La compañía

Joseph Finder · Capítulo 110 de 111

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La compañía

Capítulo 109

 

Audrey aguzó el oído mientras avanzaba hacia la cocina. Oyó todo lo que decían Nick y Cassie, y de pronto le pareció insignificante que el propio Nicholas Conover confirmara su culpabilidad.

Audrey pensó en el pasaje de Mateo, la parábola del sirviente ingrato. Pensó en el letrero que tenía pegado en el ordenador que decía: RECUERDA QUE TRABAJAMOS PARA DIOS.

Audrey sabía lo que tenía que hacer con respecto a Nicholas Conover. El arma que había matado a Andrew Stadler había sido robada años atrás por Eddie Rinaldi, que ahora yacía muerto sobre el césped.

No se puede condenar a un muerto.

Más tarde se aclararía todo.

Pero ahora debía impedir que Cassie Stadler llevara a cabo su propósito.

Lo malo era que nadie le había enseñado a resolver este tipo de situaciones.

Audrey siguió avanzando pegada a la pared, cuya frialdad sintió contra la mejilla. Se sujetó a la lisa superficie pintada del marco de la puerta.

¿Se había percatado Conover de su presencia?

Audrey creía que sí.

La inspectora oyó el estridente sonido y comprendió de dónde provenía. Era un detector que medía la concentración de gas en el aire. El constante pitido significaba que había alcanzado un grado óptimo de combustibilidad; Audrey no recordaba los porcentajes, pero sabía que rondaba el diez por ciento. Cassie Stadler esperaba ni más ni menos a que el aire alcanzara la concentración más peligrosa.

Siempre hay que prever lo que puede ocurrir, se dijo Audrey. ¿Y si al acercarse sigilosamente a Cassie por detrás, confiando en el elemento sorpresa para reducirla, la joven se sobresaltara y encendiera el encendedor?

Era preciso evitar eso a toda costa.

Audrey pasó junto a la mesa del pasillo, evitando golpearla para no derribar la lámpara de alabastro. Por fin entró en la habitación, sin saber muy bien lo que debía hacer.

Audrey aguzó el oído al tiempo que reflexionaba sobre su siguiente paso.

El encendedor no se encendió al primer intento. Cassie frunció el ceño, mientras las lágrimas seguían rodando por sus mejillas.

 

El detector de gas seguía emitiendo su sonido estridente, al tiempo que Cassie cantaba con su hermosa y melodiosa voz: «La roca gritó, yo también estoy ardiendo, deseo subir al cielo igual que tú».

—No lo hagas, Cassie.

—La decisión ha sido tuya. Tú has provocado esto.

—Fue un error.

Cassie miró sobre el hombro de Nick y observó un movimiento.

—¿Luke?

—Cassie —respondió Lucas, atravesando la cocina y dirigiéndose a ella.

—Vete de aquí, Luke —le ordenó Nick.

—¿Qué haces aquí, Luke? —preguntó Cassie—. Os dije a ti y a Julia que os quedarais en el sótano.

Audrey Rhimes había conseguido entrar en la casa por la puerta trasera; ése era el motivo de que hubiese sonado la alarma. Había logrado abrir la puerta del sótano para que salieran los niños. Pero ¿dónde estaba Julia? Nick dedujo que Lucas había pasado por el pasillo posterior, había cruzado la sala de estar y había entrado por la otra puerta de la cocina.

—Nos encerraste en el sótano —dijo Lucas, aproximándose a Cassie y deteniéndose junto a ella—. Sé que no pretendías hacerlo. Pero encontré la llave de reserva.

¿Qué diablos se proponía Lucas?

—Por favor, Luke —insistió Nick.

Pero Lucas no hizo caso de su padre.

—Cassie —dijo, tocándola en el hombro—, ¿recuerdas cuando me ayudaste con ese poema de Robert Frost? —Luke esbozó una sonrisa cálida, encantadora y seductora—. Se titula Hired Hand, o Hired Man.

Nick observó que Cassie no retiraba la mano de Luke de su hombro.

Al volverse hacia Luke, la expresión de Cassie se suavizó un poco, pensó Nick.

—El hogar es el lugar donde tienen que acogerte cuando tienes que ir a él —recitó Cassie con voz ronca.

Lucas asintió con la cabeza.

El chico posó la vista en Nick durante una fracción de segundo. Nick lo observó.

Lucas no estaba prescindiendo de su padre. Le hacía una seña.

—¿Recuerdas lo que me dijiste? —preguntó Lucas. Sus luminosos ojos azules no se apartaban de los de Cassie—. No hay nada más importante que la familia. Dijiste que, a fin de cuentas, eso era lo principal. Lo que nos hacía humanos.

—Lucas —respondió Cassie. Su tono había cambiado ligeramente, y en ese instante Nick se abalanzó sobre ella para reducirla.

Pero Cassie se volvió con la agilidad de una serpiente, con la velocidad de un animal de la selva, agitando los brazos y las piernas.

Nick chocó contra ella, obligándola a soltar el cuchillo, pero Cassie logró esquivarlo. El cuchillo cayó al suelo.

Cassie se incorporó y sostuvo el encendedor en alto, mostrándolo a ambos hombres para que lo admiraran.

—¿Qué voy a hacer con los hombres de la familia Conover? —preguntó, esbozando una extraña mueca—. Creo que ha llegado el momento. Debemos irnos. Un mundo debe concluir.

De pronto se produjo un movimiento detrás de Cassie.

Era preciso retener su atención.

—Mírame, Cassie —dijo Nick.

Cassie fijó en él sus ojos opacos.

—Ya no me escondo, Cass. Mírame a los ojos y lo verás. No me escondo.

Cassie estaba radiante, con la cara arrebolada, luminosa, más bella de lo que Nick la había visto jamás. Estaba transfigurada. Su rostro emanaba una increíble serenidad cuando tocó con el pulgar la ruedecita del encendedor.

En aquel preciso instante algo salió volando del fondo de la habitación y la golpeó en la cabeza: la lámpara de alabastro. Cuando el objeto de piedra impactó contra su cráneo, Cassie cayó al suelo con un quejido al tiempo que el encendedor se deslizaba por el suelo hasta quedar oculto debajo del frigorífico.

Cassie emitió un extraño gorjeo.

Audrey Rhimes tenía la cara empapada en sudor. Miró la lámpara que aún sostenía en la mano, aturdida por lo que acababa de hacer.

Nick la contempló atónito.

El ligero aroma a pachulí del perfume de Cassie se mezclaba con el intenso olor a gas.

—¡Deprisa! —gritó Audrey—. ¡Salgan ahora mismo de aquí!

—¿Dónde está Julia? —preguntó Nick mientras se dirigía hacia la puerta.

—Fuera de la casa —respondió Lucas.

—¡Fuera de aquí! —gritó Audrey—. Cualquier cosa, la menor chispa puede hacer que se inflame el gas. Tenemos que salir de aquí inmediatamente y dejar que los bomberos hagan su trabajo. ¡Ahora mismo!

Lucas echó a correr delante de Nick, chocando contra la mosquitera antes de lograr abrirla, tras lo cual la sostuvo para que pasaran Audrey y su padre.

Julia estaba en el césped junto al camino de acceso, bastante alejada del edificio.

Nick corrió hacia ella, la tomó en brazos y siguió avanzando a la carrera, seguido de cerca por Lucas y Audrey. Todos se detuvieron al llegar al límite de la finca, justo cuando Nick oyó el potente sonido de las sirenas.

—¡Mirad! —exclamó Lucas señalando la casa. Nick vio de inmediato lo que indicaba su hijo. Era Cassie, de pie ante la ventana, oscilando como si se sintiera mareada, observándolos con un cigarrillo entre los labios.

—¡No! —le gritó Nick, pero sabía que Cassie no podía oírle y en cualquier caso no prestaba atención.

De pronto se produjo un destello cegador y a los pocos segundos la casa se convirtió en una gigantesca y brillante bola de fuego.

El suelo tembló, el fuego prendió casi de inmediato en todo el edificio, proyectando una inmensa columna de chispas y de humo gris, y al cabo de unos instantes las ventanas estallaron, los cristales de las contraventanas se hicieron añicos y los marcos de las puertas volaron por los aires. A continuación las llamas penetraron en cada orificio, ennegreciendo los muros de piedra y las chimeneas, tiñendo el cielo nublado de un siniestro color naranja, al tiempo que unas oleadas de calor se abatían sobre Nick y los demás, chamuscándoles la cara mientras avanzaban a la carrera. Julia se puso a gritar, y Nick la abrazó con fuerza mientras avanzaban por el largo camino pavimentado.

Nick siguió corriendo hasta que alcanzaron la carretera, donde se detuvo para recuperar el resuello, agotado por el peso de su hija. Se volvió para contemplar su propiedad, pero lo único que vio fue unas columnas de fuego y humo. Las sirenas de los coches de bomberos no sonaban más fuerte ni más cerca. Nick dedujo que se habían detenido junto a la cabina de seguridad a la entrada.

Poco podrían salvar los bomberos del incendio.

Nick abrazó a Julia con más fuerza mientras decía a Audrey Rhimes:

—Antes de presentarme para… entregarme… quisiera tomarme unas pequeñas vacaciones con mis hijos. Pasar unos días juntos. ¿Cree que será posible?

La inspectora Rhimes le miró a los ojos. Mostraba un rostro impasible, indescifrable.

Al cabo de un buen rato, Audrey asintió con la cabeza.

—Creo que no habrá problema.

Nick contempló unos momentos el fuego, tras lo cual se volvió y le dio las gracias, pero Audrey había echado a andar por el camino hacia el coche de la policía que encabezaba el convoy de camiones de bomberos. Al volante iba sentada la policía inspectora rubia.

Nick sintió una mano que le aferraba el codo, trémula, insistente, y al volverse comprobó que era Lucas. Juntos contemplaron el pavoroso incendio durante unos minutos, aturdidos, sin decir palabra. Aunque la tarde estaba nublada y plomiza, las intensas llamas iluminaban el cielo, que presentaba un color naranja oscuro, el color del amanecer.