La compañía
Capítulo 13
Nick, de pie en las sombras del porche delantero, bebió a sorbos una taza de café instantáneo y esperó. Aparte de las sensaciones físicas —el frío de la noche y el calor de la taza contra las palmas de sus manos, las ráfagas de aire — no sentía nada. Estaba insensible. Era una simple carcasa, un cuerpo vacío en la noche, mientras sobre él flotaba Nick Conover, observándole en el porche con incredulidad. Nada de eso había ocurrido. Era una pesadilla. Aunque la vivía en tiempo real, se dijo que no era sino un mal sueño del que pronto se despertaría, pero no antes de haber avanzado a través del complicado y espantoso guión. Al mismo tiempo Nick comprendía que no se trataba de un sueño. Al cabo de unos minutos aparecería el coche de Eddie, y Nick, al contárselo a otra persona, al pedirle ayuda, lo convertiría en realidad.
En ese preciso instante el Pontiac GTO de Eddie subió suavemente por el camino de acceso a la casa, con los faros apagados. Eddie se apeó del coche, cerró la puerta con cuidado de no hacer ruido y se acercó apresuradamente a Nick. Llevaba un pantalón de chándal y una cazadora Carthart de color tostado.
—Cuéntame exactamente lo ocurrido, Nicky —dijo Eddie. Su rostro, habitualmente sereno, expresaba una gran preocupación. Tenía la espalda encorvada. Su aliento apestaba a alcohol rancio; parecía como si acabara de despertarse.
Nick se mordió el interior de la mejilla y desvió los ojos.
—Vale, ¿dónde está? —preguntó Eddie, ladeando la cabeza.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Eddie. Sus manos trazaron unos curiosos movimientos, como si cortaran el aire—. De acuerdo —repitió.
Se detuvo junto al cadáver. Los focos que se habían encendido a su espalda proyectaban una sombra larga y delgada.
—¿Crees que alguien puede haber oído algo? —fue su primera pregunta.
A Nick le pareció una pregunta un tanto extraña. Habría sido más lógico preguntar: «¿Qué ha ocurrido?».
Nick negó con la cabeza.
—Si Marta o los niños hubieran oído algo, se habrían levantado — respondió en voz baja, confiando en que Eddie hiciera lo propio.
—¿Y los vecinos?
—No lo sé a ciencia cierta. En cualquier caso, los guardias de seguridad que están a la entrada acuden enseguida si creen que hay algún problema.
—¿No se encendió ninguna luz en las casas de los vecinos?
—Puedes comprobarlo tú mismo. Nuestro vecino más próximo vive a centenares de metros. Entre las casas hay un montón de árboles y arbustos. Yo no les veo, y ellos no me ven a mí.
Eddie asintió con la cabeza.
—La Smith & Wesson 38 hace un ruido como el de un corcho al saltar de una botella. —Eddie se agachó para examinar más de cerca a Stadler—. ¿Entró en la casa?
—No.
Eddie asintió de nuevo. Nick no podía adivinar por su expresión si eso era un factor positivo o negativo.
—¿Te vio?
—Pues claro. Yo estaba aquí mismo.
—Le dijiste que se detuviera.
—Por supuesto, Eddie. ¿Qué demonios pretendes que yo…?
—Hiciste lo que debías —dijo Eddie en voz baja, con un tono casi tranquilizador—. No tenías más remedio.
—Ese tipo siguió avanzando hacia mí. No se detuvo.
—Si no le hubieras disparado, él habría atacado a tus hijos.
—Lo sé.
Eddie emitió un profundo y tembloroso suspiro.
—Joder, tío.
—¿Qué?
—Joder.
—Fue en defensa propia —dijo Nick.
—¿Cuántas veces disparaste? —preguntó Eddie, acercándose al cadáver de Stadler.
—Creo que dos.
—En el pecho y en la cabeza. En la boca.
Nick observó que el cadáver de Stadler había dejado de sangrar. A la luz de los focos la sangre parecía de color negro. La piel adquiría un tono blancuzco y cerúleo, los ojos una mirada vacía.
—Por aquí tiene que haber alguna lona de las obras.
—¿Una lona?
—Sí, o un plástico.
—¿Un plástico?
—Sí, hombre, ya sabes a qué me refiero. Un trozo grande de plástico. O las bolsas que utilizan los albañiles. Debe de haber alguna por aquí.
—¿Para qué las quieres?
—¿Para qué va a ser? ¿Tienes idea de lo difícil que es transportar un cadáver?
Nick sintió un espasmo en la boca del estómago.
—Tenemos que llamar a la policía, Eddie.
Eddie miró a Nick con incredulidad.
—¿Estás de broma? ¿Crees que tienes elección?
—Pero ¿qué otra cosa podemos hacer?
—¿Para qué diablos me has llamado, Nick?
—Yo… —Eddie tenía razón, por supuesto—. Esto es grave. Eddie. Muy grave.
—Has utilizado mi pistola para matar a un tío, ¿vale? ¿Me oyes? Mi pistola. No nos queda más remedio.