La compañía
Capítulo 22
Se detuvieron frente a una modesta vivienda en West Sixteenth, en Steepletown. Audrey sentía una opresión en la boca del estómago, como le ocurría siempre que conocía al familiar de una víctima de asesinato. No soportaba el torrente de desesperación, incredulidad, de infinito dolor. Hay que distanciarse de eso o acabas enloqueciendo. Noyce se lo había advertido desde el principio. Todos tenemos que hacerlo. «Lo que el observador ajeno interpreta como cinismo, insensibilidad, es exactamente eso. Una coraza protectora. Ya aprenderás».
Pero Audrey no había aprendido.
Le gustaba la labor de investigación, incluso los trámites rutinarios que a individuos como Roy Bugbee les resultaban irritantes. Pero esto, no. A Audrey le horrorizaba sentir de cerca el suplicio de otro ser humano y saberse incapaz de hacer nada al respecto. Encontraré al asesino de tu padre, daré con los jóvenes que mataron a su hija, descubriré al individuo que mató a tu padre de un tiro en el 7-Eleven… Eso era todo cuanto Audrey podía prometer, lo cual era en cierta medida un paliativo, pero no curaba sus heridas.
Una mujer había llamado a la policía para denunciar la desaparición de su padre, que no había vuelto a casa el viernes por la noche. La descripción física —edad, estatura, peso, indumentaria— coincidía con la víctima de asesinato que habían hallado en el contenedor de basura en Hastings. Audrey comprendió que se trataba de la misma persona. Los del departamento de servicios familiares habían llamado a la hija, siguiendo el protocolo, para comunicarle de la forma más diplomática y compasiva —eran expertos en eso — que habían hallado un cadáver y que era posible, sólo posible, que se tratara de su padre, y que hiciera el favor de presentarse en el depósito de la policía en el Boswell Medical Center para ayudarles a identificar el cadáver y descartar esa posibilidad.
La puerta de rejilla de aluminio se cerró y la mujer se dirigió hacia ellos antes de que Audrey se apeara del Crown Vic. Era una mujer muy menuda, y a diez metros casi parecía una niña. Llevaba una camiseta blanca, unos vaqueros desteñidos y manchados de pintura, y una cazadora tejana raída. Tenía el cabello castaño y peinado de punta, un estilo que Audrey asociaba con roqueros y cantantes punk. Mientras caminaba hacia ellos no cesaba de agitar las manos, lo cual le hacía parecer una muñeca de trapo abandonada.
—Ustedes deben de ser la policía —dijo la mujer.
Tenía los ojos castaños, grandes y húmedos. Vista de cerca resultaba muy hermosa e incluso más frágil. Audrey calculó que tendría veintitantos años, casi treinta. Mostraba una expresión aturdida, incrédula, que Audrey había contemplado docenas de veces en los rostros de familiares de víctimas. Su voz era más grave de lo que Audrey había supuesto, con un timbre curiosamente cadencioso.
—Soy Audrey Rhimes —se presentó ésta, ofreciéndole la mano y mirándola con expresión compasiva—. Y mi compañero, Roy Bugbee.
Roy, de pie junto a la puerta abierta del conductor, no se acercó para estrechar la mano de la mujer, probablemente porque consideraba que sería excesivo. Se limitó a saludarla con un breve ademán y una sonrisa forzada. «Mueve el culo y acércate», pensó Audrey. Ese hombre no tenía modales, ni compasión. Ni siquiera era capaz de disimular.
—Cassie Stadler —dijo la mujer. Tenía la palma de la mano tibia y húmeda, y el rímel se le había corrido. Ella se sentó en el asiento de atrás y Bugbee arrancó.
El propósito de la visita era minimizar la tensión, reducir la ansiedad en la medida de lo posible. «Le han pedido que acuda al depósito para identificar un cadáver que quizá sea el de su padre —pensó Audrey—; lo más seguro es que nada pueda reducir su ansiedad». Probablemente Cassie Stadler también era consciente de ello. Sin embargo, Audrey le habló durante todo el trayecto, volviéndose para mirar a la pasajera, que iba sentada en el centro del asiento trasero, con la mirada fija en el infinito.
—Hábleme de su padre —dijo Audrey—. ¿Suele salir por la noche? — Audrey confiaba en que el tiempo presente que había deslizado disimuladamente sirviera para tranquilizar a la mujer.
—No —contestó Cassie Stadler, tras lo cual guardó silencio.
—¿Se siente alguna vez desorientado?
La mujer pestañeó.
—¿Qué? Lo siento. ¿Desorientado? Sí, supongo que sí, a veces. Su… estado…
Audrey esperó a que la mujer terminara la frase. Pero Bugbee la interrumpió torpemente con su voz estentórea.
—¿Sabe si su padre frecuentaba la zona de Hastings Street?
Los ojos oscuros de la hermosa joven reflejaron una sucesión de expresiones, como en una serie de diapositivas: perplejidad, irritación, dolor. Turbada, Audrey apartó la mirada y se volvió en su asiento, mirando hacia el frente.
—Es él, ¿verdad? —preguntó por fin la hija—. Mi padre.
Entraron en el aparcamiento del hospital en silencio. Para Audrey era la primera vez. Identificar un cadáver en el depósito no era frecuente, gracias a Dios, a pesar de lo que se suele ver por televisión. En el depósito no había cajones deslizantes ni esos macabros toques góticos. Pero la muerte era inevitablemente siniestra.
El cadáver yacía sobre una mesa de acero, cubierto con una sábana verde del hospital; la habitación tenía un aire aséptico, el aire acondicionado era gélido y olía a formalina. Jordan Metzler, educado pero distante, retiró la sábana verde con naturalidad, como si abriera una cama, para mostrar la cabeza y el cuello.
La carita perfecta de muñeca de Cassie Stadler, enmarcada por su peinado de joven rebelde, se contrajo en una mueca de dolor, y nadie tuvo que decir ni una palabra.