Hellhole
Capítulo 48
48
A pesar de que Sophie no necesitaba una excusa para invitar a Tiberio Adolphus a un ágape, siempre intentaba que cualquier comida fuera especial. En el transcurso de su trayectoria profesional, el general había ingerido tanta comida fabricada en serie en los comedores militares que había acabado considerando el acto de comer como una mera ingesta de elementos nutritivos.
Sophie se había propuesto enseñarle que la comida podía ser una actividad refinada, con matices de sabores y texturas, contrapuntos deliciosos y sorpresas refrescantes… como una compleja sinfonía. «Si uno de tus objetivos es convertir Hallholme en un lugar civilizado, tendrás que dar ejemplo», le había dicho en una ocasión.
Siempre estaba demasiado absorta en los problemas de su empresa como para dedicarse a ello como era debido, pero se obligaba a tomarse las cosas con más calma por el bien de Adolphus y del suyo propio. El peso excesivo de sus responsabilidades les obligaba a sacar tiempo de donde no lo había para estar juntos.
Ahora el general estaba sentado en el salón, en una silla tapizada que en la vida de Sophie ya se había convertido en «la silla de Tiberio». Sophie tenía que reconocer que sentado en ella Adolphus se daba un aire a presidente. El general Tiberio Adolphus poseía un porte innato de líder que se había acrecentado por sus años de servicio militar, y si la zorra de la Diadema hubiera aprendido a trabajar con él en vez de hacerlo contra él, el general habría podido haber hecho cosas extraordinarias para la humanidad.
Tal como estaban las cosas, Adolphus tendría que hacer cosas extraordinarias sin la ayuda de la Constelación.
Sophie apareció con una botella verde acurrucada entre sus brazos, sosteniéndola como si se tratara de un bebé.
—Te presento la cosecha de Cabernet de este año.
Mostró a Adolphus la etiqueta sencilla y meramente informativa de la botella. Sophie no se entretenía en la cuestión de diseñar un logotipo de tintes artísticos, pero si alguna vez se decidía a exportar vino de Hellhole en cantidades industriales, aunque su único reclamo para la venta fuera la originalidad del producto, tendría que mejorar ese aspecto. Tal vez debería encargar a Devon que le esbozara algo apropiado. O tal vez Antonia Anqui poseyera dotes artísticas. Sophie se dijo que tendría que interrogar a la muchacha sobre el tema.
Adolphus examinó la botella.
—Irá bien con nuestros filetes.
Si bien la producción de hortalizas en los invernaderos abovedados superaba las expectativas, el proceso de la cría de ganado procedente de embriones importados entrañaba numerosas dificultades: los terrenos para el pastoreo debían ser limpiados y fertilizados y había que sembrar suficiente pasto para alimentar a una manada de reses. La vegetación autóctona se infiltraba en el heno; algunas hierbas nativas enfermaban el ganado, otras simplemente arruinaban el sabor de la carne. Los establos debían ser robustos para soportar la miríada de tormentas, y las reses debían permanecer siempre cerca de ellos para poder meterlas a tiempo cuando se produjera un cambio brusco en la meteorología.
Dado que se contaba con medios mucho más sencillos para producir proteínas, la cría de ganado para el consumo no tenía sentido desde el punto de vista económico. Las aves de corral se habían revelado como una fuente de proteínas mucho más eficaz y que requería mucho menos esfuerzo. Sin embargo, Sophie sabía que no todo se reducía a la ingestión de calorías, y un trozo de solomillo era una prueba de ello para cualquiera con un sentido del gusto mínimamente desarrollado.
Armand Tillman, uno de los pocos rancheros locales que se las había ingeniado para mantener con vida sus reses, sacrificaba de vez en cuando un buey y enviaba los mejores cortes a Adolphus. La idea de aceptar un regalo de tanto valor le había incomodado al principio, hasta el punto que había intentado devolver la carne. «No soy la Diadema. No tiene que pagarme un tributo». Pero Tillman no había dejado de enviarle carne, y Sophie estaba encantada con el obsequio ocasional. «No te cierres en banda con él, Tiberio». Sophie había pedido a sus cocineros que prepararan los filetes con tanto esmero que el general los esperaba con ansía, como también el hecho de disfrutarlos en su compañía.
Adolphus le devolvió la botella. Sophie la descorchó (encorchaba las botellas con un tapón fabricado con un compuesto de resina, pues se negaba a importar de otro planeta corcho auténtico), y escanció una copa para cada uno. La cristalería también había sido fabricada en Hellhole, a partir de las extracciones locales de sílice y oligominerales.
—Dame tu opinión sincera —dijo Sophie, ofreciéndole una copa.
—Siempre soy sincero contigo, pero no soy de paladar fino. —Adolphus alzó la copa y examinó el vino—. El color es intenso. —Lo olfateó y dio un sorbo. Una sonrisa apareció en sus labios—. Cada año te sale mejor.
Sophie arrugó el ceño con escepticismo y dio un sorbo a su copa. El caldo, como siempre, dejaba un regusto persistente, una astringencia, por así decirlo, causada por la composición química del suelo.
—Todavía deja ese resabio raro. Seguiré trabajando en él.
—Habrá quien dirá que ése sería su rasgo distintivo: la contundencia.
Sophie hizo una mueca sin desviar la mirada de su copa y volvió a hacer girar el vino.
—Habrá quien lo dirá, pero será una minoría.
Adolphus se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—Nuestro vino no tiene por qué saber exactamente igual al que beben los nobles en Sonjeera. No estamos intentando copiar a la Constelación.
Sophie se inclinó hacia él y le besó en los labios con sabor a vino. Habría llegado más lejos con sus besos, pero el cocinero entró en el salón con aire despreocupado cargado con dos fuentes chisporroteantes con filetes.
—Después —susurró Sophie al general.
Sophie encendió una vela en la diminuta mesa. Al general le hizo gracia.
—¿Yo mantengo operativo el suministro de energía en Michella Town y tú usas velas? —comentó Adolphus—. Hay mejores métodos para iluminar una habitación, ¿lo sabías?
—Seguro que sí, pero no cumplirían su misión.
Mientras hundían el cuchillo en los filetes y aspiraban el aroma visceral del jugo de la carne, Sophie le pidió que le contara algo más sobre las charcas de aguaviscosa, las historias fabulosas de Fernando-Zairic y la extraña criatura que Jordan Craig había abatido.
—Hemos realizado dos descubrimientos reveladores. Si las formas de vida más complejas sobrevivieron al impacto, tendremos que cambiar de arriba abajo los modelos que habíamos elaborado sobre el planeta. —Soltó el tenedor en la mesa—. Y si esas charcas de aguaviscosa son realmente una base de datos accesible de la civilización alienígena original, este planeta se ha convertido en un lugar inmensamente más interesante.
—Entonces, ¿crees de verdad que esas charcas tienen algo especial?
—Estoy convencido de que estamos ante un gran enigma, y me inclino a dar a nuestro amigo Fernando Neron, o Zairic, el beneficio de la duda. De perdidos al río. Ya he ordenado que los equipos pesados de minería y de excavaciones empiecen las perforaciones en busca de ese supuesto museo enterrado en las entrañas de las montañas. Podría ser un tesoro para nuestra colonia.
—O una caja de Pandora.
—En ese caso más nos valdrá andarnos con ojo. —El general le dirigió una sonrisa pícara—. Y he decidido correr otro riesgo. Si empleo en la tarea a mis mejores ingenieros de minas y supervisores, a alguno de los inspectores de la Constelación podría llamarle la atención y hacer demasiadas preguntas.
—¿A quién puedes enviar entonces?
Adolphus se tomó un momento antes de responder, como si ni siquiera él mismo estuviera seguro de la decisión que había tomado.
—¿Te suena Cristoph de Carre? He investigado a fondo su situación… la Constelación lo ha destruido con sus intrigas políticas. Si se trata de un truco, está muchos escalones por encima de todo lo que la diadema Michella ha intentado antes. Creo que de Carre es sincero… además de la persona idónea que necesito. Su motivación está por las nubes, tiene aptitudes y experiencia en excavaciones a gran escala. Ha administrado las minas de iperión de Vielinger, así que entiende de túneles, y es capaz de coordinar grandes equipos de trabajo. Voy a ponerlo al cargo de la excavación para encontrar la cámara secreta de los xayanos.
—No lleva demasiado tiempo aquí —apuntó Sophie, enarcando las cejas—. ¿Estás seguro de que puedes confiar en él?
Cristoph de Carre había estado trabajando en los peores puestos sin levantar una queja.
—¿O no será que lo envías a cazar gamusinos? —sugirió Sophie, soltando una carcajada.
Adolphus encontró divertido el comentario.
—De hecho, de momento, lo único que tenemos de verdad son gamusinos. Además, la elección de Cristoph de Carre tiene otra posible ventaja. Aunque la excavación se quedara en aguas de borraja, habría tomado la medida y formado a un hombre que podría convertirse en un valioso lugarteniente.
—Siempre tan previsor, ¿eh?
Adolphus tomó otro bocado de su filete.
—Nunca pierdo la esperanza. Y si al final encontramos el museo de Zairic, pues mucho mejor.