Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 30 de 106

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Hellhole

Capítulo 28

28

 

Los estrictos términos que regían el destierro del general Adolphus le prohibían abandonar el planeta Hallholme. El hecho de que el líder rebelde hubiera aceptado de buen grado esas condiciones alimentaba la desconfianza de la diadema Michella. «Me habéis entregado todo un planeta por el que deambular. ¿Qué más puede pedir un hombre?», le había replicado en una ocasión.

La verdad era que Adolphus podría haber huido del planeta cuando se le hubiera antojado, tanto por medio de sobornos como de incógnito. Sin embargo, y a pesar de que contaba con los medios para escapar de su confinamiento, el general no iba a huir. Había dado su palabra y, a diferencia de muchos líderes políticos y militares, eso todavía significaba algo para él.

De igual modo, no obstante, Adolphus era extremadamente meticuloso con las promesas que hacía. Aunque había aceptado no abandonar nunca Hallholme, eso no impedía que otros administradores de la Zona Profunda lo visitaran. Sin contarse él mismo, había otros cincuenta y tres administradores, pero todavía no estaba seguro de poder confiar en la mayoría de ellos.

A lo largo de los últimos años, valiéndose de sutiles insinuaciones, Adolphus había encontrado once administradores de los planetas fronterizos vecinos de Hallholme con ideas afines a las suyas. El hecho de que la red de transporte intergaláctico obligara a todos los viajeros a hacer escala en la estación central de Sonjeera exigía que, para evitar que la Diadema advirtiera algo sospechoso en sus movimientos, cualquier reunión entre Adolphus y otros administradores se organizara con un rigor máximo y la colaboración total de los participantes.

Adolphus estaba acostumbrado a actuar con la precisión del mecanismo de un reloj. Sin esa habilidad y sin disciplina, su rebelión habría fracasado al primer mes en vez de prolongarse durante cinco años. Adolphus llevaba meses inmerso en la coordinación de la llegada de los asistentes a la reunión, utilizando mensajeros que se hacían pasar por discretos hombres de negocios que viajaban a los planetas de la Zona Profunda pasando por Sonjeera.

Los once administradores planetarios que comulgaban con su causa habían ideado excusas convincentes que justificaran su ausencia de sus planetas: la muerte de un familiar, desplazamientos por gestiones privadas, una exploración a gran escala de zonas inhabitadas… algunos incluso habían confesado que se dirigían a Sonjeera. Sin embargo, una vez que los conspiradores llegaron a la estación central de las rutas intergalácticas adquirieron una identidad falsa y compraron un pasaje en la oficina de colonización para la siguiente enlazadora espacial que tuviera como destino Hallholme. Los conspiradores hicieron ver que no se conocían y se mezclaron con los colonos rebosantes de esperanzas, los presos condenados a trabajos forzados, los comerciantes y los hombres de negocios que llenaban el módulo de pasajeros. No participaron en las conversaciones que se entablaban entre los viajeros a propósito, sabedores de que tendrían todo el tiempo del mundo para hablar cara a cara en Elba, la hacienda de Adolphus… y que esa ocasión se les presentaría ese mismo día.

Adolphus desayunó, tomó una segunda taza de café aguado —de momento, ni siquiera en los invernaderos abovedados de Sophie Vence se había logrado cultivar a la perfección una planta de café… y él odiaba el kiafa— y se vistió con un traje que le confería un aspecto de profesionalidad. Como parte de su estrategia, optó por un atuendo de hombre de negocios en detrimento de su viejo uniforme del ejército. Si bien el atuendo militar le había convertido en una figura célebre entre algunos (y de infausta memoria entre algunos otros), el general prefería no recordar su pasado a los administradores planetarios invitados y optó por presentarse ante sus socios como un Tiberio Adolphus distinto, con la misma aptitud y capacidad de liderazgo, pero con el objetivo de crear un futuro independiente de la arcaica y anquilosada Constelación.

Todavía quedaban algunas horas para que los asistentes a la reunión empezaran a llegar desde Michella Town. Ian Walfor lo haría a bordo de su propia nave MRL desde Candela, pues la Constelación había dejado de seguirle el rastro hacía tiempo.

El personal de la hacienda del general había transformado el salón para banquetes de Elba en una auténtica sala de reuniones. Las paredes estaban forradas con unos paneles con aspecto de chapas de revestimiento de madera con numerosas vetas y fabricadas con unos arbustos fibrosos nativos; los dibujos que formaban el veteado estaban más cerca de ser figuras fractales que de los tradicionales patrones ondulados de un árbol normal. La mesa central, por su parte, tenía un tablero de piedra coralina que se extraía de una cantera que apenas distaba veinte kilómetros de la casa. El personal de cocina había preparado pastelitos, y Sophie le había enviado fruta fresca de sus invernaderos. A pesar de que sus invitados debían de haber oído los rumores sobre las condiciones agrestes de Hellhole, no pasarían privaciones durante la reunión.

Un panel de yeso instalado en una de las paredes servía de superficie plana y blanca para la proyección de imágenes. Adolphus había proyectado un mapa con los planetas de la Zona Profunda cuyo centro estaba ocupado por Hallholme, de modo que la disposición de los distintos astros habría resultado desconcertante para cualquier ciudadano de la Constelación acostumbrado a ver Sonjeera como el centro absoluto de todos los sistemas ocupados. Los planetas de las Joyas de la Corona ni siquiera aparecían representados en el mapa de Adolphus, quien los consideraba irrelevantes y obsoletos. Tampoco se apreciaban las rutas intergalácticas que partían de la estación central de Sonjeera, y en su lugar se mostraba una nueva red de rutas que se desplegaba de un modo radial desde Hallholme hasta Candela, Risco, Tehila, Ronom, Nielad, Setsai y Cles.

Si una persona ajena a la conspiración como, pongamos por caso, Ishop Heer, descubriera aquel mapa, el general Adolphus tendría que matarlo para preservar el secreto.

Sophie entró en el salón para banquetes y sacó a Adolphus de su ensimismamiento.

—Tiberio, ya están todos en el salón. Hasta Walfor ha llegado puntual. ¿Quieres hacer tu entrada estelar?

Sophie llevaba puesto un vestido favorecedor pero con apariencia de práctico, y se había esmerado en su apariencia física.

—Hoy estás especialmente guapa —dijo Adolphus sin poder ocultar su admiración.

—¿Por qué te sorprende? —inquirió Sophie, arqueando las cejas—. Sé arreglarme cuando quiero. Además, sé lo importante que es para ti esta reunión.

—No sólo para mí… para todos. Hoy empieza el futuro de nuestro planeta.

Sophie se echó a reír.

—Guárdate los discursos para tus invitados. —Se sacudió la parte delantera del vestido y se alisó el pelo negro—. Tú también estás imponente. Ya verás como todo saldrá bien.

—Me gustaría que participaras en la reunión —dijo Adolphus—. Quizá necesite tu apoyo.

—Ya tienes todo mi apoyo. Y dentro sólo te distraería.

Adolphus se la quedó mirando fijamente; le costaba expresar sus sentimientos.

—Aprecio tus aportaciones. Tienes una veta pragmática que a alguno de esos administradores planetarios le iría muy bien.

—Ya estoy muy ocupada dirigiendo las operaciones cotidianas de mis negocios en Helltown —insistió Sophie—. Tú te propones acometer un cambio radical en la Zona Profunda. De verdad, Tiberio… tú eres el protagonista. Interpreta al General. Toda esa gente está aquí por ti.

Los once hombres y mujeres se habían adscrito al ambicioso plan de Adolphus cuando todavía se hallaba en su fase inicial. Adolphus sabía que, a menudo, los voluntarios al principio se entregaban con entusiasmo a la tarea, pero que carecían de la fortaleza y de la perseverancia para llegar hasta el final. La mayoría de los administradores que lo esperaban en el salón, sin embargo, estaban hechos de la misma pasta que él y eran «nobles suplentes». Nadie prosperaba como líder de una colonia recién creada si carecía de las cualidades del empuje y de la tenacidad.

Sophie abrió de par en par las puertas de la sala de reuniones y se hizo a un lado para permitir que la figura del general apareciera en el umbral.

—Bienvenidos, y gracias por no poner reparos a las extremas medidas de precaución que les recomendé —dijo Adolphus, sonriendo a sus invitados—. Ahora tendremos la oportunidad de discutir sin ambages sobre nuestro futuro.

Sophie se despidió para permitir a Adolphus que centrara toda su atención en los administradores planetarios congregados. A la cabeza del grupo se encontraba, como era de esperar, Tanja Hu, la bella y ambiciosa administradora de Candela.

—La inversión vale la pena —dijo Tanja, echándose hacia atrás su larga cabellera de un azulado color azabache—, y es mucho menos de lo que pagamos todos los meses en tributos a la Constelación.

—A mí me pillaba de camino —dijo Walfor, con una sonrisa burlona en los labios —. Gracias a la administradora Hu he traído otro cargamento de iperión para la siguiente partida de naves trazadoras.

Los demás respondieron con un murmullo de satisfacción. Adolphus pasó lista mentalmente de sus invitados mientras les invitaba a pasar al salón para banquetes: Eldora Fen, de Cles; George Komun, de Umber; Sia Frankov, de Theser; Dom Cellan Tier, de Oshu, y otras cinco personas, todas ellas llegadas para participar en la reunión.

Adolphus observó con detenimiento a sus once invitados mientras elegían el lugar donde sentarse alrededor de la mesa.

—Años de esfuerzo y planificación han estado a punto de no cristalizar. El universo tal como lo conocemos está a punto de cambiar.

Tanja Hu se apoltronó en su silla y fue directa al grano.

—¿Las naves trazadoras siguen el programa establecido?

—Al pie de la letra. Y el nuevo cargamento de iperión que ha traído el señor Walfor nos permitirá lanzar el último puñado de trazadoras hacia los sistemas más próximos. Dentro de un mes, más o menos, la última partida de las cincuenta y tres naves debería estar volando hacia sus destinos.

Eldora Fen lanzó un silbido.

—¡A eso llamo yo coordinación!

—Es lo único que esperamos y que pedimos. La Diadema no entenderá lo que habrá ocurrido para que de repente haya perdido el control de toda la Zona Profunda —repuso Adolphus.

El general proyectó el mapa del universo en la pantalla de yeso y les desveló el alcance extraordinario del plan que llevaba seis años fraguándose silenciosamente. Todos ellos ya estaban al corriente de algunas partes, pero ahora él estaba proporcionándoles la información para que cada uno completara los huecos que le quedaran por rellenar.

Incluso para un hombre de la experiencia y de los logros de Adolphus, el plan era tremendamente ambicioso. Toda una red nueva de transporte separada e independiente de Sonjeera pondría punto final a la dependencia de la Zona Profunda de las Joyas de la Corona.

—Todos los caminos llevan a Roma —dijo Adolphus—, y Roma está a punto de caer.

A modo de obsequio para la reunión, los copartícipes de la conspiración habían llevado muestras e imágenes de los productos que sus respectivos planetas podían aportar para el comercio en un mercado abierto. Liberados de la carga que suponían los tributos a la Diadema, la mayor parte de los habitantes de la Zona Profunda disfrutarían de los beneficios de su producción. Dado que ningún planeta fronterizo podía sobrevivir por su cuenta, la nueva red de distribución proporcionaría un sistema de intercambios equivalente al que ofrecía la Constelación.

—Con la reunión de hoy no pretendo tanto discutir el desarrollo del plan como garantizar su éxito. El trabajo duro se realizó en la primera fase, y el día S, el día Señalado, debería llegar en algún momento a lo largo de este año. Las trazadoras lanzadas desde Hallholme deberían llegar a su destino en los planetas de la Zona Profunda más o menos a la vez, tras haber señalizado las rutas con iperión. Todo eso, sin embargo, sólo es un problema de ingeniería y de logística… un problema importante, sí, pero de fácil resolución. —Paseó la mirada entre sus invitados—. Después, sin embargo, nos enfrentaremos a un desafío mucho más difícil: el político. No cabe esperar que la Diadema nos lance un beso de despedida y nos deseé lo mejor.

—La Constelación ya ha aislado Buktu —recordó Ian Walfor—. Y no nos va nada mal.

—Vosotros sois un caso especial, Ian —dijo Tanja Hu—. A nadie en las Joyas de la Corona le importa un carajo Buktu. Pero ya verás cómo se pondrán cuando pierdan de un plumazo los otros cincuenta y tres planetas de la Zona Profunda.

—¿Qué puede hacer la Diadema para evitarlo? —gruñó George Komun, de Umber—. La batalla ya estará ganada para cuando lo descubra.

—Eso no significa que no intente algo —señaló Sia Frankov—. Puede enviar las Fuerzas Armadas de la Constelación a cualquiera de los destinos de la Zona Profunda y destruirnos.

—Pero no puede ir a todos a la vez. ¡La Diadema estaría loca si empezara una guerra con cincuenta y cuatro frentes abiertos a la vez! —exclamó Dom Cellan Tier, aunque luego añadió titubeante—: ¿No?

—Es poco probable que lo haga —respondió el general en un tono tranquilo y cargado de autoridad—, pero podría intentar atacar Hallholme, o un puñado de planetas independientes, uno a uno… y conociendo a lord Riomini, este le aconsejará que se centre en unos pocos objetivos para utilizarlos como ejemplos espantosos y obligar al resto de los planetas a capitular.

—¡Nunca capitularemos! —bramó Komun con un rugido bravucón—. Hemos puesto mucho en juego.

—Es fácil hacer ese tipo de promesas antes de que empiecen los disparos —dijo Ian Walfor, y añadió, riendo entre dientes—: Yo propongo que anulemos las rutas de conexión con las Joyas de la Corona en cuanto tengamos lista nuestra red intergaláctica. De ese modo sus naves tardarán años en llegar.

—Es una posibilidad —repuso el general—, una opción desesperada que preferiría evitar en la medida de lo posible. Y aunque la lleváramos a cabo, las Fuerzas Armadas de la Constelación vendrían. —Se incorporó en su silla—. Tenemos que prever todas las situaciones posibles y decidir nuestra respuesta en cada caso.

—No olvidéis que sólo somos una docena de administradores de la Zona Profunda —apuntó Sia Frankov—. Todavía tenemos que convencer a los otros cuarenta y dos para que se nos unan. Tal vez no les haga mucha gracia que hayamos estado conspirando a sus espaldas.

Adolphus asintió.

—Ya contamos con agentes y simpatizantes en todos esos planetas plantando las semillas, preparando el terreno para una acción contundente en el caso de que sea necesario.

Desde hacía seis meses, centenares de viejos camaradas del general habían partido con nombres falsos rumbo a los planetas de las Joyas de la Corona para reunirse con partidarios de Adolphus en la clandestinidad; una vez allí se habían desperdigado discretamente por todos los planetas de la Zona Profunda y habían entrado en contacto con otras personas descontentas con el gobierno de la Constelación —lo cual no era una tarea difícil—, con las que habían formado células que estaban preparadas para actuar en cuanto Adolphus diera la orden…

—Nunca doy por sentado que la gente actúe como se espera de ella, pero estamos ante nuestra gran oportunidad… y todos sabemos que no podemos esperar nada de las Joyas de la Corona. Tenemos la ocasión de desarrollar nuestra propia economía lejos de Sonjeera. Es el mejor plan de futuro para la Zona Profunda, aunque su parto pueda acarrear unas cuantas luchas muy dolorosas.

La diadema Michella veía los planetas fronterizos como una fuente de nuevos recursos e ingresos, pero no era estúpida. Debía de saber que llegaría el día en que la Zona Profunda se rebelaría contra los desmesurados tributos que imponía. Adolphus, como buen estudioso de la historia, había visto incontables ejemplos de colonias autosuficientes que habían adquirido la fuerza necesaria para romper las cadenas que los unían a sus metrópolis. Los vientos de la historia soplaban a favor de sus sueños, y el general pretendía obtener la independencia más pronto que tarde. En cierta manera, sólo se trataba de la culminación de la rebelión que había iniciado hacía más de quince años.

—¿No resulta sorprendente? —se preguntó Dom Cellan Tier en voz alta—. Nadie presta demasiada atención a Hellhole, ¡pero este planeta va a convertirse en una estación espacial central tan poderosa como Sonjeera! La Zona Profunda tendrá su propia capital.

Para consternación de Dom Cellan Tier, varios de los administradores sentados alrededor de la mesa mostraron su descontento al oír el comentario.

—Tenga cuidado de no reproducir el problema que nos proponemos erradicar. Yo no estoy pidiendo que este planeta se convierta en la nueva capital ni yo en un nuevo diadema —replicó Adolphus.

El general hizo aparecer una imagen secundaria en el mapa del universo en la que se representaba una red interconectada de las rutas que se preveían establecer en el futuro y que partían de muchos de los planetas colonizados.

—Hallholme será la estación central inicial para nuestra nueva red —continuó Adolphus—, pero mi intención es que absolutamente todos los planetas establezcan rutas secundarias que los conecten con los mercados más convenientes en cada caso. Construiremos una verdadera red de rutas, no un embudo como ocurre con Sonjeera. No habrá monopolio.

»Tanto poder no debería recaer en las manos de una sola persona, ni siquiera en mí. —Adolphus abrió las manos—. Nuestra misión es compartir los ricos recursos de la Zona Profunda, no crear un sistema burocrático corrupto con ellos.

—Por lo menos estamos de acuerdo en que no vamos a permitir que Sonjeera siga exprimiéndonos —dijo Tanja con desdén—. La Diadema no tiene ni idea de la aversión que le profesamos en la Zona Profunda.