La compañía

Joseph Finder · Capítulo 7 de 111

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La compañía

Capítulo 6

 

Nick entró en la oscura sala de proyecciones —lo llamaban el Laboratorio del Futuro—, y se sentó en una butaca de la última fila. En la gigantesca pantalla curvada, de alta resolución y proyección por transparencia, se proyectaba la película. La oscuridad de la sala fue un alivio para sus ojos irritados y legañosos.

Una estridente música techno emanaba de las docenas de altavoces empotrados en las paredes, el techo y el suelo en sonido surround. Al contemplar ese maravilloso documental, uno era transportado a través del desierto de Kalahari, por una estrecha calle en Praga y sobrevolaba el Gran Cañón, lo suficientemente cerca como para que las rocas le arañaran. Luego giraba vertiginosamente a través de unas moléculas de ADN y aparecía en una ciudad del futuro, en unas imágenes caleidoscópicas y futuristas. «En un mundo interconectado —aseguraba una meliflua voz de barítono—, el conocimiento reina soberano». La película versaba sobre el futuro del trabajo, la vida y la tecnología. Era un filme totalmente abstracto, cerebral y alucinante. No aparecía ni un solo mueble.

La película sólo era mostrada a unos cuantos clientes. Algunos visitantes, en particular los del tipo de Silicon Valley, quedaban muy impresionados por ella y cuando se encendían las luces de la sala, se ponían a hablar sin cesar sobre la «integración total» entre el mobiliario de oficina y la tecnología, sobre el Lugar de Trabajo del Futuro, dispuestos a firmar enseguida, allí mismo.

Otros la encontraban pretenciosa e irritante, no captaban el mensaje. Éste era el caso del público de esa mañana, una delegación compuesta por nueve altos ejecutivos de Atlas McKenzie Group. Se trataba de una de las mayores empresas de servicios financieros del mundo, cuyos tentáculos se extendían a bancos, tarjetas de créditos y aseguradoras, en más de cien países y territorios. Nick les vio rebullirse en sus asientos, susurrando entre sí. Entre ellos se encontraba el presidente de Real Estate y el presidente de Facilities Management, además de diversos empleados de los mismos. Habían volado desde Chicago el día anterior en el avión de la compañía Stratton, y el equipo de relaciones públicas les había conducido en una visita guiada por la planta. Nick había almorzado con ellos, les había mostrado los despachos de los directivos y les había largado la acostumbrada charla sobre la conveniencia de reducir la jerarquía piramidal empresarial y la necesidad de que el medio laboral dejara de ser una comunidad colectiva para convertirse en una comunidad individual.

Atlas McKenzie estaba construyendo un gigantesco rascacielos de oficinas en Toronto. Noventa mil metros cuadrados, un tercio de los cuales constituiría el nuevo cuartel general de la empresa, que había que equipar de arriba abajo. Eso significaba diez mil despachos como mínimo, al menos cincuenta millones de dólares, y un contrato de mantenimiento por diez años. Si Stratton cerraba el trato, representaría un beneficio inmenso para la compañía. Impresionante. Increíble. Además, estaban todas las oficinas de Atlas McKenzie repartidas por el mundo, que quizá fueran remodeladas por Stratton. Nick ni siquiera podía calcular lo que eso significaría.

De acuerdo. La película había sido un fracaso. Parecía como si los directivos estuvieran viendo un filme de arte y ensayo en una pequeña aldea de Bulgaria.

Por lo menos el día anterior por la tarde se habían quedado muy impresionados por la exposición del Lugar de Trabajo del Futuro, como les ocurría a todos los visitantes, sin excepción. Era inevitable. Era una maqueta funcional de un despacho, de dos metros y medio por tres metros, que parecía más el plató de los servicios informativos de televisión que un cubículo sacado de las tiras de Dilbert. Se entregó a los visitantes unas tarjetas de identificación que contenían un chip, conectadas a un sensor eléctrico que hacía que cuando entrabas en ese espacio, las luces cenitales pasaran de un color azul a verde. De esa forma, los empleados sabían que habías entrado en tu despacho. Tan pronto como te sentabas, los miembros del equipo recibían un mensaje electrónico —en este caso, en los ordenadores portátiles que habían suministrado a los visitantes— advirtiéndoles de que estabas conectado. Con frecuencia Nick se maravillaba de las cosas que se les ocurrían a los ingenieros de Stratton. Frente a la mesa del empleado en el Lugar de Trabajo del Futuro había un gigantesco monitor de casi dos metros de ancho, de altísima resolución, sobre el que aparecía una página de texto, una ventana de videoconferencias y una pantalla de PowerPoint. Al verlo los clientes ansiaban poseerlo, como a algunos tipos se les cae la baba al contemplar un Lamborghini.

Llevaban diez minutos de retraso, por lo que Nick tuvo que saltarse la charla. La pantalla se oscureció y las luces del laboratorio se encendieron muy lentamente. Sobre el estrado de aluminio pulido apareció la vicepresidenta de Investigación del Mobiliario de Oficina de Stratton, una mujer alta y delgada de treinta y tantos años, que llevaba unas gafas con montura de pasta y cuya melena rubia lisa con flequillo le otorgaba un aspecto severo. Era Victoria Zander, a quien nadie llamaba jamás Vicky ni Tori, sólo Victoria. Iba vestida muy extremada, de negro de pies a cabeza. Podía haber sido una beatnik de los años cincuenta, una colega de Jack Kerouac.

Victoria habló con una voz de soprano meliflua.

—La oficina central de su empresa es uno de los instrumentos de imagen más poderosos de que disponen —dijo—. Es su oportunidad para exponer ante sus empleados y sus visitantes quiénes son ustedes y qué representan. Es su «paisaje de marca». Esto es lo que denominamos «el despacho narrativo».

Mientras hablaba, Victoria escribía las frases clave, como «lugar de trabajo inteligente», «espacio íntimo» y «Era de la Ciencia» en un tablero blanco digital instalado en la pared frente a ella, y sus notas, transformadas al instante en un archivo de texto, aparecían en los ordenadores portátiles de todos los directivos de Atlas McKenzie.

—Nuestro modelo son unas caravanas instaladas alrededor de la hoguera del campamento. Vivimos nuestra vida privada en nuestra propia caravana, pero a la hora de cenar nos reunimos todos.

Incluso después de escucharla una docena de veces, Nick no entendía de qué hablaba Victoria, pero daba lo mismo, pues suponía que nadie la entendía. Desde luego, no esos tipos de Chicago, que probablemente se sentían desconcertados pero no querían reconocer su falta de sofisticación. La enrevesada charla de seminario estudiantil de Victoria resultaba apabullante y seguramente ninguno de esos directivos entendía ni una sola palabra.

Esa gente sólo entendía de infraestructuras modulares de cableado, componentes ensamblados y cables de datos empotrados en plantas de acceso. Ahí era donde vivían. No querían que les hablaran de paisaje de marca.

Nick esperó pacientemente a que Victoria terminara, consciente del aburrimiento de los visitantes. Lo único que tenía que hacer era apresurarse a saludarlos, asegurarse de que todos se sintieran a gusto y charlar con ellos un rato.

Desde que había asumido el cargo de director general, Nick no intervenía en las ventas, al menos no directamente. De eso se ocupaban las personas que llevaban las cuentas en el ámbito nacional. Nick se limitaba a ayudarles a cerrar el trato, a allanar el camino, a transmitir a los clientes importantes que el máximo responsable de la empresa se interesaba personalmente por ellos. Era asombroso lo rentable que resultaba el hecho de que el director general dedicara un rato a los clientes.

Nick dominaba el arte del apretón de manos firme y la palmadita en la espalda, la respuesta franca y directa que complacía a todo el mundo. Pero esa mañana sentía una insistente ansiedad, un dolor sordo en el estómago. Quizá fuera un efecto secundario del somnífero que había tomado la noche anterior, la minúscula pastilla que le permitía conciliar el sueño. Quizá se debiera a las tres tazas de café que había tomado en lugar de las dos de costumbre. O quizá se debiera al hecho de que Stratton necesitaba cerrar el trato.

 

Cuando Victoria concluyó su presentación, se encendieron las luces y los dos directivos principales de Atlas McKenzie se acercaron a Nick. Uno, el jefe del departamento de bienes inmuebles, era un hombre menudo, pálido, de unos cincuenta años, con unos labios carnosos, casi femeninos, las pestañas largas y una permanente expresión apocada. Apenas dijo nada. Su colega, el director de equipos, era un hombre fornido, de torso poderoso, con una espesa barba crecida, cejijunto y con el pelo teñido de negro azabache. A Nick le recordó a Richard Nixon.

—Creí que ustedes fabricaban sólo sillas y archivadores —dijo Nixon, sonriendo y mostrando unos dientes de un blanco inmaculado y un hueco entre los incisivos.

—Ni mucho menos —respondió Nick, sonriendo también. Los otros lo sabían perfectamente; los de Stratton llevaban cortejándolos desde hacía meses, ofreciéndoles sus servicios, celebrando con ellos numerosas reuniones fuera del despacho a las que por suerte Nick no había tenido que asistir—. Si quieren comprobar su correo electrónico o su buzón de voz o cualquier otra cosa, pueden hacerlo en la planta.

El hombre más pálido, que se llamaba Hardwick, se acercó a Nick y dijo suavemente:

—Espero que no le moleste que le haga una pregunta directa.

—Por supuesto que no.

El tal Hardwick, de rasgos delicados y gesto inexpresivo, era un killer, un auténtico asesino corporativo; podría haber pertenecido al aparato del viejo Politburó soviético.

Hardwick abrió su portafolios Gucci de piel y extrajo un recorte de prensa, que Nick reconoció. Era un artículo que se había publicado en el Business Week titulado «¿Ha perdido el rey Midas su toque mágico?». Había una fotografía del legendario Willard Osgood, el viejo cascarrabias fundador de Fairfield Equity Partners —el hombre que había adquirido Stratton—, con sus gruesas gafas y su rostro curtido. El artículo se centraba principalmente en «las pérdidas millonarias brutas en las que había incurrido Stratton, antiguamente la empresa de equipamiento de oficinas de mayor expansión en Estados Unidos». Se refería a «la conocida habilidad del rey Midas para adquirir compañías y lograr que crecieran sistemáticamente a largo plazo», y preguntaba: «¿Qué ha ocurrido? ¿Permitirá Osgood que una de sus inversiones se despeñe por un precipicio sin tomar medidas? Sus colaboradores lo niegan tajantemente».

Hardwick sostuvo el recorte de prensa unos instantes.

—¿Tiene problemas Stratton? —preguntó, fijando sus ojos acuosos en Nick.

—En absoluto —contestó Nick—. ¿Que si hemos tenido pérdidas? Pues claro, lo mismo que Steelcase, Herman Miller y otras empresas del sector. Hemos tenido que hacer unos ajustes de plantilla en los dos últimos años, como bien sabe, y las indemnizaciones por despido son considerables. Pero estamos haciendo lo necesario para conservar nuestra buena salud a largo plazo.

La voz de Hardwick era casi inaudible.

—Entiendo. Pero ésta ya no es una compañía familiar como era antiguamente. Ustedes no la dirigen. Estoy seguro de que Willard Osgood les marca la pauta.

—Osgood y su gente nos dejan actuar —replicó Nick—. Dan por sentado que sabemos lo que hacemos, por eso nos adquirieron. —Nick notó que tenía la boca seca—. Les gusta conceder a las empresas libertad de movimientos.

Hardwick parpadeó como un lagarto.

—Nosotros no sólo vamos adquirir un montón de despachos de esta empresa, Nick, sino un contrato de diez años. ¿Cree que dentro de un par de años seguirá aquí?

Nick apoyó una mano sobre el huesudo hombro de Hardwick.

—Stratton lleva casi setenta y cinco años en la brecha —respondió—, y le aseguro que seguirá existiendo mucho después de que usted y yo hayamos desaparecido.

Hardwick esbozó una media sonrisa.

—No me refería a Stratton. Me refería a usted.

—Cuente con ello —contestó Nick, apretando el hombro de Hardwick mientras observaba de refilón a Eddie Rinaldi, que estaba apoyado en la pared junto a la puerta del laboratorio, con los brazos cruzados—. Discúlpeme un momento —dijo Nick.

Eddie rara vez aparecía por allí, pero cuando lo hacía era por un motivo importante. Nick aprovechó la ocasión para tomarse un respiro de esa delicada conversación.

—¿Qué pasa? —preguntó al acercarse a Eddie.

—Tengo algo para ti. Te aconsejo que le eches un vistazo.

—¿No puede esperar?

—Se trata del tío que ha entrado en tu casa. ¿Esperamos o quieres saberlo ahora?