La compañía

Joseph Finder · Capítulo 50 de 111

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La compañía

Capítulo 49

 

Cuando Nick regresó a la planta ejecutiva, Marjorie le detuvo para entregarle un papel. Parecía preocupada.

—Creo que debes devolver enseguida esta llamada —dijo.

«J. Sundquist, director del instituto», había escrito Marjorie con su letra clara y elegante, seguido del número de teléfono.

Jerome Sundquist. Veinticinco años atrás, había sido profesor de matemáticas en el instituto de Nick. Éste le recordaba como un tipo alto y desgarbado —había jugado profesionalmente al tenis— que se movía por la clase con agilidad y conseguía que las matemáticas resultaran divertidas. Sus alumnos le llamaban señor Sundquist, no «Jerome» ni «Jerry», y aunque tenía un talante bastante agradable, no pretendía ser «colega» de los chicos que se sentaban en sus aulas. Nick sonrió al recordar aquellas sillas, con una pequeña cesta de acero para los libros situada debajo del asiento, y un brazo sostenido por una barra de acero que se extendía desde el respaldo. Ya en aquella época, al igual que ahora, los fabricaban en la ciudad, en la planta de sillas de Stratton, situada a pocos kilómetros de las oficinas centrales. Nick no había visto las cifras recientemente, pero calculaba que valían aproximadamente ciento cincuenta dólares, con un coste por unidad de unos cuarenta dólares. Básicamente, el diseño seguía siendo el mismo.

Jerome Sundquist tampoco había cambiado mucho. Ahora era el director del centro, no un joven profesor, y se permitía ser más sentencioso que antes, pero cuando eres director de un instituto eso forma parte del cargo.

—Me alegro de que hayas llamado, Nick —dijo Jerome Sundquist con un tono a la vez cordial y distante—. Se trata de tu hijo.

 

El Instituto Regional de Fenwick consistía en un enorme complejo de ladrillo y cristal con una rotonda ovalada para el tránsito rodado y unos arbustos de enebro como los que se ven en los centros comerciales y los jardines que rodean los edificios de oficinas: nada elegante, pero alguien tenía que cuidarlos. Nick recordó el día en que regresó a casa después de su primer semestre en la Universidad de Michigan State y le chocó lo pequeño que le parecía todo. Había supuesto que le ocurriría lo mismo al visitar su viejo instituto, pero no fue así. El lugar era más grande, lleno de anexos y nuevas dependencias, nuevas estructuras de ladrillo situadas frente a las antiguas, de alguna forma más pretencioso que antaño. En gran parte se debía a lo que había crecido Stratton durante las dos últimas décadas, con una valoración que tres años atrás superaba los dos mil millones de dólares. Claro está que, cuanto más ascendía uno, más dura era la caída. Si Stratton se venía abajo, arrastraría consigo muchas cosas.

Nick pasó a través de la puerta de cristal de doble hoja y aspiró una bocanada de aire. Por más que el lugar hubiera cambiado, exhalaba el mismo olor. Al desinfectante con aroma de pomelo que seguían utilizando. Quizá hubieran adquirido una barrica en 1970 y aún no la habían consumido. Un ligero olor a crema de guisantes quemada que provenía de la cafetería, tan imposible de erradicar como los orines de gato. Era el tipo de olores del que uno sólo se percata cuando pasa un tiempo sin percibirlos. Como el primer día de clase después de las vacaciones de verano, cuando notabas que el aire estaba saturado de productos para el pelo, desayunos a base de huevos y canela. Dentyne, desodorante para las axilas y grasas: el olor del futuro de Fenwick.

Pero el lugar había cambiado drásticamente. Antaño todo el mundo acudía al instituto en autobús; hoy en día los padres llevaban a sus hijos en monovolúmenes o todoterrenos, o los mismos chicos conducían los vehículos. En el viejo Instituto Regional de Fenwick no había negros, o a lo sumo un par al año; ahora los líderes sociales del instituto eran unos jóvenes negros con aspecto de raperos a los que los chicos blancos trataban de imitar. Habían agregado una elegante ala nueva que confería al lugar el aspecto de una escuela privada. Antiguamente había una zona de fumadores, a la que acudían los jóvenes melenudos vestidos con camisetas con el eslogan de Black Sabbath para echar unas caladas y burlarse de los jóvenes como Nick. Ahora estaba prohibido fumar, y los chavales de Black Sabbath se habían convertido en radicales que lucían unos piercings en la nariz.

Nick no había pasado muchos ratos en el despacho del director cuando era un estudiante, pero las cortinas y la moqueta de color hueso parecían nuevas, y las fotografías multiculturales de campeones de tenis en las pistas —las hermanas Williams, Sania Mirza, Martina Hingis, Boris Becker— eran un detalle muy propio de Jerome Sundquist.

Sundquist rodeó la mesa y estrechó la mano de Nick con expresión sombría. Ambos se sentaron simultáneamente en dos butacas tapizadas de color tostado. Sundquist miró una carpeta que había depositado sobre su mesa, aunque ya sabía lo que contenía.

—Están muy bien las reformas —comentó Nick.

—¿Te refieres a mi despacho o al instituto?

—Ambos.

Sundquist sonrió.

—Te sorprendería comprobar la cantidad de familias de dos generaciones que tiene ahora el instituto, lo cual es una buena cosa. Es evidente que el barrio ha tenido suerte en muchos aspectos. Cuando los padres prosperan, las escuelas prosperan. Todos confiamos en que la crisis no sea permanente. Comprendo que en estos momentos estés agobiado de trabajo.

Nick se encogió de hombros.

—Si no recuerdo mal, eras un buen estudiante —comentó Sundquist.

—No especialmente.

Sundquist le miró divertido, con la cabeza ladeada.

—De acuerdo, digamos que eras un estudiante «normal». Nunca logré convencerte de las virtudes de las coordenadas polares. Tu interés en la trigonometría era meramente de carácter práctico. Por ejemplo, qué ángulo podías aprovechar para marcar un gol entre las piernas del portero.

—Recuerdo tus esfuerzos para conseguir que lo asimilara.

—Pero siempre sacabas buenas notas. Y eras muy popular. El chico guapo del instituto. Que llevó al Instituto Regional de Fenwick a la semifinal estatal, en dos ocasiones, ¿no es así?

—Un año a la semifinal. Al siguiente a la final.

—En ese ámbito hemos perdido puntos. Caldicott nos ha derrotado en los últimos cuatro años.

—Quizá necesitéis un nuevo entrenador.

—Se supone que Mallon es muy bueno. En todo caso, le pagan más que a mí. Siempre es difícil saber si la culpa la tiene el entrenador o los jugadores. —Sundquist se detuvo—. Sé que andas muy atareado, de modo que iré al grano.

—Luke ha tenido problemas —empezó Nick, colocándose a la defensiva —. Lo sé. Haré cuanto esté en mi mano.

—Desde luego —respondió Sundquist sin mucho convencimiento—. Como te he dicho, hemos expulsado a Lucas temporalmente del instituto. Durante tres días. Le pillaron fumando, y ése es el castigo habitual.

De este modo, Lucas dispondría de más tiempo para fumar. Lo cual iba a favorecerle mucho.

—Recuerdo que antes había una zona de fumadores.

—Ya no existe. Está prohibido fumar en todo el campus. Las normas son muy estrictas al respecto. Todos los chicos lo saben.

Lo de «campus» era una novedad. Cuando Nick estudiaba allí, el instituto se componía tan sólo de un recinto. Los «campus» pertenecían a las universidades.

—Por supuesto, no quiero que Lucas fume —observó Nick—. Lo he dicho por decir.

—Si Lucas comete una segunda falta, lo echaremos del instituto. Será expulsado.

—Es un buen chico. Está pasando por una mala temporada.

Sundquist miró a Nick fijamente.

—¿Conoces bien a tu hijo?

—Pues claro. Es mi hijo.

—No pretendo exagerar la situación, Nick, pero tampoco quisiera minimizarla. El tema es bastante grave. Esta mañana he hablado con nuestro asesor psicológico. No creemos que se trate sólo de un problema con el tabaco, ¿entiendes? Debes saber que tenemos el derecho de registrar su taquilla y que podemos hacerlo por sorpresa, en presencia de la policía.

—¿La policía?

—Y si encontramos drogas, dejaremos que la policía se ocupe del caso. Así es como tratamos hoy en día este tema. Quería advertírtelo. Lucas es un chico problemático. Nuestro asesor psicológico está preocupado por él. Lucas no es como tú, ¿comprendes?

—No todo el mundo tiene que ser un deportista.

—No me refiero a eso —contestó Sundquist, sin añadir más detalles. Miró de nuevo la carpeta que había sobre su mesa—. Por otra parte, últimamente tu hijo ha tenido unas notas pésimas. Antes era muy buen estudiante. Pero si sigue por este camino, dejará de serlo. ¿Comprendes a qué me refiero?

—Sí —respondió Nick—. Perfectamente. Necesita ayuda.

—En efecto, necesita ayuda —dijo Sundquist, apretando los labios—. Pero no la obtiene.

Nick se sintió como si Sundquist estuviera criticando su labor como padre, como si le estuviera suspendiendo en este campo.

—Jerry, no creo que el hecho de expulsarlo temporalmente o para siempre sea lo más conveniente para Luke. ¿Crees que eso va a ayudarle? —inquirió Nick. Luego se preguntó cuántas veces habían sido pronunciadas esas mismas palabras en el despacho del director.

—Estas normas tienen una razón de ser —respondió Sundquist con tacto, reclinándose ligeramente en su silla—. Tenemos casi mil quinientos chicos en este instituto, y debemos hacer lo que mejor convenga a todos.

Nick respiró hondo.

—Lo sucedido ha sido muy duro para él. Reconozco que es un chico problemático. Créeme, no dejo de pensar en ello. Pero creo que frecuenta unas compañías indeseables.

—Es una forma de mirar las cosas —dijo Sundquist sin apartar los ojos de Nick—. Pero hay otra forma de enfocarlo.

—¿A qué te refieres?

—A que el indeseable sea él.

 

—Luke.

—¿Qué? —Lucas respondió después del primer tono. Habían acordado que si no atendía una llamada de su padre, se quedaría sin móvil.

—¿Dónde estás?

—En casa. ¿Por qué?

—¿Qué diablos ha ocurrido en el instituto?

—¿A qué te refieres?

—¿Cómo que a qué me refiero? Te doy tres oportunidades para adivinarlo. El señor Sundquist me llamó al despacho.

—¿Qué te ha dicho?

—No te hagas el listo, Luke. —Nick procuró conservar la calma. Hablar con Lucas era como tratar de sofocar un fuego con la gasolina del encendedor —. Te pillaron fumando. Olvídate de lo que yo opino sobre el hecho de fumar; la cuestión es que ya conoces las normas del instituto sobre el tema. Te han expulsado durante tres días, ¿no es así?

—¿Y qué? Es una gilipollez.

—¿Te parece una gilipollez que te expulsen temporalmente del instituto?

—Sí —contestó Luke con voz trémula—. El instituto es una gilipollez.

En ese momento apareció en el monitor de Nick un mensaje de Marge.

«Recuerda que tienes una reunión del comité ahora mismo».

—Ahora mismo estoy furioso, Luke —dijo Nick—. Prefiero hablar del tema más tarde.

Como que eso va a impresionarle, pensó Nick.

—Otra cosa, Luke…

Pero su hijo había colgado.