Hellhole
Capítulo 47
47
El espía informó inmediatamente al gobernador territorial Carlson Goler en Risco, aunque éste no estaba seguro de si quería oír la noticia. El gobierno de la Constelación desplegaba un número ingente de ese tipo de observadores para vigilar las actividades que se desarrollaban en la Zona Profunda, y los agentes únicamente desvelaban su verdadera identidad cuando descubrían un asunto de una trascendencia mayúscula.
El hombre se presentó en la casa con el tejado a dos aguas hasta el suelo de Goler, que se levantaba sobre una colina desde donde se oteaban los bosques de árboles dorados. Iba vestido con ropa de leñador, tenía el pelo rojizo y la tez quemada por el sol. Masajeaba el sombrero que sujetaba entre las manos, pero el brillo vidrioso de su mirada revelaba que no era un simple plebeyo sumiso. Había dicho a Tasmine que él no necesitaba concertar una cita por adelantado.
Desde que estaba destinado en Risco, el gobernador había hablado con aquel hombre en concreto en tres ocasiones diferentes, y en cada una de ellas la información que le había proporcionado había resultado fiable e interesante; tras cada una de esas entrevistas, el espía se había creado una nueva identidad. Goler era plenamente consciente, sin embargo, de que el operativo estaba al servicio de la Constelación, no de él.
La anciana criada del gobernador acompañó al espía, moviéndose con los andares lentos y renqueantes que reservaba para la gente que la disgustaba.
—Señor gobernador, este hombre dice que tiene algo que contarle —anunció con desdén Tasmine.
—Estoy seguro de que así es. —Goler indicó al espía que se sentara de cara a los amplios ventanales que ofrecían la vista panorámica de los bosques. No se molestó en preguntar el nombre de turno de su invitado, pues muy pronto volvería a ser otro—. ¿Sería tan amable de traernos algo de comer de la cocina, Tasmine?
La anciana respondió con un murmullo evasivo mientras salía de la estancia exagerando una cojera. Goler no se dejó engañar por su representación, pues Tasmine caminaba perfectamente cuando nadie podía verla.
El espía esperó a que la criada se hubiera alejado hasta una distancia a la que ya no le fuera posible oírles para empezar a hablar.
—Ya había oído rumores, gobernador, pero ahora tengo la certeza —dijo en un hilo de voz—. Existe toda una red comercial independiente entre los planetas de la Zona Profunda. Un mercado negro… Naves sin registrar, transporte ilegal de productos…
Goler no se lo tomó en serio.
—Eso no tiene sentido. ¿Quién puede navegar por las rutas sin ser detectado?
—Es que lo hacen fuera de las rutas. —El espía se metió la mano en la camisa y sacó un mazo de papeles llenos de anotaciones hechas a mano. Había querido evitar que sus observaciones fueran copiadas o borradas por piratas de la información—. Ian Walfor transporta cargamentos comerciales desde Buktu hasta otros planetas con antiguallas MRL. Va a Candela, a Hallholme, a Nomolos y a otros tres planetas que yo sepa.
Goler se echó a reír sin tapujos.
—¡Pero si esas naves fueron destruidas o desmanteladas en cuanto llegaron a la Zona Profunda hace décadas!
El espía le entregó las hojas al gobernador.
—En los registros constará que están fuera de servicio, gobernador, pero cuando las MRL llegaron a sus destinos hace mucho tiempo, fueron remodeladas, no destruidas. Walfor encontró la manera de mantenerlas operativas.
Goler abrió los brazos en un gesto de exasperación.
—¿Y por qué haría algo así? ¿Con qué propósito? El viaje con las naves MRL estándar desde Buktu a Candela, y no digamos ya a Hallholme o a Nomolos, debe de durar meses. Haciéndolo vía la estación espacial central de Sonjeera sólo se tarda un par de días. Me parece una alternativa ridícula. ¿Por qué se tomaría alguien esas molestias?
—Walfor, sin embargo, se las toma. —El espía no estaba para bromas e insistía en el asunto.
—¿Y cómo resolvería un problema tan básico como repostar las naves MRL?
—Yo me limito a informar, señor. Dejo en manos de usted y de la Diadema la decisión de seguir investigando.
Goler recordó que Buktu poseía importantes reservas de hidrógeno a causa de la radiación solar. Walfor debía de procesar su propio combustible, siempre y cuando dispusiera de un mínimo de infraestructura industrial. «Si ha conseguido hacer todo eso, el señor Walfor parece un hombre de recursos», se dijo Goler para su adentros.
Cuanto más pensaba en ello, más claros veía los motivos para llevarlo a cabo. Para un buen número de los toscos individuos de la Zona Profunda, el simple hecho de burlar los aranceles y la supervisión de la Constelación sería una recompensa en sí.
Crear una alternativa al monopolio gubernamental en los suministros y desviarlos a los planetas de la Zona Profunda mediante una red de mercado negro de esas características, por lento que fuera, era algo que parecía coherente.
—Bueno, la Constelación cerró la ruta intergaláctica con Buktu y dejó aislada la colonia —recordó Goler—. ¿Qué iban a hacer los habitantes de Buktu? No les dejaron alternativa. Si Walfor ha montado su propia red de suministro, la Diadema deberá asumir su parte de responsabilidad.
—Yo no soy político, señor —respondió sin inmutarse el espía—, pero estoy seguro de que con el aislamiento la Diadema no pretendía que el administrador Walfor mejorara su situación.
Tasmine regresó al despacho con una bandeja en la que había depositado de cualquier manera carne fría y unas cuantas hortalizas.
—Están limpiando la cocina. Esto es todo lo que he encontrado.
—Está bien, Tasmine. Gracias.
Goler sabía que podría haber hecho algo más si hubiera querido.
El espía cogió un trozo de carne, ajeno al desaire del que estaba siendo víctima.
—El gobierno de la Constelación debe llevarse su parte de las operaciones comerciales. —Empujó los papeles para acercarlos aún más a Goler—. Sonjeera tiene que enterarse.
—Lo incluiré en mi próximo informe para Sonjeera. Gracias, ha hecho usted un trabajo excelente. Presentaré estos papeles personalmente.
—Tal vez merezcan partir inmediatamente en una cápsula de correo, ¿no le parece, señor?
El espía estaba empezando a irritarlo.
—Lo tendré en cuenta. Tengo un montón de documentos pendientes de enviar a Sonjeera.
El espía comió un par más de trozos de carne de la fuente, por pura cortesía, y luego cogió su sombrero informe.
—Me marcho. No creo que volvamos a vernos. Será mejor que cambie de identidad y me mude a otro planeta de la Zona Profunda.
Goler no podía estar más de acuerdo.
—Sí, será lo mejor.
Tasmine estaba esperando en la entrada con una mano apretada contra la zona lumbar, exagerando su dolor, y dejó que el espía buscara solo la salida. Había estado escuchando a escondidas toda la conversación.
—Debería arrestar a ese hombre, señor… inventarse un par de cargos contra él y meterlo en una celda de aislamiento de la cárcel de Risco. Así tendría la boca cerrada por un tiempo.
—Tasmine, es usted implacable.
—Me obligaron a serlo.
Sin que nadie se los hubiera ofrecido, la criada comió unos trozos de carne de la bandeja. Goler examinó las notas y las pruebas tomadas concienzudamente por el agente. No tenía duda de que las afirmaciones eran ciertas.
—Una información de este calibre no permanecerá oculta mucho tiempo. — Tendió el mazo de papeles hacia Tasmine—. Pero de momento deshágase de esto.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Tasmine.
—Lo haré encantada, señor.
—Luego envíe un mensaje a Ian Walfor. Infórmele de que sabemos en lo que anda metido y que exigimos una explicación. Siempre estamos a tiempo de informar sobre sus actividades a Sonjeera.
Las repercusiones políticas del caso eran infinitas, así que había que proceder con una extrema cautela.
La anciana ama de llaves cogió los papeles y se marchó, esta vez con unos andares llenos de vitalidad. Goler sabía que este ocultamiento sólo era un recurso provisional. Otros agentes encubiertos no tardarían en reunir la misma información, y la Diadema acabaría por enterarse. Sin embargo, Goler no iba a facilitarle las cosas.