Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 14 de 106

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Hellhole

Capítulo 12

12

 

Era alta y de piel morena, con unos pómulos prominentes, ojos grandes y una lustrosa cabellera de un negro azulado. A pesar de sus curvas femeninas, Tanja Hu poseía una gran fuerza física; no en vano la necesitaba a diario para hacer frente a los desafíos inherentes a su cargo como administradora del planeta fronterizo Candela.

Buena parte de los miembros de la extensa familia de Tanja eran unos parranderos que se pasaban la vida riendo y tomando malas decisiones, y que contemplaban con perplejidad la ausencia de sentido del humor en Tanja. Sin embargo, los comportamientos pendencieros agotaban rápidamente la paciencia de los administradores planetarios, y Tanja no tenía tiempo para bromas. La única razón por la que ellos podían celebrar sus juergas era la impecable administración del planeta que llevaba a cabo Tanja. De hecho, ella disfrutaba más cuando se encontraba inmersa en sus quehaceres que en los momentos de «relax». El trabajo le proporcionaba una intensa sensación de satisfacción.

Para lo que era habitual en los planetas de las Joyas de la Corona, el poder político de Tanja era más bien escaso, pero la Zona Profunda se regía por unas reglas distintas a las del resto de la Constelación, y Tanja estaba implicada en más actividades en su atrasado planeta de lo que cualquier noble de la vieja guardia podía apreciar. Eso la reconfortaba mucho más que los brebajes que sus primos destilaban ilegalmente en las aisladas ciudades mineras que Tanja había erigido para ellos. Incluso el hombre al que se había designado para ser su «niñera», el gobernador territorial Goler, del planeta Risco, ignoraba por completo lo que ella, el general Adolphus y muchos otros administradores planetarios estaban desarrollando.

Y ella lo prefería así.

Tanja se sentó a la mesa protegida por un dosel del jardín de la azotea del edificio que albergaba las oficinas de la administración y que flotaba sobre las aguas plácidas del puerto de Saporo. El edificio, de ocho plantas, era idéntico al resto de las construcciones interconectadas que flotaban sobre la superficie del mar de Candela. Los edificios flotantes de Saporo estaban diseñados para no volcar por la acción de los vientos ni de las mareas. Tanja contemplaba los trabajos de los barcos y de los helicópteros, que remolcaban una nueva estructura gigantesca hasta su ubicación definitiva.

Cuando los nuevos planetas fronterizos se abrieron para el establecimiento de asentamientos hacía dos décadas, los primeros inversores habían creído que el planeta Candela, y su ciudad portuaria en particular (con su anillo de colinas con las cimas tapadas por la niebla alrededor de las cristalinas aguas azules) se convertiría en una próspera meca turística. Mucho antes de que las rutas intergalácticas de la Constelación conectaran los planetas de la Zona Profunda con las Joyas de la Corona, varios grupos de colonos independientes habían levantado una ciudad que en seguida empezó a dar muestras de florecimiento. Sin embargo, doce años atrás, y de una manera pacífica, Candela había sido anexionada de nuevo al gobierno central, y entonces una segunda oleada de pioneros había llegado al planeta.

Rápidamente, las casas de reciente construcción empezaron a motear las escarpadas colinas que rodeaban el puerto. Elwyn Morae, el ambicioso primer administrador de la Constelación, incluso construyó un teleférico para trasladar a los turistas hasta las colinas, desde donde se disfrutaba de unas vistas espectaculares. Los residentes del planeta, incluida Tanja Hu, que trabaja para él como asesora y como mediadora con los colonos originales, advirtieron a Morae de los peligros del crecimiento desmedido del asentamiento.

Los primeros e incesantes diluvios torrenciales de la estación de las lluvias, que provocaron aludes de barro, derrumbamientos y pérdida de vidas, pusieron el punto y final a los ambiciosos planes del administrador. Cuando se corrió la voz por las Joyas de la Corona sobre el horroroso clima de Candela, los turistas y los colonos más recientes hicieron las maletas y se marcharon a otra parte. El teleférico quedó en desuso, y las dos cabinas que operaban por contrapeso fueron abandonadas a la herrumbre. En medio del tumulto que se generó, el desacreditado y casi arruinado Morae recogió en silencio las migajas de su fortuna y regresó a Sonjeera, donde recomendó a Tanja como su sucesora (si bien, dada la ruinosa situación de Morae, el hecho de contar con su bendición no tenía ningún peso).

El pedigrí de Tanja se debía a lo siguiente: ella y su familia eran descendientes de los pasajeros embarcados en la primera nave lenta que se había adentrado en la Zona Profunda. Las condiciones benignas de Candela (dejando a un lado las inquietantes lluvias) les habían permitido llevar una vida relativamente tranquila, pero una mujer con las ambiciones de Tanja no encajaba en las viejas costumbres.

Cuando aceptó asumir el cargo tras el descalabro de Morae, Tanja era una mujer rebosante de idealismo y entusiasmo, de espíritu aventurero. Las posibilidades de su planeta parecían ilimitadas si contaba con el respaldo de la Constelación. Pero entonces, cuando se hicieron patentes cuáles eran las prioridades de Sonjeera, se dio de bruces con la realidad. Tanja asistía a las reuniones y las ceremonias que se celebraban en Sonjeera, pero en seguida se dio cuenta de que no quería que Candela acabara convirtiéndose en una burda imitación de la Constelación. Si sus antepasados habían emigrado a la Zona Profunda, había sido por una razón.

Aunque sus sueños no se vinieron abajo de un modo tan radical como las cabinas oxidadas del teleférico abandonado, Tanja se dio cuenta de que en Sonjeera habían dejado de explicarle muchas cosas. Muy pronto aprendió en qué consistía realmente el juego político que se llevaba a cabo en la Constelación. Los nobles de la vieja guardia no la trataban como a una igual, ni por supuesto la consideraban una fuerza que hubieran de tener en cuenta. Pero se equivocaban.

A pesar de que tenía que trabajar constreñida por las leyes y las restricciones que le habían impuesto, Tanja elaboró sus propios planes para hacer de su planeta un lugar esplendoroso. Y, muy pronto, el general Adolphus haría posible ese futuro…

Sentada en la azotea bajo el dosel, Tanja aspiró la fragancia a humedad que había dejado el reciente chaparrón. Ahora que las nubes se habían dispersado, las lejanas montañas exhibían su flamante manto blanco de nieve. Durante la breve pero maravillosa estación seca, Tanja prefería trabajar al aire libre en vez de hacerlo sentada en su escritorio en las oficinas del edificio. Llamaba a éste su «despacho ajardinado», y el personal que trabajaba para ella sabía que sólo debía interrumpirla en caso de que hubieran de tomarse decisiones de máxima trascendencia.

Encendió una pantalla plana insertada en el tablero de su mesa, activó los sistemas de observación y examinó a los trabajadores que iban de aquí para allá en las plantas de oficinas que se sucedían debajo de ella. Su secretaria, Bebe Nax, parecía alterada mientras hablaba con alguien a través de su sistema de comunicación implantado en el oído. Tanja no se molestó en escuchar la conversación. La menuda y batalladora Bebe podía ocuparse perfectamente de lo que fuera. Tanja contaba con un puñado más que suficiente de personas de su entera confianza, ya fuera entre sus empleados o entre su extensa familia. Bebe era una de ellas, y el tío por parte de padre de Tanja, Quinn Hu, otro.

Tanja se sonrió al recordar a su tío. El tío Quinn, con su pelo alborotado y su ropa colorida, tenía más aspecto de artista excéntrico que de director comercial de una empresa de construcción. Y sin embargo, tenía un talento innato para la organización y la contabilidad. Tanja siempre se lo imaginaba sentado delante del panel de mandos de una de las enormes excavadoras que se utilizaban para la explotación de las minas a cielo abierto de las escarpadas colinas.

Tanja echó un vistazo al par de pantallas de un documento abiertas delante de ella; se trataba de unos informes que no habían viajado por la red y que contenían información extremadamente confidencial. En principio, como administradora planetaria de Candela, Tanja era una funcionaria al servicio de la Constelación, pero cada vez se sentía más distanciada del lejano gobierno central. Las frívolas y civilizadas inquietudes de la metrópoli nunca la habían interesado demasiado, y sus expectativas nada realistas de cuál debía ser la contribución de Candela al erario público eran una carga cada vez más pesada que estaba hundiendo a su pueblo.

Uno de los documentos le había sido entregado por un mensajero; era una tabla revisada de impuestos en la que se especificaban los nuevos tributos que debía pagar Candela. Llevaba más de una hora echando humo por culpa de ésta.

La Diadema ponía como pretexto el extraordinario coste que tenía la instalación y el mantenimiento de la red de rutas intergalácticas que unía Sonjeera con todos los planetas de la Zona Profunda para exigir un incremento de los ingresos, que debían salir de la explotación de los productos o de los recursos con los que contara cada planeta de la «Zona Profunda». Las poderosas familias nobles, cómodamente instaladas en sus planetas de las Joyas de la Corona, engordaban sus fortunas mientras los colonos se las veían y se las deseaban para satisfacer las demandas procedentes del exterior.

Las cincuenta y cuatro colonias fronterizas operaban en el marco de un acuerdo con Sonjeera que calculaba los tributos basándose en los porcentajes de las rentas que generaba la producción estandarizada. La riqueza de la Zona Profunda provenía básicamente de las materias primas y los exóticos productos autóctonos que se enviaban por las rutas intergalácticas hasta la estación espacial central de Sonjeera. Los nuevos impuestos se habían establecido de un modo deliberado para sacar más dinero a la Zona Profunda. La anciana Diadema simplemente no se daba cuenta de las penurias que acarreaba su imposición. O tal vez simplemente no le importaba.

Irritada, Tanja deambuló por la azotea ajardinada, rumiando los problemas y sus posibles soluciones. Para poder hacer frente a las implacables exigencias de la Constelación, se había visto obligada a exprimir hasta límites imprudentes las explotaciones mineras a cielo abierto; el trabajo se realizaba con urgencia, de manera desordenada y con poca visión de futuro, pero era el único modo de lograr unos niveles de producción que satisficieran a los inspectores.

Durante la interminable estación del monzón, los mineros y la maquinaria trabajaban permanentemente enfangados en la extracción de los metales. Ahora, por culpa del incremento de los impuestos exigidos, deberían trabajar aún más duro; y habría que recortar costes antes de que volvieran las lluvias…

Echó un vistazo a la pantalla plana y vio que Bebe Nax seguía hablando por su sistema de comunicación implantado en el oído. Parecía aturullada. En ese preciso momento, su secretaria levantó la cabeza, con una expresión suplicante en el rostro, hacia la videocámara instalada en la pared, a sabiendas de que su jefa estaba observándola. Tanja cerró los archivos informáticos que había sobre su escritorio y se deslizó apresuradamente por la escalera de caracol en dirección a las plantas de oficinas.

—Lo siento, señora administradora —se disculpó Bebe, reuniéndose con ella en la puerta de entrada—. Ese apestoso del capitán Walfor insiste en que tiene una cita con usted. ¿Por qué sigue tratando con él? ¡Es un estraperlista!

Tanja esbozó una sonrisa.

—Eso dicen… ¿Dónde está?

—En el vestíbulo de la planta del atracadero.

La desaprobación de Bebe era evidente, pero Tanja sabía con exactitud qué tipo de servicios ofrecía Ian Walfor. Era un hombre jovial y libertino que a veces se hacía insufrible, pero que a Tanja le resultaba útil, pues la distancia entre Candela y Sonjeera era tan grande que le gustaba disponer de fuentes alternativas para conseguir los productos que necesitaba.

—Dile que bajo en seguida.

* * * * *

Walfor, bravucón y risueño, era de esa clase de tipos que cuentan historias subidas de tono a los fornidos parroquianos de las tabernas y que aun así poseen el encanto y el atractivo que embelesan a las damas. También podía llegar a ser un hombre irritante y exigente. Una vez llegado a Candela —tras un viaje interminable a bordo de una nave que todavía empleaba el viejo modelo de propulsores MRL y que evitaba la red de rutas intergalácticas controlada por la Constelación—, Walfor se comportaba como si su cita fuera más importante que la del resto de los mortales.

Daba igual. A Tanja le caía simpático, y entendía por qué estaba ansioso por estirar las piernas tras un viaje tan largo y lento desde Buktu. Cualquier persona capaz de burlar el monopolio que ejercía la Diadema de las vías de comunicación sumaba puntos en la estimación personal de la administradora, aunque el método alternativo fuera tortuoso, lento e incómodo. Walfor también era, a pesar de la ilegalidad evidente de sus actividades, una persona de una honradez impecable, al menos en sus negocios con los planetas de la Zona Profunda. Las autoridades de Sonjeera tendrían una opinión muy distinta de él si supieran a qué se dedicaba, pero Walfor y sus anticuadas y lentas naves de carga MRL habían evitado audazmente llamar su atención hasta el momento.

Walfor exhibía un rostro curtido y una mata de pelo negro. Sus ojos de color verde oliva poseían un brillo embriagador, y Tanja sabía que cada vez que le sonreía estaba imaginándosela en la cama con él. Precisamente eso estaba haciendo en ese momento, aunque ella lo ignoraba.

—Menuda paliza de viaje desde Buktu para traer la mercancía. Mi nave y mi tripulación están en la órbita, pero antes quería verte. Podría tomarme unas minivacaciones para recuperarme. —Esbozó una sonrisa—. Podría atracar mi nave a reacción en el puerto; contemplaríamos la puesta de sol y cenaríamos a la luz de las velas.

—Eso sueno muy… pasado de moda y trillado. ¿No se te ocurre algo más original?

—Yo ya soy original en mí mismo. No hay otro como yo. —Parpadeó repetidamente. Entonces adoptó un tono más serio—. Pero, conociéndote, acabaremos hablando de negocios. Una mujer tan hermosa debería tener prohibido ser tan seria.

Tanja tuvo que hacer un esfuerzo, pero consiguió que no asomara una sonrisa a sus labios.

—Soy una mujer seria. La belleza sólo es una cualidad secundaria.

—Sin embargo es lo primero que yo veo. —Se atusó el cabello e indicó a Tanja que tomara la delantera por la pasarela flotante hacia el helicóptero gubernamental que la administradora tenía preparado—. Ya llegará el día en que te relajes.

—Me relajaré cuando tenga la mercancía cargada y tú estés de camino a Hellhole. ¿Tienes sitio para llevar un cargamento del mismo volumen que el anterior?

—Cuando descargue lo que traigo, habrá espacio en la zona oculta más que suficiente para el cargamento. Echemos un vistazo a lo que tienes. —Walfor le ofreció el brazo cortésmente y Tanja le concedió el gusto aceptándolo.

Walfor insistió en pilotar personalmente el helicóptero, y Tanja lo encontró especialmente guapo viéndolo manejar con extrema confianza los mandos del aparato. Tal vez un día le dejaría probar suerte en el departamento del amor… cuando dispusiera de más tiempo. El helicóptero se elevó sobre las aguas tranquilas del puerto y enfiló hacia el norte siguiendo la costa.

—No es por desmerecer tu encantadora compañía, pero el paisaje de Candela es realmente hermoso —dijo, guiñándole un ojo.

—Cualquier lugar es un paraíso comparado con Buktu.

Walfor estaba de acuerdo. Su colonia estaba demasiado alejada del sol como para convertirse alguna vez en un lugar agradable donde vivir, pero sus toscos compatriotas del planeta fronterizo habían sabido sacar provecho de él sin que nadie se enterara.

El helicóptero sobrevoló varios pueblos montañosos hasta llegar a Puhau, un asentamiento ocupado en su mayor parte por la extensa familia de Tanja.

Walfor se volvió a ella con gesto burlón.

—¿Quieres que nos acerquemos a la casa de tu tío Quinn? ¿Lo despertamos?

—Ya está despierto. Trabaja más duro de lo que harás tú jamás.

—Entonces, ¿por qué no despertamos a alguno de tus primos? —propuso con una sonrisa pícara.

—Hoy no, aunque no sea porque no se lo merezcan. —Probablemente estarían de resaca, pensó Tanja, si bien, a pesar de sus frecuentes juergas y distracciones, había que reconocerles que cumplían con sus horarios de trabajo. A diferencia de Tanja, su miríada de parientes era capaz de olvidarse del trabajo cuando acababa la jornada laboral.

Desde su nombramiento como administradora planetaria, su vasta parentela se había mostrado muy orgullosa de que un miembro de la familia ocupara un cargo importante en la Constelación, y le preguntaban constantemente si conocería en persona a la Diadema. Cada vez que regresaba de Sonjeera, sus familiares se apelotonaban a su alrededor ansiosos por ver qué regalos les había traído desde la metrópoli.

Tras la partida de Elwyn Morae de Candela, Tanja había reclamado las propiedades del antiguo administrador para repartirlas entre su propia familia, de modo que les había proporcionado tierras, casas y empleo. Además, aupó a los miembros de su clan a puestos relevantes en la lucrativa industria minera que conllevaban un buen número de beneficios adicionales.

Ahora Tanja sentía, con la perspectiva que le daba el tiempo, que era lo peor que podía haber hecho. Aparte de Quinn y de otro puñado de familiares, sus tíos y sus primos llevaban una vida disoluta y vergonzosa, convencidos de que estaban disfrutando de un momento de esplendor en la familia. Además, Tanja estaba segura de que algunos de ellos cometían sus fechorías con la sola intención de irritarla, para luego delegar en ella la responsabilidad de arreglar el desaguisado que habían causado.

En una ocasión, un par de sus alocados primos desamarraron tres edificios flotantes y los dejaron a la deriva en las aguas del puerto de Saporo. La broma provocó un caos enorme y graves daños, y Tanja tuvo que pagar indemnizaciones a varios hombres de negocios e inspectores gubernamentales coléricos. Cuando, furiosa, fue a pedir explicaciones a los autores de la imprudencia, éstos se rieron en su cara, asombrados porque Tanja no encontraba la aventura tan divertida como ellos.

A raíz de ese episodio envió a los miembros más escandalosos de su familia a las remotas ciudades de las colinas, donde podían trabajar en las granjas y en las minas a cielo abierto. A pesar del cariño que profesaba a sus primos y de que éstos al final se arrepentían de sus travesuras, Tanja sabía que nunca cambiarían su forma de ser y no estaba dispuesta a permitir que sus payasadas frustraran sus esfuerzos para mantener Candela en funcionamiento. La mejor opción era dejarlos libres en las colinas, donde podían desenvolverse sin demasiadas restricciones. De momento, el tío Quinn se las había arreglado para mantenerlos a raya allí arriba. Era la mejor solución para todos.

El helicóptero se aproximó a la amplia y accidentada sima en la falda de la colina que marcaba los límites de la mina que gestionaba Quinn en Puhau, flanqueada por las casuchas de la aldea que acogía a los trabajadores y la pequeña cabaña donde su tío tenía su oficina. En la parte superior de la falda de la colina, unas gigantescas palas excavadoras arrancaban pedazos de suelo y llenaban unos inmensos volquetes con pesados terrones de los que se obtendrían valiosos metales.

Tanja no soportaba la visión de las colinas pisoteadas, excavadas y trasquiladas. Esperaba repoblarlas de vegetación algún día, pero la necesidad permanente de satisfacer los tributos exigidos desde Sonjeera la obligaban a adoptar unos métodos de producción extremos. Las cuadrillas de mineros ya trabajaban las veinticuatro horas del día, y la inminente estación de lluvias dificultaría aún más las labores.

No obstante, no había llevado allí a Walfor para enseñarle la mina. El helicóptero sobrevoló otra cima perforada, donde empezaban a arraigar los árboles jóvenes que se habían plantado para reparar las cicatrices de tantos años de explotación minera.

—Cada vez tiene mejor aspecto —comentó Tanja—. Ya no se aprecia ningún rastro de la mina, y las galerías no se derrumban.

Si bien, por un lado, Tanja había repoblado la superficie de las antiguas minas a cielo abierto, por otro lado había conservado operativa una serie de túneles que atravesaban las montañas y que conectaban una mina en particular con el mar, donde la flota de las veloces embarcaciones de Walfor recogían un enigmático cargamento para trasladarlo a bordo de sus lentas y pesadas naves de mercancías MRL y llevarlo a Hellhole, donde lo entregaban al general Adolphus.

La misteriosa mercancía provenía de un rico filón de iperión del que no tenía conocimiento la Constelación.

El tío Quinn había hecho un descubrimiento inesperado siete años atrás: un yacimiento de la extraña sustancia con la que se señalizaban las rutas intergalácticas a través del espacio. Si Tanja hubiera informado del descubrimiento a la Constelación, los empresarios industriales de las Joyas de la Corona y los funcionarios gubernamentales se habrían presentado como una plaga de langostas en Candela, de modo que había optado por no revelar el hallazgo a la Diadema.

En aquel momento había tomado la decisión de que su planeta y sus habitantes seguirían un camino distinto. Sólo Quinn y un puñado de personas de confianza sabían de la existencia del yacimiento de iperión y de las operaciones de procesamiento. El general Tiberio Adolphus era su único cliente, ya que Tanja secundaba los ambiciosos planes del desterrado oficial. Si la persona equivocada se enteraba de la confabulación, tanto ella como todas las personas involucradas serían acusadas de traición.

Ian Walfor reía con evidente júbilo mientras el helicóptero descendía hacia el escenario de las operaciones secretas.

Una vez finalizada la inspección, Walfor pilotó el helicóptero de regreso al puerto y a los edificios administrativos de Saporo.

—Hay que estar hecho de una pasta especial para tener éxito en la Zona Profunda. Y tú, Tanja, sin duda estás hecha de esa pasta.

—Mira quién habla.

Durante el vuelo de regreso, una masa de nubarrones empezó a concentrarse sobre las cumbres montañosas. Tanja conocía perfectamente el significado del fenómeno. Una lluvia tibia salpicó el parabrisas del helicóptero. Las tormentas monzónicas no tardarían en llegar a Candela.