Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 57 de 106

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Hellhole

Capítulo 55

55

 

El entrometido agente de la Constelación, Luke Pritikin, permanecía ajeno al hecho de que le habían tomado el pelo, y deambuló durante semanas por los territorios salvajes siguiendo las coordenadas (intencionadamente confusas) que le había proporcionado el general, hasta que dio con el cañón de paredes totalmente verticales atiborrado de cristales de cuarzo. Se trataba de un monumento natural deslumbrante que impresionó profundamente al hombre de la Diadema.

Adolphus recibió en Elba una llamada de Pritikin que lo llenó de alegría.

—Lo he encontrado, señor administrador… y estaba usted en lo cierto. Es una zona de una extraordinaria belleza exótica, aunque no estoy demasiado convencido del valor que pueda tener para la Constelación.

El inspector transmitió numerosas imágenes de los ramilletes de cristales alargados que sobresalían de la pared del cañón formando ángulos imposibles, como montones de agujas transparentes.

—Tal vez la belleza sea un valor en sí —sugirió el general, inclinándose hacia la pantalla.

—Lo recomendaré como posible destino turístico —repuso el inspector de la Constelación sin excesivo convencimiento—, pero no será fácil venderlo. La gente no piensa en los paisajes cuando se le menciona Hellhole.

Adolphus se sonrió. Se lo estaba pasando bien.

—Yo sólo puedo ofrecer lo que el planeta ofrece, señor Pritikin. No fui yo quien eligió venir a este lugar.

Pritikin era inofensivo, aunque a veces un poco pesado. Por lo menos lo había mantenido alejado de Michella Town durante la recepción a los xayanos primigenios, así que de momento el secreto estaba a salvo. Sophie ya había partido con las cuadrillas de trabajadores y el material necesario para levantar un campamento rudimentario en el lugar que ella misma había bautizado con el nombre de Fuenteviscosa. Adolphus le había hecho prometer —no le había resultado complicado — que ella nunca se sumergiría en la sustancia alienígena. Sophie le había pasado los brazos alrededor del cuello y le había besado. «Tiberio, mi vida no es tan triste ni aburrida como para querer acoger otra por muy exótica que sea. Aunque no puedo decir lo mismo sobre buena parte de la gente de Hellhole. Quizá se cumpla la predicción de Zairic y consigamos un montón de voluntarios».

Entretanto, el general estaba intrigado por averiguar qué podían aportarle las conciencias alienígenas para fortalecer las defensas de Hellhole. Había quedado demostrado que los poderes mentales eran impresionantes y absolutamente sorprendentes. La extraña raza extinguida era un recurso que ni siquiera la imaginación de la Diadema podía concebir. Michella se llevaría una grata sorpresa.

Y hasta el momento sus espías no tenían ni la más remota idea de lo que estaba sucediendo.

—Le deseo un viaje de regreso tranquilo, señor Pritikin —dijo antes de cortar la transmisión—. No corra.

* * * * *

Con Sophie y Fernando-Zairic en las charcas, el general Adolphus aprovechó para reunirse a solas con Encix en una aislada zona agrícola en las afueras de Michella Town. Los otros tres Primigenios habían regresado con Cristoph de Carre a la cripta del museo para cooperar en las tareas de excavación de los tesoros perdidos que llevaban siglos sepultados en las entrañas de la montaña. Adolphus quería mantener una conversación privada —y sin pasar por el filtro de la opinión de FernandoZairic — con la líder de los alienígenas supervivientes antes de que también ella se dirigiera al reducto subterráneo de su raza.

Adolphus siempre se había sentido atraído por la civilización xayana y había anhelado saber más sobre sus misteriosas reliquias, si bien ahora la colección, que con tanto orgullo había exhibido, parecía una menudencia risible. Lo más importante, sin embargo, y teniendo en cuenta el arriesgado plan que había elaborado para poner en funcionamiento una red de rutas intergalácticas propia que propiciaría la independencia de la Zona Profunda, era que la telemancia alienígena, y la posibilidad de dotar de los mismos poderes a «socios» humanos, le ofrecía una nueva arma defensiva con la que no había contado.

Mantendría en secreto la existencia de los alienígenas todo el tiempo que le fuera posible.

Encix se reunió con él en los límites de un trigal de un verdor exuberante, y ambos enfilaron por la senda que circundaba el campo y que las máquinas agrícolas habían apisonado. Adolphus había elegido el lugar por su ubicación retirada, y su cuerpo de seguridad ya había peinado la zona para asegurarse de que no hubiera nadie más en los alrededores.

Encix avanzaba deslizándose sobre sus patas de oruga, y sus músculos abdominales se ondulaban para impulsarse sin alterar la superficie del suelo. Adolphus se sorprendió de lo fácil que le había resultado aceptar la inteligencia y la personalidad de la líder alienígena; la singularidad de su aspecto había dejado de ser una novedad de un día para otro.

El general palpó el tallo tieso de una planta de trigo y notó el bulto hinchado del grano todavía en periodo de maduración. Unos largos dedos se extendieron de las terminaciones de las manos de Encix, y la xayana, imitando a Adolphus, tocó el trigo.

—Vuestra vegetación se ha adaptado bien —señaló la alienígena.

—Se han modificado las gramíneas para conseguir un rápido crecimiento que nos permita acortar los plazos de la cosecha. Es imprescindible en este entorno, ya que se producen muchos fenómenos adversos: tormentas, nubes de polvo, descargas electrostáticas, plagas autóctonas… Hay que plantar y cosechar deprisa, como si se tratara de una operación relámpago. Llenamos los silos en cuanto podemos para evitar que nos sorprenda algún tipo de desastre. —Adolphus no sintió la necesidad de hablarle sobre la docena de campos similares diseminados por el resto de los asentamientos, ni de entrar en detalles sobre la producción alimentaria de la colonia —. Vuestro planeta se lo pone difícil a quien quiere instalarse en él.

Encix se detuvo e inclinó su torso como si quisiera absorber los rayos de sol que llegaban del cielo teñido.

—Ya no es nuestro planeta, general Adolphus. Nuestro amado Xaya murió cuando el asteroide colisionó contra él; esto que ve sólo es el cadáver. —La alienígena reemprendió la marcha, guardando un silencio enigmático y perturbador. Se levantó una brisa que acarició como una mano invisible los tallos del trigo—. En otro tiempo esta tierra nos ofrecía un tupido manto de pastos para alimentarnos. Los xayanos no teníamos que esforzarnos para conseguir comida; las condiciones medioambientales favorecían la proliferación de alimentos para nuestro consumo. Y eso nos permitía entregarnos por entero al desarrollo de la mente.

Cuando Adolphus interrogó a Encix sobre el depredador de grandes dimensiones que Fernando había visto en los territorios yermos, ésta no quiso entrar en detalles.

—Por supuesto que existían peligros en Xaya. La fuerza de una raza crece a medida que supera los desafíos que se le presentan.

—Entonces los humanos nos haremos fortísimos aquí… si no morimos en el intento —repuso el general, riendo con gravedad.

—Zairic habla de vuestra raza con un gran optimismo. Afirma que los humanos tienen un potencial tremendo. Cuando la raza xayana regrese del letargo con toda su fuerza, recuperaremos intactas las esperanzas. Alcanzaremos el objetivo para el que estamos destinados y que el impacto del asteroide frustró cuando la generación crucial de la civilización xayana habitaba el planeta.

—¿Y en qué consiste ese objetivo?

—Le concederé el honor de revelárselo —respondió Encix tras unos momentos de vacilación—. Nuestra raza desarrolló sus capacidades mentales a lo largo de milenios. Durante los últimos años previos al impacto, las audaces enseñanzas de Zairic nos situaron en el umbral de un gran avance evolutivo.

»Zairic nos mostró que si todos los xayanos uníamos nuestras habilidades mentales mediante la fusión de nuestras mentes y de nuestras almas, podríamos dar origen a una ascensión evolutiva. Una transformación física y espiritual que llamamos ala’ru.

Adolphus enarcó las cejas. ¿Estaba refiriéndose a algún tipo de misticismo alienígena?

—¿Qué significa eso exactamente?

—Significa… ala’ru. —Encix volvió su rostro blando y pálido hacia Adolphus y frunció sus facciones para dotarlo lo mejor que pudo de una expresión de sinceridad —. Nuestros cuerpos, nuestra raza, se despojan de su forma física y se transforman en una inteligencia pura, en una energía pura. Como una larva que se convierte en un individuo adulto completamente diferente. ¿Entiende?

—Sabemos de criaturas que alcanzan esos niveles de transformación.

—Nosotros podríamos haber elevado toda nuestra raza a otro plano, haber evolucionado y abandonado este universo. Ya casi lo habíamos conseguido. —Hizo una pausa prolongada—. Pero un asteroide hizo añicos nuestras esperanzas.

—Pero siendo tan poderosos, ¿no podrían haber utilizado la telemancia para desviarlo? ¿No era lo suficientemente numeroso su pueblo?

La líder alienígena emitió un gruñido estridente de consternación, como si se sintiera insultada.

—El alcance de nuestros poderes era considerable, pero mover el mastodóntico asteroide escapaba a nuestras capacidades.

Adolphus apretó los labios.

—Y ahora sólo quedan cuatro miembros de su raza.

—Somos muchos más de cuatro… Las charcas de aguaviscosa contienen millones de vidas xayanas. Si los humanos rescataran un número suficiente de nuestros hermanos, podríamos conseguir una ascensión evolutiva similar de nuestra raza, un ala’ru. Ésa es la ayuda que les pedimos. A cambio, nuestros socios humanos disfrutarían también de los poderes de la telemancia.

—En este planeta no llegamos a los cien mil colonos —dijo Adolphus, meneando la cabeza—. Los números no saldrían ni aunque todos los habitantes de Hellhole aceptaran su oferta.

—Sin embargo, hay miles de millones de humanos dispersos por los sistemas estelares. Explíqueles nuestra situación. Pídales que vengan a ayudarnos. ¿No puede ayudarnos a difundir nuestra petición?

—Le aseguro que no serviría de nada —respondió Adolphus con franqueza—. Tal vez haya quien se sienta intrigado por la oportunidad, pero nunca conseguirán atraer el número mínimo de personas que necesitan para alcanzar su objetivo.

Encix no pareció desanimarse.

—Zairic me ha dicho que, afortunadamente, cuando nuestras razas se unen, exhiben una especie de… —Hizo una pausa mientras rebuscaba entre los conceptos que había aprendido— vigor híbrido. Los humanos y los xayanos son mucho más poderosos como miembros integrantes de una simbiosis de lo que lo son individualmente. Por lo tanto, la consecución del ala’ru requerirá muchos menos telemánticos competentes para alcanzar el nivel necesario.

Adolphus comprendió por fin.

—Por eso están animando a los humanos a sumergirse en el aguaviscosa. Eso es lo que persiguen en realidad.

Encix continuó deslizándose con sus andares de oruga por la senda que flanqueaba el trigal.

—Nuestro objetivo no tiene nada de insidioso. Únicamente aspiramos a que se nos recuerde, general Adolphus. Mis cuatro compañeros y yo fuimos depositados en la cámara de conservación para que, llegado el momento, enseñáramos a una raza extraña, su raza, general, cómo acceder a nuestra información. Y si logramos reunir la cantidad necesaria de poder mental xayano para desencadenar el ala’ru, nuestra raza se transformará en una existencia incorpórea y cederá el control del planeta a su pueblo. Eso es lo que perseguimos nosotros… y lo que persigue usted.

Adolphus consideró sus opciones. Si la demostración que los alienígenas habían llevado a cabo en el invernadero abovedado era representativa de algo importante, necesitaba a los telemánticos. Cuando los planetas de la Zona Profunda unificados superaran las consecuencias del día S y las colonias recién independizadas tuvieran que hacer frente a la ira de Sonjeera, los xayanos primigenios y los humanos conversos podrían hacer lo que quisieran.

—Meditaré sobre ello —dijo Adolphus al cabo—. Pero preferiría que entretanto, por razones de seguridad, se mantuvieran ocultos. ¿Me harían el favor de regresar a la cámara subterránea por un tiempo? Hay algunas repercusiones políticas de las que debería ocuparme.

Siempre se podía inventar un pretexto para justificar el campamento de las charcas de aguaviscosa, y los conversos como Fernando-Zairic podían explicarse con la llegada a Hellhole de un nuevo grupo religioso excéntrico. Sin embargo, no había forma de explicar la presencia de un alienígena con aspecto de oruga deambulando por las calles de Michella Town.

—Si así lo desea —repuso Encix—. Mis compañeros y yo tenemos mucho trabajo de recuperación que realizar en la cámara de conservación. También es el lugar en el que nos sentimos más cómodos. —Hizo una pausa antes de añadir—: Además, los Primigenios no formamos parte del plan de conservación de las charcas de Zairic. No es un tema que nos incumba.

El general recibió esa información con una mezcla de alivio e inquietud.

Cuando completaron el circuito alrededor del trigal, Encix se detuvo.

—Fui sincero con usted cuando le afirmé que no tenemos ninguna intención de reclamar el planeta, general Tiberio Adolphus. Xaya es intrascendente para nuestros planes. Ha servido como cámara de preservación de las conciencias de nuestra raza y ahora se convertirá en la plataforma de lanzamiento de nuestros proyectos. Eso es todo. Una vez lograda nuestra ascensión, todo lo que quede le pertenecerá.