Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 103 de 106

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Hellhole

Capítulo 101

101

 

En Elba, aferrado a una última noche normal, el general trataba de ocultar su tensión a Sophie.

Ahora que había puesto sus cartas sobre la mesa y declarado la independencia de la Constelación, ya no se sentía limitado por los términos de su capitulación ni por el acuerdo de su destierro. Podía ir a donde quisiera y hacer lo que juzgara necesario. Sin embargo, por extraño que pudiera parecer, no sentía ningún deseo de abandonar Hellhole, al menos todavía; no hasta que aquello hubiera terminado.

Tenía una vasta experiencia en sobrellevar los nervios del campo de batalla. Sophie ya estaba suficientemente nerviosa por los dos, y no le engañaba cuando fingía despreocupación con comentarios desenfadados.

—¿Cómo ves nuestras opciones, Tiberio? Las piezas han ido encajando como esperábamos… la mayoría.

No obstante, Adolphus se alegraba mucho de poder contar con su compañía. Se dejó caer contra el respaldo de su sillón.

—Los oficiales en el campo de batalla sólo deben sentir optimismo, fe y ardor antes de la batalla —respondió en un tono reflexivo—. Y, para serte sincero, la Diadema podría haber descubierto en cualquier momento lo que tramábamos, haber enviado sus tropas y habernos aplastado. Pero hemos llegado al final del juego.

—Un juego peligroso —observó Sophie.

El general dejó escapar un suspiro.

—Por cuestiones de logística, la Constelación nunca atacará a la vez cincuenta y cuatro planetas. Debemos explotar esa circunstancia al máximo; hay que hacerles creer que contamos con más fuerzas de las que disponemos en realidad. Eso implicará acometer algunos ataques de guerrilla. Pero también tenemos que defender los anillos terminales en un buen número de planetas clave de la Zona Profunda. Si todo eso fracasa, destruiré las viejas rutas.

Sophie puso los ojos como platos.

—¿Serías capaz de eliminar las rutas intergalácticas con Sonjeera? Si lo haces, no habrá vuelta atrás.

Adolphus se tomó unos segundos antes de responder.

—La nueva red nos hace independientes de las Joyas de la Corona. Un buen comandante considera todas las opciones.

—Y tú eres un comandante extraordinario, pero sigo sin quedarme tranquila. La ira de la vieja bruja no es algo que deba tomarse a la ligera.

—Las Fuerzas Armadas de la Constelación son un ejército abultado y difícil de manejar, inexperto, y posiblemente incompetente. Algunos de sus oficiales no valen nada; han conseguido sus ascensos gracias a las influencias familiares, no por sus aptitudes. Sí, la Diadema tiene una flota extensa, eso no lo discuto. Aunque eliminemos las rutas intergalácticas, insistirán en llegar, por mucho que eso les lleve meses o años.

—Pero tendremos meses o años para prepararnos —dijo Sophie—. Mientras sepas hacia dónde se dirigen, tendremos todo el tiempo del mundo para reunir las defensas de la Zona Profunda, incluida tu vieja flota. Estaremos preparados y esperándolos.

Adolphus le sonrió.

—Ojalá todos mis oficiales lo vieran tan claro como tú, Sophie.

Adolphus contempló el mapa de la pared con los planetas de la Zona Profunda unidos por una maraña de rutas escarlata que partían de manera radial de Hallholme. El brillante color rojo le hizo pensar en linajes, en vínculos vitales que garantizaban la supervivencia. Una segunda red de viejas conexiones, marcada en azul, partía de Sonjeera. Por el bien de una economía y de una civilización enérgicas, Adolphus habría preferido mantener operativas ambas redes mientras se construían nuevas estaciones centrales. Pero la Diadema nunca lo permitiría; no al menos sin una guerra de por medio.

—Aun así cuentan con líderes formidables y miles de naves para lanzarlas contra nosotros —dijo Sophie, arrancando a Adolphus de sus meditaciones—. ¿Crees que las Fuerzas Armadas de la Constelación sacudirán el polvo a Percival Hallholme para que vuelva a enfrentarse ti?

Adolphus negó lentamente con la cabeza.

—Oh, no. El comodoro Hallholme quebrantó su código personal para alzarse con la victoria final, aunque lo hiciera cumpliendo órdenes expresas. Él sufrió una derrota en un sentido más trascendental. A pesar de que lo retratan como un héroe, moralmente sufrió una humillación. —El general guardó unos segundos de silencio —. Eso no significa que Michella no encuentre un lacayo sin principios para hacerle el trabajo sucio.

El factor secreto en todos sus planes eran los xayanos. Con sus poderes de telemancia y su enigmático objetivo, el ala’ru, nadie podía predecir qué serían capaces de hacer, qué papel desempeñarían. No obstante, habían prometido ayudarle. Y Keana Duchenet se había convertido en una de ellos.

El día anterior, Rendo Theris le había enviado un mensaje urgente desde la estación central de Ankor junto con un puñado de imágenes imprecisas de unas naves que habían aparecido en las inmediaciones del complejo orbital y habían explorado la estructura antes de desaparecer.

Las naves exploradoras no habían emprendido acciones de ataque manifiestas contra Ankor, no habían enviado ninguna señal de la Constelación y habían esquivado sin grandes alardes los proyectiles defensivos de las instalaciones. Simplemente habían aparecido por un momento, habían observado y luego se habían ido.

El general ya había puesto a los ingenieros a estudiar las imágenes, pero las poco corrientes y veloces naves no se ajustaban a las características de ningún modelo conocido. Ni siquiera Ian Walfor tenía ni idea de qué podían ser.

A Adolphus no se le había pasado por la imaginación que la aburrida Constelación fuera a desarrollar una tecnología tan avanzada en el campo de la aviación espacial, y ahora le inquietaba esos indicios que revelaban la existencia de una imaginación audaz. Se preguntó qué estaría tramando la Diadema. Eso le servía para no olvidar que no podía prever todas las situaciones y que tenía que permanecer alerta, preparado para todo.

A pesar de que era entrada la noche, un Craig Jordan aturullado irrumpió en el salón privado del general. En circunstancias normales, su jefe de seguridad se lo habría pensado dos veces antes de interrumpir un momento de intimidad de Adolphus y Sophie.

—Señor, tenemos un problema de seguridad que yo… yo no sé cómo resolver. Fuera hay gente que solicita verlo.

—¿Gente?

—Mucha, señor.

Adolphus dejó su copa de vino y abandonó su refugio personal consciente de que tal vez su último momento de paz había terminado. Ni siquiera había podido disfrutarlo. Salió con Sophie al porche y se quedó atónito ante lo que vio.

Una muchedumbre se había congregado allí en un silencio inquietante y misterioso. Cientos y cientos de personas habían llegado sin fanfarria alguna y se habían desplegado alrededor de su casa. Cuando vio a Peter Herald, Tel Clovis y docenas de conversos conocidos más comprendió que todos eran xayanos sombra.

Sophie hacía cálculos mentales.

—Tiberio… podrían ser absolutamente todos los conversos.

Al frente de todos ellos, como portavoz, estaba Keana-Uroa.

—En efecto, hemos venido todos porque la trascendencia del mensaje que traemos así lo exige. Ha ocurrido algo grave.

Detrás de ella estaban Devon-Birzh y Antonia-Jhera, cogidos de la mano.

Adolphus había recibido multitud de informes descorazonadores sobre batallas en su vida. Era mejor conocer la verdad y estar preparado que permanecer feliz e ignorante.

—Contadme.

—La diadema Michella ha asesinado a Zairic, a Cippiq y a todos los xayanos sombra que enviamos como emisarios a Sonjeera. Toda la delegación ha sido ejecutada. Lo sentimos a través de la telemancia.

Sophie dio un grito ahogado.

—¡Eso es terrible! Eran nuestros portavoces. ¡Ah, pobre Vincent! Y Fernando… ¿Cómo ha podido matarlos sin más?

—No me sorprende en absoluto —señaló Adolphus.

La voz de Keana se relajó para convertirse en su voz natural.

—Estoy de acuerdo con usted, General. Conociendo a mi madre, yo les habría preparado mejor, pero Zairic era tan confiado… Hace mucho tiempo unió a la raza xayana, y pensé que la Diadema lo escucharía.

—Eso significa que la Diadema ya ha tomado una decisión firme. —El general se volvió a Sophie—. No tenemos tanto tiempo como esperaba. Las Fuerzas Armadas de la Constelación deben de estar de camino. Debemos esperar lo peor.

Keana-Uroa dio un paso al frente, y cuando habló, su voz sonó alta y clara, aunque a ella se unió la reverberación de las voces de todos los xayanos sombra, que repitieron sus mismas palabras y con la misma entonación:

—Estamos listos para ayudarle, general Adolphus.

Se levantó una brisa fría. Los labios de Keana esbozaron una sonrisa secreta mientras hablaba con su propia voz.

—Mi madre se llevará una auténtica sorpresa cuando vea de lo que somos capaces.