La compañía

Joseph Finder · Capítulo 36 de 111

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La compañía

Capítulo 35

 

A la mañana siguiente, cuando se dirigía en coche a la oficina, Nick estaba de un humor de perros. La noticia de que una inspectora de homicidios se había pasado por la empresa para husmear le había hecho pasar la noche en vela, sin pegar ojo. Nick no había dejado de dar vueltas en la gigantesca cama, levantándose reiteradas veces, obsesionado con lo ocurrido la noche en cuestión.

No dejaba de pensar en Lo Ocurrido Esa Noche. El recuerdo había remitido hasta quedar reducido a unas imágenes atenuadas, caleidoscópicas: la expresión airada de Stadler, los disparos, el cuerpo postrado en el suelo, el rostro de Eddie, acarreando el cadáver envuelto en unas bolsas negras de basura.

Nick se había quedado sin somníferos, de lo cual se alegraba; si seguía tomándolos acabaría en la clínica de desintoxicación Betty Ford. Trató de pensar en su trabajo, en lo que fuera salvo en lo ocurrido esa noche. Pero eso significaba centrarse en la reunión de la junta por la mañana. Las reuniones de la junta siempre le ponían nervioso, pero esta vez sabía que las cosas pintaban pero que muy mal.

De camino al despacho Nick se detuvo ante un semáforo junto a un reluciente Mercedes S-Class plateado. Al volverse para admirarlo comprobó que lo conducía Ken Coleman, el jefe de ventas. Nick bajó la ventanilla del lado del conductor y tocó el claxon para captar la atención de Coleman. Cuando éste —cuarenta y un años, treinta kilos de sobrepeso y un peluquín horroroso— bajó la ventanilla y vio a Nick, lo saludó con una sonrisa jovial.

—¡Hola, Nick! Vas muy elegante.

—Tengo una reunión de la junta. ¿Coche nuevo, Ken?

La sonrisa de Coleman se intensificó.

—Me lo entregaron ayer. ¿Te gusta?

—Debe de costar un ojo de la cara.

Coleman, un tipo hiperactivo, se apresuró a asentir una y otra vez como esos muñecos que mueven la cabeza de un lado a otro.

—Más. Totalmente equipado. Un deportivo de lujo, con el volante climatizado y la monda. —El jefe de ventas de Stratton ganaba más que Nick. A Nick no le importaba; alguien tenía que hacer ese trabajo que te machacaba el alma.

El semáforo se puso en verde, pero Nick no se movió.

—¿Lo has pagado al contado o lo has adquirido mediante leasing?

—Por leasing. Todo lo que compro lo pago así.

—Perfecto, porque ya puedes devolverlo al concesionario.

—¿Qué? —exclamó Coleman, ladeando su cabeza de pelele, un movimiento semejante al de un terrier, casi cómico.

Alguien hizo sonar el claxon detrás de Nick, pero él no hizo ni caso.

—Hemos despedido a cinco mil trabajadores, Ken. La mitad de la plantilla. Ha sido para recortar gastos, para salvar Stratton. Prácticamente nos hemos cargado la ciudad. De modo que no quiero que un miembro de mi equipo ejecutivo se pasee en un puto Mercedes de lujo, ¿entendido?

Coleman lo miró con aire de incredulidad.

Nick prosiguió:

—Cuando salgas del despacho esta tarde, devuelve el coche al concesionario y diles que quieres cambiarlo por un Subaru o algo parecido. No quiero volver a verte sentado ante ese volante climatizado, ¿entendido?

Nick pisó el acelerador y se alejó.

 

Los cinco miembros de la junta de directores de la Stratton Corporation, junto con sus convidados, se hallaban reunidos en la habitación anexa a la sala de juntas. Se sirvió café de unos termos, que no era el café que ponían en la cafetería para los empleados de Stratton. Era café en grano procedente de los cafetales de las Célebes, recién torrefacto por Town Grounds, la mejor cafetería de Fenwick. Todd Muldaur se había quejado del café que habían servido en la primera reunión de la junta después de la adquisición de la compañía por parte de Fairfield, y se había burlado de la cafetera eléctrica. Nick había pensado que Todd había exagerado, pero había ordenado el cambio. Eso, y las pequeñas botellas de agua Evian heladas, unas rodajas de melón, frambuesas y fresas, y unos deliciosos pastelitos que preparaban en una afamada pastelería de Ann Arbor.

Cuando llegó Nick, Todd Muldaur, ataviado con otro de sus costosos trajes, estaba terminando de contar un chiste y hablaba con Scott, el otro socio de Fairfield Partners, Davis Eilers, y un hombre a quien Nick no había visto nunca.

—Le dije que la mejor vista de Fenwick era a través del espejo retrovisor —dijo Todd. Eilers y el otro hombre se rieron a mandíbula batiente. Scott, que se había percatado de la presencia de Nick, se limitó a sonreír educadamente.

Davis Eilers era el otro socio del negocio, un hombre con mucha experiencia en materia empresarial. Había trabajado en McKinsey, al igual que Todd y Scott, pero había jugado en el equipo de fútbol de Dartmouth, no en Yale. Posteriormente había dirigido varias compañías; era una especie de consejero delegado que prestaba sus servicios al mejor postor.

Todd se volvió y vio a Nick.

—Bueno, aquí lo tenemos —dijo, alzando su taza—. ¡Un café excelente! —exclamó con vehemencia y guiñando un ojo—. Siento no haberte visto anoche. Estabas muy ocupado ejerciendo de padre, ¿verdad?

Nick estrechó la mano de Todd y luego saludó a Scott y Eilers.

—Sí, no podía faltar. Era la función escolar de mi hija, y como…

—Me gustan tus prioridades —dijo Todd con un exceso de sinceridad—. Las respeto.

Nick sintió deseos de arrojarle la taza de humeante café procedente de las Célebes a la cara, pero fijó la vista en los ojos exageradamente azules de Todd y sonrió con afabilidad.

—Nick, quiero presentarte a nuestro nuevo miembro de la junta, Dan Finegold.

Era un hombre alto, atractivo, de complexión atlética. Con una mata de pelo castaño oscuro salpicado de unas pocas canas. Pero ¿qué les pasaba a los directivos de Fairfield Equity Partners? Se comportaban como si se tratara de un círculo estudiantil.

Dan Finegold tenía un apretón de manos demoledor.

—No me digas que jugaste también en el equipo de fútbol de Yale —dijo Nick cordialmente. Pero en realidad pensaba: ¿Nuestro nuevo miembro de la junta? ¿Acaso pensaban decírmelo, o más bien querían darme la sorpresa?

—En el equipo de béisbol de Yale —dijo Todd, dando unas palmadas en la espalda a ambos hombres y obligándoles a acercarse—. Dan era un pitcher legendario.

—De eso nada —respondió Finegold.

—No cabe duda de que lo eras —insistió Todd. Luego se volvió hacia Nick y añadió—: Dan tiene veinte años de experiencia en el sector del mobiliario de oficinas, se ha dejado la piel en él. Imagino que sabes que Office Source era su juguete. Cuando Willard compró esa compañía, dio un puesto a Dan en Fairfield.

—¿Te gusta Boston? —preguntó Nick. Era lo único que se le ocurrió, ya que no podía decir lo que pensaba, concretamente: «¿Qué haces aquí, quién te ha invitado a participar en esta junta y qué coño está pasando aquí?». Los de Fairfield tenían todo el derecho de colocar a quien quisieran en la junta, pero no era muy elegante por su parte presentarse inopinadamente con un nuevo miembro. Nunca lo habían hecho. No era un buen precedente, o quizá fuera eso lo que pretendían justamente.

—Es estupendo. Sobre todo para un amante de la comida como yo. Actualmente hay muchos restaurantes interesantes en Boston.

—Dan es uno de los dueños de una cervecería artesanal en el estado de Nueva York —comentó Todd—. Elaboran la mejor cerveza belga fuera de Bélgica. La Abbey, ¿no es así?

—Sí.

—Bienvenido a la junta —dijo Nick—. Seguro que tu experiencia en cerveza belga será muy útil. —Lo de la cerveza belga y la Abbey le sonaba de algo, pero no lograba ubicarlo.

Todd tomó a Nick del codo mientras se dirigían a la sala de juntas.

—Qué mala suerte lo de Atlas McKenzie —dijo en voz baja.

—¿Qué?

—Scott me lo contó anoche.

—¿A qué te refieres?

Todd dirigió a Nick una breve mirada de perplejidad.

—Al fracaso de las negociaciones —murmuró.

—¿Qué?

¿De qué diablos estaba hablando Todd? El trato con Atlas McKenzie estaba prácticamente firmado. ¡Todo aquello no tenía sentido!

—Descuida —lo tranquilizó Todd—, esta mañana no lo sacaremos a colación. Pero no deja de ser un tremendo contratiempo. —Luego exclamó alzando la voz—: ¡Señora Devries!

Todd dejó a Nick y se dirigió hacia Dorothy Devries, que acababa de entrar en la sala de juntas. Todd tomó su mano menuda con sus dos musculosas manazas y esperó a que la señora Devries le acercara la mejilla para besarla.

Dorothy lucía un traje pantalón color burdeos, muy al estilo de Nancy Reagan, con las solapas ribeteadas de blanco. Su cabello blanco formaba una nube perfecta con unos reflejos azulados que resaltaban el color azul metálico de sus ojos. Fairfield Partners había cedido a Dorothy Stratton Devries una pequeña porción de la compañía y un asiento en la junta, una condición que había impuesto la propia Dorothy y que Willard Osgood no había tenido inconveniente en aceptar. Convenía que la familia del fundador siguiera vinculada a Stratton. Indicaba al resto del mundo que Fairfield seguía respetando las tradiciones. Por supuesto, Dorothy no tenía ningún poder de decisión. Su presencia era meramente decorativa. Fairfield poseía el noventa por ciento de Stratton, controlaba la junta y, en definitiva, llevaba la voz cantante. Dorothy, una mujer muy lista, lo comprendía, pero también comprendía que, al menos fuera de la sala de juntas, seguía ejerciendo cierta autoridad moral.

Su padre, Harold Stratton, había trabajado de maquinista en los Ferrocarriles Wabash, de aprendiz de un hojalatero y de reparador de chimeneas. Había sido maquinista en Steelcase, en Grand Rapids, antes de fundar su compañía con el dinero que le había prestado su acaudalado suegro. Su gran innovación había sido el invento de un sistema de cojinetes de rodillos progresivos para mejorar la suspensión de los cajones de los archivadores metálicos. Su único hijo varón había muerto de pequeño, dejando a Dorothy como única heredera, pero en aquellos tiempos las mujeres no dirigían las empresas, de modo que el viejo Stratton entregó las riendas de la compañía a Milton Devries, el marido de Dorothy. La mujer había pasado los últimos años en su inmensa y sombría mansión de East Fenwick, representando el papel de matriarca de la ciudad, un árbitro social tan temible como sólo puede serlo la reina de la sociedad de una población pequeña. Dorothy formaba parte de todos los consejos de administración de la ciudad y presidía la mayoría de los mismos. Aunque sentía simpatía por Nick, le consideraba de un estrato social muy inferior al suyo. A fin de cuentas, el padre de Nick había trabajado en la fábrica de la empresa. Dorothy no tenía en cuenta que su padre maquinista también se había manchado los dedos de grasa.

Nick, que no se había recobrado de la sorpresa que le había causado la revelación de Todd, vio que Scott ocupaba su sitio de costumbre en la mesa de caoba ovalada de la sala de juntas. Cuando Nick se acercó a él y le apoyó una mano en el hombro, oyó que Todd decía:

—Dorothy, quiero presentarte a Dan Finegold.

—Eh, ¿qué ha pasado con Atlas McKenzie? —murmuró Nick, situándose detrás de Scott.

Scott se volvió abriendo mucho los ojos.

—Anoche recibí una llamada en el móvil. Todd estaba presente y… — Scott no terminó la frase. Nick guardó silencio. Scott prosiguió—: Se han decidido por Steelcase; ya sabes que Steelcase tiene una empresa participada con Gale & Wentworth…

—¿Te llamaron a ti?

—Supongo que Hardwick tenía mi número más a mano, debido a todas las negociaciones que…

—Cuando te enteraste de la noticia, debiste ponerte enseguida en contacto conmigo.

Nick observó que el pálido rostro de Scott se sonrojaba al instante.

—Yo… desde luego, Nick, pero como Todd estaba presente y…

—Hablaremos más tarde —dijo Nick, apretando el hombro de Scott con demasiada fuerza para tratarse de un gesto amistoso.

Nick oyó que Dorothy Devries soltaba una áspera carcajada en el otro extremo de la habitación, y ocupó su lugar en la cabecera.

La sala de juntas de Stratton era el lugar más conservador del edificio, compuesta por la inmensa mesa de caoba a la que podían sentarse quince personas, aunque no había habido quince miembros en la junta desde que la compañía había sido vendida; las sillas de cuero negro Stratton Symbiosis de gama alta, las pantallas planas ante cada uno de los asistentes, que se elevaban y bajaban con sólo pulsar un botón. Parecía la sala de juntas de cualquier empresa importante del mundo.

Nick carraspeó, miró a los otros miembros de la junta y comprendió que ya no estaba entre amigos.

—Propongo que empecemos por el informe del jefe de finanzas —dijo.