Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 19 de 106

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Hellhole

Capítulo 17

17

 

 

Mientras se trataban los asuntos de la Constelación en los vastos salones y las diminutas cámaras de La ciudad del consejo, Keana y lord De Carre pasaban sus días inmersos en el lujo idílico de la Casita. El refugio privado era un remanso de paz, y Keana disfrutaba al máximo de cada segundo que pasaba junto a Louis, pues muy pronto tendría que dejarlo partir para que asistiera a la sesión del Consejo y luego visitara a su hijo y pasara revista a su trabajo.

Sin embargo, ese día todavía no había llegado.

Cenaban abstraídos del resto del mundo, en una terraza que sobresalía de la vivienda y les ofrecía la vista del Estanque de las Aves, de sus jardines de liliáceas y de los gansos celano que los habitaban en esa época del año. Louis le recitó un nuevo poema apasionado que había escrito para ella y Keana se guardó la cuartilla con la composición escrita de su puño y letra. A cambio, ella le entregó una carta de amor que había redactado la noche anterior.

Keana se llevó a la boca la última porción de mousse de marisco que quedaba en su plato y luego rebañó la salsa blanquecina con un trozo de pan. Louis se sirvió otra copa de Chardonnay y se dejó caer contra el respaldo de la silla. La pálida luz del sol vespertino sembraba de sombras fragmentadas su hermoso rostro de facciones duras.

—¿Quieres un poco más? —preguntó lord De Carre, inclinando la botella hacia ella.

Keana le tendió la mano con su copa vacía.

—Cada día contigo es como estar de luna de miel.

Keana no mencionó a su marido, que estaba mucho más interesado en sus aficiones solitarias y en su tedioso trabajo de intendencia para el ejército. Bolton nunca había sido un romántico, aunque se preocupaba de ella a su manera, más como un hermano que como un amante. A ella no le habría importado un ápice que hubiera tenido sus aventuras, pero lo creía incapaz de reunir la pasión que requería algo así. El amor simplemente no se contaba entre sus intereses personales.

Algo espantó a los gansos que se encontraban en el estanque, que empezaron a graznar y emprendieron el vuelo a ras del agua. Keana levantó la mirada con la copa de vino sujeta entre dos dedos en el aire.

—¿Qué los habrá asustado?

Louis se encogió de hombros y metió la botella vacía en la cubitera. Keana oyó el ruido de cristales rotos procedente de abajo, seguido de gritos y del estrépito de botas que aporreaban el suelo a la carrera. Louis se llevó la mano a la pistola que llevaba prendida de la cintura, pero antes de que pudiera desenfundarla, un destacamento de soldados con uniformes rojos irrumpió arma en mano en la terraza.

Keana reconoció la insignia que los identificaba como miembros del cuerpo de guardia de élite de su madre y se puso en pie como un resorte.

—Soy la hija de la Diadema. ¿Cómo osan molestarnos?

Sin ofrecer la más mínima muestra de respeto hacia ella, los soldados confiscaron con extrema habilidad la pistola a Louis, y un oficial insultantemente joven dio un paso al frente; era como un muchacho encerrado en el corpachón de un hombre. Su rostro, redondo y sin una arruga, parecía que nunca había sido afeitado, y su voz tenía el timbre de quien todavía no ha dejado atrás los años de pubertad.

—Lord Louis de Carre, el Consejo de los Lores nos ha dado la orden de arrestaros acusado de negligencia grave y de malversación de fondos.

—¡Esto es absurdo! Louis, ¿de qué están hablando? —exclamó Keana colérica.

Dos hombres agarraban de los brazos a Louis, que, más indignado que asustado, forcejeaba para zafarse de ellos.

—Exijo…

Uno de los soldados del cuerpo de guardia de élite le pegó una tira de cinta adhesiva en la boca para impedirle hablar.

—Por el bien de vuestra defensa, lord De Carre, os recuerdo vuestro derecho a permanecer en silencio.

Keana estaba perpleja.

—¡No pueden hacer esto!

—Los cargos se presentarán en el Consejo, alteza —dijo el oficial extremadamente joven, mirando con indiferencia a Keana—. Podéis comparecer como testigo de la defensa a la hora convenida.

—¡No ha hecho nada malo! ¡Ha estado conmigo aquí todo el tiempo!

—Ése es precisamente el problema, alteza. Se ha ausentado de seis importantes sesiones de votación sin haber designado un representante.

El joven oficial rehusó responder más preguntas y partió junto con sus hombres y el prisionero. Sus botas repicaban en las baldosas del suelo. La tira adhesiva que le tapaba la boca impidió a Louis despedirse de ella.

Atónita, Keana se quedó mirando los restos arrasados de su comida con Louis y de su vida. No daba crédito a lo que acababa de ocurrir; no había podido hacer nada. ¡No podía ser! Keana deambuló por la terraza, esperando que alguien acudiera a explicarle lo que había sucedido, que le revelara que sólo se trataba de una broma cruel.

Un hombre alto y delgado apareció en la puerta, ataviado con el uniforme dorado y negro de oficial de logística de las Fuerzas Armadas de la Constelación. Las medallas que llevaba prendidas del pecho eran un mero ornamento, ya que nunca había participado en ninguna acción de combate. Bolton Crais parecía consternado, y aún más aterrorizado de lo que lo estaba en realidad.

—Siento… siento que haya ocurrido todo esto, Keana. Incluso cuando mi intervención ya no servía para evitar que los lores emprendieran acciones, traté por todos los medios de mantenerte al margen. Pero no me hicieron caso.

Keana se lo quedó mirando atónita.

—Bolton, ¿qué has hecho? ¿Diste tú las instrucciones para que ocurriera esto?

Su marido le dirigió un gesto de negación con la cabeza, pero sus ojos de color avellana evitaron encontrarse con los de su esposa.

—Mi familia exigió que la Diadema tomara medidas para… para corregir tu comportamiento. Ya los conoces… no me consultaron. Por favor, créeme, no he tenido nada que ver en esto. Simplemente me enteré de lo que planeaban; eso es todo.

—¡Entonces exígeles que detengan todo esto! —¿Acaso tenía que explicarle cuál era la solución evidente del problema?—. ¡Obliga a tu familia a retractarse de su queja! Tú y yo teníamos un acuerdo. Adelante, coquetea con quien quieras… me da igual. ¿Por qué me haces esto?

—Nunca me han interesado las demás mujeres, Keana. Ya lo sabes.

La verdad era que nunca lo había sabido con absoluta certeza, pues no se había molestado en planteárselo. Sintió un repentino destello de compasión por su marido.

—Bolton, ordena a los guardias que regresen. Oblígalos a soltar a Louis. ¿Sabes el escándalo que provocará este asunto? Producirá un gran revuelo.

—No obedecerán mis órdenes —dijo Bolton con abatimiento—. Y me temo que tú ya has desatado el escándalo. Mi opinión no importa… Mi familia me hará aparecer en público como la parte afrentada, como el marido cornudo.

Keana se derrumbó sobre su silla, temblando. No entendía nada.

—Pero ¿a quién puede importarle? ¡Es mi vida!

Bolton paseó la mirada en derredor, como receloso de que alguien pudiera oír su conversación.

—El asunto va más allá, Keana. Los Riomini quieren Vielinger, y tú les has proporcionado la excusa que necesitaban para forzar un cambio en la estructura del poder. Los Riomini han presentado pruebas que acreditan la negligencia de De Carre en los últimos dos años e informes sobre los numerosos accidentes laborales que demuestran la incompetencia de su gestión. Las alegaciones que ha presentado lord Riomini para que su familia asuma el control de las minas de iperión de la Constelación son intachables. Ha desafiado a lord De Carre a mantener con él un debate sobre el futuro de Vielinger, pero de Carre nunca se ha dignado a presentarse.

—¡Oh, eso es ridículo! Me resulta imposible creerlo. —Keana sabía que Louis había rehuido algunas de sus tediosas obligaciones con el fin de pasar más tiempo con ella, pero nunca se le había ocurrido pensar que alguna de las reuniones a las que faltaba fuera de una importancia especial—. ¿Y ahora va a perder sus propiedades por mi culpa? —Miró a su marido con las mejillas surcadas de lágrimas—. ¡Haz algo, por favor, Bolton!

Era evidente que su marido quería arrimarse a ella para consolarla, para pasarle un brazo alrededor de los hombros, pero permaneció inmóvil en su sitio.

—Lo siento de veras, Keana… Tal vez podrías hablar con tu madre. Ella podría interceder, si quisiera —sugirió. Y pensó: «Si le dieras un motivo para ello».

Keana se enjugó las lágrimas, y una paz interior empezó a esclarecerle el entendimiento. La diadema Michella nunca había aprobado su relación con Louis ni su negativa a alumbrar un heredero legítimo. Además, el cuerpo de guardia de élite de la Diadema no habría ido hasta la Casita si no hubiera recibido instrucciones expresas de la soberana. ¡Ah, ahora todo empezaba a cobrar sentido! La Diadema albergaba la esperanza de que con el arresto de Louis de Carre recuperaría la influencia sobre su hija.

Keana haría lo que fuera preciso por Louis, y el amor que él sentía por ella le permitiría entender su decisión. Durante un tiempo al menos, Keana tendría que someterse al papel de esposa «felizmente casada» con Bolton, hasta que le engendrara un hijo. ¡Las obligaciones y las expectativas depositadas en ella no la dejaban respirar!

Ni ella ni Bolton tenían ningún poder para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Ni siquiera haciendo causa común la suma de sus esfuerzos lograría nada. Ambos estaban entre la espada y la pared, y a Keana sólo le restaba decidir si se sometería por completo a las demandas de su madre o si, por el contrario, le plantaría cara.