Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 91 de 106

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Hellhole

Capítulo 89

89

 

Menos de una hora después de que la declaración de Adolphus llegara a Sonjeera, el Consejo de los Lores se reunió para una sesión de urgencia. La diadema Michella se dirigió a la carrera a la sede gubernamental, tratando de no perder su compostura regia, acompañada por un séquito de guardias y consejeros, entre los que se contaba Ishop Heer. Sus asesores, hacinados con ella en el carruaje motorizado, la bombardeaban a consejos contradictorios mientras las ideas bullían en su mente. El general la había dejado estupefacta. ¡Maldito Adolphus!

Aún no tenía claro qué iba a decir desde el Trono Estelar, pero no se atrevía a retrasar su comparecencia. Todos los miembros del Consejo que estaban en ese momento en Sonjeera asistirían a la sesión; los demás se sumarían más tarde. La Diadema no estaba dispuesta a demorar el inicio de la reunión ni siquiera una hora para que Enva Tazaar, hija y sucesora del asesinado Azio Tazaar, tuviera tiempo para llegar en la siguiente nave enlazadora.

Por lo que respectaba a Michella, todos los servicios de la red de rutas intergalácticas estaban bajo sospecha. Adolphus, llevado por su avidez de sangre, podía haber saboteado perfectamente todas las líneas. ¡Cómo le gustaría ver a todos los nobles poderosos fallecidos en un trágico accidente espacial! Sólo ahora se revelaba el auténtico alcance de los planes del general.

Las muertes recientes de un puñado de nobles habían levantado suspicacias en las Joyas de la Corona. Aparte de la enemistad patente en el caso de las familias Paternos y Tazaar, no parecía haber conexión alguna entre el resto de las víctimas, entre los que había a partes iguales miembros de familias poderosas y débiles, maquinadores talentosos y gobernantes inofensivos incapaces de mantener la unidad de sus tierras. No tenía sentido; pero no todas podían ser muertes accidentales. La Diadema empezaba a preguntarse si podría culparse de todas ellas al general Adolphus como parte de una trama para derrocar el gobierno legítimo de la Constelación.

A ella le encantaría matarlo con sus propias manos.

Una hora antes, Ishop Heer había entrado como un vendaval en sus aposentos del palacio con el rostro lívido y sus pálidos ojos verdes como platos para informarle de la cápsula de correo recibida. «¡Debería haberlo sospechado, excelencia!» Transpirando copiosamente, el asesor le había explicado todo lo que sabía sobre la red de rutas intergalácticas ilegal que ahora conectaba Hallholme con el resto de los planetas de la Zona Profunda. «Un plan así exige años de desarrollo. El general es un monstruo».

Eso lo sabía Michella desde hacía mucho tiempo. Debería haber hecho caso omiso de la opinión popular y haber ejecutado al traidor hacía una década. Su acto de compasión estaba volviéndose ahora en su contra para destruirlos a ella y a toda la Constelación. Nunca tenía que haber hecho caso de la sugerencia de Selik Riomini. Ahora ella y sus líderes militares tendrían que solventar unos extraordinarios problemas de logística para restablecer el orden simultáneamente en cincuenta y cuatro planetas intransigentes. Era de suponer que todos los planetas de la Zona Profunda tenían poca capacidad de resistencia, pero representaba un desafío y un fastidio tener que decidir dónde centrar sus esfuerzos para sacar más partido. Y ahora todos esos planetas estaban conectados. Michella no daba crédito a sus oídos.

Las naves trazadoras del general habían llegado a todos los planetas fronterizos por sorpresa. Los administradores planetarios de toda la Zona Profunda de pronto disponían de una extensa red para el transporte y el comercio que no dependía en absoluto de la Constelación. En efecto, Michella podía emitir un decreto en el que amenazara con duras represalias a quien utilizará la red ilegal, pero las colonias fronterizas no tendrían muchas ganas de dejar pasar una oportunidad tan fantástica.

¡Maldito Adolphus!

Cuando su carruaje se detuvo en la Plaza del Corazón, Michella enfiló a toda prisa hacia la monumental sede del Consejo seguida por su séquito, que se afanaba para no quedarse atrás. Ese día no había masas de ciudadanos estratégicamente situadas para aclamarla a su llegada, pero no era el momento de preocuparse de esas cosas. Tenía que solucionar la debacle que le había caído encima.

Ishop Heer permaneció a su lado en todo momento, guardando un silencio prudencial. ¿Cómo era posible que su asesor de confianza hubiera sido engañado con tanta facilidad? En ninguno de sus recientes viajes a Hallholme había encontrado prueba alguna de aquella operación de proporciones gigantescas. Ishop no era propenso a decepcionarla, pero a Michella no le gustaba que la defraudaran… no le gustaba nada.

Subía como un torbellino los escalones de mármol, tan absorta ideando toda clase de muertes atroces que podría infligir al general Tiberio Adolphus que no vio a lord Bolton Crais plantado en la puerta hasta que él la abordó.

—¡Excelencia! Esto es terrible. Acabo de enterarme.

—Todos acabamos de enterarnos, Bolton.

El lord se retorcía las manos; parecía ofuscado.

—Tenemos que hacer algo. Aportaré toda mi ayuda para rescatar a Keana. Tenemos que liberarla de las garras de esa terrible secta y sacarla de Hallholme.

Michella se detuvo en seco.

—Eso era terrible ayer, Bolton. Hoy tengo problemas mucho más importantes de los que ocuparme que las travesuras de mi insensata hija.

Bolton era la viva imagen de la seriedad y la impotencia; y también de la bondad y la simpleza. No había un gramo de ambición en su cuerpo. En el pasado, Michella había encontrado atractiva la peculiaridad de su carácter, pero ahora sólo le parecía un estorbo. En todos los años que hacía que lo conocía, Bolton Crais siempre había sido un hombre asexuado y nada romántico, más interesado en aficiones como la observación de las aves que en satisfacer a su mujer. Entendía que Keana hubiera buscado en otro sitio la pasión y el amor, pero ojalá su hija se hubiera comportado con más sentido común y discreción… y ojalá hubiera elegido a un amante entre cuyos bienes no se contara un planeta deseado por los Riomini…

Aun así, la alianza de Michella con la familia Crais seguía siendo clave para conservar su influencia en la elección de su sucesor. Por cuestiones políticas, no podía quitarse de encima a Bolton sin más. Ahora, no obstante, daba la impresión de que la propia Keana se había quitado de en medio, y en la confusión de una revuelta nadie podía garantizar la seguridad de su hija.

—Pero, Diadema… es mi esposa. No podemos abandonarla sin más. ¿Es que no os importa vuestra hija?

Bolton Crais parecía tan bobo e inocente como Keana.

—La rescataremos si podemos —respondió Michella, haciendo un esfuerzo para suavizar el tono de su voz—, pero cuando acabe con Hallholme, puede ser que el planeta quede en un estado peor del que lo dejó el impacto del asteroide.

Michella continuó su camino, rozando a su yerno a su paso. Con el rabillo del ojo vio el semblante consternado de Bolton, pero ella ya tenía la cabeza en otros asuntos.

—Excelencia, nos llevará algún tiempo reunir las Fuerzas Armadas de la Constelación y enviarlas a Hallholme para dar una respuesta adecuada a la crisis — dijo Ishop en un hilo de voz—. Todos los nobles tendrán que arrimar el hombro.

—Eso lo sé perfectamente. Hace años que no estamos en pie de guerra, y la mayoría de mis tropas no superarían unas pruebas físicas de verdad. El grueso de nuestras naves ha permanecido estacionado en la órbita desde que se dio fin al estado de alerta. Salía condenadamente caro enviarlas a la Zona Profunda para realizar maniobras. —Tras una pausa añadió—: ¡Ah, tal vez haya un rayo de esperanza después de todo! Acabo de enviar esas naves de combate que estaban retiradas del servicio al gobernador territorial Goler. Tal vez pueda emplearlas para tomar medidas contundentes contra el general.

Ishop se aclaró la garganta mientras sujetaba abierta una de las puertas ornamentadas para que pasara la Diadema.

—Sí, esto… mmm… excelencia, en cuanto al gobernador Goler…

La Diadema se detuvo antes de entrar.

—¿Sí? ¿Qué pasa con él?

La cápsula de correo que nos ha enviado Adolphus contenía otra sorpresa. Una declaración grabada por el gobernador Goler en la que revela la verdadera historia de las atrocidades cometidas durante la reconquista de Risco.

—¿Atrocidades? —Rebuscó en su memoria un momento y al cabo frunció el ceño —. ¿Por qué haría Goler algo así? Y antes que nada, ¿cómo se ha enterado? Creía que lo habíamos dejado todo limpio antes de destinarlo a Risco.

Los guardias y los funcionarios que se encontraban en el pasillo se cuadraban a su paso, sobresaltados por sus andares apresurados.

—Al parecer sobrevivió uno de los colonos originales, una mujer, y el gobernador Goler se ha enterado de la verdad por ella. —Un escalofrío recorrió la espalda de Ishop—. ¿No habéis recibido aún el informe de Escobar Hallholme?

—¿Qué informe?

En el último pago de los tributos de Risco no había madera de árboles dorados, sólo había un montón de piedras sin valor alguno. El gobernador se ha reído de nosotros.

Michella se detuvo petrificada.

—¿Estás diciendo que Goler se ha aliado con Adolphus? ¿Después de todo lo que he hecho por su carrera? ¡Que se pudra en el infierno! Creo que muy pronto va a ponerse en marcha otra operación de reconquista de Risco. ¿Qué ganará revelándolo?

—Las repercusiones son diversas, excelencia. —Ishop tragó saliva—. Revelando la masacre de Risco, el gobernador Goler sin duda ha desencadenado un fuego de indignación en la Zona Profunda. Las colonias que podrían haber recelado de Adolphus conocen ahora la brutalidad y la crueldad con la que se emplearon vuestras tropas contra una colonia ilegal indefensa.

—¡Brutalidad y crueldad! Era necesario; un simple asunto administrativo. No exageremos las cosas.

Ishop caminaba con paso enérgico a su lado.

—Las colonias no lo entenderán así, excelencia. La superviviente de Risco fue bastante gráfica y detallada en sus descripciones, y el gobernador Goler presentó una prueba irrefutable.

La Diadema lo habría encontrado divertido de no estar tan colérica.

—Una prueba puede fabricarse. Ahora mismo haré una declaración para manifestar la falsedad de esa información. Desautoriza al gobernador Goler.

—Disculpadme, excelencia, pero nadie la creerá. Y… —Ishop vaciló.

—¿Y… qué? —Michella apenas si podía reprimir su ira—. ¿Es posible que tengas algo más que decirme, Ishop?

—Junto con esa revelación, excelencia, se realiza la acusación de que vuestra versión oficial sobre el general Adolphus y su rebelión ha sido igualmente distorsionada y dulcificada. Adolphus conserva numerosos simpatizantes incluso en las entrañas de la Constelación. Esto provoca preguntas incómodas incluso entre los planetas de las Joyas de la Corona.

—¡En ese caso acalla esas preguntas! No debería ser tan difícil… ¿o es que necesito un asesor especial para que se encargue de ello?

Un inquietante y aterrador destello de ira cruzó el rostro de Ishop antes de que éste pudiera reprimirlo.

—Haré lo que pueda, excelencia.

Los miembros del Consejo contaban con sus propios espías, y las alarmantes noticias se propagaban rápidamente por la ciudad. La grande y tenebrosa cámara era el escenario de agitadísimas conversaciones.

Lo reciente de la información y la ausencia de su confirmación hacía que reinaran los rumores. Ni siquiera Michella había escuchado entero el discurso de Adolphus. En el transcurso de los siguientes días, sus analistas lo estudiarían línea por línea y al detalle… pero aún no habían tenido tiempo. De todos modos, había oído lo suficiente y tenía una opinión formada de Tiberio Adolphus desde hacía mucho tiempo.

A pesar de que Michella miraba al frente, su vista abarcaba a todos los asistentes que se deslizaban hacia sus asientos, ansiosos por escuchar lo que tenía que decir. Esperaban de ella un verdadero liderazgo.

La Diadema recorrió de lado a lado la cámara, reparando en los asientos vacíos, y temió que quizá no hubiera quórum. Sin embargo, no permitiría que los miembros del Consejo se enzarzaran en discusiones y provocaran un retraso en las acciones inmediatas que era imperioso acometer. Ella había tomado una decisión por el bien de la Constelación, y tendrían que acatarla.

Enfiló por los escalones que conducían al estrado, se volvió y se dejó caer en el trono ornamentado con una violencia que sólo revelaba una fracción de su ira. El silencio se hizo en la cámara. En ningún otro momento de todo su reinado había conseguido Michella concentrar tanta atención.

—Damas y caballeros, miembros del Consejo. A partir de este momento, la Constelación está en guerra.