La compañía

Joseph Finder · Capítulo 13 de 111

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La compañía

Capítulo 12

 

Nick bajó la escalera descalzo; la casa estaba a oscuras y en silencio. Al llegar abajo miró uno de los nuevos interruptores situados al pie de la escalera, el cual indicaba también: ALARMA *** PERÍMETRO *** ALARMA.

Nick tenía la sensación de que su cerebro era una masa viscosa que funcionaba con lentitud. Le costaba pensar con claridad. Sólo los acelerados latidos de su corazón, la ansiedad provocada por la descarga de adrenalina, le permitían avanzar.

Nick se detuvo unos momentos, sin saber hacia dónde dirigirse.

En éstas se encendió una luz dentro de la casa, y lo asaltó una oleada de terror. Nick se encaminó rápidamente hacia la luz —¿era en su estudio?— hasta recordar que el software que accionaba las cámaras había sido programado para detectar cambios de píxeles, oscilaciones de luz o movimiento. Las cámaras no sólo comenzaban a grabar cuando se producía un cambio de luz, sino que el software estaba conectado a un relé que hacía que se encendieran automáticamente un par de luces dentro de la casa, para ahuyentar a posibles intrusos haciéndoles creer que se había despertado alguien, aunque no hubiera nadie en la casa.

Nick redujo el paso pero siguió adelante, tratando de ordenar sus ideas. El software de sensores de movimiento funcionaba por zonas. Esto significaba que quienquiera o lo que fuera que estaba allí se encontraba en la zona del jardín adyacente al estudio de Nick. El operario de Eddie había instalado el sistema para que la compañía de seguridad no fuera alertada a menos que un intruso penetrara en la casa, dado que cualquier animal de gran tamaño podía disparar la alarma situada en el perímetro. De lo contrario se producirían numerosas falsas alarmas. No obstante, si algo o alguien atravesaban el césped, las cámaras comenzaban a grabar y se encendían las luces.

Un ciervo. Probablemente sólo se trataba de eso.

Pese a ello, Nick decidió cerciorarse.

Atravesó el cuarto de estar y se dirigió por el pasillo hacia su estudio. Las luces estaban encendidas.

Al entrar en la estancia Nick aminoró el paso y empezó a ordenar sus pensamientos. Allí no había nadie, por supuesto. Lo único que se oía era el leve murmullo de su ordenador. Nick escrutó a través de las contraventanas la oscuridad del jardín. No había nadie, ni dentro ni fuera. Había sido una falsa alarma.

De pronto la habitación se quedó a oscuras, sorprendiendo a Nick momentáneamente, hasta que recordó que las luces también estaban programadas para apagarse al cabo de dos minutos. Atravesó el estudio, se acercó a las contraventanas y contempló el exterior.

No vio nada.

En el jardín no había nada más que el acuoso resplandor de la luz reflejándose en los árboles y los arbustos.

Nick se volvió para contemplar la esfera iluminada del reloj de sobremesa. Las dos y diez. Los niños dormían arriba, Marta probablemente había regresado y estaba acostada en su habitación situada en el ala de la cocina. Nick echó otro vistazo a través de las contraventanas, para asegurarse de que no había nadie.

Al cabo de unos segundos dio media vuelta, dispuesto a abandonar el estudio.

De golpe se encendieron unos focos en el jardín, asustándole. Se volvió rápidamente y al mirar por los cristales vio que una figura salía de entre los árboles y echaba a andar en dirección a la casa.

Nick se acercó a las contraventanas para verlo con más claridad. Era un hombre cubierto con una prenda semejante a una gabardina cuyos faldones se agitaban al caminar. El desconocido atravesó el césped lentamente y se encaminó hacia él.

Nick se acercó al interruptor y desactivó la alarma. Luego extendió la mano para asir la manecilla de la contraventana, cambió de parecer y se dirigió hacia su mesa. Buscó la llave en el cajón del centro, abrió el inferior y sacó la pistola.

A continuación le quitó el plástico que la envolvía.

Nick sintió el pulso martilleándole en las sienes y retumbando en sus oídos.

Pese a haberle asegurado que no tendría que utilizar nunca la pistola, Eddie la había dejado cargada. Nick empuñó el arma, tiró del percutor hacia atrás para alojar la primera bala en la recámara, tal como le había enseñado Eddie, y soltó el percutor.

Luego se volvió lentamente, sosteniendo la pistola junto a su muslo, con el dedo alejado del gatillo. Giró la manecilla de la puertaventana con la mano izquierda y salió al jardín. Al pisarla sintió la tierra fría del césped recién plantado.

—Deténgase ahora mismo —ordenó.

El hombre siguió avanzando. Nick distinguió sus gruesas gafas de montura negra, sus ojos saltones, su cabello corto y canoso, su figura encorvada. El hombre, cuyo nombre era Andrew Stadler, continuó su avance prescindiendo de la advertencia.

Nick alzó la pistola y gritó:

—¡Alto!

Debajo de la gabardina, cuyos faldones se agitaban al aire, Stadler llevaba un pantalón blanco y una camisa blanca. No cesaba de mascullar para sus adentros mientras seguía caminando sin perder de vista a Nick.

«Ese tío está como una puta cabra».

El tipo siguió aproximándose a Nick, mirándole fijamente como si no hubiera visto la pistola, o si la había visto, como si le tuviera sin cuidado.

Nick recordó las palabras de Eddie. «Es un tarado y un psicópata. Ha estado recluido varias veces en el pabellón de enfermos mentales del County Medical».

—¡No des un paso más! —gritó Nick.

El tipo empezó a murmurar de forma más audible. Alzó la mano y señaló a Nick con el dedo, con expresión malévola, furioso.

—Nunca estarás seguro —dijo con voz ronca. Luego sonrió, bajando las manos y palpándose los bolsillos. La sonrisa parecía un tic nervioso: aparecía y desaparecía alternativamente, sin la menor lógica.

«Stadler fue interrogado por el posible asesinato de una familia que vivía al otro lado de la calle».

—¡Un paso más y disparo! —advirtió Nick, empuñando la pistola con ambas manos y apuntándola al centro del cuerpo del loco.

—Nunca estarás seguro —repitió el individuo vestido de blanco, llevándose una mano al bolsillo y echando a correr hacia Nick, hacia la puerta abierta.

Nick apretó el gatillo y todo sucedió al mismo tiempo. Sonó una detonación, potente pero no tanto como había supuesto Nick. La pistola retrocedió entre sus manos. Un casquillo de bala voló por los aires. Nick percibió el acre olor de la pólvora.

El psicópata trastabilló y cayó de rodillas. Una mancha oscura apareció sobre su camisa blanca, una corona de sangre. La bala le había penetrado en la parte superior del pecho. Nick le observó, con el corazón desbocado, sin dejar de empuñar la pistola con las dos manos, apuntando hacia el intruso hasta asegurarse de haberlo abatido.

De pronto el loco se puso en pie con sorprendente agilidad, y gritó «¡No!» en tono compungido, casi ofendido. Acto seguido se precipitó hacia Nick.

—¡Nunca estarás seguro!

El individuo estaba a menos de dos metros de él y Nick disparó de nuevo, apuntando más arriba, aterrorizado pero completamente resuelto. Logró estabilizar la pistola y sintió una rociada de pólvora en la cara. Entonces vio que el hombre caía hacia atrás y de lado, con la boca abierta, pero esta vez no pudo conservar el equilibrio. Aterrizó de costado, despatarrado, al tiempo que emitía un sonido gutural, como un animal herido.

Nick se quedó inmóvil, observándolo en silencio durante unos segundos.

La detonación aún retumbaba en sus oídos. Sosteniendo el arma con ambas manos, Nick avanzó un paso para mirar el rostro del intruso. El psicópata tenía la boca abierta y un chorro de sangre se deslizaba sobre sus labios y su barbilla. Se le habían caído las gafas de montura negra; sus ojos, mucho más pequeños sin las lentes que los agrandaban, estaban fijos en el infinito.

El hombre emitió unos estertores y enmudeció.

Nick le miró aturdido, invadido por la carga de adrenalina, más aterrorizado en esos momentos que hacía un minuto. Sin dejar de apuntar al hombre, casi con gesto acusador, se aproximó lentamente a él. Nick adelantó el pie derecho y lo apoyó en el pecho del intruso, para comprobar si estaba muerto.

El cuerpo del individuo cayó hacia atrás, con la boca abierta, mostrando varios empastes plateados y chorreando sangre. El sonido agudo y metálico que retumbaba en los oídos de Nick comenzó a remitir y se hizo un extraño e inquietante silencio. Nick creyó oír a lo lejos el susurro de las hojas. También oyó a lo lejos los ladridos de un perro, que luego cesaron.

El pecho del hombre no se movía, no respiraba. Nick se inclinó sobre él sosteniendo la pistola con la mano izquierda, perpendicular al cuerpo. Apoyó el índice de la mano derecha en el cuello del hombre, pero no sintió su pulso. Lo cual no le sorprendió; su mirada vidriosa confirmaba que el psicópata había muerto.

«Está muerto —pensó Nick—. Yo lo he matado».

«He matado a un hombre».

El pánico hizo presa en él. «He matado a este hombre». Otra voz empezó a justificarse, con tono defensivo y atemorizado como la de un niño.

«Tenía que hacerlo. No me quedaba más remedio. No me quedaba más remedio, joder».

«Tenía que detenerlo».

«Puede que esté inconsciente», pensó Nick desesperado. Tocó de nuevo el cuello del hombre, pero no le latía el pulso. Tomó una de las manos ásperas y secas del individuo y oprimió la parte interna de la muñeca, en vano.

Nick le soltó la mano, que cayó al suelo.

Le tocó de nuevo en el pecho con el pie, pero a esas alturas ya sabía la verdad.

El hombre estaba muerto.

Ese psicópata, ese tipo que los había estado acosando, ese hombre que habría sido capaz de despedazar a sus hijos como había descuartizado a su perro, yacía muerto sobre el césped recién plantado, rodeado por pequeños brotes de hierba que asomaban a través de la tierra negra y húmeda. «¡Santo Dios! —pensó Nick—. Acabo de matar a un hombre».

Al incorporarse sintió que le fallaban las piernas. Nick se arrodilló en el suelo, sintiendo que las lágrimas rodaban por sus mejillas. ¿Unas lágrimas de alivio? No, ni mucho menos, eran lágrimas de desesperación o de tristeza.

«¡Por favor, Señor! —pensó—. ¿Qué voy a hacer?».

«¿Qué voy a hacer?».

Durante un par de minutos, Nick permaneció arrodillado en la mullida tierra. Parecía como si estuviera en la iglesia, un lugar que no había pisado desde hacía décadas, rezando. Eso era lo que parecía. Nick rezaba arrodillado en el esponjoso césped, de espaldas al cuerpo sin vida del psicópata. Durante unos segundos temió perder el conocimiento, desmayarse sobre el césped. Esperó oír algún sonido, el sonido de alguien que se hubiera despertado al oír las detonaciones y saliera a comprobar qué había ocurrido. Los niños no debían presenciar el horrible espectáculo.

Pero no oyó nada. Nadie se había despertado, ni siquiera Marta. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Nick se incorporó, dejando caer el arma al suelo, y se dirigió hacia su estudio como en trance. Las luces se encendieron; el software de los sensores de movimiento había vuelto a funcionar.

Nick apenas se sostenía de pie. Se desplomó en la silla del escritorio, apoyó los brazos en la mesa y la frente en las manos. Los pensamientos se agolpaban en su mente sin orden ni concierto. Estaba aturdido.

Estaba aterrorizado.

«¿Qué voy a hacer ahora?».

«¿Quién puede ayudarme? ¿A quién puedo llamar?».

Nick levantó el auricular del teléfono sobre su mesa y pulsó tres números.

La policía.

«No, no puedo. Todavía no». Nick colgó.

«Tengo que pensar con claridad. ¿Qué voy a decirles? Todo depende de esto. ¿Ha sido en defensa propia, lisa y llanamente?».

La policía, que lo detestaba, aprovecharía el menor motivo para colgarlo. Cuando se presentaran en la casa, le harían todo tipo de preguntas, y una sola respuesta inoportuna podía enviarlo a la cárcel durante una buena temporada. Nick sabía que, dado lo aturdido y débil que se sentía, dejaría que la policía lo atosigara hasta acorralarlo.

Necesitaba ayuda.

Nick descolgó de nuevo el auricular y pulsó el número de la persona que podía orientarlo.

«Dios mío», pensó Nick mientras el teléfono sonaba.

«Ayúdame».

—¿Sí? —respondió Eddie con voz seca y pastosa.

—Hola, Eddie, soy Nick.

—Nick… Joder, si son…

—Eddie, necesito que vengas a casa. Ahora mismo. —Nick tragó saliva. Una fresca brisa penetró a través de las contraventanas, haciendo que se estremeciera.

—¿Ahora? Pero ¿has perdido el…?

—Ahora, Eddie. Dios. Ahora mismo.

—¿Qué demonios ha ocurrido?

—El tipo que nos acosaba —contestó Nick. Tenía la boca seca y apenas podía articular las palabras.

—¿Está ahí? —Durante unos segundos Nick fue incapaz de contestar. Eddie prosiguió—: Joder, Nick, ¿qué ha ocurrido? ¡No me digas que ha atacado a los niños!

—Tengo que llamar a… a la policía, pero no sé qué decirles, y…

—¿Qué coño ha pasado, Nick? —bramó Eddie.

—Lo he matado —contestó Nick con voz queda. Se detuvo a pensar en cómo explicárselo, pestañeó un par de veces y guardó silencio. ¿Qué podía decir? Eddie deduciría lo que había ocurrido.

—Hostia, Nick…

—Cuando llame a la policía, me harán…

—Escúchame, Nick —le interrumpió Eddie—. No vuelvas a tocar el teléfono. Llegaré dentro de diez minutos.

El teléfono se escurrió entre los dedos de Nick como si los tuviera cubiertos de grasa. Sintió que estaba a punto de llorar.

Te lo ruego, Señor, pensó Nick. Haz que esto desaparezca.