Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 11 de 106

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Hellhole

Capítulo 9

9

 

Contempladas con ojos no expertos en la materia, las condiciones de la gruta podrían haber pasado por normales. Sin embargo, Cristoph de Carre sabía que eran todo lo contrario. Los operarios y los ingenieros de minas realizaban sus tareas con premura embutidos en sus trajes de seguridad, y supervisaban el trabajo de las máquinas manejadas por control remoto. Las palas extractoras se cernían sobre los muros con vetas azules y extirpaban el iperión en su estado puro sin dañar su delicada estructura. El frágil mineral era terriblemente inestable antes de ser procesado y debía extraerse en láminas hiperdelgadas y conservado a una temperatura muy baja; de lo contrario quedaba inutilizado para su uso como señalización para delimitar las rutas. Las palas extractoras parecían abejas hinchadas dotadas de unos protuberantes compartimientos refrigerados en los cuerpos, donde iban almacenando el iperión extraído.

—Unas cuantas vetas más y habremos agotado esta parte de la mina, excelencia — dijo Lanny Oberon, alzando la voz para que se le oyera por encima del zumbido de las máquinas extractoras. Toqueteó unos controles que llevaba debajo del visor de su traje de seguridad y se apagó la luz acoplada a la parte superior de su casco.

Cristoph también apagó la luz del traje de seguridad que le habían prestado. Las intensas luces del equipo de trabajo y los variados apliques improvisados iluminaban con profusión la gruta.

—Entonces sólo tendremos que buscar otras vetas, Lanny. Es imposible que Vielinger se haya quedado seco.

El destino de la familia De Carre llevaba siglos ligado a las minas, y las estimaciones más pesimistas mantenían que todavía quedaban reservas del mineral para que las extracciones se prolongaran durante al menos otras dos décadas. Aun así, el futuro de la familia era un asunto que inquietaba a Cristoph, pues los años de abundancia del siglo anterior habían pasado a la historia.

El joven De Carre se encontraba junto al capataz de la mina sobre una plataforma de observación que vibraba bajo sus pies. Debajo, un operario empujaba un carrito con herramientas hasta un panel de control en el que parpadeaba una luz roja de error.

—Todavía pueden aprovecharse para las extracciones en los túneles más profundos, pero nos gustaría acabar las excavaciones sin sufrir más accidentes.

Últimamente se habían producido demasiados fallos en los equipos de trabajo y errores en las minas como para considerarlos una coincidencia. Cristoph sabía que contaba con buenos trabajadores, de modo que, aunque sospechaba que los sabotajes provenían de fuera, no podía demostrarlo. Había redoblado el número de agentes de seguridad en las instalaciones de las minas, en las operaciones de procesamiento del mineral y en los almacenes de donde partían las remesas, pero había quien afirmaba que eso tan sólo le hacía parecer paranoico.

Cristoph tosió varias veces, aprisionado en su traje de seguridad, para calmar el picor que tenía en la garganta.

—Esta porquería se cuela hasta por los sistemas de filtrado de última tecnología.

El polvo ultrafino que flotaba en las profundidades de las minas (una consecuencia de la extracción del iperión) era una causa reconocida del deterioro de los pulmones.

—Por eso se nos paga tanto, excelencia —repuso Oberon en tono comprensivo—. Los hombres conocen los riesgos, y aun así siguen viniendo a trabajar. Cuanto mayores son las dificultades que entraña su extracción, mayor es su valor… y nuestro sueldo. Personalmente puedo aguantar un poco de polvo.

—Por supuesto. Si se encontrara un nuevo yacimiento de iperión en otro planeta de las Joyas de la Corona o de la Zona Profunda, los precios caerían en picado — apuntó Cristoph—. Y quizá no seríamos un blanco tan apetecible para nuestros enemigos.

—Todavía no se han encontrado otros yacimientos, excelencia. Tenemos que exprimir al máximo éste. —Oberon, con el gesto cansado, sepultó las manos enguantadas en las profundidades de los bolsillos de su polvoriento traje de trabajo gris—. Me alegro de que hayáis venido a velar por nosotros, señor. Hace tiempo que no veo a vuestro padre. ¿Se halla de nuevo en Sonjeera?

La reprobación implícita en el tono de voz empleado por el supervisor era evidente. A pesar del fastidio que le inspiraba la actitud disoluta de su padre, Cristoph se sentía obligado a excusarlo.

—Últimamente pasa allí la mayor parte de su tiempo. Se ve obligado a participar en las numerosas votaciones a las que se someten los asuntos oficiales en el Consejo de los Lores.

Su respuesta sonó rara, pues era cierta sólo en parte. Cristoph sabía demasiado bien que la prioridad de su padre no eran los «asuntos oficiales». Sentía un odio profundo por el cambio radical que había experimentado su progenitor, por el hecho de que se hubiera abocado a una vida despreocupada y consagrada a los placeres desde que la hija de la Diadema lo había seducido y apartado de sus responsabilidades. Y lo que era aún peor, que Cristoph, con el abandono de lord De Carre de sus obligaciones, se había visto forzado a asumir cada vez mayores responsabilidades en Vielinger.

Su madre había fallecido hacía veintiocho años a causa de una enfermedad neurológica degenerativa; apenas si había vivido lo suficiente para alumbrarlo. Ahora que podía contar cada vez menos con su padre, Cristoph deseaba más que nunca que su madre siguiera viva. Según contaba el servicio de casa, su madre había sido una mujer de negocios excepcional, y siempre había colaborado en la supervisión de las operaciones comerciales de la familia. Ahora se la necesitaba más que nunca.

Louis de Carre, por el contrario, carecía de todo talento para la gestión. Era un dandi que se pasaba la vida dedicado a diversas actividades cortesanas caras y que no invertía demasiado tiempo en reflexionar sobre las operaciones comerciales familiares. Correspondía a Cristoph llenar el vacío que dejaba su padre y mantener intactos los intereses económicos de la familia De Carre.

Criado por toda una serie de tutores y niñeras, Cristoph nunca había gozado de una estrecha relación con su padre. Poco a poco fue aflorando en el joven su talento para la gestión de la fortuna familiar y para la administración de los negocios. Sin embargo, el noble linaje de los De Carre tenía problemas mucho más serios de los que él era capaz de lidiar. A pesar de los beneficios que reportaba la extracción del iperión, las generaciones anteriores de la saga De Carre habían llevado unas vidas de despilfarro que habían sumido a la familia en una deuda que, siendo realistas, no podía pagarse ni durante los años de abundancia. Además, los geólogos habían descubierto numerosos indicios de que las vetas de más fácil acceso no tardarían en agotarse.

Cristoph contempló el eficiente trabajo que realizaban las palas excavadoras manejadas por control remoto, arrancando pequeñas partículas de las paredes. Cuando sus protuberantes compartimientos de almacenaje alcanzaban su capacidad máxima, las máquinas volaban hasta una estación de descarga, donde cambiaban las unidades llenas por otras vacías. Los mineros manipulaban con sumo cuidado las cargas, que iban depositando sobre unas bandejas acolchadas que circulaban lentamente por una cinta transportadora hasta el lugar donde se llevaría a cabo su estabilización y procesamiento.

Una vez concluida la inspección, Cristoph se despidió con un apretón de manos de Oberon y regresó solo a la superficie. Ya arriba, se despojó del traje de seguridad y se subió a un helicóptero que lo llevaría de vuelta a la hacienda familiar. Durante el viaje de regreso permaneció sentado junto a la ventana, con el ánimo por los suelos y con la mirada perdida al otro lado del cristal.

Cristoph había tirado de sus ya exiguas cuentas personales para reunir fondos para las misiones de prospección, extracción de muestras y exploración del subsuelo con satélites en busca de yacimientos de iperión, pero hasta el momento sólo se había encontrado un par de vetas no más gruesas que un cabello en zonas de difícil acceso. Por otro lado, había dado instrucciones para que se ensancharan los túneles ya perforados y se profundizara en ellos con el fin de extraer más fragmentos del mineral a pesar del coste adicional que representaba la operación.

A corto plazo, los rumores sobre la escasez de iperión incrementarían su precio; pero las dificultades que entrañaban las operaciones para su extracción aumentaban proporcionalmente. A pesar de los temores que infundía que sólo quedara iperión para, a lo sumo, una generación más, Vielinger seguía siendo un objetivo para los codiciosos nobles. Varias familias rivales ya habían iniciado sus maniobras en el Consejo de los Lores para arrebatar el planeta a la familia De Carre, alegando que el iperión era un «elemento vital para la seguridad de la Constelación». A veces, a Cristoph se le pasaba por la cabeza la idea de entregar sin más el planeta a los Riomini, que tanto lo ansiaban, para que descubrieran con sus propios ojos que se trataba de una inversión ruinosa.

Los físicos dedicados de las rutas intergalácticas, conscientes de que el iperión era un recurso limitado, llevaban años investigando para encontrar un material alternativo que pudiera ser utilizado como señalización cuántica para los itinerarios espaciales. Cristoph no albergaba ninguna duda de que antes o después sus investigaciones darían sus frutos, probablemente cuando el iperión alcanzara un precio estratosférico; después de todo, la desesperación alienta la innovación. En cuanto uno de esos científicos anunciara el descubrimiento de una alternativa al preciado mineral, el valor del iperión se desplomaría y ya nadie querría apoderarse de Vielinger.

Entretanto, los Riomini urdían todo tipo de artimañas para expulsar de su hogar a la familia de Cristoph, y se dedicaban a ello como si se tratara de un juego de estrategia.

Pese a que la actual crisis había pillado a su padre en Sonjeera, éste no movía un dedo para detener esa lucha de poder. Lord de Carre ignoraba por completo la dimensión real del peligro. El puñado de mensajes que Cristoph había recibido de su padre durante las últimas tres semanas se limitaban a felicitar a su hijo por el trabajo realizado y a advertirlo —algo totalmente innecesario— para que se mantuviera alerta a la presencia de saboteadores.

Desde fuera se criticaba a la familia De Carre, y a Cristoph en concreto, por las pésimas condiciones de seguridad y por las supuestas condiciones de trabajo infrahumanas de los mineros, a pesar de que mantenía un riguroso programa de inspecciones y de que había implantado unos estrictos protocolos de seguridad. Corrían rumores de origen conspirativo que afirmaban que los De Carre estaban ocultando deliberadamente la existencia de reservas de iperión con el objetivo de incrementar el precio.

Cuando a Vielinger llegaban como buitres delegaciones de las demás familias nobles, al parecer con órdenes directas de la Diadema, Cristoph se veía obligado a ofrecerles toda su colaboración. Cada vez era mayor la presión que se ejercía para que se permitiera al resto de las familias nobles realizar prospecciones geológicas independientes, o para que los De Carre renunciaran definitivamente a la propiedad de las minas de iperión.

Su familia había gobernado Vielinger durante más de un milenio. Varios antepasados de Cristoph habían sido diademas, filósofos célebres, humanistas… un legado familiar que ahora parecía desmoronarse a su alrededor.

Y mientras, su padre retozaba con la hija adúltera de la Diadema sin importarle el resto del mundo. No había duda de que Keana Duchenet estaba engatusándolo, embaucándolo, probablemente como parte de una trama diseñada por su madre. Cristoph no entendía por qué su padre no era capaz de darse cuenta.