Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 70 de 106

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Hellhole

Capítulo 68

68

 

Embutido en su escueto uniforme, el capitán de unidad Escobar Hallholme estaba que echaba chispas mientras observaba cómo se posaba la voluminosa y anticuada MRL en la pista de aterrizaje de la llanura Lubis, a no demasiada distancia de donde se encontraban él y su padre. No estaba dispuesto a tranquilizarse hasta que tuviera la oportunidad de reprender al piloto.

Era la nave espacial más fea que había visto en su vida, con diminutas ventanas a ambos lados de su fuselaje abotagado y con la parte inferior del casco cubierta de rayas negras. Se había utilizado como nave de transporte de tropas durante la rebelión de Adolphus y, dada su antigüedad, no debería estar volando, sus motores nunca deberían haberse encendido sin haber superado una serie de pruebas exhaustivas y la revisión de mecánicos cualificados. Aquella mole había permanecido allí junto a todas las demás como un animal moribundo y, sin embargo, la destartalada nave todavía volaba: sin duda un tributo a la dedicación y a la destreza de los soldados que trabajaban en las factorías de la llanura Lubis.

Y uno de sus hombres la había cogido para darse un paseo.

Escobar meneó la cabeza, irritado. Todavía llevaba en el bolsillo de la guerrera la orden de la Diadema para que preparara la flota con las naves de reserva, hiciera las reparaciones que convinieran y realizara todas las comprobaciones necesarias para certificar que las desvencijadas naves podían surcar el espacio de nuevo. La Diadema quería que aquellas antiguallas recibieran permiso para volar y fueran lanzadas a la órbita, donde serían acopladas al armazón de una enlazadora ampliada y entregadas en Risco.

«¡Adiós y buen viaje!» Sin desobedecer las órdenes transmitidas en la carta, Escobar pretendía, sin embargo, autorizar únicamente las reparaciones esenciales. Ya sería el gobernador territorial Goler quien invirtiera el tiempo y el esfuerzo para lo demás.

Sin embargo, un piloto había cometido la imprudencia de coger aquella nave para darse una vuelta por el sistema solar interno de Qiorfu, y la nave había llegado intacta por los pelos. Una temeridad. Furioso, aunque esforzándose por controlar su ira, Escobar esperó junto a su anciano padre en el otro extremo de la rampa de salida, impaciente por que el piloto apareciera de una vez.

—Ha aterrizado bien —musitó el comodoro retirado—. Eso es lo que cuenta.

—Para mí no. El teniente Ulman no tenía por qué coger esa nave hasta que hubiera sido sometida a otra revisión completa en tierra. —A medida que se acumulaban las naves que realizaban pruebas de vuelo después de haber sido puestas a punto, crecía el temor de Escobar a perder un piloto—. Esta flota tendría que haber sido desguazada hace diez años —gruñó indignado.

—La Diadema exige que las naves sean puestas de nuevo en servicio con la mayor celeridad —dijo su padre, bajando la voz para calmar a su hijo—. Para poder cumplir su voluntad hay que… tomar algunos atajos. —Los ojos tristes de Percival reflejaban un brillo lejano—. Ten un poco de manga ancha con el teniente Ulman. No olvides que es un experimentado oficial, un hombre que me demostró su valía en tiempos de guerra. Tuvo un papel decisivo en la victoria contra los rebeldes.

Escobar se sentía frustrado y atosigado por su padre.

—Tal vez los atajos y los impulsos estuvieran justificados durante la guerra, pero no había necesidad alguna de que Ulman corriera el riesgo que ha corrido. Esa nave podría haber explotado al reentrar en la atmósfera.

La escotilla de acceso a la nave se abrió y el piloto se deslizó a trancos por la rampa, ataviado con un mono de piloto gris y con el casco bajo el brazo. Parecía agitado después de que el capitán de unidad lo hubiera regañado públicamente a través del sistema codificado de comunicación; Escobar se había asegurado de que todo el personal de las factorías oyera su reprimenda.

Ulman hizo un enérgico saludo militar cuando llegó al final de la rampa.

—He detectado varios sistemas que deben ser reparados, ¡señor!

El piloto de pruebas había sido reconvenido en otras ocasiones por infracciones menores, y el año anterior ya había cogido sin permiso otra nave de la reserva, una pequeña interceptora. También entonces había discutido con su capitán de unidad, pues Ulman insistía en que las naves que habían sido retiradas del servicio debían volar con regularidad (principalmente porque era él quien quería pilotarlas). Escobar no había discrepado con él en el fondo del asunto —también él quería pilotar las naves—, pero no podía justificar los gastos ni los riesgos que eso entrañaba si no se contaba con la autorización expresa del gobierno de la Constelación. Sin embargo, puesto que el teniente era un pariente lejano de lord Ilvar Crais, la sanción que había recibido había sido poco más que un cachete en el dorso de la mano. Y seguramente ocurriría lo mismo ahora.

—Ha cometido usted una insubordinación, Ulman. Engañó a la torre de control de la base y les hizo creer que esa nave estaba lista para realizar un vuelo de prueba.

—Y creía que lo estaba, señor. —El teniente Ulman evitaba la mirada de Escobar, pero su inquietud parecía deberse a algo más que a la mera reprimenda que estaba recibiendo—. He hecho mal. Su insistencia en que se realicen revisiones adicionales a estas antiguallas es… acertada, señor. Le ruego que disculpe mi impetuosidad.

Escobar sintió un escalofrío al pensar lo cerca que había estado el piloto de pruebas de estrellar la nave. Ulman parecía muy agitado. Ambos estaban ansiosos por entrar en acción; estaban hartos de la vida en la llanura Lubis, retirados del servicio como aquellas viejas naves.

—Rellene un informe completo para el equipo de mecánicos, teniente —dijo Escobar antes de que fuera a perder los nervios—. Estará apartado de su cargo hasta nueva orden. «Hasta que la próxima nave esté lista para volar», se dijo.

Ataviado con su viejo y harapiento uniforme negro y dorado de la Constelación, Percival dio al alicaído oficial unas palmaditas afectuosas en el hombro. Un gesto simpático que horrorizó a Escobar.

—No se venga abajo, Rico. Quizá como castigo le asignan a la escolta de esas naves hasta la Zona Profunda.

Ulman respiró hondo y se enderezó.

—Eso suena mejor que el calabozo, señor.

Irritado, Escobar se apresuró a tirar por tierra la idea.

—Eso no será necesario, teniente. Tengo la intención de entregar personalmente las naves en Risco. —Al menos así Escobar disfrutaría de un tiempo volando.

El equipo de revisión se introdujo en la nave de transporte de tropas que a duras penas había aterrizado intacta.

Otras cuadrillas de mecánicos continuaban trabajando en las naves que habían sido remolcadas hasta la pista de aterrizaje.

Escobar meneó la cabeza mientras contemplaba cómo restauraban todas aquellas naves.

—No entiendo cómo alguien puede querer estos trastos viejos.

—Los mendigos no pueden escoger. El gobernador Goler las utilizará para vigilar actividades sospechosas.

—¿Sospecha la Diadema que el general Adolphus pretende escapar de su destierro?

—La Diadema siempre sospecha algo del general Adolphus.

Escobar inspiró hondo por la nariz, lleno de orgullo.

—De todos modos, eso no me preocupa. Podría haber ganado la guerra, pero le faltó valor. Después de todo el derramamiento de sangre que provocó, el General no tuvo la entereza para guiar a sus tropas hasta la victoria —dijo Escobar en un tono preñado de desprecio.

—En realidad fue una muestra de nobleza por su parte —repuso el viejo Comodoro para sorpresa de su hijo—. La Diadema estaba dispuesta a cruzar un límite moral que él se negó a traspasar.

—¡Habla como si admirara al general Adolphus! —Escobar se quedó mirando a su padre con incredulidad y consternación. A pesar de que no había cerca nadie que pudiera oírlos, bajó la voz para añadir—: Guárdese para usted esos comentarios, padre. Puede ser que se retirara rodeado por un halo de gloria, pero hasta entonces había llevado una carrera llena de altibajos. No ponga en peligro su legado, ni el mío.

Los comentarios despreocupados de Percival podían afectar a las opciones de ascenso de su hijo, por mucho que estuviera casado con una sobrina de lord Riomini.

El comodoro retirado guardó silencio un instante. Al cabo se aclaró la garganta.

—Es la hora de mi primer brandy del día.

El anciano veterano de guerra enfiló cojeando hacia el coche oficial que lo llevaría de vuelta a la vieja mansión que había pertenecido a la familia Adolphus.