Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 68 de 106

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Hellhole

Capítulo 66

66

 

La diadema Michella se esforzaba mucho para mantener el cuerpo y la mente en un estado óptimo, pues su intención era seguir en el poder varias décadas más.

Su médico personal la observaba desde la azotea, controlando los datos de sus signos vitales. Había intentado convencerla para que moderara la intensidad de su actividad física, que consideraba inadecuada para alguien de su edad, pero Michella discrepaba de su opinión médica. Y la Diadema siempre se imponía en las discusiones.

Sólo un año antes se había construido, siguiendo sus indicaciones, una pista de atletismo privada a los pies del pórtico sur del complejo del palacio. Además, acumulaba todo tipo de aparatos de gimnasia habidos y por haber en un gimnasio con las paredes de cristal levantado justo al lado de la pista y contaba con un equipo de entrenadores personales.

Aquella mañana fría y neblinosa todavía no había vertido una gota de sudor mientras recorría a un ritmo moderado y constante la pista de arcilla roja. Completó la tercera vuelta a la pista de cuatrocientos metros y siguió corriendo.

Ishop Heer llegaba tarde a su cita.

Finalmente, tras dar otra vuelta, Michella vio emerger a su asesor apresuradamente de la puerta principal del gimnasio, vestido con la ropa para correr que ella le había dejado preparada. Ishop era un hombre robusto y que se consideraba en forma, pero la Diadema quería hacerlo sudar aquella mañana en más de un sentido. Por mucho que dependiera de su asesor, éste había empezado a pensar demasiado por su cuenta, y no podían permitírsele esos delirios de grandeza; después de todo, por sus venas no corría sangre noble.

—¡No te entretengas, Ishop! —gritó Michella, incrementando el ritmo para obligarlo a hacer un sobreesfuerzo si no quería quedarse atrás—. Tenemos asuntos importantes que discutir y mi agenda es apretada.

Su sabueso la alcanzó y siguió su ritmo a su lado; ya respiraba con dificultad y el sudor empezaba a asomar por su calva.

—Traigo un informe de Hallholme, excelencia. He investigado la secta religiosa y los rumores sobre alienígenas, tal como me pedisteis.

—Perfecto. Más te vale darte prisa y contarme tus averiguaciones antes de que te desplomes y haya que sacarte de aquí en camilla.

La Diadema sabía que cuando se trataba de actividad física, era muy superior a él.

—Están ocurriendo cosas extrañas, de eso no hay duda, excelencia —dijo Ishop, forzando una sonrisa—. Los colonos han descubierto unas extrañas charcas que creo que poseen propiedades psicotrópicas. Todo aquel que entra en contacto con el agua sufre alucinaciones, se pone eufórico.

—¿De un modo peligroso? ¿O simplemente deliran?

—Salen convencidos de que han absorbido recuerdos de los anteriores habitantes alienígenas del planeta. Muchos conversos también creen que se les han curado las enfermedades y las dolencias. Su fervor se sale un poco de lo habitual, pero no alcanza unas cotas alarmantes si lo comparamos con la lista interminable de sectas que afirman haber logrado un acceso exclusivo a un conocimiento espiritual hasta ese momento desconocido.

—¿Qué has averiguado seguro? ¿Has experimentado personalmente los efectos de esa agua?

Michella apretó el paso y obligó a su sabueso a correr más rápido.

Ishop recibió con asombro la pregunta.

—¿Estáis preguntándome si me expuse al riesgo de ser contaminado? No. Tomé todas las precauciones posibles, excelencia. Llevaba guantes y una mascarilla, me lavé con frecuencia y me sometí a un análisis sanguíneo completo en cuanto volví a Sonjeera. No obstante, el general Adolphus me dejó entrever que se le pasaba por la cabeza la posibilidad de arrojarme a una de las charcas. Sin duda trataba de intimidarme, pero no le funcionó.

Para sorpresa de Michella, y a pesar de que jadeaba trabajosamente, Ishop se las arreglaba para no quedarse atrás. Quizá no debía subestimarlo.

—Ishop, me cuesta imaginarte convertido en un miembro de una secta de ilusos —dijo la Diadema riendo entre dientes.

—Tendrían que encontrar la forma de drogarme o de infectarme. Os aseguro que no me uniría a ella por propia voluntad. —Su estremecimiento fue evidente—. Tengo abundante material de vídeo del campamento del balneario, de los conversos y de las actividades que se desarrollaban por los alrededores de las charcas. Podemos utilizar las imágenes para advertir a nuestros ciudadanos de la realidad de lo que está sucediendo allí… no será difícil presentar a los miembros de la secta como unos seres ridículos. Incluso podríamos hacer aparecer al general como un personajillo grotesco.

Era evidente que Ishop sabía que a la Diadema le encantaría esa última parte de su propuesta.

—Me parece bien. Nuestro departamento de comunicaciones puede ponerse manos a la obra. Me aseguraré personalmente de que reciba una buena distribución. Tal vez podamos impedir por lo menos que vayan los crédulos. ¿Recuerdos alienígenas? ¿Curaciones milagrosas? ¡No me lo puedo creer!

Michella perdió la paciencia con el sudor y los jadeos de su asesor y enfiló hacia el gimnasio con la intención de calmarse haciendo veinte largos en la piscina.

—¿Y qué me dices de los rumores sobre la presencia de alienígenas vivos? ¿Viste alguno?

—Ninguno, excelencia. La idea en sí ya es absurda, como sin duda convendréis conmigo. Sin embargo, buena parte de los conversos afirman ser alienígenas. Parecen totalmente chiflados. Antes de dejar Michella Town, el administrador Adolphus hizo que uno de sus astrobiólogos me mostrara los restos de una enorme criatura alienígena que había abatido un cazador en territorio salvaje. Era la primera bestia de gran tamaño que habían encontrado en el planeta. Al parecer se trataba de una especie de animal que vivía en manada y que sobrevivió al impacto. Tal vez en ese descubrimiento se halle el origen de los rumores.

Michella aceptó una toalla que le ofreció un criado mientras entraba en el gimnasio y se la colocó sobre los hombros. También Ishop cogió una.

—En definitiva —continuó diciendo Ishop mientras se secaba el sudor de la cara —, encontré a Adolphus un tanto impreciso y esquivo. Podría estar ocultando algo… o quizá sólo se deba a que es una persona intratable.

Michella se dirigió a la piscina, secándose el pelo sudoroso con la toalla.

—Seguramente tengas razón en ambas cosas, Ishop. Tiberio Adolphus me odia tanto como yo a él. Si existe algún modo de vilipendiarme, herirme o humillarme, lo encontrará.

Los pálidos ojos verdes de Ishop adquirieron un brillo calculador mientras pasaba al siguiente asunto programado en su agenda mental.

—Sin embargo, Adolphus es inteligente, excelencia. ¿Y si el aguaviscosa es realmente un elemento valioso y está encubriéndolo detrás de una estúpida secta para desviar el interés de la Constelación? Mmm… Después de todo, quizá se trate de una treta.

Michella entró en la sala de la piscina y se quedó mirando la tentadora agua mientras se preguntaba si Ishop la seguiría hasta el vestuario. El asesor era tan leal y vehemente que seguramente no se había dado cuenta de que había traspasado un límite.

—Una teoría interesante. Y veo a Adolphus capaz de ello. Su planeta tenía que haberse convertido en un vertedero para todos los criminales, exiliados e inadaptados sociales de la Constelación. —Entornó los ojos—. Tal vez me apetezca recuperar Hallholme si al final resulta que contiene algo valioso.