La compañía

Joseph Finder · Capítulo 83 de 111

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La compañía

Capítulo 82

 

Nick había empezado a temer salir de su casa.

No en el sentido de ir a trabajar, aunque le costaba un gran esfuerzo ponerse la máscara de Nick Conover, director general de Stratton, seguro de sí mismo, amable y extrovertido, precisamente cuando una marea negra de ansiedad amenazaba con filtrarse a través de sus poros. Pero tanto si se trataba de una función escolar, ir de compras o llevar a clientes a restaurantes, cada vez le costaba más asegurarse la máscara para que no se le cayera.

Lo que tiempo atrás le resultaba incómodo, incluso doloroso — encontrarse con personas que la empresa había despedido, intercambiar con ellas unas palabras corteses aunque tensas, o simplemente sentirse como un paria en su propia ciudad—, se había convertido en algo insoportable. Fuera a donde fuese, cada vez que se topaba con alguien Nick tenía la sensación de llevar un letrero fluorescente colgado del cuello, unos tubos de color naranja chillón que mostraban la palabra ASESINO.

Incluso esa noche, cuando no era sino un espectador más en la función de Julia. El recital de piano que Julia había esperado con una mezcla de angustia e ilusión. Se celebraba en uno de los antiguos teatros de la ciudad, el Aftermath Hall, un lugar que olía a humedad y que había sido construido en la década de los treinta, con un escenario cuyas tablas presentaban un color amarillento sobre el que habían instalado un piano de cola Steinway, unas cortinas de terciopelo rojo y unas butacas tapizadas también de terciopelo rojo con unos incómodos respaldos de madera.

Los niños, ataviados con sus mejores chaquetitas y corbatas o vestidos, atravesaron el vestíbulo, impulsados por una energía nerviosa. Un par de niños afroamericanos vestidos con chaquetas y corbatas acompañados por su hermana mayor, que lucía un vestido blanco con un lazo: era poco frecuente en Fenwick, dado su escasa población negra.

Nick se sorprendió al ver allí a la hermana mayor de Laura, Abby. También tenía dos hijos y estaba casada con un hombre que vivía de las rentas de un fondo fiduciario pero carecía de personalidad. El tipo afirmaba ser escritor, pero básicamente se dedicaba a jugar al tenis y al golf. Abby tenía los mismos ojos azules y luminosos que Laura, el mismo cuello de cisne. En lugar de los apretados rizos castaños de su mujer, tenía una melena castaña y lisa que le alcanzaba los hombros. Era más reservada, tenía un talante más estirado y era menos accesible. Nick no le tenía demasiada simpatía. Un sentimiento que probablemente era recíproco.

—Hola —dijo Nick, tocándole el codo—. Te agradezco que hayas venido. Julia se alegrará mucho.

—Fue muy amable por su parte llamarme.

—¿Julia te llamó?

—Parece sorprenderte. ¿No le pediste que lo hiciera?

—Ya sabes que no puedo decirle que haga nada. ¿Cómo está la familia?

—Estamos todos perfectamente. ¿Los niños se encuentran bien?

Nick se encogió de hombros.

—A veces sí, otras no. Te echan mucho de menos.

—¿Ah, sí? Pero tú no. —Abby suavizó un poco su expresión con una sonrisa que no parecía muy sincera.

—Pues claro. Todos te echamos de menos. ¿Cómo es que no te vemos nunca?

—Ha sido de locos —respondió Abby.

—¿En qué sentido?

Abby parpadeó, como si se sintiera turbada. Por fin contestó:

—Verás, Nick, es muy duro para mí. Desde que…

—Vale, lo entiendo —se apresuró a interrumpirle Nick—. Sólo digo que nos gustaría verte con más frecuencia.

—Ya —respondió Abby, inclinando la cabeza, bajando la voz y mirándole con una expresión inquietante—. Es que… cada vez que te miro… —dijo Abby, bajando la vista y fijándola de nuevo en Nick—. Cada vez que te miro me entran náuseas.

Nick se sintió como si le hubieran asestado una patada en el cuello.

Un grupo de niños, grandes y pequeños, pasaron junto a ellos apresuradamente, ataviados con sus mejores galas, tensos debido al nerviosismo escénico. Alguien comenzó a tocar unas complicadas piezas en el Steinway, como un pianista profesional que actuara en el Carnegie Hall.

El cadáver desnudo de Laura postrado sobre la camilla después de haber sido embalsamado. Nick sollozando desconsoladamente mientras la vestía, tal como él había pedido y a lo que el director del tanatorio había accedido, aunque a regañadientes. Nick incapaz de contemplar su rostro cerúleo, una simple imitación de su maravilloso cutis cuando estaba viva, el cuello y las mejillas que Nick había besado en tantas ocasiones.

—Crees que el accidente fue culpa mía, ¿no es así?

—Creo que no tiene sentido hablar de ello —replicó Abby, fijando la vista en el suelo—. ¿Dónde está Julia?

—Seguramente esperando que le toque el turno de salir y sentarse al piano. —Nick sintió una mano en su hombro y al volverse comprobó sorprendido que era Cassie. Al verla se sintió más animado.

Cassie se alzó de puntillas y le besó brevemente en los labios.

—Cass… Caramba, no tenía ni idea…

—No me lo habría perdido por nada en el mundo.

—¿Te pidió Julia a ti también que vinieras?

—Me habló de ello, lo cual es muy distinto. En mi opinión, el recital de piano de una hija se inscribe en la categoría de obligaciones familiares, ¿no estás de acuerdo?

—Yo… no sé qué decir.

—Venga, hombre, me considero casi de la familia. Además, soy muy aficionada al piano clásico, ¿no lo sabías?

—No sé por qué, pero lo dudo.

Cassie acercó los labios al oído de Nick y susurró, excitándole con su aliento cálido:

—Te debo una disculpa.

Luego desapareció antes de que Nick tuviera ocasión de presentársela a Abby.

—¿Quién es tu nueva novia? —preguntó Abby con voz seca, áspera y adusta no exenta de cierto retintín.

Nick se quedó estupefacto.

—Se llama… Cassie. Esto… es…

«Esto… es…, ¿qué? ¿Una amiga? ¿Un rollete? ¿La hija del hombre que asesiné, qué coincidencia tan curiosa, no? Cuéntaselo a Craig, tu marido que supuestamente es escritor. Eso le dará en qué pensar».

—Es muy guapa —comentó Abby, arqueando las cejas, entrecerrando los ojos, exhalando desprecio.

Nick asintió, sintiéndose profundamente incómodo.

—Aunque no parece el tipo que le gusta a Nick Conover. ¿Es artista o algo por el estilo?

—Pinta. Es profesora de yoga.

—Celebro que vuelvas a salir con chicas —dijo Abby en un tono hipócrita a más no poder.

—Ya, bueno…

—A fin de cuentas, ya ha pasado un año —añadió Abby jovialmente pero con un tono frío, duro y sarcástico—. Estás en tu pleno derecho. —Sonrió, victoriosa, sin molestarse en ocultarlo.

Nick no supo qué responder.

 

Cuando Audrey se acercó, LaTonya estaba soltándole el rollo a una pobre incauta, sacudiendo el índice, mostrando unas uñas largas de color coral — unas uñas postizas incluidas en un kit de manicura francesa que había tratado de vender a Audrey— semejantes a unos instrumentos peligrosos. Lucía un muumuu y unos pendientes gigantescos.

—Te lo aseguro —dijo—. Puedo ganar fácilmente ciento cincuenta dólares en una hora participando en esas encuestas on-line. Sentada cómodamente en casa en pijama. ¡Me pagan por expresar mis opiniones!

Cuando vio a Audrey, LaTonya sonrió.

—Ya me imaginaba que estabas trabajando —dijo Audrey, abrazándola con afecto.

—No me digas que Leon también ha venido. —LaTonya parecía haberse olvidado de la venta que pretendía hacer, dejando que su víctima se alejara.

—No sé dónde se ha metido —confesó Audrey—. Cuando me pasé por casa, no estaba allí.

—Humm —murmuró LaTonya con un tono cargado de significado—. Lo que es seguro es que no está trabajando.

—¿Sabes algo que no quieres decirme? —preguntó Audrey, turbada por la desesperación que dejaba entrever.

—¿Sobre Leon? ¿Crees que iba a contármelo a mí?

—LaTonya, hermana —dijo Audrey aproximándose—. Estoy preocupada por él.

—Te preocupas demasiado por ese hombre. No se lo merece.

—No me refiero a eso. Es que… sale con frecuencia.

—De lo cual deberías dar las gracias a tu buena estrella.

—Hace mucho tiempo que no… compartimos momentos íntimos —se esforzó en decir Audrey.

LaTonya meneó la cabeza.

—No quiero conocer los detalles escabrosos de mi hermano.

—No, yo… Estoy convencida de que pasa algo malo, LaTonya, ¿no me entiendes?

—¿Bebe más?

—No es eso, que yo sepa. Pero pasa muchos ratos fuera de casa.

—¿Crees que ese cabrón te pone los cuernos?

Audrey sintió que se le saltaban las lágrimas. Apretó los labios y asintió con la cabeza.

—¿Quieres que hable con él? Le cortaré las pelotas.

—Deja, yo lo resolveré, LaTonya.

—No dudes en llamarme, ¿de acuerdo? Ese gandul no sabe el tesoro de mujer que tiene.