La compañía

Joseph Finder · Capítulo 52 de 111

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La compañía

Capítulo 51

 

Durante el viaje del instituto a Stratton, Nick se había puesto a pensar en Cassie Stadler.

No sólo era una preciosidad —Nick había tenido relaciones con muchas mujeres guapas, sobre todo durante sus años de estudiante, cuando Laura había insistido en que «se tomara un respiro» y «saliera con otra gente»—, sino que también era increíblemente inteligente, lo captaba todo. Cassie daba la impresión de conocer a Nick a la perfección, casi de leerle el pensamiento. Le conocía mejor de lo que Nick se conocía a sí mismo.

Y éste no podía negar la atracción física: se había acostado con una mujer por primera vez en más de un año, y volvía a sentirse como un ente sexual. Era una sensación que casi había olvidado. Había recuperado sus estímulos sexuales. Se sentía excitado. Al pensar en lo ocurrido el día anterior por la tarde, tuvo una erección.

Entonces recordó quién era Cassie, cómo se habían conocido, y su optimismo se vino abajo. Sintió de nuevo la sensación de culpabilidad, más intensa que nunca.

Una voz en su cabeza repetía: «Pero ¿qué te propones, tío? Te has acostado con la hija del hombre que asesinaste».

«¿Estás loco?».

Nick no sabía lo que hacía. Si iniciaba una relación con Cassie… ¿Y si ella lo averiguaba todo? ¿Cómo podría él mantener una situación tan precaria?

«¿Qué coño estoy haciendo?».

Sin embargo, ansiaba volver a verla. Eso era lo más disparatado.

Era ya tarde, y Nick no tenía que volver al despacho. Se detuvo en el arcén y sacó un papel del bolsillo de la chaqueta, en el que había anotado el número de teléfono de Cassie Stadler. Impulsivamente —prescindiendo de la voz interior que le reprochaba su conducta— la llamó por el móvil.

—Hola —dijo Nick con voz débil cuando Cassie atendió la llamada—. Soy Nick.

Una breve pausa.

—Nick —dijo Cassie, y se detuvo.

—Sólo quería… —La voz de Nick se quebró. Sólo quería, ¿qué? ¿Dar marcha atrás? ¿Borrar lo ocurrido la noche fatídica? ¿Hacer que todo volviera a la normalidad? Dado que eso era imposible, ¿qué pretendía? Sólo quería hablar con ella. Ésa era la verdad—. Te llamo para…

—Ya lo sé —contestó Cassie rápidamente.

—¿Estás bien?

—¿Y tú?

—Me gustaría verte —dijo Nick.

—Nick —respondió Cassie—, es mejor que no te acerques a mí. Te causaré problemas. En serio.

Nick casi sonrió. Cassie no sabía lo que significaba tener problemas. «¿Crees que me causarás problemas? Deberías verme cuando empuño una Smith & Wesson». Nick sintió un regusto amargo.

—No lo creo —contestó.

—¿No crees que ya has hecho suficiente?

Nick sintió algo parecido a una descarga eléctrica. ¿No creía que ya había hecho suficiente? Era una forma de enfocarlo.

—¿Cómo dices?

—No es que no te esté agradecida por todo lo que has hecho. Pero es mejor que lo dejemos aquí. Eres el director de una empresa importante. Tienes que ocuparte de tus hijos. Yo no encajo en ese esquema.

—Acabo de anular una cita —dijo Nick—. Tardaré unos cinco minutos en llegar.

 

—Hola —dijo Cassie al abrir la polvorienta puerta mosquitera. Llevaba unos vaqueros anchos y una camiseta de color blanco con unas manchas de pintura. Luego sonrió, una sonrisa que formó unas arruguitas en las comisuras de sus ojos. Tenía mejor aspecto y su voz sonaba más animada—. Pensaba que no volverías.

—¿Por qué?

—Por remordimientos. Porque estabas arrepentido de lo que habías hecho. Por cómo soléis reaccionar los hombres.

—Quizá yo no reaccione como los demás.

—Ya lo veo. ¿Hoy no me traes nada?

Nick se encogió de hombros.

—Lo siento. En la guantera hay un frasco de limpiacristales.

—No, gracias —respondió Cassie—. Eso me produce siempre resaca.

—Quizá tenga también un bote de aceite lubricante.

—Eso está mejor. Me gusta la idea de que el director general de Stratton me haga la compra.

—Por mí encantado. Nick Conover es un experto en sándwiches de pavo.

—¿Debo de sentirme ofendida por haberme comprado yogures desnatados? —inquirió Cassie, haciéndole pasar—. Voy a preparar un té del que trajiste.

Cassie desapareció unos momentos en la cocina. Había puesto un CD en el tocadiscos, una mujer que cantaba «soy valiente pero me falta valor».

Cuando reapareció, Nick dijo:

—Tienes mejor aspecto.

—Empiezo a sentirme normal —respondió Cassie—. El otro día me pillaste en un momento bajo. Ya me entiendes.

—Tienes muy buen aspecto.

—Pues tú tienes un aspecto fatal —dijo Cassie con naturalidad.

—Ha sido una larga jornada —contestó Nick.

Cassie se tumbó en el sofá de color marrón lleno de bultos, tapizado con una tela bordada con un hilo dorado que parecía de los años cincuenta.

—¿Una larga jornada o una larga historia?

—Créeme, es muy aburrido escuchar a un hombre adulto quejarse de sus problemas laborales.

—No, así me distraigo.

Nick se repantigó en una vieja butaca extensible. Al cabo de unos momentos, contó a Cassie lo del rumor, obviando ciertos detalles. No mencionó el nombre de Scott ni su deslealtad. Era un tema demasiado doloroso en esos momentos.

Cassie se abrazó las rodillas en una postura estilo yoga, muy encogida, y escuchó atentamente a Nick.

—Y para colmo, recibo una llamada del instituto de Lucas —prosiguió Nick. Se detuvo. No estaba habituado a hablar sobre su vida. No lo había hecho desde la muerte de Laura. Había perdido la costumbre.

—Cuéntamelo —dijo Cassie.

Nick obedeció, y le explicó también que había llamado a Lucas a casa, que le había regañado, y que su hijo le había colgado el teléfono. Cuando Nick miró el reloj, se percató de que llevaba más de cinco minutos hablando.

—Nunca he entendido eso —comentó Cassie.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Que expulsen temporalmente a los chicos.

¿Qué significa? ¿Qué no irán al instituto durante tres días? ¿Qué se quedarán en casa?

—Exactamente.

—¿Para causar más problemas? ¿Qué clase de castigo es ése? Comprendo que castiguen a un jugador de béisbol suspendiéndole durante cinco partidos por increpar al árbitro, pero me parece absurdo que expulsen durante tres días a un adolescente que odia ir al instituto.

—Quizá sea una humillación social.

—¿Para un adolescente? ¿No crees que es más bien una medalla?

Nick se encogió de hombros.

—Para mí no lo habría sido.

—Ya, supongo que eras Don Perfecto.

—En absoluto. Me metía en problemas, como todos. Pero procuraba no pasarme. No quería que me echaran el equipo de hockey. ¿Y el té? —preguntó Nick.

—Ese hornillo eléctrico es muy lento. Mi padre no quería que instaláramos gas en casa. Una de sus muchas manías. Pero prefiero no entrar en eso. —Cassie ladeó la cabeza, como si aguzara el oído—. Supongo que el agua ya estará hirviendo.

—Es que me ha entrado sed de tanto hablar —dijo Nick.

Cassie regresó con dos tazas humeantes.

—El té es English Breakfast —dijo—. He visto que también me trajiste una caja de infusiones Blue Moon Kava Kava y manzanilla. Imagino que no es lo que suele beber Nick Conover.

—Más bien no.

—¿Por qué tengo la impresión de que me tomas por una fanática de todo lo New Age? —Cassie se encogió de hombros—. Posiblemente porque lo soy. ¿Cómo voy a negarlo? Tú fabricas sillas, yo enseño asanas. En definitiva, los dos nos dedicamos a que la gente se siente cómodamente.

—¿No vas a hablarme de mi aura?

—Nunca me han interesado los chakras y esas chorradas —dijo Cassie, sonriendo—. Me parezco mucho a mi padre. Tengo una tendencia empírica muy marcada.

—Y yo que te había tomado por una romántica…

—Gracias. —Cassie bebió un sorbo de té—. De modo que tienes problemas. Ya los resolverás, seguro. Eres el tipo de persona que sabe sacar partido hasta de lo malo de la vida.

—Yo esperaba algo más zen.

—Observo que no has probado el té. ¿Qué tipo de infusión te gusta?

—Cualquier tipo. Siempre y cuando sea café.

Cassie tomó una botella de Four Roses de una mesita baja junto al sofá y se la entregó.

—Échale un lingotazo de esto. Elimina el gusto a tanino.

Nick vertió un chorrito de bourbon en su taza, el cual mejoró mucho su sabor.

Cassie le observaba fijamente.

—¿Has venido por mí o por ti?

—Por los dos.

Cassie asintió con expresión divertida.

—¿Eres un asistente social?

—Venga, mujer —contestó Nick—, no eres precisamente una menesterosa.

—Puedo arreglármelas.

—Quiero que sepas que si alguna vez tienes apuros, aquí me tienes para ayudarte.

—Esto empieza a sonar a despedida.

—No. Te equivocas.

—Me alegro. —Cassie se levantó y tiró del cordón de las persianas, bajándolas y sumiendo la habitación en la penumbra—. Es un alivio saberlo.

Nick se acercó a ella por detrás, deslizó las manos por debajo de su top de punto y sintió la suave tibieza de su vientre.

—¿Por qué no subimos? —preguntó Nick.

—No quiero subir —se apresuró a responder Cassie.

—¿No? De acuerdo.

—Nick movió las manos lentamente hasta apoyarlas en sus pechos, jugueteando con los pezones mientras le besaba los labios y el cuello.

—Sí —dijo Cassie con voz pastosa.

Cassie, que seguía de espaldas a Nick, apoyó las manos en su trasero y le apretó ambas nalgas con fuerza.

Esta vez Nick la penetró por detrás.

 

—Joder —dijo Nick, mientras Cassie le miraba con ojos relucientes. Tardó unos minutos en recuperar el resuello—. ¡Caray! Gracias.

—Ha sido un placer.

—Para mí también lo ha sido.

Cassie bebió un sorbo de té, arrebujada en el sofá junto a Nick. Empezó a canturrear al son del CD, que repetía la misma canción una y otra vez, algo sobre «mejores amigos con ventajas».

—Tienes una bonita voz.

—Antes cantaba en el coro de la iglesia. Mi madre era muy piadosa y me llevaba a los oficios. Fue lo único que me salvó. No puedes arrojar ahora la toalla, jefe —dijo Cassie con inusitada vehemencia—. Tienes que jugar echándole todo tu valor, todo tu corazón. Todo importa.

—Así es como jugué siempre al hockey. Echándole un par de… Tienes que hacerlo.

—¿Siempre mantenías la cabeza erguida cuando patinabas?

Nick sonrió. Por lo visto Cassie también entendía de hockey.

—Desde luego. Si bajas la cabeza un instante, estás muerto y enterrado. Es un juego muy rápido.

—¿Has mantenido la cabeza erguida en Stratton?

—No lo suficiente —confesó Nick.

—Sospecho que algunas personas te subestiman, porque intuyen que deseas agradar a la gente. Imagino que quienes te presionan demasiado acaban arrepintiéndose de haberlo hecho.

—Es posible. —En la mente de Nick se agolpaban unos recuerdos sombríos que no deseaba volver a analizar.

—Tengo la impresión de que has sorprendido a muchas personas. Deduzco que Dorothy Devries se muestra más fría contigo de un tiempo a esta parte, ¿me equivoco?

Nick pestañeó. No lo había pensado detenidamente, pero era cierto.

—Sí —respondió—. ¿Cómo lo sabes?

Cassie bajó la vista.

—No me malinterpretes, pero cuando la viuda del anciano Devries nombra a un sucesor, tiene muchas cosas en cuenta. Desde luego, no querrá elegir a alguien que supere a su amado Milton. Un hombre capaz de empuñar con firmeza el timón, eso sí. Un tipo de fiar sobre el que pueda decir: «No es Milton Devries, desde luego, pero ya se sabe que nadie es como él». Podrían haber pescado a alguien de la competencia, lo cual imagino que es lo habitual. Pero eso no era lo que quería Dorothy Devries. Te eligió a ti para que fueras la versión en miniatura de Milton. Pero de pronto te rebelaste. Dejaste de ser el protegido de Milton. Y por más que Dorothy se beneficiara económicamente, el comportamiento de Nick Conover debió de irritarla.

Nick meneó la cabeza.

—¿No me crees?

—Lo malo es que te creo —contestó Nick—. Lo que has dicho no se me había ocurrido, lo cual no dice mucho en mi favor, pero al oírte hablar pienso, sí, eso es lo que ha ocurrido. La anciana no esperaba que yo hiciera lo que hice. Lo cierto es que yo tampoco. Cuando ocupé el cargo, contraté a tres o cuatro personas clave y dejé que hicieran su trabajo. Pude haber hecho las cosas de distinto modo. No soy una lumbrera, pero sé lo que no sé. Creo que lo que mejor se me da es rodearme de gente inteligente.

—Mientras te sean leales, todo irá bien. Pero si no anteponen la familia a cualquier otra cosa, puedes tener problemas.

—¿La familia?

—Los Stratton.

—Eres la mujer con ojos de rayos X —dijo Nick—. Lo ves todo. —De pronto Nick se estremeció. ¿Hasta qué punto era eso cierto? ¿Veía Cassie sus manos manchadas de sangre? Nick tragó saliva. Tenía que dejar de obsesionarse.

—Ya sabes lo que dicen.

—¿Quiénes?

—Ellos. Anaïs Nin, quizá, no estoy segura. «No vemos las cosas como son, sino como nosotros somos».

—No acabo de entenderlo.

—Y las personas a las que más nos cuesta entender, son aquellas a las que amamos. Como tu hijo.

—Que estos días es un misterio para mí.

—¿A qué hora dijiste que volverían tus hijos a casa?

—Dentro de menos de una hora.

—Me gustaría conocerlos —dijo Cassie.

—Humm, no estoy seguro de que sea una buena idea —contestó Nick.

Cassie de levantó y se pasó las manos por el pelo.

—Pero ¿qué digo? ¡Es una idea espantosa! —exclamó. El cambio que se había producido en ella fue tan brusco, que resultaba chocante—. ¿En qué estaría pensando? Yo no formo parte de tu vida. No tengo ninguna lógica en tu vida. Probablemente me siento avergonzada de mí misma. —Cassie se alisó los vaqueros manchados de pintura—. Así que dejemos las cosas como están. A fin de cuentas, siempre tendremos Steepletown. Adiós, Nick. Disfruta de tu vida.

—No me refería a eso, Cassie —dijo Nick.

Cassie guardó silencio. Cuando Nick se volvió hacia ella, observó que sus ojos reflejaban una profunda tristeza, lo cual le produjo una sensación de culpa no exenta de deseo.

—¿Quieres venir a cenar a casa? —preguntó Nick.