Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 40 de 106

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Hellhole

Capítulo 38

38

 

 

Tras más de una hora conduciendo a toda velocidad por el accidentado terreno, Devon resolvió al fin que ya habían puesto suficiente tierra de por medio con el campamento arrasado y los insectos caníbales. Detuvo el vehículo terrestre y recuperó el aliento mientras tomaba conciencia de la terrible experiencia que acababan de vivir.

—Siento haberte puesto en peligro. Debería haber sido más precavido.

—Nos has sacado vivos; eso es lo que cuenta. —Antonia tragó saliva; el nudo que se le había hecho en la garganta empezaba a aflojarse—. ¿Crees que ya estamos a salvo?

Antonia se dio cuenta de que Devon estaba tan anonadado como ella a pesar de sus intentos por disimularlo.

—A salvo de los insectos, quizá… Pero esto es Hellhole. Nunca hay que bajar la guardia. —Se rascó los brazos—. Más nos vale ocuparnos de las heridas. Podrían ser picaduras venenosas.

Una vez pasados los efectos de la subida de adrenalina, Antonia se fijó en que se le habían empezado a hinchar los cortes y las mordeduras que tenía por todo el cuerpo.

—Buscaré el botiquín.

Durante los años que había pasado huyendo, Antonia había tenido miedo de buscar atención médica por cortes, infecciones o enfermedades menores; Jako había robado antibióticos en una ocasión que ella había estado postrada con temblores y una fiebre altísima. Antonia había pensado entonces que él era capaz de cualquier cosa para cuidar de ella, pero Jako en realidad sólo estaba protegiendo su propio secreto…

Encontró el botiquín en el compartimiento trasero del vehículo y se lo pasó a Devon, que lo abrió de un tirón y hurgó en el contenido.

—En cada botiquín hay seis sustancias diferentes que hemos comprobado que son eficaces contra las toxinas de Hellhole. Pero nunca había visto nada parecido a aquellos escarabajos. —Sacó un tubo de pomada—. En situaciones así empleamos este medicamento de amplio espectro y rezamos por que hayamos cubierto todas las posibilidades.

Devon secó y limpió las heridas de Antonia con suma concentración mientras ella sacaba otra gasa desinfectante y hacía lo mismo con él. El muchacho se estremeció cuando ella le palpó una herida más profunda que las demás. Antonia continuó su tarea y le aplicó la pomada y le vendó las mordeduras.

—Tendrías que… eh… —A Devon se le quebró la voz. Respiró hondo y empezó de nuevo—: Deberías quitarte la camisa.

Antonia reaccionó de inmediato, apartándose del muchacho.

—Lo siento —dijo Devon sin mirarla a los ojos y quitándose él mismo la camisa —, pero tenemos que examinarnos mutuamente la espalda y los hombros.

Devon se puso rojo como un tomate.

Antonia dominó su reacción inicial y se relajó ligeramente. Devon no era Jako. Tampoco era momento de andarse con mojigaterías, así que se quitó la blusa raída y dio la espalda al joven. Devon parecía más alterado por el hecho de tocar la piel de Antonia que por el ataque de los insectos.

Devon le curó las picaduras con una delicadeza extraordinaria, aplicándoles suavemente la pomada de una en una. Entretanto, Antonia permanecía insensible al contacto físico con el muchacho y trataba de desterrar de su mente los recuerdos desagradables del contacto físico con Jako y de sus atenciones obsesivas.

A continuación, Antonia examinó la espalda de Devon y le aplicó la pomada en las picaduras. Le sorprendió la abundante musculatura del joven, aunque se dijo que en el fondo no había motivo para la sorpresa, pues había crecido en un planeta fronterizo.

—Estás temblando. —Devon le puso una mano en el cuello y luego en la frente con una expresión de preocupación en el rostro—. ¿Notas que tengas fiebre? Podría ser un síntoma.

—No tiene nada que ver con las picaduras.

Antonia descubrió con sorpresa que Devon Vence no la amedrentaba; su timidez era más encantadora que nunca. Siempre había pensado que después de Jako jamás volvería a sentirse cómoda cerca de un hombre. El cambio que había experimentado era pequeño, pero significativo.

—Pásame ese rotulador permanente —dijo Devon, que dibujó unas líneas gruesas alrededor de las heridas de Antonia y luego le pidió que hiciera lo mismo con las suyas—. Así las controlaremos por si se hinchan más o si provocan otro tipo de reacción antes de que lleguemos a Helltown. —Devon se aplastó uno de los moratones—. Aunque creo que no tenemos de qué preocuparnos. Lo que es venenoso en Hellhole es muy venenoso, te lo aseguro, y la reacción se manifiesta durante la primera hora. He estado pendiente del grado de dolor todo el rato, y el hecho de que, dado el tiempo transcurrido, todavía no estemos retorciéndonos en el suelo, me permite afirmar con un optimismo moderado que saldremos de ésta. —Se dirigió a la escotilla del vehículo terrestre—. Tengo que comprobar que mi conducción temeraria no haya dañado el vehículo. Puedes quedarte dentro y descansar si quieres.

—Ni lo sueñes.

Antonia salió detrás de Devon y ambos inspeccionaron la maltrecha carrocería. Aterrado, Devon estiró la mano y acarició uno de los orificios sin fondo que los voraces escarabajos habían hecho.

—A mi madre no le va a gustar en qué estado ha quedado este vehículo.

—A tu madre le gustará más que nada en el mundo que te hayas andado con ojo y nos hayas salvado la vida. Yo misma me encargaré de que se entere.

Devon se ruborizó por el cumplido. Cogió una espátula y recorrió el exterior del vehículo recogiendo insectos. Reunió once bichos más de los que ya tenían y los guardó en unos contenedores para especímenes que entregaría a los astrobiólogos para su estudio. A continuación se deslizó por el suelo debajo del vehículo, husmeó un poco y volvió a emerger, limpiándose el sudor y la mugre de la frente.

—Los daños no nos impedirán llegar a casa. —Y añadió, con tanto retraso que Antonia se dio cuenta de que había estado pensándose el comentario durante varios minutos antes de soltarlo—: Y sí, me alegro de haber podido salvarte.

—La próxima vez te devolveré yo el favor.

Se produjo un momento de incomodidad mientras Devon trataba de encontrar sin éxito una respuesta, hasta que el chico se dio por vencido y emprendió una nueva e innecesaria inspección del vehículo.

—Devon, eres un chico dulce —dijo Antonia en voz alta, venciendo su aprensión —. Me gustas mucho, y valoro todo lo que has hecho… no sólo lo de salvarme la vida. Me alegro de tener un amigo aquí. Llegué a Hellhole huyendo. —No se trataba de una confesión; más bien de una explicación—. Si hubiera continuado en Aeroc, ahora estaría muerta. Estoy convencida.

Devon apretó los puños y volvió a relajarlos.

—Ojalá me contaras…

—Un hombre me dijo que me amaba, pero… no consiguió lo que quería. Hizo que asesinaran a mis padres para asegurarse de que yo dependiera completamente de él. Creí sus mentiras. Aprendí la lección, y muy bien. Ahora dudo que pueda llegar a confiar otra vez en alguien.

Devon se quedó atónito, y luego lo invadió una ira incontenible. Se ofreció a subirse en el siguiente módulo de pasajeros, buscar a su ex novio y hacerlo puré.

—En Hellhole cuidamos de los nuestros, Antonia. Aquí no tienes que temer a nadie.

Era evidente que Devon creía que podía defenderla, pero Antonia sabía que si se embarcaba en una empresa tan insensata, Jako lo mataría sin pensárselo dos veces. Le tocó suavemente el brazo.

—Tú no puedes hacer nada. Sólo quería que supieras por qué soy un poco retraída. Tú eres abierto y encantador; pero eres tú. Yo no puedo ser así.

—Las cosas cambiarán para mejor. Te prometo que no permitiré que te pase nada malo aquí —le dijo Devon tremendamente serio.

Antonia no quiso desanimarlo, así que le sonrió y le dio las gracias. Treparon de nuevo al vehículo y sellaron la escotilla.

Mientras Devon los llevaba de vuelta a Michella Town, Antonia sacó el objeto negro que había encontrado entre las ruinas del campamento. Dio unos golpecitos con los nudillos en el intrincado conjunto de piezas curvas y de espirales entrelazadas y recorrió la superficie resbaladiza y las incrustaciones de cristal con las yemas de los dedos.

—¿Has visto algo parecido en la colección del General?

Devon le echó un vistazo mientras conducía.

—Tiene un aspecto más extraño que los demás objetos encontrados… aunque la verdad es que todos son extraños. Se lo llevaremos a ver qué nos cuenta.