La compañía

Joseph Finder · Capítulo 111 de 111

Páginas del PDF

La compañía

Epílogo

 

 

Los primeros días, Nick apenas hizo otra cosa que dormir. Se acostaba temprano, se levantaba tarde y hacía siestas en la playa.

La «villa» que ocupaban, según la denominaban en el complejo turístico, estaba situada en la playa de Ka’anapali. Nada más salir de la casa pisabas la arena. Por las noches se oía el sonido arrullador de las olas lamiendo la playa. Lucas, que no era madrugador, se levantaba temprano para ir a nadar o bucear con Julia. Incluso enseñó a su hermana a hacer surf. Cuando los niños regresaban al bungaló, a última hora de la mañana, Nick acababa de levantarse y estaba tomándose un café sobre el lanai. Después de comer juntos, un desayuno tardío o un almuerzo temprano, los chicos iban a bucear a Pu’u Keka’a, un arrecife volcánico que los antiguos hawaianos reverenciaban como un lugar sagrado en el que los espíritus de los muertos saltaban de este mundo al más allá.

Nick y sus hijos conversaban con frecuencia, pero rara vez sobre algo serio. Acababan de perder todos sus bienes terrenales, algo que todavía no habían asimilado. Curiosamente, nunca lo mencionaban.

Nick trató en varias ocasiones de hablar con sus hijos sobre la pesadilla legal a la que se enfrentaría cuando regresara a casa: la probabilidad de ser juzgado y la certeza de ser enviado a la cárcel. Pero no fue capaz, quizá por la misma razón que ninguno de ellos quería hablar sobre el día en que su casa se había incendiado. Nick no quería estropear lo que seguramente serían las últimas vacaciones que pasarían juntos en muchos años.

Parecía como si se dedicaran tan sólo a practicar el surf, deslizándose sobre la ola perfecta, y de momento no importara si el fondo del mar estaba plagado de unos bichos gigantescos provistos de enormes y afilados dientes. Porque los Conover estaban allí, gozando del sol, y los tres sabían sin necesidad de expresarlo con palabras que la clave para permanecer a flote era no pensar en lo que pudiera acecharles bajo el agua.

Los tres se dedicaban a nadar y bucear, a practicar el surf y a comer. Al segundo día, Nick se quedó dormido en la playa durante mucho rato y sufrió unas dolorosas quemaduras en las orejas y la frente.

Nick no se había llevado trabajo —no tenía trabajo— y dejaba el móvil en la mesilla de noche, apagado. Permanecía largo rato tumbado en la playa, leyendo, pensando, dormitando, moviendo los dedos de los pies entre la suave arena de color gris y contemplando el sol que arrancaba destellos del agua.

El tercer día, Nick conectó de nuevo el móvil y comprobó que tenía docenas de mensajes de amigos y colegas de Stratton que se habían enterado de lo que les había ocurrido y querían cerciorarse de que Nick y los niños estaban bien. Nick los escuchó pero no respondió a ninguno.

Uno de los mensajes era de su antigua secretaria, Marge Dykstra, informándole de que el periódico de Fenwick había publicado varios artículos en primera página sobre el hecho de que Fairfield Equity Partners había estado a punto de vender la Stratton Corporation a China, cerrar todas las operaciones en Estados Unidos y despedir a la plantilla, hasta que la negociación había sido bloqueada por el «exdirector general Nicholas Conover», que había presentado su dimisión «para dedicar más tiempo a la familia».

Era el primer artículo favorable que Nick, y también Stratton, recibían en mucho tiempo. Marge señalaba que era la primera vez desde hacía casi tres años que el nombre de Nick aparecía en unos titulares sin que se le añadiera la palabra «verdugo».

El cuarto día, mientras Nick yacía en una tumbona sobre el lanai, leyendo un libro sobre el día D que había empezado meses atrás y que ahora estaba decidido a terminar, oyó el lejano sonido de su móvil. No se levantó. Al cabo de un minuto, Lucas salió del bungaló con el teléfono.

—Es para ti, papá —dijo, entregándoselo a Nick.

Nick alzó la vista, señaló el punto en el libro con el índice y tomó el móvil de mala gana.

—¿Señor Conover?

Nick reconoció la voz de inmediato y sintió de nuevo una opresión en la boca del estómago.

—Inspectora Rhimes —dijo.

—Lamento interrumpir sus vacaciones familiares.

—No se preocupe.

—Señor Conover, esta llamada es off the record, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Le aconsejo que su abogado se ponga en contacto con la oficina del fiscal del distrito y negocie un acuerdo.

—¿Cómo dice?

—Si está usted dispuesto a declararse culpable de homicidio culposo, o incluso de haber manipulado las pruebas, el fiscal está dispuesto a recomendar la libertad condicional sin que tenga que ingresar en la cárcel.

—¿Qué? No la he entendido.

—Imagino que no habrá leído el Fenwick Free Press.

—El correo aquí deja bastante que desear.

—Señor Conover, los dos sabemos que el fiscal del distrito es un animal muy político. Esta información debe quedar también entre los dos. ¿Comprende?

—Desde luego.

—Todo indica que el clima ha cambiado aquí. La noticia de lo que usted hizo por su compañía… El caso es que el fiscal no confía en que un jurado le condenara a usted. Aparte, está la muerte de uno de nuestros principales sospechosos, el señor Rinaldi. El fiscal se muestra reacio a ir a juicio. — Audrey hizo una pausa—. ¿Oiga? ¿Hola?

—Sigo aquí.

—Y… esta mañana ha aparecido otro artículo en el periódico. Plantea ciertos interrogantes sobre la forma en que la policía enfocó el caso de Andrew Stadler.

—¿A qué interrogantes se refiere?

—Seguro que conoce algunos. Sobre por qué no se hizo nada para impedir que la acosadora entrara en su casa o le siguiera. Es obvio que si la policía no se hubiera mostrado tan negligente, la situación no hubiera llegado a los extremos en que lo hizo. He informado al fiscal de que mi testimonio pondrá inevitablemente de relieve esa negligencia de cara a la opinión pública. Cosa que nadie en este departamento desea.

Durante un buen rato Nick fue incapaz de articular palabra.

—Yo…, ¿qué piensa usted de todo esto? —preguntó finalmente.

—Prefiero reservarme mi opinión. ¿Se refiere a si creo que así se hará justicia?

—Sí.

—Creo que los dos comprendemos que la decisión del fiscal de retirar la mayoría de los cargos está motivada por razones políticas. En cuanto a la justicia… —Audrey Rhimes suspiró—. No sé si se puede hacer justicia en este caso, señor Conover. Ciertamente, no considero justo causar más sufrimiento a sus hijos. Pero es una opinión personal.

—¿Me permite que le dé las gracias?

—No tiene por qué dármelas, señor Conover. Sólo trato de hacer lo correcto. —Audrey guardó silencio unos momentos—. Pero quizá nadie pueda hacer lo correcto en este caso. Quizá no se trate tanto de hacer lo correcto sino de procurar no equivocarse.

Nick dejó el móvil y durante largo rato observó la danza de los rayos del sol sobre las azules aguas. Observó las gaviotas que graznaban y volaban sobre el mar, las olas que se abalanzaban sobre la orilla y retrocedían, la espuma que se disolvía en la arena.

Al cabo de unos minutos, Lucas y Julia salieron juntos del bungaló y declararon que querían hacer un poco de senderismo, explorar el bosque y las cascadas que había en las inmediaciones.

—De acuerdo —dijo Nick—, pero escucha, Luke, quiero que cuides bien de tu hermana.

—Va a cumplir once años, papá —contestó Lucas, cuya voz parecía haberse hecho más grave.

—No soy una niña pequeña, papá —protestó Julia.

—No se os ocurra hacer ningún disparate como saltar de las cascadas — dijo Nick.

—No me des ideas —replicó Lucas.

—Y no os alejéis del sendero. En algunas zonas está embarrado y resbaladizo, de modo que tened cuidado.

—¡Papá! —respondió Lucas, poniendo los ojos en blanco, tras lo cual él y su hermana echaron a andar por el sendero bordeado de palmeras. Al cabo de unos segundos, Lucas se volvió y preguntó—: Oye, ¿puedes darnos veinte pavos?

—¿Para qué?

—Por si nos paramos a comer algo.

—De acuerdo. —Nick sacó un par de billetes de veinte dólares de su cartera y se los entregó a Lucas.

Nick los observó mientras se alejaban. Ambos estaban ya muy morenos. La brisa agitaba el pelo rizado de Julia. Tenía las piernas largas y delgadas, como una potranca; no era una niña ni una mujer. Lucas, más alto y cada vez más desarrollado, llevaba las típicas bermudas de los surfistas y una camiseta de un blanco deslumbrante bajo el sol, arrugada por haberla sacado de la maleta.

Mientras Nick contemplaba a sus hijos, Lucas se volvió de pronto y dijo:

—Oye, papá.

—¿Qué?

Una gaviota graznó al divisar un pez y se zambulló en el agua.

Después de observar a su padre unos momentos, Lucas respondió.

—Ven tú también.

Terminaste La compañía

Joseph Finder

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.