Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 64 de 106

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Hellhole

Capítulo 62

62

 

 

El campamento de Fuenteviscosa crecía a medida que aumentaba la afluencia de visitantes. Los xayanos sombra, cada vez más numerosos, se quedaban allí una vez convertidos. Sophie se vio obligada a traer más gente para delegar responsabilidades. Cediendo a la insistencia de su hijo, había concedido un pequeño bungalow individual a Antonia, y observaba complacida lo bien que se las arreglaba el tándem que formaba con Devon para controlar el flujo de visitantes.

Sophie encontraba encantadora la devoción que Devon demostraba por Antonia. La muchacha había probado ser algo más que la bonita flor a punto de marchitarse que le había parecido cuando la había visto la primera vez en Helltown. En realidad, Antonia estaba envuelta por una dura coraza, tenía cicatrices de un pasado doloroso… pero ese instinto de autoprotección se suavizaba notablemente cuando su hijo andaba cerca. De hecho, Antonia le recordaba a ella misma cuando había llegado con Devon a Hellhole para empezar una nueva vida.

Sophie no dudaba de la franqueza del júbilo de los nuevos conversos mientras observaba su entusiasmo y su pasión desbordantes. Sin embargo, ella no se sentía tentada a sumergirse en el aguaviscosa. Un día tras otro veía llegar a nuevos visitantes, pero se guardaba su opinión para sí. Ella gestionaba el campamento, facilitaba el acceso a las charcas de aguaviscosa y no trataba de impedir que la gente se sumergiera en ellas, pues de haberlo hecho, habría quebrantado el acuerdo que el general había alcanzado con los xayanos.

Durante un tiempo estuvo preocupada por la posibilidad de que Devon pudiera sucumbir al fervor de Fernando-Zairic, pero, por suerte, el muchacho estaba tan enamorado de Antonia que no parecía dispuesto a sacrificar las oportunidades que podía tener con ella.

Sin embargo, había riesgos. El proceso no siempre funcionaba. Por razones desconocidas, tres entusiastas voluntarios sufrieron una impresión tan grande con la inmersión en el aguaviscosa que nunca despertaron del coma. Habían sido conducidos al centro médico de Helltown, pero su estado no variaba.

Cuando Sophie pidió explicaciones a Fernando-Zairic, él se mostró tan consternado como ella.

—No es algo intencionado. Siento no poder traer de vuelta a la vida a esas personas. Pero la vida, sobre todo en este planeta, está sembrada de incertezas, de peligros y de tragedias. No olvide que también hemos salvado un número importante de vidas.

—No pienso en las vidas humanas como en números en la página de un libro de registros.

Sin embargo, Sophie sabía que Fernando tenía razón. Buena parte de los voluntarios enfermos y lisiados habrían muerto víctimas de su dolencia si la simbiosis con las vidas xayanas no les hubiera devuelto la salud.

Mezclados con los enfermos, los moribundos, los oprimidos y los desesperados, llegaron muchas personas maravilladas en busca de algo que llenara el vacío en sus vidas. Todos acudían con la esperanza de que el aguaviscosa les concediera lo que necesitaban.

* * * * *

Vincent Jenet salía con el vehículo terrestre del campamento cada tres días y exploraba los alrededores de Fuenteviscosa en círculos concéntricos cada vez más amplios, retomando la misión de reconocimiento que había iniciado con Fernando. Solo en la cabina, salía con el vehículo blindado del valle y recorría la cadena de colinas bajas donde los miembros del cuerpo de guardia del general habían abatido a la bestia autóctona. A pesar de las numerosas expediciones que llevaba acumuladas, no había vuelto a ver una de esas criaturas con aspecto de alce.

Inmerso ahora en una de esas incursiones, Vincent divisó en la distancia un enclenque torbellino que removía el polvo del suelo y lo aspiraba hasta el cielo mientras se deslizaba dando tumbos por un paraje inhóspito y yermo. Poco a poco el remolino se disipaba ante sus ojos.

Vincent sintió añoranza de cuando compartía aquellos viajes con Fernando. A pesar de su carácter tranquilo y solitario, había disfrutado de la compañía amable y de la amistad tolerante de Fernando. Él no era propenso a correr riesgos, mientras que Fernando era un temerario, pero durante el tiempo que habían pasado juntos, su amigo lo había arrancado de su cómoda apatía y lo había obligado a esforzarse para conseguir un objetivo en vez de dejarse arrastrar por los acontecimientos. Ahora sus caminos se habían separado y seguían direcciones opuestas.

Aun así, Vincent quería completar el trabajo que Fernando y él habían empezado cuando habían partido para cartografiar aquellas cuadrículas. Habían salido disparados de regreso a Michella Town tras el descubrimiento de las charcas de aguaviscosa, y Vincent odiaba dejar a medias una tarea.

El vehículo terrestre coronó una pequeña loma y Vincent divisó debajo una explosión de color: una hondonada poco profunda poblada por un bosquecillo de vegetación escarlata de un brillo tan intenso que le cegaba los ojos. Vincent nunca había visto un follaje de aquella exuberancia en las zonas inhabitadas de Hellhole.

Fascinado, condujo el vehículo hasta el borde de la espesura alienígena. Las extrañas plantas crecían como largos tallos carnosos que, una vez alcanzada cierta altura, se doblaban y caían fláccidos como lenguas salidas de la boca. Hasta donde Vincent sabía, nunca se había documentado algo igual, así que tomó minuciosas notas sobre el descubrimiento y capturó imágenes. Las plantas eran hermosas, majestuosas y tremendamente inquietantes, y Vincent prefirió no acercarse demasiado.

Consciente de que su deber como explorador era examinar su descubrimiento, se equipó con una camisa de manga larga, un sombrero, una máscara respiratoria y guantes, pues no había manera de saber qué tipo de polen o de gases podía despedir la planta.

Abrió la escotilla de la cabina y fue recibido en el exterior por una brisa húmeda y el susurro de las frondas rojas que se mecían y se agitaban. Las plantas alcanzaron una altura superior a la de su cabeza y se desplegaron. Vincent se dio cuenta entonces de que el susurro que oía se debía al rápido crecimiento de los tallos. Unos grandes y abultados capullos dirigieron sus puntas al cielo y se abrieron para liberar montones de esporas ligerísimas que se dispersaron por el aire como si fueran insectos. El polen fue perdiendo altura y aterrizó en trozos de suelo desocupado en cuestión de segundos.

El general Adolphus podría enviar un equipo de astrobiólogos para que recogiera muestras. Las plantas nativas, aunque no fueran comestibles, podían servir como materia prima para fabricar material de construcción, para elaborar sustancias químicas industriales y polímeros, incluso para productos farmacéuticos. Teniendo en cuenta su vertiginoso ritmo de crecimiento, podían ser de una gran ayuda.

Vincent tocó con la mano enguantada y con sumo cuidado uno de los tallos y dio un brinco hacia atrás cuando la planta retrocedió. Ya había aprendido que no debía subestimar nada de lo que le ofrecía Hellhole, pero aquella velocidad de crecimiento tan fulminante, tan intimidatoria, resultaba… perturbadora. Decidió regresar a Fuenteviscosa y compartir con Sophie Vence el descubrimiento de aquel extraño bosquecillo. Quizá Fernando-Zairic podría rebuscar entre sus recuerdos alienígenas y ofrecerle una explicación…

En la cabina del vehículo empezó a sonar la alarma de los satélites meteorológicos. Vincent trepó rápidamente al vehículo y se deslizó por la escotilla para consultar el motivo de la alerta meteorológica: una importante tormenta electrostática se dirigía hacia él.

* * * * *

Vincent exprimía el motor del vehículo terrestre cuando divisó la zumbadora. El corazón le aporreaba el pecho. Comprobó el progreso de la tormenta de camino a Fuenteviscosa y descubrió perplejo que el fenómeno alteraba de un modo inesperado su rumbo inicial.

Debía de llevarle una hora de ventaja. Tendría que ayudar a los ocupantes del asentamiento a prepararse para la tempestad. En Fuenteviscosa, Sophie Vence disponía de sus propias estaciones meteorológicas, y ella sabía lo caprichoso que podía ser el tiempo en Hellhole, así que Vincent no se llevó una sorpresa cuando entró en el campamento y vio que ya se había puesto en marcha un plan de evacuación. Sophie, Devon y Antonia estaban sacando a todos los visitantes de sus tiendas y cabañas y estaban conduciéndolos a los refugios antitormenta subterráneos. La población de Fuenteviscosa había crecido de un modo exponencial desde que se habían excavado aquellos búnkeres, de modo que estarían hacinados; las personas tendrían que permanecer hombro con hombro y esperar que la arremetida no se alargara.

Sophie pareció aliviada cuando vio llegar el vehículo terrestre con Vincent en su interior, y le hizo señas con ambas manos.

—¡Vincent, abre la escotilla! Es el lugar más seguro que tenemos ahora. ¡Ahí dentro caben veinticinco personas!

El vehículo estaba diseñado para albergar ocho, quizá una docena de personas.

—¿Veinticinco?

—¡Preferirán estar apretados que convertirse en cadáveres! ¡Vamos, muévanse!

Vincent abrió las puertas laterales.

—¡Tenemos mucho sitio! —mintió—. ¡Vamos! ¡Entren!

La gente corría hacia él cargada con fardos llenos de todo tipo de objetos valiosos que habían llevado consigo a Hellhole, pero Vincent fue tajante.

—¡Dejen eso! ¡No hay sitio para sus objetos personales! ¡Sólo puede entrar la gente!

Un hombre con el rostro rubicundo se lo quedó mirando con incredulidad.

—¡Pero es todo lo que tengo! No puedo…

Alrededor del tipo, la gente soltaba sus pertenencias y entraba en tropel en el vehículo para no quedarse sin sitio en el carro blindado, y el hombre del rostro rubicundo recibió tantos empujones que acabó confinado en la zona destinada a la carga.

El cielo había adquirido un feo color verde con manchurrones morados, como un miasma que estuviera propagándose por la cadena de colinas que rodeaba el valle de las charcas de aguaviscosa. Los destellos rabiosos de los rayos estriaban los montes. Vincent vio a Fernando y a una cuarentena de xayanos sombra sentados en la orilla más alejada de la charca situada más al norte, donde habían montado su campamento. Los conversos no habían hecho ningún movimiento que indicara que fueran a evacuar su asentamiento, y parecían totalmente indiferentes a la tormenta.

Vincent sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. No podía permitir que Fernando y toda aquella gente no reaccionara a la amenaza que se cernía sobre ellos, de modo que salió corriendo hacia los conversos, gritando en medio de las cada vez más intensas rachas de viento.

—¡No pueden quedarse ahí! ¡Refúgiense! —El estruendo del chisporroteo era cada vez más fuerte. Aun si conseguía que Fernando convenciera a todos sus seguidores para moverse, probablemente no quedaría sitio para ellos en los refugios antitormenta ni en el vehículo terrestre.

Fernando simplemente levantó la mirada hacia él y le dirigió una sonrisa radiante.

—¡Mira, Vincent! ¡Por fin podremos mostraros algunas de las cosas que he intentado describir!

Los xayanos sombra permanecían sentados en el suelo, cada uno de ellos con un puñado de arena en la palma de la mano. Con sus habilidades telepáticas manipulaban la arena y el polvo para crear diminutas y extrañas esculturas… intrincadas maquetas de antiguas ciudades xayanas.

Vincent habría sabido apreciar su belleza en cualquier otro momento, pero ahora estaba desquiciado, y cuando Fernando tendió las manos ahuecadas, le destruyó de un manotazo la frágil composición de arena.

—¡Fernando, escúchame, por favor! Se trata de una tormenta electrostática… ¡Tú ya sabes lo que eso significa! Aquí fuera no hay donde refugiarse. Dile a tu gente que me siga. ¡Apenas nos queda tiempo! —Había añadido a su voz un tono suplicante para encubrir su exasperación—. Ya me enseñarás todo lo que quieras sobre las ciudades xayanas después. Podrás hacer todas las esculturas que te apetezca. ¡Ahora haz lo que te pido! ¡Hazlo por mí, por favor!

El rostro de Fernando tenía el aspecto terso de maniquí de Zairic, y con sus inquietantes ojos escudriñó la zumbadora que se cernía sobre ellos como si no se hubiera percatado de su existencia hasta ese momento.

—Entiendo tu miedo, pero no hay por qué preocuparse por una tormenta. Ahora somos varias docenas, y muchos somos telemánticos.

—¡Vincent, no puedes salvar a quien no quiere que lo salven! —le gritó Sophie—. ¡Corre a refugiarte tú!

Pero había algo en la confianza que rezumaba Fernando que tentaba a Vincent a pensar que allí donde estaba nada malo podía ocurrirle, a pesar de que la decisión no obedecía a ninguna lógica.

—¡Un minuto!

Fernando-Zairic se levantó y los xayanos sombra siguieron su ejemplo y separaron los dedos para dejar que la arena cayera al suelo. Formaron uno al lado del otro, dirigieron sus rostros hacia la tormenta acechante y cerraron los ojos. Vincent advirtió un chisporroteo totalmente nuevo en el aire… y que en este caso proporcionaba una sensación de benevolencia y de protección.

Sophie gritó otro par de veces. La tormenta rugía cada vez con más fuerza. Los rayos electrostáticos destellaban alrededor de las charcas de aguaviscosa. Sophie soltó un gruñido preñado de indignación y de tristeza.

—¡Sólo puedo dejar la puerta abierta un par de minutos más!

Sophie se agachó para escabullirse en el refugio y dejó caer la puerta encima de su cabeza. En cuanto al vehículo terrestre atiborrado de visitantes desesperados, éstos dieron por perdido a Vincent y cerraron herméticamente las puertas.

El gesto de Fernando era tremendamente convincente. Los xayanos sombra sonrieron al unísono y dejaron escapar un suspiro… y la zumbadora pasó de largo.

La tormenta se elevó sobre el valle como empujada por una bóveda de cristal y continuó alzándose alto por el cielo. Los rayos electrostáticos se dispersaron sin seguir un patrón claro, y ya no alcanzaban el suelo. Vincent, atónito, levantó la mirada hacia el vientre de la zumbadora mientras los nubarrones se arremolinaban estruendosamente sobre sus cabezas.

Los xayanos sombra habían empleado sus poderes para desviar la tempestad de Fuenteviscosa y de las charcas. Cuando la tormenta se alejó del valle, dejando atrás la cadena de colinas, descargó toda su ira con una fuerza renovada, como dando rienda suelta a su frustración.

Los xayanos sombra se relajaron. Fernando corrió a abrazar a Vincent con una sonrisa de oreja a oreja, rebosando entusiasmo.

—¿Has visto? Ya te dije que podíamos ocuparnos de ella.

A Vincent le flaqueaban las piernas.

—No costaba nada avisar —refunfuñó Vincent.

—Eso habría chafado la sorpresa. —Fernando se sentó en cuclillas y recogió un poco de arena con las manos ahuecadas—. Ahora permítenos que te mostremos las esculturas de arena.

* * * * *

Vincent se sentaba todas las noches junto a su amigo cuando éste se dirigía a los conversos congregados a su alrededor, a pesar de que todavía no entendía demasiado los recuerdos alienígenas que Zairic relataba como si estuviera pronunciando un sermón. El grupo cada vez más numeroso de xayanos sombra permanecía junto a las charcas de aguaviscosa y se reunía para compartir las experiencias que conservaban en la memoria. Si bien los conversos siempre recibían de buen grado a Vincent, según iban pasando las semanas, éste se sentía más alejado de ellos. No pretendían dejarle de lado, pero Vincent no compartía con ellos las experiencias que habían incorporado a través de sus conciencias alienígenas.

Fernando no había vuelto a pedírselo, pero Vincent seguía sintiendo una sutil presión para que aceptara acoger una vida xayana. Sin embargo, cuanto más observaba la fraternidad que los unía y escuchaba sus exóticos recuerdos, más renuente era de unirse a ellos.

Vincent se planteó que tal vez había llegado el momento de buscarse otro trabajo y de pedir a Sophie y al General que lo destinaran a otro puesto.

Los xayanos sombra se habían congregado bajo el cielo oscuro y despejado casi fuera del alcance de las luces del asentamiento. Fernando-Zairic estaba sentado con las piernas cruzadas y con el cuerpo inclinado hacia delante de un modo harto extraño, como si esperara que su cuerpo y sus huesos fueran más flexibles de lo que lo eran en realidad. Zairic levantó sus ojos ligeramente opalescentes y contempló las frecuentes ráfagas de estrellas fugaces que cruzaban el firmamento estrellado, y que no eran más que brillantes bólidos de color naranja que explotaban y se disgregaban al penetrar en la atmósfera.

—Nuestra raza estaba tan cerca de alcanzar el ala’ru antes del advenimiento del asteroide… nuestra generación iba a conseguir el… quórum, la masa crítica necesaria para transformar toda nuestra raza y, básicamente, cambiar el universo. —Abrió las manos—. Ahora tenemos que intentarlo otra vez… si encontramos el número suficiente de personas que quieran unirse a nosotros.

La mayoría de los xayanos sombra flexionaron los dedos y los brazos como fascinados por la estructura rígida de sus cuerpos humanos.

—Pero aún estamos lejos de alcanzar la masa crítica —apuntó uno de los xayanos sombra.

—Lejos… pero no a una distancia inalcanzable —replicó Zairic—. Vosotros mismos podéis sentirlo. Combinados con las mentes humanas somos mucho más fuertes. Poseemos un vigor híbrido. Se necesitarán menos de nosotros para iniciar el movimiento evolutivo. Recordad vuestras otras vidas. Todos confiasteis en mí cuando entregasteis vuestros cuerpos y vuestras mentes al aguaviscosa. Ante la llegada del asteroide supimos qué debíamos hacer.

Los xayanos sombra asintieron y conversaron entre murmullos. Algunos se pusieron a llorar al rememorar antiguos miedos.

Fernando-Zairic se volvió a Vincent.

—Fue un momento angustioso, mi querido amigo. Cuando comprendimos que ni siquiera nuestros telemánticos podían evitar la aniquilación, el aguaviscosa fue nuestra única esperanza de preservar lo que éramos. Entramos en las charcas uno detrás de otro, centenares, miles, millones, por todo el planeta. Nos disolvimos en la sustancia líquida conservante con la esperanza de que algo de nuestro ser sobreviviera al bombardeo celeste.

Vincent trató de imaginarse a toda esa cantidad de xayanos disolviéndose para almacenar sus vidas en la sustancia cristalina. Pero ¿los recuerdos recuperados eran realmente ellos, o una simple copia de lo que fueron? ¿Y sus almas? Ésa era una pregunta que no sabía muy bien cómo formular.

La voz de Zairic ganó cuerpo cuando se dirigió a los conversos:

—Os prometí que sobreviviríamos y hemos sobrevivido. Ahora os pido que volváis a confiar en mí. Despertaremos, y alcanzaremos el ala’ru.

—Pero los cuatro Primigenios también sobrevivieron —señaló Vincent. ¿No habría sido mejor conservar más xayanos con sus cuerpos? En la cripta cabían más, y podríais haber creado más criptas. Este… plan del aguaviscosa era terriblemente arriesgado. ¿Cómo sabíais que otra raza vendría en algún momento al planeta? ¿O que nuestros cuerpos y mentes serían compatibles con los xayanos?

—Ambos planes eran arriesgados, Vincent. —Fernando sonrió. Hablaba con su propia voz, desbordante de entusiasmo—. ¿Qué alternativa tenían? Cuando el mundo está a punto de acabar, ¿por qué no jugársela?

A Vincent no le cabía en la cabeza que toda una raza hubiera apostado su existencia a la idea de que algún día una raza desconocida cayera por su planeta devastado y de un modo casual descubriera cómo resucitarlos del aguaviscosa. Los xayanos debían de haber tenido un motivo que les permitiera albergar la esperanza de que serían encontrados y reanimados.

—Yo habría elegido algo con una mayor probabilidad de éxito —dijo Vincent—. Las posibilidades de fracaso me parecen increíbles. Me estremezco sólo de pensar en lo improbable que era.

—Y sin embargo ha ocurrido. No se pueden discutir los resultados. —Fernando continuaba sonriente, pero entonces su rostro adquirió la expresión anodina de Zairic —. Encix y su gente querían salvar la civilización, pero no teníamos el tiempo ni los recursos para conservar más que un puñado de xayanos en los museos subterráneos. Mi grupo quería utilizar el aguaviscosa para salvar todas las vidas y los recuerdos posibles… millones. —Se encogió de hombros—. Bien es cierto, Vincent, que ninguna de las alternativas tenía muchas probabilidades de éxito, pero gracias a los humanos lo conseguimos. —Elevó el volumen de su voz para dirigirse a los xayanos sombra congregados—. Recuperaremos las vidas xayanas necesarias para llegar a los límites de nuestras mentes y alcanzar lo que nuestra raza debe alcanzar. El ala’ru es nuestro destino.

Fernando experimentó un nuevo cambio brusco y siguió hablando con la voz alegre de su amigo humano.

—Ya ves lo importante que es, Vincent. Si te unieras a nosotros, estaríamos más cerca de nuestro objetivo.

—Esto no es para mí, Fernando. Ni siquiera entiendo esto del… ala’ru.

Vincent siempre había soñado con una vida normal, un trabajo que lo llenara, una mujer agradable y un hogar feliz. Nunca se había imaginado forzando sus límites personales hasta el punto de dejar de ser humano.

—Sé que es difícil comprender el concepto del ala’ru. Se trata de acelerar nuestro potencial, de evolucionar más allá del techo de cristal que constriñe nuestra existencia… tanto la de los humanos como la de los xayanos.

Fernando-Zairic parecía a punto de estallar de la ansiedad que le producía no poder explicar el concepto que regía su vida. Abrió y cerró la boca, pero las palabras adecuadas no salían; en cambio, emitió unos sonidos guturales y unos gruñidos alienígenas, como si estuviera tratando de doblar y dar forma a su laringe de un modo que no tenía cabida en su garganta. Entonces puso los ojos como platos; parecía que se le iban a salir de las órbitas, y Vincent se alarmó. Los sonidos alienígenas no eran naturales, y su amigo parecía un hombre con graves defectos del habla que trataba de alertar de un incendio. Su rostro se retorcía, pero su boca no emitía los sonidos correctos.

Al cabo, Fernando meneó la cabeza, exasperado.

—No te lo puedo explicar, Vincent. Los humanos carecen de los conceptos, de las referencias, del vocabulario. Pero… es lo más maravilloso que he tenido jamás en mi cabeza.

Una oleada de murmullos de aprobación se propagó por el resto de los xayanos sombra, y Vincent se sintió aún más incómodo. En efecto, quería entender qué inspiraba con tanta fuerza a su amigo y a todos sus seguidores, pero no sentía la necesidad de ser algo o alguien distinto de lo que ya era. Sabía perfectamente que Fernando se había pasado la vida buscando la olla llena de oro al final del arco iris. Ahora había encontrado oro alienígena… o tal vez al final resultara no era oro todo lo que relucía.

En ese preciso momento, Vincent decidió abandonar Fuenteviscosa.