Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 61 de 106

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Hellhole

Capítulo 59

59

 

La Kerris se deslizaba por la ruta intergaláctica, rociándola a su paso de minúsculas moléculas de iperión allí donde era necesario. Cuando se aproximaba a Hellholme, redujo la velocidad. Ése era el último viaje que Turlo y Sunitha Urvancik harían al servicio de la Diadema.

Ya habían arreglado los detalles que rodearían su desaparición. Cuando el matrimonio encargado del mantenimiento de las rutas intergalácticas llegara a la estación terminal, sacaría la Kerris de la senda cuántica y ya nunca retomaría sus obligaciones oficiales. Ambos tenían cosas más importantes que hacer: creían en el general Tiberio Adolphus.

Tal como estaba programado, la Kerris se había detenido en tres subestaciones durante su último trayecto desde Sonjeera. Turlo y Sunitha habían reparado y recargado los puestos intermedios no tripulados, habían redactado los informes pertinentes y lo habían dejado todo limpio y ordenado.

Turlo, además, había colocado unos dispositivos de detonación como medida preventiva.

—Llegaremos dentro de una hora, cariño —dijo Turlo—. ¿Te lo has pensado mejor?

—¿Cómo se te ocurre dudar? —respondió Sunitha, encogiéndose de hombros—. Ya leíste la nota que dejó Kerris antes de morir. Se avergonzaría de nosotros si cambiáramos de opinión ahora…

En las cartas que les había enviado su hijo durante sus años de servicio en las Fuerzas Armadas de la Constelación, Kerris les había expresado cada vez más dudas sobre la ilegitimidad de la rebelión. Su servicio a bordo de la nave insignia del comodoro Percival Hallholme le había permitido comprobar de primera mano las medidas implacables que empleaba la Constelación, sobre todo la vergonzosa utilización de civiles inocentes como escudos humanos para intimidar a las fuerzas rebeldes, a quienes se había transmitido por banda estrecha imágenes de los prisioneros torturados.

Inmediatamente después de la victoria de Hallholme en Sonjeera, que significó el fin del general Adolphus y su rebelión, Turlo y Sunitha recibieron la noticia de que su hijo había muerto como un valiente en el transcurso de la batalla final. Kerris incluso había recibido una medalla de honor póstuma.

Sólo tiempo después, Turlo y Sunitha conocieron la verdad: su hijo no había muerto en el fragor de la batalla, sino que había recibido una dosis letal de radiación en la sala de máquinas de la nave insignia por culpa de una barra de combustible instalada incorrectamente: una metedura de pata mortal. El hecho había ocurrido ya derrotado Adolphus, y tenía menos que ver con la gloria y la bravura que con la incompetencia.

La diadema Michella había insistido en que se sacara lustre a la nave insignia del comodoro Hallholme para una estúpida exhibición aérea por los cielos de Sonjeera. Había metido prisa para la celebración del acontecimiento, de modo que se había contratado personal inexperto que había cometido errores. La exposición a la radiación era una manera de morir lenta y terrible, y Kerris había dispuesto de mucho tiempo para reflexionar sobre su situación. Escribió una carta de despedida larga y amarga a sus padres, pero la Constelación había considerado que no era apropiado entregársela. A la metedura de pata se sumaba ahora una maniobra de encubrimiento.

En su lugar, Turlo y Sunitha recibieron la siguiente nota informativa: «Su hijo murió como un valiente en la primera línea de combate durante la batalla final contra el traidor general Adolphus».

Sandeces.

Dos meses después, un igualmente desencantado comodoro Percival Hallholme les había enviado un mensaje por medios extraoficiales en el que les explicaba la verdad y les adjuntaba la carta real de Kerris.

Resultó ser que el retirado comodoro Hallholme albergaba unos sentimientos similares a los de su hijo y detestaba la farsa que la Diadema había creado alrededor de su figura y de su victoria. Una vez confirmados la degradación y el destierro de Adolphus, el mismísimo Hallholme había estado enviando ayuda a su enemigo vencido durante su primer año en el planeta infernal.

Por aquel entonces, Turlo y Sunitha pilotaban enlazadoras de carga por las rutas intergalácticas, y ayudaron al comodoro a falsificar manifiestos, a desviar suministros y a pasar de contrabando provisiones, equipamiento y medicamentos imprescindibles para los rebeldes derrotados. Ni siquiera el general Adolphus conocía la identidad de su anónimo benefactor, y Turlo y Sunitha habían prometido al comodoro no revelárselo jamás… y de momento habían cumplido su palabra.

A pesar de que habían sido rivales en el campo de batalla, Hallholme y Adolphus compartían el mismo código del honor. Tras aplastar a los rebeldes, el comodoro se había retirado del ejército y había establecido su residencia en la vieja hacienda familiar de los Adolphus, en Qiorfu, en apariencia para deleitarse con su victoria (así al menos lo retrataba la propaganda gubernamental); Turlo sabía, sin embargo, que el anciano comodoro retirado había acabado asqueado de los tejemanejes de la política. Los Urvancik llevaban años sin mantener contacto con él.

Turlo y Sunitha habían obtenido el trabajo de técnicos de mantenimiento de las rutas intergalácticas gracias en parte al servicio que Kerris había prestado al ejército de la Constelación durante la guerra, pero el matrimonio no olvidaba los tormentos que había sufrido su hijo por culpa de un gobierno que no tenía nada de noble…

La HDS Kerris llegó a Hellhole y se acopló al anillo terminal orbital de la Constelación. El general ya lo había arreglado todo para borrar de la estación cualquier registro de su llegada.

—¡El destino vacacional de la galaxia! —exclamó Turlo, extendiendo el brazo frente a la gran pantalla de la cabina de mando—. ¿Lista para pasar unos días de relax y de diversión, cariño?

—No quiero volver a poner el pie en Sonjeera. Cada vez que voy me dan ganas de vomitar.

—En ese caso ha llegado el momento de empezar una nueva carrera profesional. El mismo trabajo, sí, pero con un jefe distinto.

—Un jefe honrado… La diferencia es sustancial.

Sunitha estaba tan furiosa con el gobierno corrupto de la Constelación que se moría de ganas de enviar un mensaje desafiante a Sonjeera con todo lo que llevaba años guardándose dentro. Pero Turlo no se lo había permitido. Era mejor que la Kerris simplemente desapareciera del mapa. Supondrían que la nave había desaparecido durante una misión, como había ocurrido con Eva McLuhan… el matrimonio habría sucumbido a la claustrofobia, a la soledad y al tedio. No sería más que otra unidad de mantenimiento suicida en los libros. Nunca se encontraría la nave, y la Constelación simplemente la daría por perdida.

Turlo y Sunitha dejaron la nave acoplada al anillo terminal y descendieron hasta Michella Town en un transbordador. Tenían tres días para retirar la nave de la estación y llevarla al otro lado del planeta antes de la arribada de la siguiente enlazadora de carga. Una vez allí se acoplarían a la estación central secreta que estaba construyéndose sobre Ankor… y empezarían una vida completamente nueva.

Para sorpresa del matrimonio Urvancik, el general Adolphus acudió a la ciudad colonial para recibirlos en persona. Turlo le saludó con una reverencia, aunque inmediatamente pensó que quizá el general esperaba un saludo militar.

—Es un honor, señor.

—No, el honor es mío. —Adolphus estrechó la mano de Turlo y luego la de Sunitha—. Están sacrificando mucho para sumarse a mi empresa.

—Ya habíamos perdido lo que de verdad nos importaba —repuso Sunitha, con la voz ligeramente quebrada.

El semblante del general se ensombreció.

—Lamento mucho lo que le ocurrió a su hijo.

—La rebelión fue un motivo de inmenso dolor para todos —dijo Turlo.

—Menos para las personas que lo merecían —añadió Sunitha.

El general levantó la vista hacia el cielo verdoso.

—Hay una nueva sublevación en camino, y ésta no fracasará. Queda poco más de un mes para el día Señalado. Necesito su ayuda para revisar las nuevas rutas. —Se volvió hacia su vehículo terrestre privado y añadió—: Pero pueden pasar un par de días en Michella Town. Me he encargado de su alojamiento, y tendrán cubiertos los gastos para todo lo que necesiten: comida, bebida, caprichos y los modestos lujos que podamos ofrecerles en Hellhole. Adelante. Diviértanse. Estas minivacaciones son su regalo de bienvenida.

Turlo se quedó boquiabierto.

—Es una demostración de confianza extraordinaria, señor.

—Tonterías. Sé la clase de personas que son. No confío en nadie a menos que me demuestre que es digno de esa confianza. —El general Adolphus enfiló hacia el vehículo y el chófer les abrió la puerta—. Además, tampoco es que haya demasiados lujos ni divertimentos por aquí, así que no podrían hacer locuras aunque quisieran.