La compañía

Joseph Finder · Capítulo 108 de 111

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La compañía

Capítulo 107

 

 

Cuando se dirigía al aparcamiento, Nick llamó a su casa, dejando que el teléfono sonara insistentemente.

No hubo repuesta. Le extrañó mucho. Cassie acababa de llamar desde allí. ¿Qué diablos estaba haciendo en su casa? Por si fuera poco, los dos niños ya debían de haber regresado de la escuela para acabar de hacer las maletas. Ambos estaban muy nerviosos ante la perspectiva del viaje. Incluso Lucas, por más que intentara disimularlo, o al menos eso creía Nick.

Pero el teléfono sonó reiteradamente y el contestador automático repitió una y otra vez su mensaje en tono monocorde.

Lucas no solía responder al teléfono de casa, dejaba que lo hiciera el contestador, pero Julia siempre se ponía. Le encantaba hablar por teléfono. Y Cassie acababa de llamar. Era muy extraño.

Seguía sin obtener respuesta.

¿El móvil de Lucas? Nick no recordaba el número, había demasiados números que se sabía de memoria y no llamaba con frecuencia al móvil de su hijo. Nick pulsó el botón verde de llamadas de su móvil, para averiguar los últimos diez números que había marcado.

Allí estaba: MÓVIL DE LUCAS. ¿Lo había programado Marjorie? Probablemente. Nick pulsó el botón ENVIAR mientras atravesaba el aparcamiento a la carrera. Un par de empleados le saludaron con la mano, pero Nick no tenía tiempo para ceremonias.

«Venga, maldita sea, contesta. Te dije que si no atendías mis llamadas al móvil, te lo quitaría. Ése era el trato».

Después de un par de tonos Nick oyó la voz grabada de su hijo, con el típico timbre adolescente, brusco y un tanto chulito en unas pocas palabras.

«Hola, soy Luke, ¿qué hay? Deja el mensaje».

Después de un pitido, una voz femenina: «Deje su mensaje después del tono. Pulse el botón Uno para enviar una página numérica…».

Nick colgó, sintiendo que el corazón le latía acelerado por haber corrido. Sacó apresuradamente el llavero del bolsillo y lo oprimió para abrir la puerta del Suburban cuando llegó junto al coche. Nick salió a toda velocidad del aparcamiento al tiempo que llamaba al móvil de Eddie.

No hubo respuesta.

 

—No está aquí —dijo Bugbee. La señal del móvil empezaba a perderse—. Unidades de patrulla, pero Cassie Stadler no está en su casa.

—Ha ido al domicilio de Conover —dijo Audrey—. Una fuga de gas.

—¿Qué?

—Voy para allá. Reúnete conmigo allí. Ahora mismo. Avisa a los bomberos.

—¿Estás segura de que ha ido allí?

—Cassie atendió el teléfono cuando llamaron los del control de la alarma. Ve hacia allí, Roy. Enseguida.

—¿Por qué? —preguntó Bugbee.

—Haz lo que te digo. Y trae refuerzos. —Audrey colgó para que Bugbee no tuviera ocasión de replicar.

Una fuga de gas. Los Stroup, los vecinos de Cassie cuando ésta tenía doce años.

«Encendió una cerilla y se marchó».

La residencia de la hermandad de Carnegie Mellon cuando Cassie estudiaba primero.

«Murieron dieciocho chicas».

Las familias a las que Cassie ansiaba desesperadamente pertenecer. Las cuales la rechazaban.

Audrey llamó entonces al despacho de Nick Conover en Stratton Corporation, pero su secretaria le informó de que no se encontraba allí.

—Dígale que es urgente —dijo Audrey—. Hay una emergencia en su casa.

La voz de la secretaria se dulcificó.

—El señor Conover va de camino a su casa, inspectora.

 

¿La empresa de la alarma?

Nick no recordaba el nombre.

¿Una fuga de gas? Nick trató de imaginar la situación: una emergencia en su casa, los niños perciben el olor a gas, quizá sean lo bastante prudentes para salir de la casa inmediatamente, por eso nadie había respondido al teléfono fijo. Pero ¿y el móvil de Lucas?

Pongamos que se lo dejó en casa al salir precipitadamente. Seguro que eso era lo que había ocurrido.

Pero ¿y Eddie?

El tío vivía con el teléfono pegado a la oreja. ¿Por qué diablos no había contestado?

Nick calculó que tardaría doce minutos en llegar a la verja de la urbanización Fenwicke. Suponiendo que encontrara los semáforos en verde. Pisó el acelerador a fondo, procurando no pasar de veinte kilómetros sobre el límite de velocidad. Un policía quisquilloso podía obligarle a detenerse, entretenerlo por más que Nick le dijera que era una emergencia. Pedirle el permiso de conducir y el seguro del coche, comprobar el nombre, quizá incluso tomarse las cosas con calma cuando averiguara su identidad.

Nick siguió avanzando ajeno a todo lo demás, sin apenas reparar en el tráfico que le rodeaba, obsesionado con llegar a su casa. Pulsó repetidamente el móvil de Eddie, pero no obtuvo respuesta. Nick experimentó un momento de alivio cuando se detuvo ante la verja de la urbanización. No vio ningún coche de bomberos ni otros vehículos de emergencia. Probablemente no se trataba de nada grave.

Una fuga de gas no es lo mismo que un fuego.

¿Era posible que los niños, Eddie y Cassie hubieran perdido el conocimiento debido a las emanaciones del gas y por eso no habían respondido al teléfono? Nick no sabía si el gas natural producía ese efecto.

—Hola, señor Conover —dijo Jorge, sentado detrás del cristal antibalas de la cabina.

—Es una emergencia, Jorge —contestó Nick.

—Su director de seguridad, el señor Rinaldi, llegó hace un rato.

—¿Cuánto rato?

—Permita que mire el registro…

—Olvídalo. Abre la puerta, Jorge.

—Ya se está abriendo, señor Conover.

En efecto, la puerta se abrió lentamente. Centímetro a centímetro.

—¿No puedes hacer que vaya más deprisa? —preguntó Nick.

Jorge sonrió con gesto de disculpa y se encogió de hombros.

—Ya sabe cómo funciona esta puerta. Lo siento. También ha venido su amiga.

—¿Mi amiga?

—La señorita Stadler. Llegó hará más o menos una hora, según creo recordar.

Nick se preguntó si lo niños habrían llamado a Cassie para pedirle que fuera. ¿Por qué no me llamaron a mí? Saben donde localizarme. Quizá les resultaba más cómodo llamarla a ella.

—Joder —exclamó Nick desesperado—. Haz que esta condenada puerta se abra más rápidamente.

—No puedo, señor Conover, lo siento.

Nick pisó el acelerador a fondo, el Suburban avanzó con una sacudida y chocó contra los barrotes de hierro de la verja. Nick percibió un impacto metálico que no correspondía a la verja. Hasta el maldito Suburban es de hojalata, que se arruga como un rollo de papel de aluminio. Me he cargado el radiador. Joder.

La puerta no cedió debido al impacto, sino que siguió deslizándose poco a poco, inmutable, arrogante, tomándoselo con calma.

Jorge abrió los ojos como platos. Por fin la puerta se abrió lo suficiente para poder pasar, según calculó Nick. Pisó de nuevo el acelerador a fondo y oyó el estrépito de metal contra metal cuando el coche atravesó la verja rozando los barrotes.

LÍMITE DE VELOCIDAD: 30, decía la señal.

Que les den.

 

No había ningún coche de bomberos ni en la calle ni en el camino de acceso a la casa. Ni ningún coche de la policía.

«Quizá no ha ocurrido nada grave —se dijo Nick—. Estoy exagerando, no ha habido ninguna emergencia, ninguna fuga de gas ni nada parecido, sólo ha sido una falsa alarma».

No. De haber sido una falsa alarma alguien habría respondido a una de las llamadas telefónicas que había hecho Nick.

La fuga de gas era real. Eddie había acudido y había sacado de la casa a los niños y a Cassie. «Gracias a Dios que ese cabrón traidor los ha salvado, es un cabrón, sí, pero al final se ha portado como un buen amigo. Quizá le debo una disculpa».

El GTO de Eddie estaba aparcado en la entrada, detrás de la furgoneta. El VW descapotable de color rojo de Cassie también estaba allí. A Nick no le cuadraba. Cassie había ido, y Eddie también, los dos coches estaban allí, al igual que la furgoneta. Lo cual significaba que nadie se había llevado a los niños, por lo tanto los niños seguían allí, y Eddie y Cassie también. Pero ¿qué coño había pasado?

Nick se dirigió corriendo por el camino enlosado hacia la casa. Observó que todas las ventanas estaban cerradas; la casa parecía cerrada a cal y canto como si ya se hubieran marchado de vacaciones. Al aproximarse a la puerta principal, Nick percibió un olor a huevos podridos.

El olor del gas.

Era real. Un olor intenso, que Nick percibió desde el jardín. Muy intenso. El olor que añaden al gas natural para que la gente se dé cuenta de cuándo se ha producido una fuga.

La puerta principal estaba cerrada, lo cual era un tanto extraño si todos habían salido corriendo de la casa, pero Nick no se entretuvo en hacer cábalas. Sacó su llavero y abrió la puerta.

Qué oscuro está todo.

—¡Hola! —gritó Nick—. ¿Hay alguien aquí?

No hubo respuesta.

El olor a huevos podridos era agobiante. Era un olor pestilente. Un muro de hedor, afilado como un cuchillo, nauseabundo.

—¡Hola!

Nick oyó unos ruidos leves. ¿Unos golpes? Parecían provenir de arriba. No estaba seguro, la estructura de la casa era sólida. Nick entró en la cocina, pero allí no había nadie.

Entonces oyó unos sonidos lejanos, como unos golpes, seguidos por unos pasos cercanos, y de pronto apareció Cassie, caminando lentamente. Parecía agotada, destrozada.

—Cass —dijo Nick—. Gracias a Dios que te encuentro. ¿Dónde están los niños?

Cassie siguió avanzando lentamente, con una mano oculta a la espalda, casi vacilante. Sus ojos somnolientos no miraban a Nick, sino que se perdían en el infinito.

—¿Cass?

—Sí —respondió Cassie por fin—. Gracias a Dios que me has encontrado —dijo en tono neutro, inexpresivo.

Nick oyó unos pitidos agudos y mecánicos que provenían de alguna parte de la casa. Pero ¿de dónde?

—¿Dónde están todos?

—A salvo —respondió Cassie, pero había algo raro en su tono, como si no estuviera segura de ello.

—¿Dónde está Eddie?

Una breve pausa.

—Él… también está a salvo —contestó Cassie lenta y pausadamente.

Nick avanzó hacia Cassie para abrazarla, pero ella retrocedió, meneando la cabeza.

—No —dijo Cassie.

—¿Cassie?

Nick sintió una punzada de temor aun antes de que su cerebro pudiera analizarlo.

—Tienes que salir de aquí. Tenemos que abrir algunas ventanas, llamar a los bomberos. Dios, esto es increíblemente peligroso, estos materiales son muy inflamables. ¿Dónde están Luke y Julia?

Los pitidos sonaban cada vez más acelerados, más agudos, y Nick comprendió que se trataba de un artilugio que había visto en la mesa de la cocina, una cajita de color amarillo de la que salían unos tubos flexibles de metal. ¿Qué era, para qué servía?

—Me alegro de que hayas venido, Nick. —Cassie tenía los ojos rodeados por unas ojeras tan oscuras que parecían agujeros negros. Su mirada era esquiva—. Sabía que vendrías. Un padre siempre protege a sus hijos. Eres un buen padre. No como el mío, que nunca me protegió.

—¿Qué te ocurre, Cassie? —preguntó Nick—. Pareces muy asustada.

Cassie asintió con la cabeza.

—Estoy aterrorizada.

Nick sintió que se le ponía la piel de gallina. Vio en los ojos de Cassie la misma expresión ausente que había visto antes, como si la joven se hubiera refugiado en un lugar donde nadie podía acceder a ella.

—Cassie —dijo Nick en tono suave pero firme, sintiendo un vacío en la boca del estómago—, ¿dónde están mis hijos?

—Estoy aterrorizada por mí, Nick. Y tú también deberías estarlo.

Cassie metió la mano izquierda en el bolsillo de su camisa vaquera y sacó un objeto que Nick reconoció como el encendedor Zippo de Lucas. Estaba decorado con una calavera cubierta de arañas y rodeada de telarañas; era el encendedor de un adolescente aficionado a los porros. Cassie levantó la tapa y acarició la ruedecita de la piedra con el pulgar.

—¡No! —gritó Nick—. ¿Qué vas a hacer? ¿Estás loca?

—Claro, ya lo sabes, Nick. ¿O no te habías dado cuenta? —Cassie se puso a cantar suavemente—: «Eché a correr para ocultar mi rostro, pero la roca gritó: “No hay escondite posible”».

—¿Dónde están, Cassie?

El pitido electrónico, cada vez más intenso y estridente, se había convertido en un aullido persistente y ensordecedor. Nick recordó dónde había visto antes esa caja amarilla: en el sótano, donde la había dejado un operario de la compañía del gas. Era un detector de gas combustible, y advertía que se había producido una fuga de gas.

Los pitidos se hacían más agudos y más rápidos a medida que la concentración de gas en el aire aumentaba. Un sonido chirriante y sostenido significa una cantidad de gas peligrosa, que había alcanzado los niveles de combustión. Alguien había tomado el artilugio del sótano y lo había llevado arriba, y Nick sabía quién era.

—Ya te lo he dicho, están a salvo —respondió Cassie con voz inexpresiva. En ese momento mostró la otra mano, la que ocultaba a la espalda, en la que sostenía el gigantesco cuchillo de acero inoxidable Henckels que había tomado de la cocina.

Nick sintió que el corazón le latía a mil por hora. ¡Jesús, se ha vuelto loca! ¡Dios mío, ayúdame!

—Cassie —dijo Nick, avanzando hacia ella, extendiendo los brazos para abrazarla.

Pero Cassie le amenazó con el cuchillo al tiempo que sostenía en la mano izquierda el encendedor, el pulgar sobre la ruedecita de la piedra.

—Ni un paso más, Nick —advirtió.

 

El rostro del guardia de seguridad apareció detrás del cristal blindado de la cabina en la entrada de la urbanización Fenwicke.

—¿Sí? —preguntó por el intercomunicador.

Audrey le mostró su placa.

—Una emergencia policial —dijo.

El guardia miró la placa a través del cristal y activó de inmediato la puerta de seguridad.

 

—Joder, Cassie, te suplico que no…

—Esta parte no me gusta nada —respondió Cassie, y en ese momento Nick observó una mancha roja en la hoja del cuchillo, todavía húmeda.