Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 16 de 106

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Hellhole

Capítulo 14

14

 

Se cumplía el decimosexto aniversario de la batalla de Qiorfu, el acontecimiento que marcaba el inicio oficial de la rebelión contra la Constelación, y Adolphus sabía que ni uno solo de sus hombres que habían sobrevivido olvidaría la fecha jamás. Los bares de Michella Town estarían a rebosar de soldados veteranos rememorando la guerra perdida.

En vez de presidir un acto silencioso con sus hombres en memoria de los camaradas caídos, Adolphus había adquirido la costumbre de pasar esa noche en soledad. No quería tener nada que ver con desfiles lúgubres ni con el intercambio lacrimógeno de recuerdos. Algún día, cuando las heridas dejaran de doler, cuando Hallholme se convirtiera en un planeta libre y civilizado y sus habitantes disfrutaran de un gobierno autónomo del que enorgullecerse, tal vez instituiría un día de celebración nacional para conmemorar los verdaderos sucesos.

Sin embargo, todavía no había llegado ese momento.

Sophie, siempre perceptiva a su estado de ánimo, había observado que la tristeza que embargaba al general había crecido con el paso de los días. Sabía lo que significaba ese día para él, para sus amigos más íntimos y para las esperanzas truncadas de todos ellos.

—¿Estás seguro de que no quieres que me quede para hacerte compañía? —le preguntó con ternura, posando la mano en su brazo.

—En una ocasión así, no. Esta noche no.

Antes de regresar a su casa en la ciudad, Sophie le dejó una botella de su mejor vino. Adolphus aceptó el regalo y le dio un beso de despedida. Luego ordenó al personal del servicio que se retirara. Solo en su despacho, descorchó la botella, escanció una copa del delicioso Cabernet y dejó que el vino respirara mientras él se arrellanaba en la silla y se zambullía en los recuerdos.

La familia Adolphus había pertenecido a la nobleza más prominente del planeta Qiorfu, integrante de las Joyas de la Corona. Sin embargo, su importancia y su fortuna habían ido declinando generación tras generación.

Las factorías de naves espaciales de la llanura Lubis (un vasto vertedero donde las naves de la Constelación dañadas o decomisadas eran reparadas, almacenadas o desmanteladas para aprovechar las piezas o convertirlas en chatarra) suponían la fuente de ingresos más importante del planeta.

Un siglo atrás, la familia Adolphus había subcontratado la llanura Lubis a la familia Riomini, un hecho comparable a dejar suelto a un depredador hambriento en un redil lleno de reses. Los ambiciosos Riomini consolidaron y ampliaron la base de operaciones hasta convertirse en los principales proveedores de empleo de Qiorfu.

Tiberio Adolphus era el segundo hijo de Jacobo, un anciano y respetado patriarca que disfrutaba cuidando de los olivares que estriaban las verdes colinas que rodeaban el bullicioso complejo industrial de la llanura Lubis. Esteban, el primogénito, era el heredero natural de Jacobo, pero éste planeaba repartir los bienes de los Adolphus entre sus dos hijos, siguiendo el ejemplo de lo que muchas familias nobles habían hecho durante generaciones. La esposa de Jacobo era una mujer tranquila que pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en un estudio de la casa solariega, escribiendo poemas de varios millares de versos que nunca permitía leer a nadie; apenas si compartía tiempo con sus chicos.

Esteban, sin embargo, puso reparos a la división de las tierras y trató de subdividir minuciosamente los terrenos y trazar límites alrededor de complejos y parcelas que eran de especial interés para él, y presionó a su padre para que modificara las líneas divisorias en un confuso mapa que había manipulado en su provecho. Tiberio se daba de bruces con la mezquindad de su hermano; cada vez que le hacía una concesión, Esteban encontraba otra cosa que objetar. El conflicto fue degenerando hasta que Tiberio llegó a la conclusión de que su hermano nunca quedaría satisfecho.

Tiberio se percató de la consternación que la pugna producía en su padre y resolvió renunciar a su herencia. La división de las propiedades que la familia poseía en Qiorfu únicamente debilitaría a los Adolphus, de modo que Tiberio cedió todos sus derechos de sucesión a Esteban. Estampó su firma en un documento legal por el que renunciaba a reclamar la fortuna familiar y se alistó en el ejército de la Constelación. Era una tradición entre los gobernantes planetarios librarse de su «excedente de herederos» matriculándolos en academias de oficiales para introducirlos en la carrera militar.

En la academia, Tiberio entró en contacto con los hijos nacidos en segundo, tercer o cuarto lugar por detrás de los primogénitos de familias nobles venidas a menos. Bromeando, él y sus colegas se llamaban a sí mismos los «nobles suplentes». El incesante incremento del superávit de oficiales de alto grado colapsaba el ejército espacial. La constelación, presionada por los intereses de los grupos de presión, había construido centenares de naves MRL para sus soldados y creado innumerables cargos irrelevantes y su pertinente maquinaria burocrática. El asunto fue creciendo como una perniciosa planta invasora que nadie era capaz de arrancar de raíz.

Tiberio obtuvo buenas calificaciones durante la intensa preparación a la que eran sometidos los estudiantes de la academia militar. Se había criado junto a la llanura Lubis, de modo que estaba familiarizado con las peculiaridades de la mayoría de las naves y conocía personalmente a muchos soldados. Era un hombre inteligente y con talento, con un agudo sentido para la táctica, y rápidamente empezó a destacar y a ascender en el escalafón militar.

Entonces recibió la noticia de la muerte de Esteban, acaecida en Qiorfu a causa de una reacción alérgica a un medicamento. Tiberio se convertía de pronto en el único heredero de la fortuna de la familia Adolphus, y aunque era una promesa en ciernes del ejército, con el camino despejado para progresar en su carrera militar, presentó su renuncia, se despidió de sus camaradas y volvió a Qiorfu sin perder un segundo para hacerse cargo de sus nuevas responsabilidades y reconfortar a su desolado padre. Su madre, por su parte, se había refugiado aún más en la poesía.

Sin embargo, de vuelta en el hogar, Tiberio descubrió las insidiosas sutilezas en las que incurrían las leyes de la Constelación. Al parecer, las familias aristocráticas más ambiciosas (los Riomini, los Tazaar, los Crais y los Hirdan) habían aprobado sólo unos años antes una ley, en principio inocente, según la cual se negaba al hijo de un noble el derecho a reclamar su herencia una vez que hubiera renunciado a ella. Tiberio no tenía nada que hacer.

No obstante, consciente de que su causa era justa, peleó, en esta ocasión en la arena del sistema judicial. Tiberio elevó su caso al Tribunal Supremo de Sonjeera y recibió atónito la desestimación de su recurso. «La ley es clara, muchacho. Acéptelo».

Tiberio contrató abogados nuevos y apeló, y de nuevo perdió. Entonces arrojó su caso a la arena pública, pero recabó pocas muestras de solidaridad; los demás nobles le restaron importancia, pues la familia Adolphus poseía una influencia mínima, y a la gente corriente no le importaba los problemas rimbombantes de la nobleza. Los Riomini gestionaban el complejo de la llanura Lubis con una eficacia excepcional, y el Lord Negro poseía una poderosa maquinaría de propaganda.

Entretanto, en Qiorfu, el anciano Jacobo Adolphus estaba hastiado, destrozado por la pérdida no sólo de su primogénito, sino también de la fortuna y del prestigio de la familia. La madre de Tiberio había encanecido de la noche a la mañana, y si bien cenaban juntos, rara vez abría la boca para hablar. Finalmente, Tiberio, sin perspectiva alguna de futuro, abandonó de nuevo su hogar y se reincorporó al servicio militar. Sin embargo, a causa de su renuncia anterior y a que se había revelado como un «alborotador», entró dos peldaños por debajo del grado con el que había salido.

La Constelación disponía de tantos vehículos espaciales y había tan poco que hacer que, para mantenerlas ocupadas, muchas naves fueron asignadas a misiones científicas que, de lo contrario, nunca habrían encontrado la financiación necesaria para ser realizadas. De modo que Tiberio se encontró de pronto al mando de una pequeña nave patrullera MRL para trayectos cortos con una tripulación compuesta por setenta personas. Una nave diseñada para tareas de espionaje y de reconocimiento se veía ahora inmersa en misiones de investigación astronómica. Partieron con instrucciones para estudiar una nova perfectamente catalogada y de un comportamiento predecible que se esperaba que estallara en cualquier momento. La nave de Adolphus debía hallarse en las inmediaciones y observar el acontecimiento.

Como estudioso de la historia y la táctica militar, Tiberio mostraba un gran interés por la astronomía. Además, estaba contento de encontrarse al mando de una nave, por insignificante que fuera. El alto mando de la Constelación les había proporcionado la ubicación exacta de la nova y la fecha prevista para el estallido. Este hecho tenía intrigado a Tiberio, pues si los conocimientos astronómicos eran tan vastos, ¿por qué enviar una nave de exploración con toda su tripulación a observar el acontecimiento?

Su primer oficial era Franck Tello, segundo hijo de una modesta familia noble que se había alistado en el ejército de la Constelación como muchos otros nobles suplentes. Tello era un muchacho jovial que adoraba a su familia y que entendía su situación; echaba de menos su planeta, Cherby, pero aceptaba el hecho de que tendría que ir allí donde lo enviaran.

Cuando Tiberio conoció más a fondo a la tripulación de la nave, se percató de que todos ellos eran miembros de las familias nobles más modestas; todos y cada uno de los tripulantes eran el segundo o tercer hijo de una familia caída en desgracia, alguien que sobrecargaba la línea sucesoria.

La nave exploradora se situó en su posición, muy próxima a la estrella binaria, liberó los detectores y acometió los preparativos para disponerse a esperar el acontecimiento. El par de estrellas danzaban una alrededor de la otra, prácticamente pegadas; la enana azul absorbía los gases estelares de la gigante roja hasta que llegara el momento en el que se acumulara el material nuevo suficiente para desencadenar una explosión, con el resultado de una emisión de luz destellante y de radiación. La nova no tardaría en estallar.

Tiberio, con su inagotable curiosidad, estudió el inestable sistema, leyó informes de explosiones previas de novas y recopiló datos. Con las estrellas en cuestión delante, en vez de echar mano de las descripciones teóricas aprendidas en sus clases de astrofísica, prefirió realizar los cálculos personalmente, como si se tratara de un ejercicio práctico.

Y descubrió que los científicos de la Constelación le habían proporcionado una información incorrecta.

Se trataba de un error elemental, de modo que revisó sus cálculos. Pidió ayuda a Franck, quien obtuvo los mismos resultados. Adolphus releyó las instrucciones que había recibido y transmitió sus dudas al cuartel general, desde donde le confirmaron que, en efecto, la nave debía encontrarse en esa posición exacta en esa fecha concreta. Además, recibió una reprimenda por cuestionar las órdenes.

El único problema era que cuando la nova estallara, su nave se hallaría de lleno en la zona de máximo riesgo. No tenía sentido que la recopilación de unos datos astronómicos superfluos acabara convertida en una misión suicida. A pesar de su renuencia a desobedecer una orden directa, Tiberio no tenía ninguna intención de permitir que su nave y su tripulación fueran barridas de la faz del universo sólo porque un puñado de científicos descuidados había cometido un error matemático.

Sin embargo, una idea más aterradora irrumpió en su cabeza: ¿Y si después de todo no se tratara de un error?

Franck fue el primero en sugerir la posibilidad de una conspiración.

—Capitán, da la casualidad de que muchos de los que vamos a bordo de la nave somos miembros incómodos de familias nobles, y no todos han renunciado como yo a nuestros derechos de sucesión. ¿Acaso no considerarían algunos poderosos lores un suceso fortuito que esta nave y su tripulación desaparecieran accidentalmente?

Adolphus escuchaba atónito. Su instinto le decía que no diera crédito a las palabras de su segundo de a bordo, que rebatiera una idea tan deshonrosa, pero entonces recordó de qué modo el Tribunal Supremo había desestimado de un plumazo su reivindicación de sus derechos de sucesión, sin duda porque los Riomini ambicionaban extender el control que ya ejercían en las factorías de la llanura Lubis a todo el planeta de Qiorfu. Si él moría en un desafortunado accidente durante una misión de exploración, no podría ayudar a su padre a conservar las propiedades de la familia.

En el fondo sabía que Franck Tello tenía razón.

Situó en posición una sonda espacial de investigación con todo el instrumental científico y llevó la nave hasta una distancia de seguridad. A pesar de que desde un punto de vista riguroso estuviera desobedeciendo las órdenes, los datos astronómicos se recopilarían tal como le habían solicitado.

Cuando la estrella explotó, confirmando la exactitud de los cálculos del capitán, y vaporizó la sonda espacial (situada donde debía haber estado la nave), los nobles suplentes no tuvieron ninguna duda de que habían sido enviados deliberadamente a una muerte segura.

Con el canal de comunicaciones apagado, un Adolphus indignado repartió instrucciones entre su tripulación, y la patrullera MRL enfiló directa hacia el cercano Cherby, planeta natal de Franck Tello. El viaje duró dos semanas, y se presentaron en el planeta sin avisar. En seguida descubrieron que los archienemigos de la familia Tello, los Hirdan, habían desposeído a la primera de todos sus bienes. El hermano mayor de Franck había muerto en un «percance de caza», y su padre, consternado por la noticia falsa de que también su hijo Franck había fallecido, había sido desalojado de la enorme casa familiar, en la que ya se habían instalado los nuevos dueños.

A nadie se le había pasado por la cabeza iniciar una guerra civil… Ni siquiera entonces.

En un arrebato, Franck se pertrechó con las armas almacenadas en el arsenal de la nave de reconocimiento, se dirigió a la casa familiar y acribilló a los traidores Hirdan mientras éstos introducían sus enseres en la casa. Unidos por el convencimiento de que todos habían sido víctimas de una traición, los nobles suplentes de Adolphus detuvieron a los usurpadores, los encerraron, devolvieron a los Tello a su lugar y reivindicaron Cherby como un planeta reconquistado.

Tiberio, temeroso de que en su planeta se hubiera producido una toma del poder similar, se puso al mando de una flota de naves del ejército de Cherby de mayores dimensiones y partió rumbo a Qiorfu.

Al llegar a casa, se enteró del reciente, y conveniente, fallecimiento de su padre y de que lord Riomini se había apresurado a reclamar su derecho a recibir las propiedades familiares. Su madre había sido trasladada a una pequeña casa de campo fuera de la hacienda, donde vivía bajo una vigilancia permanente. Un asesor militar de los Riomini había sido colocado como gobernador provisional, y el propio Lord Negro planeaba establecer muy pronto allí su residencia.

Esto ya era el colmo para Tiberio Adolphus. Junto con su grupo cada vez más nutrido de súbditos descontentos emprendió una temeraria incursión en las factorías de la llanura Lubis para apoderarse de una flota de viejas, aunque todavía operativas, naves de guerra.

—Naves suplentes para nobles suplentes —apuntó Frank Tello, dirigiéndose a Adolphus con una sonrisa adusta en los labios.

En una ceremonia improvisada, sus hombres concedieron por unanimidad el grado de general a Adolphus.

De ese modo se inició la rebelión, en Cherby y en Qiorfu. En el estamento militar, un gran número de nobles suplentes (aquellos que en principio parecían más proclives a simpatizar con la causa de Adolphus) servían como suboficiales de comunicaciones. Por lo tanto, cuando el recién nombrado general transmitió sus asombrosos descubrimientos de la traición de la Constelación, los primeros en oír el mensaje fueron miembros de familias que corrían peligro.

Tras rescatar a su madre y llevarla a un lugar seguro con una nueva identidad, el general Adolphus emitió una apasionada y convincente declaración de independencia que llegó a todos los rincones de la Constelación y en la que animaba a los nobles suplentes a alzarse contra el sistema corrupto. El mensaje inicial desencadenó de una manera espontánea una marea de motines en numerosas naves de guerra de la Constelación; algunos alzamientos triunfaron, otros fracasaron. Pero la rebelión había nacido, y estaba creciendo.

Adolphus lideró una campaña con sus naves MRL que se prolongó durante cinco sangrientos años por multitud de sistemas planetarios, librando batallas imposibles, cosechando numerosas victorias y derrotas. Llevada por la desesperación, la diadema Michella reunió a los oficiales aristócratas bajo el mando de lord Selik Riomini para fundar las poderosas Fuerzas Armadas de la Constelación, uno de cuyos oficiales al mando en el campo de batalla era el comodoro Percival Hallholme…

Ahora, en la noche del aniversario, Adolphus estaba sentado en su silla. Cogió la copa de Cabernet, la meneó ligeramente y la levantó para brindar en silencio por los hombres heroicos que habían perdido la vida y por aquellos que se habían exiliado con él. A continuación tomó un largo y pausado trago de vino.

El caldo tenía un gusto amargo, pero Adolphus se obligó a tragarlo. La culpa, sospechaba, no había que achacarla a las uvas, sino a los recuerdos. Apuró la copa y pasó el resto de la noche con la única compañía de sus pensamientos.