Hellhole
Capítulo 7
7
La tormenta electrostática estalló con toda su furia cuando el coche que transportaba al general Adolphus y a su invitado llegaba a la hacienda donde el general tenía su centro de operaciones. Pese a los modelos climáticos disponibles y a las predicciones de los satélites, Adolphus había subestimado la velocidad y la dirección del fenómeno. La masa marrón y crepitante se deslizaba detrás de ellos como la nube de una plaga envuelta en el destello de los rayos.
El sabueso de la Diadema miraba a través de las ventanillas del vehículo terrestre, escudriñando la tormenta, mientras el conductor, el teniente Spencer, exprimía el motor para dejarlos a él y al general a buen recaudo cuanto antes. El enviado de la Constelación transpiraba copiosamente, y las cuentas de sudor resplandecían como unas gemas todavía no descubiertas en su cuero cabelludo, que brillaba como si estuviera encerado. Sin embargo, no parecía demasiado nervioso, simplemente alterado porque los acontecimientos estuvieran desarrollándose de un modo que escapaba a su control.
«Genial», pensó Adolphus…
* * * * *
En la zona de aterrizaje, a Adolphus no le había costado identificar al espía de la Diadema. Todos tenían un aire especial, exhibían un porte de autosuficiencia que mantenía alejada al resto de la gente. El hombre, de constitución fuerte, era más joven de lo que podía esperarse de alguien con un cargo de su importancia. A pesar de su corpachón, parecía ágil, y tenía unos ojos de un verde pálido que siempre estaban alerta; era robusto, pero no gordo, y estaba completamente calvo. Llevaba puesta una mascarilla sobre la boca y la nariz, si bien esas medidas de seguridad se habían revelado innecesarias en Hellhole. Además, se había puesto unos finos guantes en las manos. La primera impresión de Adolphus fue que se trataba de un hipocondríaco, de un paranoico de la contaminación… pero rápidamente cambió de opinión. El recién llegado tenía una ventaja, su confianza en sí mismo lo hacía poderoso; no era un paranoico, sino una persona cauta.
Ataviado con su uniforme de gala y exhibiendo todas las medallas cosechadas durante la rebelión, el general había pillado por sorpresa al espía y le había sonreído con una cordialidad incierta mientras se presentaba. El sabueso, aturdido por haber sido descubierto tan pronto, le mostró apresuradamente sus credenciales y escondió una lista exhaustiva que llevaba en la mano.
—Mi nombre es Ishop Heer, y vengo en representación de la diadema Michella Duchenet. ¿Quién le ha informado de mi visita? ¿Desde cuándo tenía noticia de mi llegada?
El general ya tenía experiencia con tipos como Heer, y pasó hábilmente por alto la pregunta.
—Ya le he repetido una y otra vez a la Diadema que las inspecciones sorpresa son innecesarias, ya que no tengo nada que ocultar. Respeto y acato los términos de mi exilio. Cumplo a rajatabla mis promesas. Soy un hombre de honor. La diadema Michella lo sabe perfectamente.
—La Diadema no puede permitirse el lujo de hacer conjeturas cuando lo que está en juego es la paz y la seguridad de la Constelación. —Ishop olfateó el aire al otro lado de su mascarilla mientras examinaba el uniforme militar del general. Sacó la lista que llevaba en el bolsillo—. Ninguna de esas medallas le fue concedida por su servicio a la Constelación. Resulta curioso que lleve puesto un uniforme obsoleto. ¿Lo utiliza como recordatorio de que su rebelión fracasó, señor administrador?
Adolphus no entró en el juego de la provocación.
—Conservo una admiración extraordinaria por este uniforme. Mi intención era ofrecer un aspecto digno y respetuoso, tal como la Diadema me exige… aunque nunca se mencionó nada sobre la consideración.
Durante el viaje desde el aeropuerto espacial, Ishop Heer escudriñaba los edificios y tomaba notas en silencio sobre Michella Town de camino a las afueras de la ciudad y a la residencia del general. El enviado parecía registrar todos los detalles, interiorizarlos y compararlos con lo que había esperado encontrarse. Entonces lanzó su primer dardo.
—Después de que la enlazadora espacial se acoplara, reparé en que había una sospechosa cantidad de actividad orbital, señor administrador. Ninguno de los inspectores anteriores había hecho mención del avanzado estado de desarrollo de sus capacidades para las conexiones entre la superficie y la zona orbital.
Adolphus no permitió traslucir su irritación. «Porque los inspectores anteriores eran unos necios a los que se podía engañar o sobornar».
—El gobernador territorial Goler nunca ha cuestionado mis explicaciones.
Goler, cuya jurisdicción se extendía a los once planetas de la Zona Profunda que se sucedían desde Risco hasta Hallholme, de hecho prefería residir en la Zona Profunda que en Sonjeera, y realizaba con absoluta diligencia viajes a Hallholme, Candela y al resto de los planetas que administraba… pero no era la persona más observadora del mundo.
—Yo no estaría ahora aquí si la Diadema no recelara de los informes del gobernador Goler —replicó Ishop—. Hallholme ha puesto en órbita más satélites de los que cualquier otro planeta de la Zona Profunda parece necesitar.
Adolphus se tranquilizó.
—Por suerte, señor Heer, la tormenta electrostática a la que está a punto de asistir le proporcionará una demostración en primera persona del motivo exacto por el que necesitamos esos satélites. —Sobre sus cabezas, la inminencia de la tormenta había corrompido el cielo—. Nuestras condiciones climáticas son peores que en el resto de los planetas de la Zona Profunda, y nuestros meteorólogos tienen que modificar sus modelos climáticos después de cada tormenta importante.
—¿Cuándo estallará la tormenta? —Ishop contemplaba cómo iba oscureciéndose el cielo a medida que dejaban atrás los edificios que marcaban los límites de la ciudad colonial.
—Esperaba sacarle suficiente ventaja, General —dijo el conductor, girando la cabeza—, pero lo más probable es que nos alcance antes de llegar al cuartel general.
—Acelere, teniente.
El espía miró a Adolphus con suspicacia, como si estuviera sintiéndose víctima de una trampa, pero el cielo se ennegrecía a marchas forzadas, y los rayos horizontales destellaban encima de sus cabezas. El general decidió estirar un poco más la cuerda con Ishop.
—Los pronósticos sobre la tormenta no son nada halagüeños… Debería durar varias horas; los satélites meteorológicos han trazado un mapa de su alcance. Teniente Spencer, no estaría mal que nos diéramos un poco de prisa. Acelere.
—Entendido, General. —El conductor pisó el acelerador y el vehículo cubrió el último kilómetro del trayecto a la máxima velocidad.
Un estrépito furibundo se propagó por el cielo acompañado del bailoteo estroboscópico de una serie de rayos horizontales. Unas explosiones que ascendían al cielo desde la superficie del paisaje abrían pequeños cráteres en la roca. Ishop Heer observaba el espectáculo con un sobrecogimiento bastante satisfactorio. Se ajustó la mascarilla y se estiró los finos guantes.
—¿Entiende ahora por qué damos tanta importancia al lanzamiento de satélites y al seguimiento de los fenómenos meteorológicos? —preguntó Adolphus sin desviar la mirada del frente.
El inspector de la Diadema guardó silencio.
El general había erigido su residencia y su sede central administrativa a varios kilómetros de Michella Town, y ahora el vehículo hacía su entrada en la vasta hacienda mientras la tormenta arreciaba. La vivienda, de gran tamaño y de estilo rústico, tenía gabletes y un porche que proporcionaba sombra, así como un buen número de amplias ventanas flanqueadas por postigos blindados. Se había plantado una hierba autóctona para que se expandiera formando un manto musgoso de color turquesa que suponía una burda imitación de césped; otros tramos del paisaje estaban poblados de helechos, cuyas hojas porosas caían lánguidamente, y de otras hierbas resistentes y nudosas que tapaban el suelo.
Los hombres leales al general habían insistido en crear una residencia digna de su reverenciado líder, y si bien por un lado Adolphus no necesitaba el lujo ni la amplitud de una mansión, por otro lado quería que la esperanza de que su escabroso planeta fronterizo podía convertirse en un lugar civilizado contara con una prueba material.
—Bienvenido a mi propiedad. La he bautizado con el nombre de Elba… por razones obvias. —Esbozó una sonrisa dirigida a Ishop Heer en lo que suponía un intento por poner a su invitado en el sitio que le correspondía, por hacerlo sentir un inepto. En la Constelación ya nadie se preocupaba por estudiar la historia militar antigua de la Tierra, y su interlocutor no debía de tener ni idea de lo que estaba hablando.
—Para serle sincero, habría sido más apropiado el nombre de Santa Elena — replicó Ishop, respirando fuerte por la nariz. Se ajustó la mascarilla—. Napoleón, el cabecilla militar a quien es evidente que usted admira, señor administrador, consiguió escapar de su exilio inicial en Elba y causar estragos en el gobierno legítimo. Sin embargo, tras ser derrotado y enviado a Santa Elena, murió destrozado.
Adolphus quedó sorprendido de los conocimientos del visitante, e incluso se alegró. Ni uno solo de los anteriores inspectores sabía siquiera quién era Napoleón. Ese tipo era diferente.
—Sabe de historia, señor Heer.
—Le he investigado, señor administrador. Sus intereses no son un secreto para la Diadema, ni para mí. —Probablemente estaba sonriendo debajo de la mascarilla.
Justo cuando a su alrededor la tormenta estallaba con toda su ira, el conductor introdujo el vehículo terrestre en el aparcamiento subterráneo, donde se encontraron a salvo de los peligros del fenómeno. Ishop se bajó del vehículo, se sacudió la vestimenta oficial y miró en derredor como si esperara encontrar una comitiva de bienvenida. Se estiró los guantes para alisarse las arrugas.
—Está obligado a permitirme el acceso a todos sus documentos y estancias y a proporcionarme alojamiento hasta que complete mi investigación, señor administrador. Tengo que inspeccionar su casa, su despacho y sus archivos.
—Como siempre, acataré rigurosamente las instrucciones de la Diadema — respondió Adolphus en un tono de voz firme que no concedía al inspector ninguna pista de lo que estaba pensando en realidad.
Con la estremecedora tormenta retronando fuera, la residencia del general tenía la apariencia de una inmensa mansión abandonada. Adolphus contaba con criados internos, vigilantes de seguridad y personal a tiempo parcial, pero, tras recibir el pronóstico meteorológico, les había permitido regresar a la ciudad junto a sus familias. De modo que en la enorme casa prácticamente sólo estaban él y el espía de la Diadema.
Con una gélida sonrisa en los labios y el gesto inexpresivo, Adolphus guio a su poco grata visita a través de las amplias cocinas, y continuaron su camino dejando atrás una sala de reuniones, una serie de oficinas donde trabajaban varios funcionarios del gobierno y el administrador de su hacienda, una habitación llena de archivadores y un puñado de oficinas que podrían utilizarse cuando la colonia se expandiera. Ishop, interesado únicamente en los registros principales, no mostró interés en ninguna de aquellas salas. Apenas si apuntó algunos comentarios en su lista, pero no se los mostró al general. Éste, por su parte, no ofreció ningún refrigerio a Ishop, quien tampoco pidió nada. Una vez dentro del edificio, sin embargo, el investigador se había quitado la mascarilla.
Ishop Heer pareció animarse por fin cuando entraron en el despacho privado del general, donde éste guardaba su colección de libros antiguos, diarios, recuerdos y trofeos acumulados durante los cinco años que había durado la rebelión. Ishop se detuvo frente a una pieza enmarcada rescatada de los escombros de una de las naves de Adolphus derribadas. La placa informativa decía que se trataba de un fragmento de metralla.
—¿Conserva todos estos recuerdos para no olvidar su derrota, señor administrador?
—En absoluto, señor Heer. Los conservo porque son un testimonio fiel de lo ocurrido. Sé lo que cuenta la historia oficial.
El inspector frunció los labios con acritud, pero optó por no prolongar la discusión.
Ocupando un lugar de honor, bañadas por una luz resplandeciente, se encontraban unas vitrinas que contenían seis artefactos retorcidos y medio derretidos que sin duda no tenían un origen humano. Se trataba de unos extraños vestigios de la primigenia civilización alienígena de Hallholme, extinguida por el impacto del asteroide. La fascinación de Adolphus por los restos arqueológicos de extraña procedencia venía de lejos, y el general había fijado una recompensa permanente por cualquier tipo de artefacto alienígena. El impacto cósmico había causado un holocausto, de modo que dudaba que alguna vez se encontraran reliquias que resultaran de alguna utilidad; aun así no perdía la esperanza. Disfrutaba contemplando las urnas transparentes y fantaseando con las civilizaciones desaparecidas.
La tormenta seguía causando estragos fuera, aunque sus rugidos llegaban amortiguados por los postigos blindados que cerraban herméticamente las ventanas. Una vez que se sintió seguro en el interior de la casa, Ishop Heer se centró totalmente en su cometido.
—Le solicito que me muestre sus diarios, señor administrador, para compararlos con los registros que poseemos desde la fundación de la colonia. También estoy en posesión de los informes redactados por los anteriores inspectores, auditores de los tributos y asesores de recursos planetarios. Estoy aquí para realizar un trabajo, y usted no tiene más remedio que cooperar conmigo. —Su amenaza sonó hueca.
—Faltaría más.
Adolphus permitió a su invitado que se sentara en su propio escritorio (un gesto de moderada generosidad), hizo acopio de las bases de datos y dejó que Ishop Heer estudiara minuciosamente toda la información.
—¿Cree que encontrará algo que sus predecesores pasaron por alto?
El espía sacó su lista.
—Soy mejor que ellos haciendo este trabajo —aseveró con total naturalidad, sin asomo de arrogancia—. Veamos si está tan limpio como quiere hacernos creer.
—Claro, veámoslo. Dispone de acceso total. Quédese todo el tiempo que desee.
Adolphus lo dejó a su aire.
Por supuesto, los documentos eran una pura invención —había datos que no osaría permitir descubrir a Michella—, pero los archivos eran lo suficientemente exhaustivos como para satisfacer a Ishop Heer.
Mientras el inspector iba leyendo un documento tras otro en la pantalla, cotejando sus propias notas y sin prestar atención a su anfitrión, Adolphus extrajo un viejo volumen de la librería y se sentó cómodamente en un sillón, con una indiferencia fingida. La Diadema seguía sin tener ni idea de cómo Adolphus y sus seguidores habían sobrevivido durante su primer año en Hallholme, pues había inclinado descaradamente la balanza en contra del general, omitiendo suministros y medicamentos esenciales, etiquetando de manera incorrecta las provisiones y entregándoles herramientas y materiales defectuosos.
La Diadema lo había arreglado todo para que la expedición de Adolphus fracasara… Sin embargo, había ocurrido lo contrario.
La vida que Michella llevaba en Sonjeera, rodeada de los lujos de la metrópoli y de sus adinerados asesores, la había llevado a subestimar los apoyos que todavía recibía la rebelión de Adolphus, incluso en sus propias narices. Entre los soldados exiliados del general había ingenieros, suboficiales de intendencia, expertos en biología, grupos de operaciones especiales y especialistas en supervivencia. Antes de emprender su humillante viaje, Adolphus había enviado una invitación a las familias y a los amigos de los soldados para acompañarlo, y, para su sorpresa, muchos la habían aceptado y habían optado por abandonar las entrañas podridas de la Constelación.
«Antes prefiero gobernar Hellhole que servir a Sonjeera».
Durante el traslado de los exiliados, el capitán de las rutas intergalácticas de la Constelación le había entregado a escondidas un cristal de almacenamiento con una base de datos completa de los informes de las exploraciones realizadas a Hallholme, de modo que el general y sus expertos habían preparado sus planes de actuación de antemano para cuando pusieran el pie en la colonia. Este hecho había sido fundamental.
Cuando la nave enlazadora partió tras abandonarlos en el inhóspito planeta sin la previsión de un nuevo contacto hasta transcurrido al menos un mes, Adolphus se dirigió a todos aquellos que lo habían acompañado al exilio.
—Una vez más, tenemos que enfrentarnos a un rival llamado Hallholme para sobrevivir… En esta ocasión un planeta en vez de un comodoro.
Una empresa tan ardua nunca habría llegado a buen puerto con un grupo de personas tomadas al azar, pero aquellos guerreros habían servido a su lado, le habían confiado sus vidas. El general dirigía la joven colonia como si se tratara de una operación militar. Realizó un inventario de sus hombres y de sus habilidades, elaboró un plan de supervivencia y una minuciosa base de datos con las provisiones, las semillas y la maquinaría de las que disponían.
Una vez decidida la ubicación de la ciudad principal, Adolphus envió de inmediato exploradores en busca de recursos (acuíferos, depósitos de metales y flora autóctona) que pudieran ser transformados en algo útil, minerales y bloques para la construcción. Sus cuadrillas levantaron invernaderos abovedados, fundiciones, centros de fabricación que sólo contaban con los elementos imprescindibles y plantas energéticas. Los grupos de perforación bombearon agua y la potabilizaron; los ingenieros militares erigieron refugios diseñados para resistir el riguroso clima (lo poco que se sabía de él). Los operarios desterrados construyeron generadores, activaron células energéticas, plantaron y cosecharon cultivos.
Sobrevivieron al primer año por un escasísimo margen.
Sólo Adolphus sabía lo cerca que habían estado de fracasar. Mucho antes de que se les agotaran los suministros, revisó el inventario, realizó un recuento de las provisiones, se reunió con sus suboficiales de intendencia, calculó qué iban a necesitar… y los números no cuadraron. La Diadema había reducido los envíos prometidos y apenas les proporcionaba lo imprescindible para seguir subsistiendo.
Sin embargo, el general Adolphus conservaba amistades que trabajaban entre bambalinas en las Joyas de la Corona, y en la siguiente entrega de la nave enlazadora llegaron contenedores de bajada que no figuraban en los registros, cargados de suplementos proteínicos para las cosechas de los invernaderos abovedados. Durante siete meses, los colonos siguieron recibiendo suministros entregados de manera velada que no aparecían en ningún manifiesto.
Pero entonces, de repente, esos contenedores de más dejaron de llegar. Adolphus sospechó que algo malo debía de haber ocurrido con sus anónimos simpatizantes, aunque dudaba que alguna vez llegara a averiguar la verdad. A pesar de todo, los suministros llegados hasta entonces de un modo clandestino habían bastado para sacarlos del apuro. Michella debía de haberse sentido carcomida por la frustración…
Adolphus dejó que Ishop Heer continuara trabajando durante horas. Al principio, el general había permanecido en la sala con la intención de crear una atmósfera incómoda. El inspector de la Diadema notaba en todo momento el aliento de Adolphus en el cogote y sabía que el general no le quitaba el ojo de encima… pero a Ishop eso no parecía importarle. Escudriñaba los archivos con la intensidad de un depredador paciente pero hambriento.
En un momento dado, Adolphus abandonó la estancia para dirigirse a cenar sin invitar a Ishop a unirse a él. El hecho en sí era una tontería, pero haciendo evidente su ira y su fastidio, Adolphus había ofrecido a Ishop la imagen que éste esperaba ver de él (de hecho, la ira del general era real).
El general pudo constatar mientras cenaba, por medio de las cámaras que transmitían permanentemente imágenes del inspector, que Ishop no interrumpía su tarea. La tormenta electrostática seguía rugiendo con toda su furia, pero Elba era un refugio seguro.
Cuando Adolphus regresó al despacho, Ishop había ordenado sus notas y había vuelto la pantalla hacia la puerta. Ya tenía los registros de Hellhole que se entregaban a los rutinarios auditores de tributos; unos documentos que el general falseaba para minimizar los aparentes recursos del planeta y así reducir el importe que debía pagar a la Constelación. Adolphus poseía otro bloque de archivos a los que se refería como los «auténticos registros».
El rostro de Ishop exhibía una expresión triunfal.
—Su fascinación por Napoleón es su perdición, señor administrador. —Apoyó la espalda contra el respaldo de la silla, disfrutando del momento—. Le he pillado.
—¿Qué me ha pillado, señor Heer? —Un fugaz escalofrío le recorrió la espalda, si bien Adolphus no permitió que se le notara.
—He encontrado los archivos de seguridad que contienen la localización codificada de operaciones mineras adicionales, yacimientos de metales e industrias rentables. Unos documentos secretos escondidos en un directorio recóndito llamado Santa Elena. ¿De verdad pensaba que nunca adivinaría que su contraseña era «Josefina»? —Se le veía profundamente orgulloso de sí mismo mientras daba golpecitos en la pantalla—. Ninguno de los inspectores anteriores había descubierto que dispone de toda una red secundaria de recursos. Minas de estaño, cobre y hierro… Quince en total; además de dos fundiciones. Nada de eso aparece en sus libros de cuentas.
—Únicamente son proyectos piloto —respondió Adolphus, sabedor de que su justificación se sostendría si se realizaba un escrutinio minucioso—. Estamos perforando centenares de pozos de prueba y realizando prospecciones. No todos los proyectos son viables. ¿Está diciéndome que la Diadema quiere que le incluya un cargamento de bauxita como parte del pago de los próximos tributos?
—Parecen bastante rentables —replicó Ishop—. Estos recursos incrementan las riquezas del planeta, lo que repercute en los tributos que debe pagar. El simple hecho de que lo haya mantenido oculto a la Diadema sugiere algunas preguntas. Hace tiempo que sospecha que le esconde información.
Adolphus apretó los dientes y su rostro expresó una mezcla de ira y culpabilidad. Ishop se deleitaba con su reacción. Durante años, los inspectores de la Diadema habían husmeado sin más, haciendo gala de su falta de imaginación y frustrados porque nunca encontraban nada. El hombre que tenía enfrente, sin embargo, había seguido un indicio oculto que los demás no se habían olido.
—Estoy impresionado —confesó Adolphus al fin.
No obstante, el segundo bloque de archivos era una pista falsa. El general los había creado y sepultado mucho tiempo atrás por si alguna vez se veía en la tesitura de necesitar un hueso que arrojar a un sabueso especialmente insistente: un puñado de minas que no eran más productivas ni apasionantes que la mayoría. Adolphus sabía que saldría airoso del asunto; un tanto abochornado, tal vez, pero el tipo de la Diadema estaba tan extasiado por su victoria que la información oculta había cumplido su propósito. Dejaría que la Diadema pensara que lo había pillado…
Ishop aspiró sonoramente por la nariz mientras marcaba con gran pompa el último punto de su lista.
—Constantemente está recordándonos que es usted un hombre de honor, señor administrador Adolphus. Se pone a sí mismo en un pedestal, pero en el fondo tiene pies de barro igual que muchos otros. Nos ha mentido y engañado. ¿Qué hay de honorable en eso?
—Tal vez usted desconoce lo que es el honor, señor Heer —respondió Adolphus, riendo—. Realicé promesas vinculantes a la Diadema. Juré pagar los tributos que los inspectores de Sonjeera juzgaran pertinentes. Sin embargo, nunca prometí contar la verdad al enemigo. No he roto mi palabra… Examine usted mismo el documento al que me refiero.
—Lo conozco de memoria. —Ishop vaciló un instante y frunció el ceño mientras rumiaba las palabras de Adolphus—. Ha malinterpretado el fondo de su promesa de manera intencionada.
—No. Lo que hice intencionadamente fue estudiar al detalle el acuerdo que firmaba.
—Ahora se ha desvelado su secreto. —El inspector apartó la mirada de la pantalla de datos con un mohín de frustración—. Creo que ya he visto todo lo que tenía que ver. He tomado nota de su productividad complementaria. Los impuestos que deberá pagar se incrementarán en lo sucesivo, y le impondré una multa por su imprudencia.
—Era un riesgo que decidí correr —aseveró Adolphus, encogiéndose de hombros —. Por lo demás, ¿está todo en orden?
—Eso parece.
Adolphus sabía perfectamente qué se esperaba que dijera. Era como una retahíla rutinaria de procedimientos y de listas de control.
—Por lo tanto, ¿puede decirse que he cooperado con usted en todo lo que ha estado en mi mano de acuerdo con los términos de nuestro acuerdo? ¿He cumplido con mis obligaciones con usted, acertadamente nombrado inspector de la Constelación?
Podría haber dado la impresión de que el general había logrado una victoria que Ishop era reacio a reconocerle, pero no le quedaba más remedio.
—Sí, así es, señor administrador. Creo que mi tarea aquí ya ha finalizado.
Parecía dispuesto a firmarle un documento acreditativo en el caso de que se lo solicitara.
—Perfecto. Sígame, por favor. —Adolphus condujo con paso brioso al sabueso de la Diadema por una sala de descanso y por el salón para banquetes, donde celebraba las recepciones cuando Sophie Vence le insistía. Deseó tenerla a su lado en ese mismo momento. En una noche de tormenta como aquélla, habría estado bien sentarse junto al fuego, los dos solos, disfrutar de una buena cena y relajarse en su mutua compañía.
Y sin embargo, en su lugar tenía a aquel intruso…
Cuando llegaron a la entrada principal, que daba paso al porche, el general Adolphus abrió la puerta. Una racha de viento y el crujido de las explosiones de polvo revelaron con toda su crudeza el holocausto atronador que estaba aconteciendo fuera. Por culpa de la tormenta no se veían siquiera las brillantes luces de Michella Town.
Ishop titubeó en el umbral de la puerta, sobrecogido por la furia del fenómeno. Se colocó con manos torpes la mascarilla y se enfundó los guantes. Adolphus le dio un leve empujón para animarlo a salir, pero su visitante permaneció inmóvil.
—Como usted mismo dijo, ya ha finalizado su tarea aquí, señor Heer. He cooperado sin reservas durante la inspección, pero no estoy obligado a tener nada más que ver con usted. De modo que salga. No soy un posadero, y usted no es bienvenido en mi casa. —Le dio otro empujoncito, esta vez un poco más fuerte, e Ishop salió trastabillándose al porche—. Le deseo toda la suerte del mundo para encontrar el camino de regreso a la ciudad. Sólo está a un par de kilómetros.
—No puede obligarme a marcharme con una tormenta como ésta —le recriminó el visitante, con el rostro lívido y con los ojos entornados por el viento y deslumbrados por el resplandor de los relámpagos.
—Vaya si puedo. Le advierto que ahora mismo está usted pisando propiedad ajena sin mi autorización. Debería marcharse.
El inspector se lo quedó mirando boquiabierto.
—¡No duraré ni cinco minutos ahí fuera! —Volvieron a brotarle cuentas de sudor en el cuero cabelludo.
—Bueno, yo calculo que será mucho menos de cinco minutos, pero quizá me sorprenda usted. Mantenga la cabeza agachada mientras corre.
—¡Me niego en redondo!
—Pero si ha sido usted quien ha insistido en que debo cumplir escrupulosamente las condiciones de mi exilio, señor Heer. Estoy en mi pleno derecho.
—Si me hace esto, es que es usted un auténtico monstruo —aseveró el enviado de la Diadema, bajando el tono de su voz hasta un gruñido enrabietado.
—Exactamente como me retratan sus libros de historia. ¿Es que no lee su propia propaganda?
Ishop se quedó sin palabras, consciente de su desacostumbrada inferioridad en ese tipo de circunstancias. Adolphus dejó que la tensión siguiera acumulándose en el ambiente durante unos segundos más y, entonces, tras haber exprimido suficientemente la situación, transigió y retrocedió un paso.
—Quienquiera que abandone a una persona en un lugar hostil como éste es un auténtico monstruo —musitó—. Espere… eso es justo lo que la Diadema nos hizo a mí y a mis seguidores. ¿Sabe cuántos hombres y mujeres murieron durante nuestro primer año aquí por culpa de tormentas como ésta y de otros peligros incontables?
Ishop asintió a regañadientes.
—Entiendo… adónde quiere ir a parar, señor administrador.
—No crea todo lo que lee de mí, señor Heer.
Ishop tragó saliva y volvió a estirarse los guantes.
—¿Me permite solicitarle formalmente una prolongación de su hospitalidad hasta que el tiempo mejore?
—Si insiste. Pero cuando la tormenta amaine, podrá ir caminando a la ciudad y buscar otro lugar donde alojarse. —Dejó que el inspector regresara al interior de la casa y cerró la puerta a su espalda. En el repentino silencio, la furia de la tormenta reteñía en sus oídos—. Espero que en cuanto llegue la próxima nave enlazadora se suba a ella y regrese junto a la Diadema para entregarle su informe.