Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 73 de 106

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Hellhole

Capítulo 71

71

 

 

Cuando las charcas alienígenas se cerraban por la noche para que Sophie y los trabajadores pudieran disfrutar de unas horas de descanso, Fuenteviscosa se convertía en un remanso de paz.

A Antonia le encantaba salir de su bungalow por las noches y simplemente empaparse de silencio y de estrellas. Había renunciado a todo yendo a Hellhole, y cuando había tomado la decisión, no había pensado en el futuro más allá de la huida. Por fin sentía que estaba en un lugar donde podría echar raíces. Incluso era capaz de prever la posibilidad de ser feliz.

Su diminuto bungalow individual se encontraba al otro lado de las charcas, relativamente lejos del más bullicioso complejo para los clientes. La madre de Devon le había prometido una vivienda más amplia en cuanto los nuevos espacios para alojar a los visitantes estuvieran concluidos. Sophie estaba ansiosa por volver a sus empresas de Helltown, y ya había sugerido que su hijo podría gestionar el balneario con la ayuda de Antonia.

Cuando Antonia ya se marchaba de la casa de huéspedes principal, Devon la acompañó hasta la puerta y la miró con ojos de cachorrito desvalido. En un impulso, ella se inclinó hacia él y le dio un beso fugaz que prometía no ser el último.

—Buenas noches, Devon.

El muchacho se sobresaltó y luego sonrió como si Antonia acabara de cambiarle la vida. Y probablemente lo había hecho.

Antonia no podía olvidar los días en los que se había dejado embelesar —de eso sólo hacía dos años—, cuando una chica exultantemente joven e inocente llamada Tona Quirrie había creído en los cuentos de hadas y en el amor eterno. Ahora era más sabia.

El hijo de Sophie, sin embargo, no era la misma la clase de hombre que Jako Rullins. Devon se había volcado en convertirse primero en su amigo, tal como le había pedido, y Antonia sentía que su muralla emocional se desmoronaba poco a poco con él.

—¡Ten cuidado ahí fuera! —le dijo Devon mientras ella se alejaba del complejo en dirección a su cabaña.

—¡Nos vemos por la mañana! —le respondió Antonia.

A veces, cuando se sentía inmensamente lejos de Aeroc, empezaba a preguntarse si las terribles experiencias por las que había pasado habían sido reales después de todo, pero nunca era capaz de olvidar que sus padres habían sido asesinados y que ella había huido todo lo lejos que había podido de su antigua vida.

Antonia se adentró en la noche. La lengua de luz amarilla que salía de la puerta abierta de la casa de huéspedes principal brillaba en la oscuridad, y así supo Antonia que Devon seguía plantado allí, observándola mientras se alejaba. Eso le gustó.

Devon y ella no eran amantes. Él era tan inocente, tan chapado a la antigua, que no hacía ningún movimiento inapropiado. Antonia se preguntaba si sabría siquiera cómo hacer uno de esos movimientos. Todavía la sola idea del sexo le hacía estremecerse, pero si algún día eso cambiaba y se daban las circunstancias oportunas sabía que tendría que ser ella quien llevara la iniciativa.

En el campamento de huéspedes todavía había muchas luces encendidas, pues acababan de llegar alrededor de sesenta visitantes nuevos. Antonia había estado todo el día trabajando con el personal de la casa de huéspedes preparando la comida para el flujo de visitantes, mientras Devon y su madre los recibían y los acompañaban en un recorrido informativo por las charcas. Dos xayanos sombra se habían instalado en el campamento como tutores y para dar charlas sobre la civilización xayana.

Uno de los recién llegados, un grosero que se burlaba de los «soñadores ilusos», se había zambullido en el aguaviscosa para demostrar que todo era un engaño, y había salido de la charca forcejeando consigo mismo y tratando de no creer. «¡No lo quiero! ¡No lo quiero! —gritaba con su voz humana—. ¡Sacádmelo…! ¡He cambiado de opinión!» Los xayanos sombra habían tratado de consolarlo: «Ya no podemos hacer nada. No podemos extraerte la conciencia una vez que se ha convertido en parte de tu ser». Arrebatado, y bregando contra la nueva presencia no deseada que se había introducido en su cabeza, el hombre había sido apartado del resto de los visitantes.

Hallholme había sido siempre un destino secundario de la red de rutas intergalácticas, de modo que las enlazadoras que viajaban hasta allí lo habían hecho habitualmente con la mitad de sus puertos de acoplamiento libres. Pero desde que la noticia se había difundido por toda la Constelación —gracias a la publicidad involuntaria de la Diadema—, las enlazadoras de mercancías habían tenido que cambiar los contenedores de carga por módulos de pasajeros adicionales para poder satisfacer el incremento de la demanda.

Los recién llegados viajaban a Hellhole por los más variados motivos. Algunos simplemente empujados por su curiosidad y su necesidad de intercambiar sus dudas y sus temores con otras personas; otros eran inseguros, solitarios; otros necesitaban madurar la decisión; otros eran aventureros, científicos o exploradores, y otros iban para curarse. Antonia había visto gente de todo tipo.

Ahora, mientras enfilaba por el sendero compacto de grava, una figura masculina surgió de la oscuridad y se detuvo a escasos metros de su cabaña.

—Disculpe, ¿podría ayudarme? Hay una señorita en apuros… se ha hecho daño cerca de una de las charcas.

Antonia no lo veía bien, pero su voz tenía un tono apremiante que la animaba a salir corriendo.

—Iré a pedir ayuda.

—No hace falta… acompáñame tú. —El hombre encendió una potente linterna y la apuntó hacia el rostro de Antonia—. Sólo te necesito a ti.

El mismo tono de voz que la había hecho reaccionar instintivamente la dejaba ahora petrificada del pánico. Conocía esa voz.

—¡Jako!

Intentó huir de inmediato, pero la luz cegadora proyectada hacia su rostro le impedía ver dónde pisaba. Él salió saltando detrás de ella, como una figura espantosa salida de la peor de sus pesadillas… y en el fondo no era otra cosa.

Antonia chilló, pero Jako la agarró del hombro y ella sintió un pinchazo en la parte superior del brazo.

—Bueno, Tona, me alegro de que al menos recuerdes mi nombre.

La muchacha trató de gritar de nuevo, apresada por la mano de Jako, pero se había quedado sin voz, y únicamente fue capaz de musitar un débil y patético «socorro…»

—La inyección sólo te aturdirá un poco. Podrás caminar y hacer un par de cosas más, pero te sentirás débil. No puedo permitir que caigas desplomada… no me servirías de nada. Necesito que salgas caminando de aquí por tu propio pie. Así las cosas volverán a ser como antes.

—No…

Antonia intentó liberarse de él, pero sus huesos parecían de goma, como si se hubiera convertido en uno de los cartilaginosos xayanos primigenios.

Cuando Jako echó a andar tirando de ella, sus pies se deslizaron desmañadamente por el suelo, arrastrando tierra y piedras.

—Llevo mucho tiempo buscándote, Tona.

Antonia se revolvió para tratar de zafarse de él. No llevaba armas encima, y avanzaban envueltos por la penumbra hacia la charca más alejada. Estuvo a punto de tropezar con unos fragmentos de obsidiana esparcidos por el suelo, pero Jako tiró de ella para mantenerla erguida. Trató de plantarse.

—¿Cómo me has encontrado?

Jako resopló.

—Te enseñé a huir y a esconderte. Te enseñé todos los trucos que empleaste contra mí. Me dije que había sido tan buen maestro que nunca lograría dar contigo… ¿y qué ocurrió entonces? Ah, cambiaste de nombre y de aspecto, pero te he visto disfrazada un montón de veces. Te reconocí inmediatamente. Tus padres también lo habrían hecho… si siguieran vivos.

—Tú los mataste —quiso gritar Antonia, pero de su boca sólo salía un hilo de voz.

Ella nunca había tenido la oportunidad de echárselo en cara, pues había escapado de él en cuanto se había enterado de la verdad. Jako no pareció sorprendido.

—Te liberé de tus grilletes. Recuerda los años maravillosos que pasamos juntos.

Antonia se recuperó del deslumbramiento inicial y entrevió el rostro de Jako ensombrecido por la oscuridad: un rostro que había esperado no volver a ver jamás. El círculo de luz de la linterna bailoteaba por el suelo como las esferas de San Telmo que había visto en el techo de los invernaderos abovedados.

—No… volveré contigo.

Pese a que los músculos todavía la obedecían mínimamente, Antonia se negó a cooperar y se dejó caer como un peso muerto. Jako tiró con fuerza y la arrastró, pero ella se resistía; jadeó, tomó aire y trató de gritar de nuevo, pero lo único que brotaba de su boca era un silbido apagado.

—Perfecto. Quieres quedarte en el suelo, ¿no? Pues túmbate boca arriba. —Jako la soltó y la aplastó contra las piedrecitas, que se desmenuzaron bajo el peso del cuerpo de Antonia—. Tenemos algo pendiente tú yo.

Jako dejó la linterna al lado de la chica y la luz se extendió por la arena y las piedras como una colcha resplandeciente, como si respondiera a una idea deformada de Jako de lo que era el romanticismo. Aterrada, Antonia intentó levantarse otra vez, pero sus músculos no le respondían. Se sentía débil y aturdida.

Antes Jako siempre se había valido de medios psicológicos para hacerle sentir desamparada y poder aprovecharse de ella. El hecho de que hubiera utilizado una droga debilitadora era una muestra de su cobarde desesperación, si bien la había dejado totalmente sin fuerzas. Antonia intentó incorporarse apoyándose en los hombros, pero él volvió a tirarla al suelo de un empujón. Jako se puso de rodillas a su lado y le arrancó la blusa.

Ella le golpeó en el pecho, aunque sin demasiada fuerza, y él le devolvió el golpe, mucho más fuerte, en la espalda, y luego se quedó admirando sus pechos desnudos.

—Por fin lo que llevaba tanto tiempo queriendo volver a ver.

Tiró de los pantalones de Antonia y ella pataleó para intentar quitárselo de encima, pero sus piernas de goma se levantaban lentamente y volvían a caer sin fuerza; apuntó a su entrepierna, pero erró la patada.

—¿Por qué te resistes? Yo te convertí en lo que eres. Transformé a una princesita mimada e insulsa en una mujer independiente. ¿No me agradeces que hiciera de ti una persona fuerte?

Antonia sacó fuerzas de flaqueza, se incorporó y le clavó las uñas en la cara; fue arañándole la piel de las mejillas con la intención de arrancarle un ojo, y aunque fracasó en su objetivo, le hizo unos cortes sangrantes en la cara.

—¡Zorra!

Le soltó un guantazo tan fuerte en la cara que Antonia se tambaleó en el límite de la consciencia.

Y entonces la violó.

Acabó rápido, probablemente porque debía de estar más preocupado de que lo pillaran que del propio placer.

—Todo será mejor a partir de ahora, te lo prometo. Hay tantos mundos que quiero enseñarte… Y nadie nos encontrará jamás.

Cuando Jako se levantó, Antonia reunió todas las fuerzas que le quedaban y trató de huir arrastrándose por el suelo.

—No… —musitó la joven, a quien los sollozos incontrolados ahogaron las palabras. Vomitó en el suelo. Todavía no tenía voz para gritar y pedir ayuda.

Oyó un grito mudo de rabia e incredulidad a su espalda. Se volvió y atisbó a Devon en la estela de luz, con una expresión de ira en el rostro exagerada por las sombras. El muchacho corrió hacia ella con la boca abierta y con sus ojos azules impregnados de una ferocidad que nunca antes había visto. Cogió del suelo un fragmento grande y afilado de obsidiana y lo levantó por encima de la cabeza.

Jako se volvió, todavía abrochándose los pantalones, justo cuando Devon descargaba con todas sus fuerzas la piedra contra su cabeza. Un chorro carmesí salió disparado del lugar del impacto del oscuro cristal volcánico.

Jako se encogió y levantó las manos, tan indefenso como lo había estado Antonia sólo unos minutos antes. Devon agarró el trozo de obsidiana, volvió a estamparlo en la cabeza de Jako y le partió el cráneo.

Antonia se levantó tambaleante y sin fuerzas mientras intentaba sofocar los gritos agónicos de su violador. Se adentró dando tumbos en la noche, en un intento desesperado por ocultarse en la oscuridad, pero no creía que pudiera escapar jamás de lo que le había ocurrido.

Jako se desplomó de bruces contra el suelo, pero Devon todavía no había terminado y cogió la piedra por tercera vez.