedio que conocerse.
Eran pocos los que se sentían satisfechos con su situación. Un grupo de pasajeros, formado por los miembros de una secta religiosa aislacionista denominada los Hijos de Amadin, evitaba al resto del pasaje de un modo aún más exacerbado que Antonia.
Los adeptos de la secta se distinguían en seguida por su corte de pelo anguloso (tanto en hombres como en mujeres) y por sus uniformes holgados de un pálido color azul y con aspecto de no resistir en un entorno yermo y polvoriento. A bordo había otro excéntrico grupo religioso que buscaba la tierra prometida en Hellhole… o al menos un lugar donde los dejaran vivir tranquilos.
En un compartimiento separado viajaban unos cuantos presos: hombres y mujeres condenados al exilio en Hallholme. A la Constelación le gustaba lavarse las manos con este tipo de asuntos y traspasaba el problema a los administradores de la Zona Profunda. El resto de los pasajeros a bordo del módulo eran representantes comerciales y funcionarios del gobierno, enfrascados en sus propios asuntos y escasamente interesados en el resto de los viajeros.
—¿Y qué la trae a un lugar como Hellhole, mi joven señorita? ¿Qué edad tiene… dieciocho, diecinueve años? Con lo guapa que es usted, no parece la típica colona.
La cordialidad de Fernando parecía sincera.
Durante los años que llevaba huyendo, Antonia había aprendido a no revelar demasiados datos sobre sí misma y trataba de comportarse con la amabilidad imprescindible para no dar pie a más preguntas.
—Luego a lo mejor se lo cuento. Ahora me gustaría disfrutar de unos minutos de silencio. Tal vez sea el último momento de tranquilidad antes del duro trabajo que nos espera. —Frunció los labios para esbozar lo que esperaba que pareciera una sonrisa franca.
Fernando se echó a reír y volvió a lanzar una mirada por encima del hombro.
—¿Has oído, Vincent? Dice que más nos vale disfrutar de los últimos momentos de tranquilidad que nos quedan.
—Estoy de acuerdo con ella. —Vincent se acomodó en su asiento.
Sin previo aviso, el módulo de pasajeros dio una sacudida. Los ganchos que lo asían lo liberaron y la nave emprendió su caída en dirección al planeta.