Hellhole
Capítulo 83
83
Cuando Cristoph recibió el mensaje urgente desde Fuenteviscosa, dio media vuelta al vehículo y volvió sobre sus pasos.
Apenas si llevaba conduciendo una hora desde que había abandonado el asentamiento en dirección a la cripta del museo donde trabajaba con los Primigenios. Todavía estaba furioso con Keana Duchenet, asombrado por su descaro. Después de todo el daño que les había causado a su padre y a él, ¡todavía esperaba que se fundiera con ella en un abrazo y que olvidara el pasado! Menuda mujer más boba, consentida y tediosa. Cristoph no se arrepentía de nada de lo que le había dicho.
Y luego la estúpida princesa se había arrojado a la charca de aguaviscosa, y encima no había despertado. Fernando-Zairic y otros dos xayanos sombra la habían rescatado del agua; se había quedado flotando bocabajo, paralizada por el contacto con la cristalina base de datos líquida.
El lado racional de Cristoph le decía que se mantuviera alejado de la hija de la Diadema y que dejara que muriera, pero ahora estaba paralizado. Las posibilidades de que despertara eran mínimas. Daba la impresión de que ni su padre ni Keana Duchenet tenían la determinación necesaria para afrontar las consecuencias desagradables de sus actos…
En Fuenteviscosa, Sophie y sus empleados habían llevado a Keana Duchenet a la casa de huéspedes y la habían tendido sobre una cama estrecha. Cristoph acudió rápidamente al lado de la princesa, intentando ordenar sus sentimientos, y se dio cuenta de que quería verla y de que tenía la necesidad de hacer todo lo que estuviera en su mano para ayudarla, aunque eso significara sentarse junto a ella y hablarle sin recibir respuesta alguna. Tal vez en un rincón de su subconsciente oía su voz. Daba igual lo que su padre hubiera hecho, él debía seguir la senda del honor.
Aunque todo hubiera ocurrido por la maldita culpa de la princesa.
—Habría sido más elegante si simplemente me hubiera negado a verla —dijo cuando Sophie se deslizó a su lado—. Podría haberme aislado para que nunca me encontrara.
Pero la crueldad de la que había hecho gala no formaba parte de su naturaleza. Ofuscado por su propia desesperación, no había sido capaz de ver la de ella…
Después del incidente, el resto de los visitantes no se atrevió a entrar en el aguaviscosa a pesar de que Fernando-Zairic trataba de aplacar su desconfianza diciéndoles que cientos de xayanos sombra ya vivían felizmente en el asentamiento vecino plagado de matorrales alienígenas.
Sophie contemplaba a la mujer comatosa con el semblante profundamente contrariado.
—Podría haberle ocurrido a mi Devon —musitó—. O a Antonia.
Sophie consiguió un vehículo aéreo privado para trasladar a Keana a un hospital en Michella Town, y Cristoph la acompañó en el viaje. El piloto tuvo que desviarse de la ruta centenares de kilómetros para evitar el torbellino de una tormenta electrostática. Entretanto, Sophie había ido a Ankor para dar la noticia al general Adolphus…
* * * * *
Cristoph cogió el paquete que le entregó Devon Vence con los objetos que Keana Duchenet había dejado en la tienda, pero no supo muy bien qué hacer con todas aquellas cosas. ¿Por qué tenía que ser él el responsable de aquella insensata que no sólo había arruinado la vida de su padre, sino también todas las propiedades de la familia de Carre y ahora a sí misma?
Sabía que su padre había estado enamorado de Keana Duchenet, pero siempre había dado por hecho que ella lo había engatusado de algún modo. ¿Cómo podía la hija de la Diadema no ser tan maquinadora como su madre? ¿Por qué se habría marchado de Sonjeera para ir a buscarlo allí? ¿Qué esperaba conseguir? A él ya no le quedaba nada que le pudiera arrebatar. Por supuesto, Cristoph se había labrado una vida decente en Hellhole y el general Adolphus le asignaba responsabilidades importantes. Estaba prosperando; algo que no se le había pasado por la imaginación que pudiera ocurrir aquel aciago día que había abandonado casi sin un céntimo la hacienda familiar de Vielinger.
¿Por qué la princesa Duchenet se había quedado tan desolada cuando Cristoph la había rechazado y le había negado la oportunidad de redención? No alcanzaba a comprender de qué iba el juego… a menos que ella hubiera estado siendo sincera, y aun así eso tampoco tenía sentido. Desafiaba a la lógica que una mujer tan rica y poderosa, envuelta en los entresijos políticos de la Constelación, quisiera hacer creer que no era más que la heroína de un estúpido cuento romántico.
No obstante, cuando Cristoph hurgó en la cartera con sus pertenencias, no encontró nada siniestro, ninguna prueba de intereses ocultos. Por el contrario, halló imágenes de su padre y de ella donde se les veía dichosos, con los rostros iluminados por la felicidad. También encontró un retrato del apuesto Louis de Carre, la imagen familiar de su esposa fallecida tanto tiempo atrás, Angelique, además de una cuantas fotografías de Cristoph… como si Keana Duchenet se considerara parte de la familia.
¿Sería eso lo que había buscado? ¿Acaso se había sentido tan oprimida por un gobierno cínico y corrupto como para desear cortar todos los lazos con ese mundo, abandonar su riqueza y su posición y llevar una vida sencilla? Cristoph meneó la cabeza. ¿Cómo podía nadie imaginar siquiera que el día a día en Hellhole fuera sencillo?
En el fondo de la cartera, Cristoph encontró un mazo de cartas y de poemas escritos a mano y en papel. Desató el pulcro lazo azul lavanda que los ataba y echó un vistazo a los papeles. Reconoció la letra de su padre en algunos de los poemas y cartas; el resto estaban escritos por la princesa. Cristoph los leyó por encima, intentando asimilar lo que veía.
Eran cartas de amor apasionadas y sinceras, poemas románticos que habrían sido anodinos de no haber sido tan sentidos. Cristoph contuvo la respiración; los leyó de nuevo mientras digería la conclusión irrefutable: Louis de Carre había estado perdidamente enamorado de Keana Duchenet… y ella le correspondía con todo su corazón.
Cristoph no soltó las cartas; las leía y las releía. Si la seducción de aquella mujer irreflexiva e imprudente no formaba parte de una conspiración a gran escala, si Keana Duchenet no había estado involucrada en el retorcido plan para destruir el abolengo de Carre, si simplemente se había enamorado del hombre equivocado en el momento equivocado… entonces Cristoph tendría que revisar su opinión sobre ella. El amor que Keana sentía por su padre la había convertido en un títere.
¡Había saltado al aguaviscosa!
Quizá fuera cierto que se sentía culpable. Quizá su dolor era sincero y había renunciado a su vida anterior para buscar a Cristoph porque él era el único que podría entender su terrible sensación de pérdida.
Y ahora estaba en coma.
Cristoph permaneció dos días al lado de Keana en el centro médico. Hasta entonces, de los centenares de conversos, sólo nueve habían experimentado una reacción similar al aguaviscosa, y todos ellos permanecían ingresados en estado vegetativo en diferentes salas. Ni los médicos ni las Misericordiosas esperaban que Keana despertara.
Mientras esperaba, Cristoph no sentía la presión de la obligación del trabajo que le había encomendado el general Adolphus. Los xayanos primigenios podían interactuar con el resto de los investigadores destinados en el museo. Nada de todo eso tenía importancia ya para él. Todas esas responsabilidades no eran más que un zumbido sordo en su cabeza que lo distraían de lo que de verdad debía hacer.
Había más de un centenar de personas trabajando en la cámara de la montaña con Encix, Cippiq, Lodo y Tryn, realizando excavaciones y recopilando toda la información posible sobre el pasado. El general quería que se le informara inmediatamente de cualquier descubrimiento significativo, y en principio Cristoph de Carre era la persona al mando. Antes o después, Adolphus le insistiría en que se reincorporara a su trabajo.
El general había aceptado a Cristoph cuando había llegado a Hellhole sin nada, había probado su resolución ofreciéndole un trabajo asqueroso y luego lo había puesto al mando del proyecto de la excavación de la cripta del museo.
Cuanto mejor conocía al general, más le gustaba y lo respetaba. A pesar de haber sido derrotado, deshonrado y desterrado, Adolphus era un auténtico visionario y un líder excelente que pensaba en el futuro y en su pueblo sin perder el tiempo en distracciones hedonistas y juegos políticos. Aunque ya era demasiado tarde, Cristoph pensaba que ojalá la familia de Carre se hubiera puesto del lado de la rebelión. Tal vez eso habría marcado la diferencia entre la victoria y el fracaso.
O tal vez la familia de Carre simplemente se habría visto abocada al destierro una década antes. Al menos Cristoph tenía la certeza de que estaba en el bando correcto, en el moralmente plausible. Si seguía ese camino, restauraría el honor de su familia. Quizá fuera eso lo que Keana había estado intentando hacer también, pero él no le había concedido la oportunidad…
Una enfermera examinó los monitores con las constantes vitales de Keana y anotó los datos. Llevaba un uniforme y una cinta en el pelo blancos, así como un anillo del mismo color en el dedo anular que simbolizaba su compromiso para ayudar a los débiles y a los moribundos. Las Misericordiosas eran el único colectivo de enfermeras voluntarias con una presencia significativa en Hellhole. La enfermera le regaló una sonrisa cortés antes de abandonar la habitación.
A solas con Keana, le habló quedamente y le repitió su nombre y el de su padre, y le suplicó que despertara. Tanto para sí mismo como para intentar provocarle una reacción, Cristoph repasó la época que había vivido en Vielinger con su padre, paseando por los hermosos bosques que se extendían cerca de la casa solariega, pescando en los riachuelos. Tal vez algo de lo que le dijera la sacaría de repente del coma… unas palabras bien escogidas, una anécdota. Cristoph se dio cuenta de lo mucho que ambos habían querido a su padre después de todo.
Allí, en la silenciosa habitación del hospital, Cristoph podía evitar pensar en el revuelo que debía de haber fuera. Cuando la Diadema se enterara de la estupidez que había cometido su hija Keana, sin duda lo aprovecharía como pretexto para tomar represalias. Estaba seguro que la identidad de la paciente ya habría trascendido. En Fuenteviscosa demasiada gente se había enterado de quién era, les habían oído discutir y habían visto que había estado a punto de morir tras la inmersión en la charca.
El día anterior había partido una enlazadora de la ruta intergaláctica. Sólo era cuestión de tiempo.