La compañía

Joseph Finder · Capítulo 82 de 111

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La compañía

Capítulo 81

 

—¿Por qué confías en mí? —preguntó Stephanie Alstrom.

Se habían reunido en una de las salas de reuniones más pequeñas de la planta de Stephanie. Nick pensó que en esa empresa no existía la privacidad. Todo el mundo sabía quién se reunía con quién; todo el mundo podía espiar una conversación.

—¿A qué te refieres?

—Scott te está apuñalando por la espalda, y tú le contrataste.

—Intuición, supongo. ¿Por qué? ¿Tú también me estás haciendo la cama?

—No —respondió Stephanie, sonriendo. Nick nunca la había visto sonreír, y observó que su rostro se arrugaba de una forma extraña—. Supongo que debería sentirme halagada.

—Mi intuición me ha fallado en otras ocasiones —dijo Nick—. Pero no se puede desconfiar de todo el mundo.

—Tienes razón —contestó Stephanie, poniéndose unas gafas bifocales—. Sabes qué es esto, ¿no?

—Un acuerdo definitivo de compra —respondió Nick. Había visto centenares de contratos como ése durante su carrera, y aunque no entendía los tecnicismos, había aprendido hacía tiempo a abrirse camino a través de la densa espesura para descubrir los puntos clave—. Fairfield Equity Partners nos está vendiendo a una empresa radicada en Hong Kong que se llama Pacific Rim Investors.

Stephanie meneó la cabeza lentamente.

—Yo no lo veo así. Es curioso. En primer lugar, en la lista del activo no se mencionan ni una sola vez las fábricas, las plantas ni los empleados. Lo cual, si se habían propuesto quedarse con ello, tendría que constar. Además, en la sección de representaciones y garantías dice que el comprador no es responsable de los costes adicionales, indemnizaciones, etcétera, relacionados con el cierre de las fábricas en Estados Unidos y el despido de la plantilla. De modo que está muy claro. Pacific Rim sólo compra el nombre de Stratton. Y se deshace de todo lo demás.

Nick la miró fijamente.

—No necesitan nuestras fábricas. Ya tienen suficientes en Shenzhen. Pero ¿van a pagar ese dinero por un nombre?

—Stratton significa clase. Un antiguo y respetable nombre americano sinónimo de elegancia y solidez. Además, se quedan con nuestros canales de distribución. Piensa en ello; lo fabricarán todo allí por una fracción del precio, le colocarán la etiqueta Stratton y lo venderán a un precio elevado. Ninguna empresa americana habría firmado ese tipo de acuerdo.

—¿Quiénes son esos Pacific Rim Investors?

—No tengo remota idea, pero lo averiguaré. Todo indica que Randall Enright no trabajaba para Fairfield, sino que representaba al comprador, Pacific Rim.

Nick asintió en silencio. Ahora comprendía por qué Scott había mostrado a Enright la fábrica. Enright había ido a Fenwick para cerrar el trato en nombre de una empresa radicada en Hong Kong que no podía ir a visitarlos porque querían mantenerlo todo en secreto.

—Lo menos que podrían hacer es informarte —comentó Stephanie.

—Saben que yo pondría el grito en el cielo.

—Por eso colocaron a Scott en la junta de administración. Los asiáticos siempre exigen reunirse con los peces gordos. Si Todd Muldaur hubiera pensado que les convenía despedirte, ya lo habrían hecho.

—Exacto.

—A los posibles compradores les escama que un director general sea despedido antes de una venta. Todos aguzan las antenas. Además, muchas de las relaciones decisivas son tuyas. Lo más inteligente era aislarte herméticamente. Que es lo que han hecho.

—Yo tenía a Todd Muldaur por un idiota, pero ahora comprendo que estaba equivocado. Es un capullo. ¿Puedes explicarme este acuerdo?

Stephanie esbozó una mueca.

—Jamás había visto nada semejante. Está trufado de incentivos para agilizar el asunto, conseguir que firmen cuanto antes. Pero es una conjetura por mi parte. Deberías hablar con alguien que sepa de qué se trata.

—¿Quién? Scott es la única persona que conozco capaz de descifrar los detalles más enrevesados.

—Es muy bueno, pero no es el único —contestó Stephanie—. ¿Sigues hablándote con Hutch?