La compañía

Joseph Finder · Capítulo 102 de 111

Páginas del PDF

La compañía

Capítulo 101

 

 

El gruñido ronco de un coche al enfilar el camino de acceso.

¿Leon? No, el coche de Leon no hacía ese ruido. Su marido había salido de juerga. Y en domingo. Audrey sintió una oleada de resentimiento, de determinación.

Apartó los visillos del saloncito. Era Bugbee.

—Por fin te has decidido a hacerlo, ¿eh? —comentó Bugbee con una sonrisa burlona.

Audrey le invitó a pasar a la sala, donde Bugbee ocupó la butaca de Leon mientras Audrey se sentaba frente a él en el sofá. Bugbee rozó con el pie un par de botellas de cristal marrón que había en el suelo, las cuales entrechocaron.

Bugbee miró el suelo.

—¿Te da por la bebida, Aud? —preguntó—. ¿No soportas la tensión?

—Ni siquiera me gusta el sabor de la cerveza —contestó, turbada—. ¿Alguna novedad?

—Una complicación.

—¡No me digas!

—Una complicación positiva. Nuestro amigo Eddie se ha desmarcado de Conover.

—¿Eso qué significa exactamente?

—Quiere hacer un trato.

—¿Qué te ha contado?

—Ni una puta cosa. Sólo que quizá tenga información que pueda interesarnos.

—Tiene que mostrarnos la mercancía.

—Primero quiere hacer un trato. Apuesto lo que quieras a que está metido hasta el cuello.

Audrey reflexionó unos momentos.

—¿Y si el asesino es él en lugar de Conover?

—Mejor que mejor. Si Eddie nos entrega a Conover por participar y ser cómplice en la comisión de un asesinato, los atrapamos a los dos.

—Eddie sabe que hemos cotejado la pistola. —El sonido de otro coche. Debía de ser Leon.

—¿Se lo has dicho tú? Porque yo no le he contado ni una palabra.

Audrey negó con la cabeza y refirió a Bugbee lo de la llamada de Grand Rapids.

—Maldito Noyce —exclamó Bugbee—. ¿Qué te dije?

—¿Qué me dijiste?

—Ese tipo nunca me ha caído bien.

—Porque tú no le caes bien a él.

—Tienes razón. Pero a lo que iba. Él y Eddie Rinaldi conocen sus respectivos historiales. Ahora nosotros tenemos el historial de Noyce.

—No quiero jugar a eso —contestó Audrey con firmeza.

—Joder —estalló Bugbee—. ¿A qué viene esa actitud de dama piadosa en un momento como éste?

—¿Quieres que te lo explique de forma que lo entiendas? Si quieres jugar limpio con Noyce, por mi parte no hay ningún problema. Pero estoy segura de que sabe que lo hemos averiguado todo.

—¿Tú crees?

—Noyce sabe que he hablado con gente de Grand Rapids. Sabe que me gusta llegar al fondo de las cosas. En cualquier caso, si tú quieres jugar con él más tarde, me tiene sin cuidado. Lo siento por él, pero en estos momentos lo único que me interesa es el caso y cómo resolverlo. Mi sistema consiste en ignorarlo, en trabajar sin que él se entere, tramitar esa orden de arresto cuanto antes para que Noyce no tenga tiempo de prevenir a Rinaldi.

Bugbee se encogió de hombros, aceptando sus condiciones.

—Te diré otra cosa. No quiero hacer un trato con Rinaldi.

—Eso es una estupidez —dijo Bugbee—. Rinaldi es nuestra baza.

—Tú eras quien insistía en que teníamos este caso resuelto, ¿recuerdas? ¿Por qué quieres tirar la toalla a estas alturas?

—Esto no es tirar la toalla —contestó Bugbee.

—¿Ah, no? Yo quiero acusarlos a ambos de asesinato en primer grado. Así dispondremos de amplio espacio para maniobrar. Más tarde decidiremos lo que mejor nos convenga.

—¿De modo que ahora crees que lo tienes resuelto?

—Más o menos. Mañana, a primera hora, iré a hablar de nuevo con el psiquiatra de Stadler.

—¿No crees que es un poco tarde para eso?

—No. Si el psiquiatra accede a declarar que Stadler podía comportarse como un hombre trastornado e incluso peligroso, eso reforzará considerablemente nuestra posición ante la oficina del fiscal. Si lo logramos, obtendremos las órdenes de arresto con toda certeza.

—Pensé que ese hombre se había negado a hablar contigo.

—Ya, pero insistiré.

—No puedes obligarle.

—Cierto, pero puedo convencerle. O al menos lo intentaré.

—¿Tú lo crees?

—¿Qué?

—¿Que Stadler era peligroso?

—No sé qué creer. Creo que Conover y Rinaldi lo creían. Si tenemos al psiquiatra en nuestro bando, ya tenemos el móvil. Hasta el abogado más hábil que Nick Conover pueda contratar lo va tener peliagudo. Y entonces no necesitaremos hacer ningún trato con Eddie, ¿comprendes?

—O sea, que hay que tirar los dados.

—A veces no queda más remedio —respondió Audrey.

—Se nota que no tienes tantas ganas como yo de cortarle las pelotas a Noyce.

Audrey meneó la cabeza.

—No estoy enfadada. Estoy… —Audrey reflexionó unos instantes—. Estoy decepcionada. No triste.

—Siempre pensé que los beatos nos tomabais un poco el pelo. Pero ahora veo que te tomas muy en serio lo de comportarte como es debido. Ser buena persona. ¿No es así?

Audrey se echó a reír.

—No se trata de ser buena persona, Roy, sino de procurar ser bueno. ¿Jesús era un…? —Audrey se detuvo para buscar la palabra idónea—. ¿Un tipo debilucho? No, era duro de pelar. Tenía que serlo.

Bugbee sonrió, y aparecieron unas arruguitas en las esquinas de sus ojos. Audrey trató de adivinar su expresión, no estaba segura de haber detectado un atisbo de admiración.

—Me ha gustado eso de que Jesús era duro de pelar.

—¿Cuándo fuiste a la iglesia por última vez, Roy?

—Olvídalo, no te metas conmigo. Dejemos las cosas claras. Eso no va a ocurrir. —Bugbee se detuvo—. Además, me parece que Jesús tiene bastante que hacer en tu casa.

Audrey, dolida, no respondió.

—Lo siento —dijo Bugbee al cabo de unos segundos—. Eso ha sido un golpe bajo.

—No te preocupes —dijo Audrey—. Quizá tengas razón.