La compañía
Capítulo 91
La mansión de Dorothy Devries en Michigan Avenue, en la zona este de Fenwick, no parecía tan grande como Nick recordaba, y en cambio le resultó más sombría si cabe. Fuera, los tejados a dos aguas y los muros en aguilón evocaban la mansión gótica de la Familia Addams. Dentro, los suelos de madera presentaban un color chocolate y estaban parcialmente cubiertos con alfombras orientales. Los muebles eran de caoba oscura o estaban cubiertos con un damasco oscuro. A Dorothy le gustaba tener las cortinas echadas, y Nick recordó que la mujer le había comentado en cierta ocasión que el sol desteñía las telas. Lo que más relucía en aquella casa era el brillo lunar del pálido cutis de su propietaria.
—¿Has dicho que te apetece una taza de té? —preguntó Dorothy, observando a Nick con los ojos entornados. Permanecía prácticamente inmóvil sobre una butaca Reina Ana tapizada con un tejido color burdeos. Del techo colgaba una araña, que Dorothy se había abstenido de encender.
—No, gracias —respondió Nick.
—Te he interrumpido —se disculpó Dorothy—. Continúa, por favor.
—La situación a grandes rasgos es tal como he descrito. Tú y yo nos esforzamos en vender bien la empresa a Fairfield, y lo hicimos porque queríamos conservar el legado de tu padre. Y de tu marido.
—Legado —repitió Dorothy. En la penumbra, Nick no estaba seguro de si su vestido era de color marengo o azul marino—. Qué palabra tan bonita.
—El cual constituye toda una hazaña —prosiguió Nick. Dorothy parecía más animada—. Harold Stratton creó una empresa que funcionaba igual de bien, sino mejor, que cualquier otra, y lo consiguió aquí, en Fenwick. Y tu marido colocó a Fenwick en el mapa, en lo que respecta a corporaciones americanas. —Dorothy había hecho que se publicara privadamente una brillante y elogiosa biografía de su marido, Milton, de la que se habían vendido un buen número de ejemplares. Nick sabía que Dorothy siempre era sensible a los comentarios encomiásticos sobre la importancia histórica de su padre—. De modo que creo que a tu padre le horrorizaría la perspectiva de ver a Stratton envuelta en papel de embalar y transportada al Lejano Oriente. A mí desde luego me horroriza. No es justo. No es justo para Fenwick, ni es justo para Stratton.
La señora Devries parpadeó.
—Supongo que me estás contando todo esto por alguna razón.
—Desde luego.
—Soy toda oídos, Nicholas. —Dorothy utilizó su nombre completo como si Nick fuera un estudiante de escuela primaria, y le faltara nivel para captar bien las tres sílabas.
—Tú posees una parte de la empresa. Formas parte de la junta. Pensé que si conseguía tu apoyo, podríamos exponer juntos el caso ante los demás. De ese modo no pensarían que yo lo hacía simplemente para conservar mi puesto. Porque esta venta sería un desastre sin paliativos. A los chinos no les interesan nuestras fábricas. Ya tienen las suyas. Van a desmembrar Stratton, subastar las fábricas y echar al resto de la plantilla.
—Pintas un cuadro desolador.
—La situación es desoladora.
—Siempre te ha gustado dramatizar. No es un comentario crítico. Pero no has venido aquí para consultarme, ¿o sí?
—Por supuesto.
—Porque no te oído preguntarme mi opinión. Te he oído exponerme la tuya.
—Creí que debía informarte —contestó Nick, perplejo—. Para averiguar qué opinabas al respecto. —Una pausa—. Quisiera que… me ayudaras y aconsejaras.
Dorothy esbozó una tenue sonrisa.
—¿De veras? —preguntó.
Nick la miró, sintiendo que empezaba a sonrojarse. «¿Ya estaba Dorothy informada del asunto antes de que yo viniera a verla?».
—Confieso que me sorprende oírte exponer un argumento basado en los sentimientos, en lugar de dólares y sentido común. Porque no recuerdo que me pidieras ayuda ni consejo cuando decidiste eliminar la línea Stratton Ultra. La cual constituía el legado del que mi marido se sentía más orgulloso. — Dorothy añadió con tono quedo—: Una palabra preciosa.
Nick calló.
—Y tampoco recuerdo que me pidieras ayuda ni consejo cuando decidiste despedir a cinco mil trabajadores, arrastrando el nombre de Stratton por el fango —prosiguió Dorothy—. Teniendo en cuenta lo mucho que se había esforzado Milton por convertirlo en un nombre emblemático que representara lo mejor de Fenwick. Eso también formaba parte de su legado, Nick.
—Tú votaste a favor de los despidos, Dorothy.
—¡Como si hubiese estado en mi mano detener ese tren! No me malinterpretes. No me quejo. Vendimos la empresa, que ahora pertenece casi por entero a Fairfield Partners. Por tanto debemos abordar el asunto como una transacción comercial.
—Con todo respeto, Dorothy, ¿no te disgusta que Stratton pase a manos del gobierno chino? ¿De los comunistas chinos?
Dorothy Devries dirigió a Nick una mirada gélida.
—¡Por favor! ¿Y me lo preguntas tú? Los negocios son los negocios. Mi familia ganó mucho dinero cuando vendimos la compañía a Fairfield, y ganaremos mucho más cuando la vendan a ese consorcio.
—¡Pero por el amor de Dios! —Nick observó algo en el rostro de Dorothy que le chocó—. Tú ya lo sabías, ¿no es así?
Dorothy se negó a responder.
—Nicholas, yo no te cedí el puesto de Milton para que desmantelaras esta empresa, créeme. Pero lo hiciste. Quisiste darle un aire más moderno con esa estupidez de la Oficina del Futuro. Eliminaste lo que era real, sólido, y lo sustituiste por oropel y papel maché. A Milton le habría horrorizado. Aunque supongo que no puedo juzgarte sin juzgarme a mí. Yo misma te di las llaves del despacho del jefe.
—Así es —respondió Nick—. ¿Por qué lo hiciste? Dorothy guardó silencio durante unos instantes.
—Como puedes imaginar —respondió con una sonrisa amarga—, yo también me hago esta pregunta muchas veces.