La compañía

Joseph Finder · Capítulo 101 de 111

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La compañía

Capítulo 100

 

 

La Primera Iglesia Abisinia de la Nueva Alianza era un edificio de piedra, antiguamente imponente, que se había ido deteriorando a lo largo de los años. Los raídos cojines de terciopelo de los bancos, que pedían a gritos ser sustituidos por otros nuevos, habían sido remendados demasiadas veces. En ese lugar siempre hacía frío, tanto en invierno como en verano, probablemente debido a los muros y el suelo de piedra, aparte de que los fondos de la iglesia habían mermado y costaba una fortuna caldear debidamente aquel cavernoso espacio interior.

Esa mañana el número de asistentes era reducido, como la mayoría de los domingos, salvo en Pascua y Navidad. Había incluso algunos rostros blancos: unos pocos fieles que asistían regularmente en busca del consuelo que no hallaban en otras comunidades. La familia de LaTonya no estaba presente, lo cual no era de extrañar, puesto que sólo asistían un par de veces al año. De recién casados, Leon acompañaba a Audrey a la iglesia, hasta que declaró que eso no era lo suyo. Audrey no sabía si Leon se había quedado en la cama o estaba haciendo otra cosa, a saber dónde.

Leon era uno de los motivos por los que Audrey se sentía abatida esa mañana. Aparte de Noyce. La noticia la había afectado profundamente. Audrey se sentía traicionada por un hombre que había sido su amigo y benefactor y le había ocultado su auténtica naturaleza. No podía perdonárselo.

Pero aunque ese hallazgo la había herido en lo más profundo, al mismo tiempo la había liberado. Audrey ya no tendría que preocuparse de si traicionaba o no a Noyce, de si obraba a sus espaldas, de si desobedecía sus órdenes. Sabía que estaba obligada a seguir adelante. Al margen de que Jack Noyce estuviera o no en la nómina de Stratton Corporation, que hubiera filtrado a su antiguo compañero detalles de la investigación —o se hallara simplemente en una situación comprometida, atrapado por lo que Rinaldi sabía acerca de él—, Noyce había hecho todo lo posible por entorpecer su investigación. Audrey recordó las numerosas conversaciones que había mantenido con Noyce sobre ese caso, los consejos que él le había dado tan generosamente, la forma en que le había aconsejado que procediera con cautela, advirtiéndole que no tenía suficientes pruebas para arrestar a Conover y a Rinaldi. ¿Quién sabe qué otras cosas había hecho Noyce para impedir que Audrey avanzara en su investigación? ¿Qué recursos había bloqueado en secreto? Independientemente de cuál fuera la verdad, Audrey no podía revelar a Noyce que Bugbee y ella pensaban solicitar una orden de arresto contra el director general y el jefe de finanzas de Stratton. Tenía que ocultárselo, pues estaba segura de que Noyce se apresuraría a prevenir a Rinaldi y haría cuanto fuera para impedir el arresto.

Pero en ese lugar, Audrey se sintió por fin en paz, arropada y querida. Todo el mundo le dio los buenos días, incluso personas cuyos nombres no conocía: caballeros de exquisita cortesía, muchachos educadísimos, mujeres jóvenes y encantadoras, madres pendientes de sus hijos y ancianas de cabello blanco. Maxine Blake iba vestida de blanco de pies a cabeza, luciendo un aparatoso sombrero que parecía un cubo boca abajo del que salían unos tentáculos que lo rodeaban como anillos en torno a un planeta. Maxine abrazó a Audrey, estrechándola contra su voluminoso pecho, envolviéndola en una nube de perfume, calor y amor.

—Dios es bueno —dijo Maxine.

—Siempre —respondió Audrey.

La celebración comenzó con veinte minutos de retraso. «La hora de las gentes de color», como solían bromear. Los miembros del coro, magníficamente ataviados con sus túnicas rojas y blancas, avanzaron por la nave central dando palmadas y cantando It’s a highway to heaven, tras lo cual empezó a sonar el órgano eléctrico seguido por la trompeta y el tambor. Audrey se puso a cantar junto con prácticamente todos los asistentes. Siempre había deseado cantar en el coro, pero no tenía buena voz, aunque había observado que algunas de las mujeres del coro tenían poca voz y solían desafinar. Algunas tenían una voz espectacular, desde luego. La mayoría de los hombres tenían una voz grave de bajo, pero el tenor desafinaba las más de las veces.

El reverendo Jamison inició su sermón como de costumbre, diciendo: «Dios es bueno», a lo que todos respondieron: «Siempre». El reverendo volvió a pronunciar la frase, y todos repitieron la respuesta. Sus sermones eran siempre muy sentidos, por lo general inspirados, y nunca se extendía demasiado. Pero no eran especialmente originales. Audrey había oído decir que el reverendo los sacaba de Internet, de las páginas web de los baptistas que colgaban sermones y notas en la Red. En cierta ocasión, cuando alguien le había reprochado su falta de originalidad, el reverendo Jamison había contestado: «Yo ordeño muchas vacas, pero elaboro mi propia mantequilla». A Audrey le había gustado esa frase.

El reverendo relató la historia de Josué y los ejércitos de Israel que habían librado una espléndida batalla, peleando contra cinco reyes de Canaán para conquistar la tierra prometida. Explicó que los reyes habían facilitado la empresa a Josué uniéndose en la batalla. Que no había sido el Señor quien había participado en la lucha, sino Israel. Los cinco reyes habían tratado de ocultarse en una cueva, pero Josué había ordenado que la sellaran. Después de salir victorioso, Josué había sacado a los reyes de su escondite, y les había humillado ordenando a sus príncipes que apoyaran los pies en los cuellos de los reyes. El reverendo Jamison dijo que no había escondite posible.

—No podemos ocultarnos de Dios —afirmó—. El único lugar en el que podemos escondernos de Dios es el infierno.

Eso hizo que Audrey se pusiera a pensar, como había hecho en tantas ocasiones, en Nicholas Conover y las frases que el acosador había escrito en las paredes de su casa. No había escondite posible.

Era un pensamiento aterrador, como sin duda Conover había comprobado. No había escondite: ¿De qué? ¿De un adversario anónimo, de un acosador? ¿De su culpa, de sus pecados?

Pero aquí, en la iglesia, la frase «no hay escondite posible» constituía una severa pero esperanzadora advertencia.

El reverendo Jamison recitó con voz resonante un pasaje de los Proverbios:

—«El que oculte sus pecados no prosperará, pero el que los confiese y renuncie a ellos obtendrá clemencia».

Comoquiera que todos los sermones del reverendo Jamison estaban destinados a evocar un significado en cada uno de los asistentes, Audrey pensó inevitablemente en Nicholas Conover. El rey oculto en su cueva.

Pero no había escondite posible. Andrew Stadler había estado en lo cierto, ¿o no?

El reverendo Jamison dio paso al coro, que inició una animada interpretación de No hiding place down here. La solista era Mabel Darnell, una mujer corpulenta que cantaba y se movía como una combinación de Aretha Franklin y Mahalia Jackson. El organista, Ike Robinson, estaba situado en un lugar bien visible, no oculto como suele estarlo el organista en otras iglesias a las que había asistido Audrey. Era un hombre negro de pelo canoso, a punto de cumplir ochenta años, con los ojos muy expresivos y una sonrisa encantadora. Llevaba un traje blanco y a Audrey le recordaba a Count Basie.

—Me dirigí a la roca para ocultar mi rostro —cantó Mabel, dando palmadas—, pero la roca gritó: «¡No hay escondite posible!».

Los dedos rollizos de Count Basie se deslizaban ágilmente por el teclado, creando el sonido sincopado del jazz, mientras el resto del coro se unía a Mabel cuando ésta decía «mi rostro», «gritó» y «no hay escondite posible, no hay escondite posible, no hay escondite posible».

Audrey sintió que todo su cuerpo se estremecía, un escalofrío que le recorrió la espalda como una descarga eléctrica.

Y en el preciso instante en que el coro terminó de cantar, mientras los acordes del órgano resonaban todavía, el reverendo Jamison dijo con voz estentórea:

—Amigos míos, ninguno de nosotros podemos ocultarnos del Señor. «Los reyes de la Tierra, los grandes hombres, los hombres ricos, los capitanes, los hombres poderosos, todos los esclavos y todos los hombres libres» —la voz del reverendo se elevó progresivamente hasta que los altavoces aullaron debido al sonido de retorno— «se ocultaron en sus madrigueras y en las cuevas de las montañas». —Inopinadamente, el reverendo bajó el tono y musitó teatralmente—: «Y dijeron a las montañas y a las rocas, caed sobre nosotros, y ocultadnos del rostro del que se halla sentado en el trono, y de la ira del Cordero. Pues ha llegado el gran día en que el Señor dará rienda suelta a su ira, y ninguno seremos capaz de enfrentarnos a ella».

El reverendo se detuvo para dejar que los fieles se percataran de que el sermón había concluido. Luego invitó a cualquiera que lo deseara a acercarse al altar para rezar unos momentos en íntimo recogimiento. Ike Robinson, que había dejado de ser Count Basie, tocó suavemente mientras una docena de personas se levantaban de sus bancos y se arrodillaban ante la barandilla del altar. De repente, Audrey sintió el deseo de sumarse a ellos, cosa que no había hecho desde la muerte de su madre. Se acercó a la barandilla y se arrodilló entre Maxine Blake, con su gigantesco sombrero que evocaba los anillos de Saturno, y otra mujer, Sylvia No Sé Qué, cuyo marido acababa de fallecer debido a unas complicaciones a raíz de un trasplante de hígado, dejándola viuda con cuatro niños de corta edad.

Sylvia tenía auténticos problemas, ¿y de qué podía quejarse Audrey realmente? Sus problemas eran insignificantes, pero la agobiaban, como suelen hacer los problemas insignificantes hasta que aparece uno importante y arrincona a los otros.

Audrey había dejado que su ira con Leon se acumulara en su interior, y recordó las palabras de Efesios 4, 26: «No dejéis que se ponga el sol mientras dura vuestra ira, ni deis lugar al diablo». Y comprendió que había llegado el momento de librarse de su ira y enfrentarse a él.

Audrey sabía que su dolor y desengaño con respecto a Jack Noyce probablemente no desaparecería nunca, pero no estaba dispuesta a permitir que le impidiera cumplir con su obligación.

Pensó en la pobre hija de Nicholas Conover, tocando torpemente el piano, y su hermosa carita. Una niña que acababa de perder a su madre e iba a perder también a su padre.

Y eso fue lo que más conmovió a Audrey: saber que iba a dejar huérfana a esa niña.

Audrey se echó a llorar, moviendo los hombros convulsamente, dejando que las cálidas lágrimas rodaran por sus mejillas, y notó que alguien le frotaba el hombro y la consolaba, y se sintió querida.

Al salir de la iglesia, a la luz grisácea del día, Audrey sacó su móvil del bolso y llamó a Roy Bugbee.