Hellhole

Brian Herbert · Capítulo 15 de 106

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Hellhole

Capítulo 13

13

 

Ishop Heer se alegró de hallarse de regreso en Sonjeera tras su encuentro con el exiliado general rebelde. El asesor de la Diadema estaba acostumbrado a manipular a las personas, sobre todo a los nobles de Sonjeera, que lo trataban con muy poco respeto, pero Adolphus lo había mangoneado sin reparos pese a que lo había pillado evadiendo sus obligaciones tributarias con la metrópoli.

Ishop aspiró una bocanada de aire fresco, limpio. Aun después de haber abandonado aquel primitivo y polvoriento planeta de la Zona Profunda, todavía se sentía sucio. Se había duchado a conciencia en el módulo de pasajeros durante el viaje de vuelta a casa, varias veces, e incluso se había deshecho de la ropa que había llevado. Sí, realmente era estupendo estar de regreso en Sonjeera.

El retorno a la capital hacía que la adrenalina le recorriera el cuerpo mientras cavilaba sobre las intrigas perpetradas entre bambalinas, sobre las confabulaciones de los legisladores y sus compinches y sobre su propio papel dentro de ese torbellino de actividades. Ishop era para la Diadema un asesor discreto, un sabueso, un cauto liquidador «expeditivo para las tareas difíciles». A pesar de que no era —y nunca llegaría a serlo— un noble, se paseaba entre los aristócratas sin atraer su atención y ninguneado por ellos. En cierto modo, eso era una ventaja.

Su notable secretaria, Laderna Nell, era una experta en recabar información delicada sobre los rivales de la Diadema. Además, era todo lo organizada que Ishop Heer precisaba y se las arreglaba para mantener en orden las numerosas listas de su jefe al tiempo que lo hacía con las suyas propias. Laderna, con sus afiladas dotes detectivescas, incluso había descubierto detalles embarazosos de la vida de la propia Michella, en especial del rumor que circulaba sobre la autoría del asesinato de su hermano Jamos cuando todavía era un crío y la posterior amenaza de muerte a su hermana menor, Haveeda, quien había presenciado el incidente. Un dato significativo: en las últimas décadas, Haveeda no había sido vista en público, y se comentaba que vivía internada en una institución mental, aunque nadie había logrado dar con su paradero. Sin embargo, ese rumor bastaba para picar la curiosidad de Ishop.

No obstante, Ishop mantenía sabiamente esa bomba informativa en el más absoluto secreto, con la intención de utilizarla sólo en el caso de que se diera una situación extrema. Ishop era un siervo leal y nunca permitiría que nadie perjudicara a la Diadema.

Sin embargo, si ella intentaba perjudicarle alguna vez…

Al día siguiente de su regreso de la pústula de la Zona Profunda llamada Hallholme, a primera hora de la mañana, Ishop acudió acompañado por la diligente Laderna a la Cámara de los Lores para presentar su informe. Ambos revisaban la información que el asesor trasladaría al Consejo, recluidos en una antecámara sin ventanas y engullendo tazas de un kiafa (una popular bebida estimulante y dulzona que se tomaba caliente) turbio y rancio.

Laderna era una mujer desgarbada, prácticamente de su misma estatura, pelirroja, con el cuello largo y unos ojos castaños en forma de almendra. Era un ratón de biblioteca y algo torpona, pero también la investigadora más perspicaz y dedicada que Ishop había contratado jamás. Ella bebía dos tazas de kiafa por cada una que tomaba él, y si él dejaba la suya sin terminar, Laderna ya se ocupaba de dar buena cuenta de ella. En ese preciso momento, Laderna sostenía la taza medio llena de Ishop entre las manos, dándole sorbos mientras repasaba las notas en una tablilla electrónica e iba resaltando unos fragmentos. «Puntos importantes». Ishop había elaborado su propia lista y, asombrosamente, los puntos destacados por Laderna coincidían con los suyos.

Ishop habría preferido informar previamente a la Diadema, pero Michella había estado inmersa en reuniones privadas con los belicosos representantes de los Tazaar y de los Paternos. Sin duda, el informe sobre Adolphus y sus actividades mineras secretas que iba a presentar al Consejo eclipsaría esas disputas (un hecho que los nobles no le agradecerían).

—Parece distraído hoy —dijo Laderna, mirándolo concienzudamente, con los ojos chispeantes.

—Entonces, tal vez deba acabarme el kiafa —repuso, bajando la mirada hacia la taza que sostenía su secretaria.

Laderna se percató de que se había apropiado de la taza de su jefe y rápidamente se la devolvió.

—¡Oh! Lo siento.

En circunstancias normales, Ishop habría rechazado tocar una taza de la que hubiera bebido otra persona, pero en este caso se trataba de Laderna. Apuró el brebaje y dejó la taza; revisó las notas de su subordinada y aprobó sus sugerencias.

—Es hora de entrar.

Ishop accedió al gran salón por una puerta lateral con Laderna pisándole los talones. La secretaria encontró un sitio libre en una de las galerías laterales. Ishop, por su parte, ocupó su asiento habitual a la mesa de madera ubicada en el centro de la estancia, justo delante del Trono Estelar. Los legisladores y los nobles fueron ocupando sus sitios en la tribuna semicircular en medio de un gran bullicio.

Todos los presentes se levantaron cuando la diadema Michella hizo su entrada. La majestuosa y cana soberana tenía una expresión especialmente adusta que contrastaba marcadamente con el semblante jovial que solía mostrar en público. Ishop tenía por costumbre valerse de los colores de la vestimenta de la Diadema como indicador de su estado de ánimo. Ese día Michella llevaba puesta una túnica oscura estampada con el emblema arremolinado de la Constelación. Sin duda estaba furiosa por algo.

El funcionario encargado de mantener el orden en la cámara, enfundado en su uniforme dorado, llamó al orden, y los asistentes volvieron a sentarse.

—En primer lugar escucharemos el informe del asesor especial Heer, quien acaba de regresar del planeta Hallholme con nuevos descubrimientos sobre las actividades del general Adolphus.

En el transcurso de las consabidas muestras de descontento de los presentes, Ishop hizo una reverencia cumplida y dirigió una sonrisa furtiva a la Diadema; a continuación presentó sus respetos a los nobles congregados. Algunos de ellos lo miraron como si se tratara de una criatura inferior cuya existencia, más que respetar, toleraban; daba igual la calidad del trabajo que realizara, siempre lo recibían igual por el mero hecho de no pertenecer a su estamento.

Si bien Ishop nunca se permitía exteriorizar el efecto que le provocaba en su interior el desprecio que le dispensaban, sí tomaba nota mental de los más desconsiderados, y llevaba a cabo algunas pesquisas preliminares por si en algún momento se daba el caso de que tuviera que defenderse de un ataque. Siempre era aconsejable tener a mano un chivo expiatorio…

El asesor se había lavado las manos y la cara, se había vestido con sumo celo y ahora se hallaba plantado delante de los nobles con sus notas y su listado en la mano.

—Damas y caballeros, tras mi reciente regreso de Hallholme, me gustaría presentarles mi informe sobre el traidor exiliado Tiberio Maximiliano Adolphus.

Los resoplidos de desaprobación se extendieron por los legisladores sentados.

Siguiendo el consejo de Laderna, Ishop expuso de forma resumida lo que había visto durante la inspección de los libros de registros de Adolphus. Describió las capacidades comerciales del planeta y habló de los primeros pasos que estaba dando en el camino de la industrialización. Gesticulando ostensiblemente para enfatizar el efecto de su discurso, informó de que Adolphus había estado disfrutando de una vida espléndida gracias a que había ocultado a la Constelación la existencia de determinadas industrias en su planeta.

Ishop recorrió el auditorio con la mirada, dando tiempo a que sus palabras calaran en los presentes, y entonces aludió de nuevo al listado.

—El administrador Adolphus ha ocultado la existencia de minas, fundiciones y factorías para el procesamiento de metales. Su producción de acero, cobre, aluminio, titanio y estaño es, cuando menos, un veinte por ciento mayor de los informes que nos entregaba. Ha estado engañándonos. Había empleado el «nos» de un modo intencionado, aunque ninguno de los nobles lo contaba entre los suyos.

En vez del estallido de indignación que esperaba oír, en la cámara sólo se produjo un leve murmullo que incluso podía pasar por una risita ahogada. Lord Azio Tazaar tomó la palabra.

—¿Un veinte por ciento más de metales que en el fondo no nos aportan nada? ¿Quiere que nos envíe a Sonjeera contenedores llenos de lingotes de latón? Traerlos costaría diez veces más de su valor real. —Soltó un sonoro bufido—. Si eso es lo peor que puede hacer Tiberio Adolphus, deberíamos dejar que se distrajera con sus maquinaciones.

Ishop recibió con sorpresa aquella reacción. ¿Cómo era posible que las familias de la nobleza hubieran olvidado tan pronto la amenaza que representaba el general?

—Es un hombre peligroso —les recordó Ishop, que pasó a explicarles cómo Adolphus lo había amenazado a él, un representante oficial de la Diadema, con dejarlo a la intemperie en medio de una terrorífica tormenta electrostática.

—¡Yo mismo le abandonaría a la intemperie, Heer! —exclamó lord Riomini desde la primera fila de asientos.

Todo el mundo se rio de Ishop, quien respondió esbozando una sonrisa y haciendo ver que no se lo tomaba como una ofensa, pues el Lord Negro era el aliado más poderoso de la Diadema. Sin embargo, el asesor nunca olvidaría aquellos comentarios. Esperó a que las risas —no en todos los casos sin malicia— amainaran para continuar. Por mucho resquemor que le produjera, Ishop sabía cuál era su sitio.

Michella había visto inmediatamente el potencial de Ishop y lo había catapultado desde sus orígenes humildes en recompensa por su extraordinario talento y lealtad. De joven, Ishop había creído firmemente que, de un modo u otro, podría alcanzar sus sueños; pero era un don nadie (el único hijo de una familia vulgar y con unos padres que no albergaban ninguna ambición), de modo que había huido de casa.

Decidido a convertirse en alguien a pesar de no venir de una familia con contactos, Ishop fue abriéndose camino hasta lograr un puesto en lo más bajo del escalafón en el palacio de la Diadema, donde trabajó duro, siempre con los oídos atentos y los ojos abiertos a la espera de una oportunidad.

Empezó a labrarse un porvenir cuando descubrió la complicada trama de intrigas y conspiraciones que se desarrollaba en el palacio, incluso entre los criados, los cocineros, los vigilantes, los mensajeros y los jardineros. Al parecer, todos estaban dispuestos a defender su puesto de trabajo con uñas y dientes. Y en eso Ishop era mejor que sus colegas.

El punto de inflexión se produjo mientras trabajaba en el garaje del palacio. Ishop reparó un día en que había algo extraño en el comportamiento del jefe de los chóferes. El asunto había pasado desapercibido para los demás, pero Ishop informó de sus sospechas a un capitán del cuerpo de guardia, una mujer con un rostro imperturbable que, Ishop lo sabía, ambicionaba ascender en la jerarquía militar. A cuenta de las insistentes advertencias del joven Ishop, el cuerpo de seguridad del palacio registró de inmediato los aposentos del jefe de los chóferes y encontró pruebas de un complot de vasto alcance para asesinar a la Diadema cuando se dirigiera a la fiesta de gala de un acto público.

Diecisiete hombres y mujeres fueron detenidos en el palacio a raíz del descubrimiento de la trama (todas las personas que figuraban en la lista que había elaborado Ishop). El joven empleado estaba dispuesto a compartir los méritos con la ambiciosa capitán de la guardia, pero, desafortunadamente, ésta tenía otros planes, así que Ishop se propuso destruirla también a ella. Basándose en sus minuciosas observaciones del jefe de los chóferes, Ishop fabricó pruebas falsas que vinculaban a la capitán con el traidor y con varios conspiradores más. Todos ellos tuvieron una muerte horrorosa.

Fue como limpiar de ramas secas un bosque, y pronto Ishop tuvo despejado un ancho camino ante él. Aprendió a hacer lo que fuera necesario, primero en beneficio propio y luego —cuando la Diadema lo cobijó bajo su ala— en el de Michella.

La anciana soberana a menudo le demostraba el aprecio que le tenía, y él siempre le estuvo agradecido por lo que había hecho por él. En la actualidad, Ishop se encargaba con discreción, a veces incluso con un exceso de tacto, de cualquier tarea que la Diadema le solicitara. A lo largo de los años se había deshecho de tres nobles de escaso renombre que ambicionaban un pedazo mayor del pastel de la Constelación. Cada una de esas muertes se había ejecutado de tal manera que pareciera un accidente, sin dejar ningún cabo suelto. La diadema Michella prefería desconocer los detalles más truculentos y se limitaba a informarle de cuál era su misión y de advertirle que debía llevarla a cabo con presteza. Ambos mantenían una fluida relación laboral, y ella lo recompensaba con un confortable apartamento en el distrito gubernamental, encuentros sexuales con cortesanas de lujo y generosos ingresos en su cuenta bancaria.

Ishop no tenía ninguna necesidad de impresionar a aquellos nobles engreídos. Ya tenía lo que merecía, ¿no? La inteligencia y el talento lo habían encumbrado, y ya había tocado el techo de sus posibilidades reales. Michella creaba de vez en cuando un nuevo cargo o título expresamente para él, pero Ishop siempre sentía un ligero e insatisfecho apetito, como si hubiera asistido a una de las lujosas recepciones de la Diadema y hubiera intentado suplir una comida del día con los deliciosos aperitivos que, pese a su exquisitez, no lo saciaban…

—No siento un aprecio mayor por el rebelde Adolphus que cualquiera de vosotros —espetó el bajo, fornido y barbudo lord Tazaar—, pero ¿por qué habríamos de quejarnos si ha fundado una civilización floreciente en esa trampa de planeta? ¿A quién le importa que extraiga un par de toneladas más de hierro? Queremos que administre la colonia de un modo eficaz en beneficio de la Constelación. Nosotros recibimos nuestros tributos. Los informes que he visto muestran un incremento en los ingresos correspondientes a los impuestos pagados por Hallholme. ¿Por qué seguir exprimiéndolo sin necesidad?

—Esperamos ese tipo de eficiencia en un militar, lord Tazaar —replicó la Diadema—, pero también es una persona peligrosa. Debemos exprimir al administrador Adolphus como a una bestia de carga, asegurarnos de que ara los campos adecuados y de que no nos oculta nada. Por eso di instrucciones a mi asesor para que no le quitara la vista de encima.

—¡Si tan extraordinario es el talento de Ishop Heer, tal vez deberíamos dejar en sus manos el control de todos los bienes de los Tazaar! —La mordacidad de este nuevo comentario de lord Riomini superaba a la del anterior.

—¡Basta! Señor Heer, concluya con la presentación de su informe —espetó furiosa Michella, adelantándose a Azio Tazaar, quien, rojo de la ira, se disponía a replicar a su par.

Ishop dirigió una reverencia al Trono Estelar y echó un vistazo a su lista antes de continuar, a pesar de que era a todas luces innecesario.

—En resumen, excelencia, el administrador Adolphus afirma atenerse a los términos de su exilio; sin embargo, aporta unos datos por debajo de la realidad de los recursos y de la producción industrial de su planeta para evitar pagar los tributos correspondientes. Pese a estas actividades ilícitas, parece que de momento mantiene una actitud mansa, si bien en el futuro podría seguir representando una amenaza para la Constelación.

—Por lo tanto, debemos seguir vigilándolo —apuntó la Diadema, que haciendo una indicación a su asesor para que se retirara, añadió—: Gracias, señor Heer. — Entonces respiró hondo antes de enfrentarse a la tediosa y desagradable tarea que venía a continuación—. El siguiente punto en el orden del día nos lleva a reanudar el debate sobre el caso Paternos y la administración del planeta Kappas.

Ya en un segundo plano, y una vez que la tormenta política de la Constelación irrumpió dejándolo de lado, Ishop abandonó la cámara con Laderna caminando con paso brioso a su lado.

—¡Buen trabajo, señor Heer! —musitó la secretaria con verdadero fervor, dándole un golpecito afectuoso en el brazo.

Ishop le dio unas palmaditas cariñosas en la mano. Sin embargo estaba molesto porque los nobles no veían la amenaza que Adolphus seguía representando. En la mente del asesor Heer se prefiguraban otras conspiraciones.

* * * * *

La Diadema convocó esa misma noche a Ishop para que le informara en privado. En esta ocasión, el asesor le describió detalladamente su encuentro con el general. En ningún caso creía Ishop que el general Adolphus fuera el hombre derrotado y colaborador que aparentaba, si bien los libros secretos con los registros de las explotaciones mineras no representaban una amenaza significativa contra la Constelación. Era frustrante.

Lo normal habría sido que Michella se hubiera puesto hecha una furia al oír que habían estado engañándola, pero escuchaba el relato de su sabueso con la cabeza puesta en la contienda que se avecinaba entre los Tazaar y los Paternos.

—No entiendo por qué se pelean —dijo Michella, meneando la cabeza—. Kappas apenas si se puede definir como un planeta, y sin duda no es una fuente de riquezas que digamos. No obstante, es el hecho de que los Paternos se nieguen a renunciar a él lo que alimenta el deseo de los Tazaar.

—Cierto es que no parece un lugar por el que valga la pena luchar, excelencia… Por tanto debe de haber otro motivo. Algo personal.

Una sonrisa asomó en los labios de Michella.

—Tan perspicaz como siempre, Ishop. En efecto. Hace años, los Paternos tenían el voto decisivo en un asunto de cuyos detalles no recuerdo y lo emplearon contra los Tazaar. Tampoco el resto de los miembros del Consejo deben de recordarlos, excepto lord Tazaar, por supuesto. Las rencillas son una herida que tarda en cicatrizar.

—Siempre hay corrientes de agua fluyendo bajo la superficie… y las habitan peces voraces.

—Así es, y tú eres una de mis defensas contra ellos. Mi baza, Ishop, consiste en indicarte la dirección correcta para que nunca te vuelvas contra mí.

—¡Nunca haría algo así, excelencia! —espetó Ishop, seguro de que empleaba un tono convincente.

—Te creo, Ishop. Después de todo eres como el hijo que nunca tuve.

La sinceridad que desprendía su voz resultó conmovedora, pero Ishop no podía permitirse el lujo de olvidar que Michella había asesinado a su propio hermano y recluido a su única hermana. Además, el marido de la Diadema había muerto antes de que Keana cumpliera un año, si bien él nunca había encontrado ningún motivo para sospechar que Michella estuviera involucrada en el fatal suceso. La muerte de su marido había parecido, pura y simplemente, un accidente.

«Como el hijo que nunca tuve». A juzgar por todos los acontecimientos, Ishop se preguntó hasta qué punto era seguro formar parte de la familia más cercana de la Diadema.